Capítulo
23: El falso caballero (I)
Lo primero que escuchó fue un tintineo claro de campanillas.
El muchacho fue recobrando
la conciencia entre aquel sonido nítido. Era un sonido agradable, como agua de
manantial corriendo entre piedras; un murmullo casi sagrado que calmaba el
espíritu y le hacía sentir bienestar. Por la forma en que despertaba, dedujo
que debía ser ya de madrugada. Hoy le tocaba levantarse temprano para preparar
el desayuno. Abrió los ojos lentamente.
Pero lo que vio fue una
oscuridad tan profunda que no podía ver ni sus propios dedos. Se sobresaltó; su
mente despertó por completo.
Sin querer, su mano rozó
algo. ¿Una persona? ¿Alguien acostado a su lado? ¿Líquido? ¿Sangre? Fuera lo
que fuera, era evidente: no estaba en su habitación.
—El último… ya despertó,
¿eh?
El muchacho levantó la
cabeza de golpe. La voz de un hombre desconocido le erizó cada vello del
cuerpo. Arriba, distinguió una silueta negra.
La figura levantó la mano.
Hubo un destello. Una lámpara de aceite se encendió.
Lo que apareció ante sus
ojos fue un salón lleno de cadáveres. A ambos lados del gran salón, cuerpos
retorcidos, rostros deformados por el horror, atravesados por incontables
agujas. Boca, nariz, pecho… cientos de agujas plateadas sobresalían de la carne.
Sangre, hueso, carne destrozada. Todos aquellos cuerpos habían estado vivos
hacía apenas unas horas: eran sus hermanos de secta.
El muchacho sintió que el
corazón se le detenía un instante. Su mente quedó en blanco: «Yo desperté
como siempre… ¿por qué estoy viendo esto?»
No podía comprender nada.
Sus piernas parecían de plomo; no se atrevía a moverse. Ni siquiera se atrevía
a mirar el rostro del joven vestido de negro. Solo alcanzó a ver, junto a sus
pies, a los únicos dos supervivientes: el líder de la secta y su hermano mayor
marcial.
Ambos tenían la misma
expresión de terror que él. No estaban atados, pero el aura del joven de negro
los mantenía inmóviles.
El líder de secta tembló y
dio un paso adelante.
—No tenemos rencor contigo…
¿por qué haces esto?
El joven de negro lo miró
con frialdad.
—No tengo tiempo para
responderte —Jugaba con una campanilla pequeña y delicada
entre los dedos— Pero hoy estoy de buen humor. No pienso matar a todos.
Su mirada era oscura,
cargada de muerte, completamente opuesta a sus palabras.
—Líder Lin, te daré la
elección. Mira a estos dos —señaló al muchacho y a su hermano mayor—. ¿Cuál
quieres que viva?
El muchacho abrió los ojos
de par en par. No por sorpresa, sino porque entendió: estaba condenado.
No tenía talento, no
destacaba en nada. Su hermano mayor marcial, en cambio, era brillante, querido
por todos, el favorito del líder. En comparación, él no valía nada. Su vida
había sido un regalo inmerecido: el líder de la secta lo había recogido de la
nieve diez años atrás. Si ahora debía devolver esa vida, no tenía derecho a
quejarse. Pero aun así… aun así quería vivir.
El líder de la secta era
famoso por su bondad. Para el muchacho, era su shifu* y padre. Tenía la
esperanza de que encontraría una solución, una forma de salvarlos a ambos.
(N.T.:
shifu o maestro artes marciales.)
—¡Shifu! ¡Shifu, sálveme!
¡No quiero morir… no quiero morir!
De pronto, el hermano mayor
se lanzó de rodillas hacia su shifu, agarrándole la ropa con desesperación.
—¡Shifu, sálveme a mí!
¡Usted me elegirá a mí, ¿verdad?! ¡Yo soy mejor que este inútil! ¡Él no sirve
para nada! ¡Lo recogió y le dimos comida y techo, ya hemos sido lo bastante
generosos! ¡No lo salve! ¡Yo soy su discípulo legítimo!
El muchacho palideció.
—Hermano mayor…
—¡CÁLLATE! —le gritó el
hermano mayor—. ¡Siempre he sido bueno contigo! ¡No querrás competir conmigo
por vivir, ¿verdad?! ¡Hay que ser agradecido! ¡Este es tu momento de devolver
el favor! ¡No te preocupes, cuando mueras te daré un entierro digno! ¿Sí? ¡MUÉRETE
YA, MUÉRETE!
El muchacho temblaba de
pies a cabeza. No podía formar una frase. Miró a su shifu con terror infantil.
—Shifu…
—Te daré un entierro
adecuado —dijo el líder de la secta.
El muchacho inhaló
bruscamente. La respiración se le cortó. Sintió que el corazón se le
desplomaba. Las lágrimas le cubrieron el rostro.
El líder de secta Lin no se
atrevió a mirarlo. Con voz temblorosa dijo:
—Yo… yo realmente no tengo
otra opción. Si elijo a tu hermano mayor, quizá nuestra secta pueda levantarse
de nuevo… Si no, estaremos acabados. Siempre te he tratado bien. Aquella vez
debiste morir y yo te salvé. Te di diez años más de vida, deberías estar
agradecido. Ahora… ahora solo estás devolviendo esa vida. Además… yo también me
veo obligado a elegir. Tú lo entiendes, ¿verdad?
El hermano mayor,
sintiéndose salvado, exhaló con alivio y golpeó el suelo con la frente una y
otra vez, agradeciendo a su shifu.
Pero el muchacho ya no
escuchaba nada. El terror lo envolvía por completo.
¿Acabaría como los demás?
¿Con el cuerpo abierto, atravesado por miles de agujas? Solo imaginarlo le hizo
querer huir, pero el miedo le había dejado las piernas inútiles. Gateó,
llorando, suplicando ayuda.
«¿Por qué está pasando
esto? ¿Es real? ¿No es un sueño?»
Toda la secta muerta…
gritar no servía de nada.
Pero cuando uno está
desesperado, cree en milagros y hace cosas sin sentido. Y el milagro del
muchacho ocurrió.
Detrás de él, de pronto se
escuchó un alarido desgarrador de su hermano mayor marcial. Primero un gemido,
luego un grito espantoso, tan agudo que parecía rebotar en las vigas del salón.
El muchacho miró hacia
atrás: su hermano mayor marcial estaba retorcido en el suelo como un gusano, su
cuerpo desgarrándose desde dentro. En su desesperación, metió la mano en la
boca, buscando algo, tirando de ello con fuerza. Sacó un hilo rojo empapado en
sangre. Lo agarró como si fuera su única salvación y tiró con locura. Al
hacerlo, salieron agujas, una tras otra.
El muchacho apartó la
cabeza y vomitó. Estaba aterrorizado, pero también… aliviado.
El joven de negro
entrecerró los ojos, mirando al hermano mayor marcial como si su agonía
ensuciara el aire.
El muchacho se estremeció.
Desde el principio, aquel hombre nunca había tenido intención de dejar vivir a
este hermano mayor. Las agujas estaban dentro de su cuerpo desde hacía tiempo;
al moverse, al arrodillarse, al arrastrarse, se clavaban más y más. Era una
crueldad calculada, precisa, casi artística.
El muchacho comprendió: «Este
hombre… es un monstruo. Un loco con un talento aterrador para matar.»
Al pensarlo, sintió un
picor desesperante en el pecho, como si también él tuviera agujas dentro.
El líder de secta Lin dio
un traspié y casi cayó, pero se sostuvo. Luego miró al muchacho con odio.
—¡¿POR QUÉ TÚ?! ¡¿POR QUÉ
TÚ SIGUES VIVO?! ¡LE ROBASTE SU OPORTUNIDAD DE VIVIR!
El muchacho gritó,
desesperado:
—¡NO! ¡YO NO… YO NO HICE
NADA!
El líder de secta, incapaz
de culpar al joven de negro, volcó toda su rabia sobre él. Solo entonces el
muchacho notó que su shifu tenía agujas clavadas en todas las articulaciones;
por eso no podía moverse, solo insultarlo.
El muchacho temblaba,
murmurando sin sentido:
—Yo cuidaré de usted, shifu…
yo… yo reemplazaré al hermano mayor… entrenaré duro, comeré bien, creceré, me
volveré fuerte… yo cuidaré de usted… yo haré todo lo que usted diga… yo
cuidaré…
—¡TÚ NO ERES NADA! —rugió
el líder de secta Lin, con los ojos desbordados de furia—. ¡VOY A MATARTE!
"Clang."
Una espada cayó frente al
muchacho. El joven de negro habló con frialdad:
—Si no lo matas ahora, él
te matará a ti. Le quitaste a su discípulo favorito. ¿Qué crimen es ese? ¿Crees
que te perdonará?
El muchacho, sin alma,
balbuceó incoherencias. Recibió una patada y cayó al suelo. Torció las
extremidades y se arrastró hacia adelante, pero su cuerpo no mostraba ninguna
anomalía.
«¿No tengo agujas dentro?»
Con las manos temblorosas,
levantó y bajó la espada tres veces hasta que finalmente la sostuvo con firmeza,
llorando a gritos. El líder de secta Lin lo insultó:
—¡¿Qué?! ¡¿Bestia ingrata?!
¡¿De verdad quieres matarme?!
—Yo… yo no… yo no… yo no…
El líder de secta, casi
enloquecido, escupió maldiciones:
—¡EL QUE DEBERÍA MORIR ERES
TÚ! ¡NO TE PERDONARÉ!
El muchacho sintió que la
respiración se le cortaba. Su cuerpo se quedó rígido, como una estatua,
mientras las lágrimas caían sin control.
—Yo…
El líder de secta siguió
insultándolo, sin freno, sin dignidad, sin humanidad:
—¡INGRATO! ¡BESTIA! ¡PERRO!
¡ESCORIA! ¡NO MERECES VIVIR! ¡BASURA INÚTIL! ¡NO ERES NADA!
El muchacho escuchó todo
sin sentir dolor, solo… reconocimiento. En la secta siempre lo habían
despreciado. Por su origen, por su falta de talento, por existir. Golpes,
burlas, humillaciones. Todo volvió a su mente, recordándole: «Ellos nunca
fueron buenas personas. Si lo mato y vivo… ¿qué tiene de malo?»
«¡Él debe morir!»
—Tú… tú me obligaste… tú me
obligaste…
Paso a paso, el muchacho
avanzó con la espada temblando entre sus manos, directo hacia el líder de secta
Lin. En su interior, una certeza desesperada se repetía: «Tiene razón. Si no
lo mato ahora, él me matará a mí. No quiero morir… no quiero morir… no quiero
morir…»
Al verlo acercarse, el
líder de secta Lin perdió la cordura por completo. La saliva le caía de la boca
mientras gritaba como un animal acorralado:
—¡¡¿QUIÉN ERES TÚ?!!
¡¿QUIÉN DEMONIOS ERES?! ¡¿POR QUÉ ME HACES ESTO?! ¡¡AUNQUE MUERA, NO TE
PERDONARÉ!!
El joven de negro sonrió,
los ojos curvándose con una tranquilidad escalofriante, dijo:
—Entonces te doy la
bienvenida a venir a buscarme para vengarte.
—¡¡AAAAAAAAHHHHHHHHHH!!
El líder de secta Lin murió
atravesado por la espada del muchacho.
El muchacho quedó mirando
el cadáver, aturdido. A ratos sentía que no había hecho nada malo; a ratos, un
arrepentimiento feroz le desgarraba el pecho. Entre pena y horror, como un
muñeco sin alma, volvió a clavar la espada. Una vez. Luego otra. El sonido
húmedo de la hoja entrando en la carne resonó como un lamento.
—¡Pff! JAJAJAJA —El joven
de negro, que hasta entonces había permanecido impasible, soltó una carcajada.
Se acercó al muchacho, las
campanillas de su ropa tintineando con suavidad. Un sonido que antes parecía
armonioso ahora era tan siniestro como un eco del infierno.
El joven de negro estaba
satisfecho. Incluso se dignó a elogiarlo:
—Lo hiciste muy bien.
Luego miró el cadáver de
líder de secta, completamente muerto y se agachó para darle unas palmaditas en
la cabeza al muchacho. Este se estremeció de pies a cabeza, temblando como si
tuviera fiebre.
—¿De qué tienes miedo? ¿Me
odias?
El muchacho tembló aún más.
—Tu estúpido shifu hizo lo
que no debía —dijo el joven de negro—. Por eso tenía que morir. Si me odias,
puedes vengarte de mí.
El hombre frente a él
sonreía con sinceridad, casi con afecto, sin una pizca de culpa. Como si todo
lo ocurrido no tuviera nada que ver con él.
Y entonces, le dijo al
muchacho su última frase…


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