Capítulo 22: El
caballero caído (XI)
Ming Changyan se sonrojó
como si estuviera en llamas, retrocedió siete u ocho pasos, boquiabierto:
—¡Tú, tú, tú, tú, tú me
quitaste la ropa!
—Te has equivocado —dijo
Huai Yu con seriedad.
Ming Changyan movió la nuez
de Adán, y Huai Yu añadió:
—Es una falda.
Ming Changyan sintió un
escalofrío en su mente y pensó: «No, definitivamente está loco.»
Huai Yu agarró el borde de
su falda. Ming Changyan, a pesar de su debilidad, estaba decidido a no rendirse
y comenzó a arrastrarse hacia el pie de la cama. La mano de Huai Yu se deslizó
desde el dobladillo de su falda hasta la pantorrilla y finalmente agarró el
tobillo del joven héroe Ming, arrastrando a este famoso héroe de las artes
marciales de vuelta a la cabecera de la cama.
El joven héroe Ming agarró
con fuerza las sábanas con ambas manos, apretando los dientes y negándose a
ceder. Cuando estaba a punto de que le quitaran la falda, finalmente gritó:
—¡HUAI YU! ¡ACEPTO MI
ERROR!
—¿Qué error cometiste?
—preguntó Huai Yu.
Ming Changyan dijo con los
dientes apretados y lleno de odio:
—No importa si tengo razón
o no, ahora acepto mi culpa. Habla correctamente, un caballero usa la palabra,
no los puños.
Huai Yu sonrió y dijo:
—El caballero eres tú, no
yo.
Ming Changyan, a punto de
llorar sin lágrimas, dijo:
—Entonces no me quites la
falda, solo tengo esta.
Con un “ras”, la falda del
joven héroe Ming se destrozó en su mayor parte. Él la miró horrorizado una vez
y luego miró a Huai Yu.
Huai Yu aplaudió:
—¿Todavía vas a correr?
Ming Changyan meditó por un
momento, sin poder escapar de la calamidad, solo pudo ceder y, con un tono
triste y lamentable, dijo:
—… Yo mismo me encargaré.
Mientras él desabrochaba
los botones lentamente, Huai Yu retiró el biombo del cuarto. De inmediato, un
fuerte aroma medicinal se esparció. En el centro de la habitación, apareció un
enorme barril de madera, el agua era de color negro, con vapor que subía y
bajaba. La fuente de aquel aroma estaba ahí.
Ming Changyan, sorprendido
al desabrocharse el botón, preguntó:
—¿Qué es esto?
Huai Yu probó la
temperatura del agua con la mano.
—Medicina.
Ming Changyan comprendió al
instante.
—¿Me estabas quitando la
ropa para que me metiera en un baño medicinal?
Huai Yu le lanzó una
mirada.
—Obvio —Huai Yu removió el
agua con la mano; de pronto, el movimiento se volvió lento, casi deliberado y
preguntó— Si no, ¿qué pensabas?
Ming Changyan soltó una
carcajada exagerada.
—¡JAJAJAJAJA! ¡Yo no
pensaba nada!
El joven héroe Ming se
abanicó con la mano; sentía un calor insoportable. El agua estaba tan caliente
que había vuelto sofocante toda la habitación y especialmente a él, que sentía
que la cara se le derretía.
Huai Yu volvió a correr el
biombo. Ming Changyan, en tres movimientos, terminó de quitarse la ropa y se
metió en el barril. En cuanto el agua tocó su piel, el dolor de su cuerpo se
redujo a la mitad. Aburrido, apoyó los brazos en el borde del barril y,
superada la vergüenza inicial, volvió a buscar conversación.
—Cuando vivías en la secta Tianqing,
yo pensaba que eras rico, algún joven señorito de familia grande que había
salido a pasear por las montañas. Nunca imaginé que fueras alguien del Palacio Imperial.
Huai Yu tomó un libro,
encendió la lámpara y se sentó a la mesa, apoyando la sien mientras leía.
El agua chapoteaba. Ming
Changyan avanzó un poco dentro del barril y terminó apoyado en el borde.
—¡OYE! ¡HUAI YU! ¿ME ESTÁS
ESCUCHANDO? ¿TE DORMISTE?
Huai Yu, con los párpados
bajos y la mirada fija en el libro, respondió:
—No me has llamado
correctamente. Ya te ayudé.
Ming Changyan se quedó un
segundo en silencio y luego sonrió.
—Está bien, está bien.
¡Huai Yu-gege, Huai Yu-gege!
Huai Yu asintió, satisfecho
con la corrección inmediata.
No pasó mucho tiempo antes
de que el agua volviera a agitarse, esta vez con más fuerza. El ruido creció y
parecía que bastante agua estaba salpicando el suelo. Huai Yu dejó el libro,
dispuesto a ver qué estaba haciendo detrás del biombo, cuando este empezó a
moverse, centímetro a centímetro, como si alguien lo empujara desde dentro.
Huai Yu volvió a sentarse
de golpe frente a la mesa y levantó el libro, fingiendo leer con toda la
concentración del mundo. Al otro lado, Ming Changyan, satisfecho de haber
corrido el biombo, tomó aire y sentado en el barril, preguntó con aparente casualidad:
—Huai Yu ¿sabes qué
pasó realmente hace dos años? ¿Crees que fui yo quien mató a Wan Qianqiu?
Pero sus manos, apoyadas en
el borde del barril, se cerraron con fuerza. Al cabo de un instante añadió él
mismo:
—Olvídalo, olvídalo. ¿Cómo
podrías saberlo? Para entonces ya no estabas en Lin’an. Fue una pregunta tonta.
Huai Yu dejó el libro.
—No tires agua al suelo.
—Está bien, está bien —dijo
Ming Changyan—. Luego lo limpio todo.
Huai Yu esperó a que
continuara.
Ming Changyan habló:
—Tengo algo muy importante
que hacer. Muy importante. Por eso tengo que recuperar mis artes marciales
cuanto antes, lo más rápido posible. Ya lo ves: mi kung-fu está casi completamente destruido. Estos dos años…
uno dormido, otro recuperándome.
No sé cómo
están ahora las cosas. Y tampoco puedo volver.
Al decirlo todo, sintió que
el pecho se le aflojaba un poco. En dos años no había dormido una sola noche en
paz. Cada vez que cerraba los ojos veía a Yi Yue y a los hermanos de la secta
Tianqing. En aquel entonces, la secta Tianqing estaba en el centro de todas las
miradas; el mundo marcial entero la vigilaba, buscando ocasión para hacerle
daño. Pero también, por respeto a la reputación de Ming Changyan, nadie se
atrevía a provocarla abiertamente. Ahora que él era un discapacitado, podía
imaginar lo mal que debía estar la secta Tianqing en las llanuras centrales.
—¿No has vuelto la Montaña
Xianyue? —preguntó Huai Yu.
—¿Para qué volver? Si saben
que no morí, seguro vendrán a perseguirme otra vez.
—¿Temes arrastrarlos
contigo? —preguntó Huai Yu.
—Por supuesto. La secta
Tianqing es mi hogar. Mientras no se aclare lo que pasó hace dos años, no puedo
regresar.
El ambiente en la
habitación se volvió más pesado.
—Ya está, no hablemos de
eso —agregó Ming Changyan.
—¿Qué le pasó a tu cuerpo?
¿Por qué pareces un adolescente? —preguntó Huai Yu.
—Eso es una larga historia
—respondió Ming Changyan—. Tomé una medicina. Este es el efecto. Tiene muchos
efectos secundarios, pero en aquel momento era la única opción.
—Viniste al palacio por la hierba
divina —dijo Huai Yu.
Los ojos de Ming Changyan
brillaron. Se levantó, se recogió el cabello y se puso una túnica encima.
Estaba empapado; Huai Yu le lanzó una toalla. Ming Changyan, descalzo, se
acercó.
—La otra vez tomé prestada
una pequeña hierba del Palacio Noventa y Nueve. Dime, ¿era la hierba divina?
—No —respondió Huai Yu—.
¿Cuándo la tomaste? ¿Por qué no lo supe?
—La tomé a escondidas —dijo
Ming Changyan—. Ahora ya lo sabes, ¿qué importa el orden? ¿No me estás mintiendo?
En el palacio dicen que todas las rarezas son tuyas. ¿La hierba divina
no es una de ellas?
—No la tengo —dijo Huai Yu—.
¿Para qué mentirte? Sécate el cabello y acuéstate. No quiero desperdiciar
medicinas en alguien que busca enfermedades.
Ming Changyan pensó: «Qué
raro. Si él lo dice, entonces la hierba que tomé no era la hierba divina.»
Huai Yu preparó la cama.
Ming Changyan se acostó y preguntó:
—¿Sabes algo sobre la hierba
divina?
—¿Y si lo sé? —respondió
Huai Yu—. No es una planta común. Si tú no la encuentras, ¿cómo voy a
encontrarla yo?
Ming Changyan le agarró el
brazo.
—Ahí te equivocas, pequeño
Huai Yu. Yo ahora soy un discapacitado, pero tú eres el Joven Primer Ministro,
por debajo del Hijo del Cielo y por encima de miles. No te subestimes.
Si tú la buscas, seguro la encuentras.
—¿Por qué habría de
buscarla? —preguntó Huai Yu.
Ming Changyan cambió de
postura, sin preocuparse por su ropa medio abierta.
—Ayúdame. Encuentra la hierba
divina. Yo, de ahora en adelante, haré todo lo que tú quieras. Buen Huai Yu,
¡tu hermano mayor te lo suplica!
Huai Yu giró la cabeza.
—¿Quién es el hermano mayor
ahora?
—Tú eres el hermano mayor.
Tú, tú, tú.
—Duerme. Cuando despiertes,
hablamos.
Ming Changyan cerró los
ojos, pero temiendo que Huai Yu se retractara al amanecer, insistió:
—Lo dijiste tú. No puedes
echarte atrás.
Huai Yu se tapó los oídos.
—¡Duérmete ya!
***
El sol estaba alto cuando
Ming Changyan salió del Palacio Noventa y Nueve. Llevaba la ropa hecha
jirones, el cabello recogido a medias y regresó a la Terraza de Loto con paso
despreocupado. En el camino, sintió miradas extrañas sobre él, pero no les
prestó atención.
A mitad de camino, vio a un
grupo de jóvenes de dieciséis o diecisiete años reunidos en el campo Taoyuan.
Encabezados por Zhao Xiaolan, murmuraban entre ellos.
—¡Ya está! Hoy solo puedo
mostrarles esto. Mañana les enseño lo que sigue.
—Hermano mayor Xiaolan, ¿de verdad sabes artes marciales?
—Claro. Las aprendí yo
solo. Mañana les enseño mi técnica de las “Seis Espadas de Tianqing”.
—¿Y el fantasma del
palacio? ¿De verdad es el joven héroe Ming? Pero tú dices que él fue una buena
persona. ¿Cómo va a matar gente un buen hombre?
—¡Seguro que no! Joven
héroe Ming no murió.
Debe estar recuperándose
en algún lugar. ¿Tú
crees que murió? Yo no lo creo —respondió Zhao Xiaolan.
—¿Cómo voy a saber si murió
o no? Pero lo que está pasando en el Palacio Imperial es demasiado aterrador.
En toda mi vida no he visto una muerte tan espantosa.
Zhao Xiaolan, orgulloso,
movió el dedo de un lado a otro.
—No es por presumir, pero
el mundo marcial es enorme. Hay muertes rarísimas por todas partes. ¿Y ustedes
ya están temblando por esto? ¡Qué inútiles!
—¿Y tú? ¡La última vez
dijiste que irías con nosotros a ver el cadáver! ¿Quién fue el que se echó
atrás a mitad de camino?
Zhao Xiaolan se sonrojó.
—E-eso fue porque no me
sentía bien.
—En los exámenes también
eres el único que “no se siente bien”. ¡Qué bien escoges los momentos!
Zhao Xiaolan agitó la mano,
sacó de su ropa “El Camino del Caballero Elgante” y lo hojeó dos páginas
antes de cerrarlo de golpe.
—¡Un caballero no pierde el
tiempo hablando con estúpidos!
—¿A quién llamas estúpido?
Zhao Xiaolan señaló el
libro.
—No lo digo yo. Lo dice el
joven héroe Ming.
Ming Changyan saltó de
pronto entre ellos.
—¡Qué rico huele! ¿Qué
están comiendo? ¡Denme un poco!
Zhao Xiaolan se iluminó al
verlo.
—Hermana Yan, estamos
comiendo pastel de osmanthus. ¿Quieres? También tenemos vino Dukang
recién traído de la ciudad Luo.
Ming Changyan se sentó y
tomó un pastel.
—Sí. Y ya que están
hablando de Ming Changyan, quiero escuchar qué dicen.
Zhao Xiaolan le sirvió una
taza de vino. Ming Changyan la apartó.
—No bebo licor. Dame té.
Los jóvenes lo miraron con
curiosidad. Estaba desaliñado, muy despreocupado, pero con una cara que aún
podía considerarse agradable.
Uno preguntó:
—¿De qué palacio eres,
doncella?
Mientras servía el té, Zhao
Xiaolan respondió:
—La hermana mayor Yan es la
Shaoshi del Pabellón Tinghe en la Terraza de Loto.
—¿Shaoshi? Oh… ¡tú eres la
famosa Yan Shaoshi!
Ming Changyan comió unas
cuantas piezas de pastel de osmanthus y sonrió:
—¿Cómo? ¿Soy tan famosa?
Por cómo hablas, parece que me conoces.
El muchacho juntó las manos
en saludo.
—¡Madre mía! ¡¿Quién no te
conoce?!
Ming Changyan se mostró
intrigado.
—Parece que deberían
conocerme, pero es la primera vez que nos vemos.
El muchacho soltó una
carcajada.
—¡Eres muy popular, muy popular!
La hermana Yan es una celebridad del Palacio Imperial.
Ming Changyan, sin
vergüenza alguna dijo:
—Ay, no exageres.
Ming Changyan pensó un
momento, sin encontrar razón para su supuesta fama, pero aceptó el elogio con
toda generosidad. Luego preguntó:
—Xiaolan, ¿qué te trae hoy
al palacio?
—Mi hermana me envió pastel
de osmanthus desde la prefectura de Lin’an —respondió Zhao Xiaolan—. Vine a
traerle un poco a mi tía. Y tú dijiste que querías ir a la Academia Bailu. El profesor
vuelve estos días; cuando llegue, iremos con A-Jun.
Ming Changyan le dio una
palmada en la espalda.
—¡Buen Xiaolan! No me
equivoqué al hacerme tu amiga.
Zhao Xiaolan rio y
preguntó:
—Hermana Yan, ¿sabes más
cosas sobre el joven héroe Ming? ¿Puedes contármelas todas?
Uno de los muchachos
intervino:
—¿Ella? Una mujer, ¿qué va
a saber?
—Ella es pariente lejana del
joven héroe Ming. Sabe mucho más
que ustedes —replicó Zhao Xiaolan.
—¿Y no temes que te esté
mintiendo?
Zhao Xiaolan se quedó
perplejo. Ming Changyan, al verlo, se apresuró a refutar:
—¡Oye, niño! ¿Qué es eso de
que yo miento? No calumnies a la gente honrada.
El muchacho insistió:
—Si eres pariente de Ming
Changyan, ¿sabes si está muerto o vivo?
Ming Changyan sentenció:
—Está medio muerto y medio
vivo.
El más pequeño del grupo,
apenas de once o doce años, preguntó:
—Entonces, antes de entrar
al Palacio Imperial, ¿también lo conocías? ¿El Jianghu es tan divertido como
dicen?
Ming Changyan se giró para
mirarlo. Era un niño muy pequeño.
—¿Y tú quién eres?
—Él es el hijo de mi primo
pequeño. Se llama Zhao Sutong. Antes vivía en la prefectura de Yingtian.
Después del incidente de la Consorte Yuan, mi primo lo mandó a la capital para
el funeral. Llegó al palacio ayer —explicó Zhao Xiaolan.
—Con que es así… Zhao
Sutong, siendo tan joven, ¿para qué preguntas sobre peleas y muertes del Jianghu?
Mejor disfruta tu vida de pequeño señorito —dijo Ming Changyan.
—Solo pregunto. ¿De verdad
es tan aterrador cuando matan en el Jianghu? —respondió Zhao Sutong.
Apenas dijo eso, los demás
chicos se acercaron.
—Hoy escuché muchos rumores
en el palacio. ¡El fantasma de Ming Changyan es realmente cruel!
—Yo también lo oí. ¡Ayoo!
ni me atrevo a echar un vistazo.
—Ahora todo está revuelto.
Ayer… justo ayer por la mañana, ¡murió otro!
Uno tras otro, los muchachos
hablaban emocionados, describiendo las muertes con lujo de detalles, como si
hubieran estado allí. Cuando terminaron, aún querían más.
—¿Además de eso, hay otras
cosas? —preguntó uno.
Zhao Xiaolan dio una
palmada.
—¡Yo tengo una!
—¿Qué tienes? —preguntó Ming Changyan.
Zhao Xiaolan bajó la voz:
—¿Han oído hablar del Demonio
Feliz?
Ming Changyan se quedó
helado.
Los otros chicos
preguntaron:
—No, ¿qué es eso? ¡Qué
nombre tan raro!
Zhao Xiaolan apretó el
libro, nervioso.
—Es el Demonio de la Boda
Roja. Un demonio del Jianghu que mata sin pestañear.
Zi Gui tragó saliva.
—¿Y qué más?
Zhao Xiaolan dijo con tono
lúgubre:
—Dicen que solo aparece
cuando llueve. Si te cruzas con su procesión, mata a todos, sin dejar
sobrevivientes. Y su forma de matar es extraña: usa personas hechas de papel.
Los chicos inhalaron hondo.
—¿Entonces es un demonio?
Hay tantos hechiceros en el mundo, ¿nadie puede atraparlo?
—Imposible. Ni Ming
Changyan pudo con él. ¿Quién más podría?
Ming Changyan escuchó eso y
se indignó:
—¡¿Cómo que Ming Changyan
no pudo con él?! ¡Es que no se toparon! Si se toparan, seguro moriría.
Zhao Xiaolan asintió.
—Exacto, exacto —Zhao
Xiaolan pensó un momento y añadió con firmeza— Si se encontrara con mi hermano
Zhu, también moriría.
Zi Gui puso los ojos en
blanco.
—Zhao Xiaolan, deja de
presumir de ese “hermano Zhu”. Qué fastidio. Nos tienes los oídos llenos. Si
fuera tan fuerte como dices, igual que el Caballero Yi Nian, ¿cómo es
que nadie lo conoce? Mejor sigue contándonos más del Demonio de la Boda Roja.
Zhao Xiaolan meditó un
instante.
—No hay más.
Los chicos protestaron:
—¡¿Solo eso?!
Zhao Xiaolan se rascó la
cabeza.
—Yo solo lo escuché por
ahí. Ya es bastante. Ese Demonio de la Boda Roja es muy misterioso.
Los muchachos estaban
fascinados. Que Zhao Xiaolan cortara la historia así los dejó con ganas de más.
—Además del Demonio de la Boda
Roja, ¿qué más hay? ¿Qué sectas poderosas existen afuera?
—¡Ya sé! Hay un templo
llamado Xiaohan… o Dahan… algo así. Muy fuerte. Cuando la gente los ve, se
aparta con respeto.
Al oír eso, Ming Changyan
casi se atraganta: «Dahan no lo conozco, pero Xiaohan sí: esos monjes
disfrazados de santos que en realidad son unos rufianes. En las llanuras
centrales, solo ellos usan la fe del pueblo como escudo y luego muestran otra
cara ante las sectas justas. Unos perros que se creen lobos. Y yo, en mis
tiempos, bien que sufrí por culpa de esos desgraciados.»
—¿Qué tiene de interesante
hablar de monjes? —dijo otro chico—. En poco tiempo será la Gran Ceremonia de
Fengshan. Para entonces veremos no solo a los expertos de las llanuras centrales,
sino también a los de otros reinos.
—Yo digo que llamemos a
Baili Deng —propuso uno más.
—¿Baili Deng? ¿El de los Trece
Guardianes del Sur? ¿Para qué?
—Antes de entrar al Palacio
Imperial, era discípulo de alguna secta. Luego se unió al gobierno. Seguro sabe
mucho de estas cosas.
—¡Que vaya quien lo
propuso! Zi Gui, ve tú —ordenó uno de los chicos.
El muchacho señalado se
apresuró a decir:
—¡Yo no iré! Los Trece
Guardianes dan muchísimo miedo. Me asustan. Zhao Xiaolan, tú eres más valiente,
ve tú.
Zhao Xiaolan también se
acobardó un poco.
—Mejor no voy…
Zi Gui lo picó.
—¡Ah! ¿Tienes miedo? ¿No
que eras un gran héroe?
—Yo… yo no le tengo miedo
al hermano Baili —replicó Zhao Xiaolan—. Solo que no conozco bien a los otros
de los Trece Guardianes…
La discusión no avanzaba,
así que Ming Changyan intervino:
—Ya, ya, no peleen. Voy yo.
—¿Tú? —preguntó Zi Gui.
Ming Changyan sonrió.
—Sí, yo.
Levantó la mano y de pronto
gritó:
—¡GUARDIA BAILI! ¡AQUÍ!
Todos se giraron. Resultó
que, mientras hablaban, una patrulla de los Trece Guardianes estaba justo
pasando por el palacio. Baili Deng había llegado a ese punto del recorrido y
Ming Changyan lo vio al instante.
Baili Deng dio unos pasos
hacia adelante y saludó:
—Señorita, joven maestro Zhao,
pequeño príncipe…
Zhao Xiaolan lo agarró del
brazo.
—No hace falta que los
nombres a todos. Esta tarde no vayas a ningún lado. Quédate aquí a jugar con
nosotros.
Baili Deng echó un vistazo
alrededor. En el pabellón había varios jóvenes: príncipes, hijos de nobles…
ninguno a quien pudiera ofender. Así que respondió:
—Si el joven maestro Zhao
lo ordena, no me atrevo a desobedecer.
Apenas se sentó, Zi Gui
habló:
—Baili Deng, cuéntanos.
Cuando estabas en el Jianghu, ¿viste cosas aterradoras? Algo tan emocionante
como ese tal: “miles de agujas atravesando la garganta”.
—Cuando era discípulo de
una secta, no viví nada especialmente aterrador. Lo que sé es más bien de oídas
—respondió Baili Deng.
—¡Pues cuéntanos lo que
oíste! —insistió Zi Gui—. ¡No nos dejes con la intriga!
Baili Deng pensó un momento
y asintió.
—Bien. Les contaré algo que
escuché de otros.
—El “miles de agujas
atravesando la garganta” es la primera vez que aparece en el palacio, pero en
el Jianghu de las llanuras centrales ya ha ocurrido varias veces. No es raro.
Hubo una secta que sufrió una masacre sin motivo. Y el asesino, en medio de esa
carnicería, dejó un sobreviviente a propósito.
Ming Changyan, que no
estaba muy interesado, levantó la cabeza al oír eso.
—¿Un sobreviviente? Si
quería exterminarlos, ¿por qué dejar uno vivo?
Baili Deng sonrió
ligeramente.
—Porque ese hombre era un
loco.


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