Capítulo 21: El
caballero caído (X)
—¿No dijiste que no volverías a buscarme?
La puerta del Palacio Noventa y Nueve se
abrió de una patada. Huai Yu, vestido con ropa de dormir, recostado junto a la
cama, con el cabello suelto y apoyado en una mano, miraba con desgana a Ming
Changyan, que estaba en el umbral.
Ming Changyan entró de un paso, fingiendo
inocencia.
—¿Eh? ¿dije eso? ¿En serio? Debiste oír mal.
Huai Yu le recordó:
—Agua y pozo, cada uno por su lado.
Ming Changyan sonrió.
—Es que entre el agua y el pozo no había camino.
Si yo excavo uno, ya puedo cruzar.
Huai Yu soltó un bufido y se dirigió a la cama.
—Voy a dormir.
Ming Changyan, viendo que la situación se
torcía, se adelantó y saltó a la cama antes que él. Se tumbó de forma
exagerada, ocupando todo el espacio, sin quitarle los ojos de encima.
—Solo esta vez.
—Bájate —dijo Huai Yu.
Ming Changyan juntó las manos como si rezara.
—La última vez.
Huai Yu levantó el edredón y se acostó en el
borde exterior.
—Haz lo que quieras.
Ming Changyan, sorprendido por su indiferencia,
se incorporó y quedó medio arrodillado sobre la cama.
—¿Qué haces?
Huai Yu le dio la espalda y no respondió.
Ming Changyan avanzó de rodillas, apartó el
edredón de Huai Yu.
—Huai Yu, de verdad no tienes corazón. Ya no
eres tan obediente como cuando eras pequeño y encima ni siquiera me ayudas con
un pequeño favor.
Huai Yu actuó como si no oyera nada.
Ming Changyan no tuvo más remedio que suplicar
con voz suave:
—Buen Huai Yu, solo esta vez. Esta mañana no me
expliqué bien, fue culpa mía. Huai Yu, pequeño Huai Yu, ¡Huai Yu-gege!
Huai Yu chasqueó la lengua.
—¡Tsk! Qué fastidio.
Ming Changyan soltó una carcajada.
—Si me dices que sí, dejo de fastidiarte. Ni
siquiera preguntas qué necesito; me rechazas de entrada. Estoy muy triste.
—Seguro que no es nada bueno —respondió Huai Yu.
—Hermano Huai Yu, si me ayudas con esto, de
ahora en adelante te llamaré “gege”. Mira que soy mayor que tú
por un buen tramo y aun así estoy aquí, humillándome. ¡Gege, gege, Huaiyu-gege!
El corazón de Huai Yu se movió un poco; se
sintió complacido. Escuchó a Ming Changyan repetir “gege” varias veces y
quedó bastante satisfecho. Pero solo escuchó: no dijo nada.
Ming Changyan ignoró por completo su rechazo y
empezó a llorar a propósito, con toda la teatralidad del mundo:
—No tienes corazón, Huai Yu. Antes no eras tan
malo. ¿Cómo es que ahora ni siquiera quieres ayudarme con un pequeño favor? Al
fin y al cabo, somos viejos conocidos; dicen que “al encontrarse, nace un poco
de afecto”. Bueno, como llevamos tanto tiempo sin vernos, te concedo dos partes
de afecto. ¡Aun así no deberías dejarme morir sin ayudarme!
—Si me ayudas, este joven héroe hará todo lo que
tú digas. Ay, pequeño ancestro, ¿no te conmueve? ¡El número uno del mundo
dispuesto a ser tu subordinado! Desde hoy tú serás mi gege. Si mi gege
dice que vaya al este, jamás iré al oeste.
Ming Changyan lo miró con ojos suplicantes.
Huai Yu se incorporó y lo observó.
—¿Qué quieres hacer?
Ming Changyan enderezó la espalda de inmediato.
—No es lo que yo quiera hacer, sino lo que tú
vas a hacer —Ming Changyan pensó un momento, y avergonzado, confesó— El
emperador quiere que vaya esta noche a servir en los aposentos imperiales.
Huai Yu se quedó inmóvil.
Ming Changyan soltó dos risitas incómodas y se
abanicó con la mano.
—¡Increíble! Parece que este joven héroe sigue
tan apuesto como antaño; ahora ni el emperador se salva. Con las damas, bueno,
pasa… pero con un hombre… eso sí que no puedo disfrutarlo.
Luego lo amenazó:
—Huai Yu, tienes que ayudarme. Si no me ayudas,
te arrastro conmigo.
Huai Yu frunció el ceño, confundido.
—¿Arrastrarme?
—Por supuesto —dijo Ming Changyan—. El emperador
quiere que vaya y yo no pienso ir. Esta noche me quedo en tu cama; aunque caiga
un rayo, no me moveré. Mañana, cuando el emperador me busque y me encuentre
aquí contigo, nos meterán a los dos en la prisión imperial.
Huai Yu lo miró durante el tiempo que tarda en
arder media varilla de incienso. Finalmente se levantó y se puso una túnica.
Ming Changyan, viendo que cedía, juntó las manos
y sonrió:
—¡Muchas gracias, Huaiyu-gege! ¡Este pequeño
hermano te estará eternamente agradecido!
—Quédate aquí. No te muevas.
Ming Changyan asintió de inmediato.
—No me moveré, no me moveré. Aunque me eches, no
me iré —luego se frotó los brazos— Tengo frío. Déjame cubrirme un rato con tu
manta.
Huai Yu tardó un cuarto de hora en volver. Ming
Changyan, casi dormido, se levantó de un salto al verlo entrar.
—¿Y bien? ¿Qué le dijiste al emperador? ¿Todavía
quiere que vaya a servirle?
Huai Yu le lanzó una mirada indiferente.
—No hace falta.
Al escuchar la respuesta, Ming Changyan se puso
radiante. Estiró la mano para rodear el hombro de Huai Yu y hacer alguna
travesura, pero su estatura actual no le daba para tanto: incluso de puntillas
no alcanzaba el hombro de Huai Yu; tenía que saltar para apenas rozarlo.
Con frustración, retiró la mano. Pero a mitad
del gesto, Huai Yu reaccionó de pronto: le sujetó la muñeca y frunció el ceño.
—¿Qué pasó con tus dedos?
Ming Changyan movió ligeramente la mano y cayó
en cuenta.
—Ah, hoy al pelar una pera me corté sin querer.
—¿Los diez dedos a la vez? —preguntó Huai Yu.
Ming Changyan intentó retirar la mano, pero Huai
Yu la tenía demasiado firme.
—El cuchillo era muy rápido. Son cosas que pasan
—dijo Ming Changyan con una sonrisa.
Huai Yu lo observó desde arriba, con la mirada
afilada.
—No me gusta que me mientan. Dilo de nuevo.
Ming Changyan soltó una carcajada.
—Está bien, pero déjame beber un poco de té
primero. Tengo la boca seca de tanto hablar.
—Sírvete tú —respondió Huai Yu.
Ming Changyan levantó la mano y la agitó.
—Suéltame primero. ¿Por qué me agarras tan
fuerte? No voy a escapar.
Huai Yu aflojó los dedos. Ming Changyan se
sirvió una taza de té y, de paso, sacó de su ropa un bollo al vapor y le dio un
mordisco. Huai Yu se sentó frente a él. Ming Changyan, sintiéndose algo
culpable por comer solo, sacó otro bollo para ofrecerle.
—Lo guardé del desayuno. Como me dio hambre esta
noche, lo saqué para comer.
Huai Yu tomó el bollo, pero siguió preguntando:
—¿Qué te pasó en la mano?
Ming Changyan ya no podía esquivar el tema.
Además, Huai Yu no era un extraño. Así que decidió contarlo con franqueza.
—Cuando me estaban
persiguiendo, ¿no te da curiosidad saber cómo terminé cayendo al Río Yanbo?
Huai Yu bufó.
—Porque eres idiota.
A Ming Changyan se le
crispó el ceño, pero como Huai Yu acababa de ayudarlo, decidió ser magnánimo: «Un
caballero tiene el corazón ancho como para sostener un barco»
Aunque Huai Yu no fuera una
dama, tenía un temperamento igual de delicado. Ming Changyan lo trató como a un
niño y continuó:
—Porque estaba envenenado.
—Lo sé —dijo Huai Yu.
Ming Changyan soltó una
risita.
—Si ya lo sabías, ¿para qué
preguntas? Solo recuerdo vagamente que me envenenaron. En fin, no podía
vencerlos, así que me tiré al río. Quizá así tendría una oportunidad de
sobrevivir. Lo demás… no lo recuerdo.
Al oír esto, Huai Yu se
puso de muy mal humor.
—Saltar así también es
jugarse la vida.
Ming Changyan parpadeó.
—¡Pero sobreviví! ¿Ves?
Tengo buena suerte. A los hombres de bien siempre los protege el cielo.
Huai Yu inhaló hondo,
irritado.
—Eso fue porque…
Ming Changyan mordió otro
pedazo de bollo y preguntó con indiferencia:
—¿Mm? ¿Por qué?
—¡Hmph!
Ming Changyan se lamentó
con dramatismo:
—Siempre haces lo mismo:
empiezas a hablar y luego me gruñes. Así me obligas a detenerme para
consolarte, para que te mejores el ánimo… y al final retrasas la conversación
importante. Jejeje ¿O es que lo haces a propósito, como un niño, para que yo te
mime?
—Tergiversas las palabras
—lo acusó Huai Yu, luego se detuvo un instante— En tus manos hay cicatrices
antiguas. No es la primera vez que te haces daño.
Ming Changyan asintió.
—Adivinaste. El veneno que
tengo es muy feroz. Hasta ahora no he encontrado una cura definitiva. Pero
tengo un amigo que, en sus viajes por el Jianghu, obtuvo en la región de Bashu
un tipo de insectos gu. Se introduce en el cuerpo y vive alimentándose de las toxinas del veneno. Mientras uno
se saque sangre cada cierto tiempo, el veneno se mantiene a raya. Yo uso ese gu
para seguir vivo.
Huai Yu preguntó con
frialdad:
—¿Qué amigo?
—¿También quieres saber
eso? —respondió Ming Changyan.
—¿Se conocen desde hace
mucho? —insistió Huai Yu.
—Es un amigo que hice
cuando recién entré al mundo marcial. Necesito encontrarlo cuanto antes y
aclarar la verdad de lo que pasó aquel año.
—Si vas a por él, así como
estás, ¿no temes que no te reconozca? —preguntó Huai Yu.
—Confío en él —respondió
Ming Changyan con una sonrisa.
Al escuchar esto, Huai Yu
se dio la vuelta.
—Entonces ve a pedirle
ayuda a él.
Ming Changyan: “...”
«Hace un momento estaba tan
tranquilo… ¿y ahora este pequeño mocoso vuelve a enfadarse?»
—¡Huai Yu, Huai Yu! —llamó
Ming Changyan—. ¿Qué te pasa otra vez? ¿Dije algo mal? Está bien, está bien, lo
dije mal. Pero no me ignores.
Apenas se movió, un dolor
agudo le atravesó el pecho. Se dejó caer en la silla, en silencio. Huai Yu, al
notar que ya no hablaba, se volvió y lo vio con el rostro crispado de dolor. Se
sobresaltó, corrió hacia él, lo tomó por la cintura y lo llevó a la cama. Luego
le tomó el pulso. El cuerpo de Ming Changyan estaba lleno de enfermedades leves
y graves; desde que entró al palacio jamás se había cuidado, siempre saltando,
corriendo, buscando la muerte en cada esquina.
Pero al ver la expresión
alarmada de Huai Yu, Ming Changyan soltó una carcajada. Huai Yu comprendió al
instante que lo habían engañado.
—¡¿Te atreves a engañarme?!
—Huai Yu apretó un poco su muñeca.
—¡Ay, ay, ay! ¡Pequeño
ancestro! Solo quería aliviar el ambiente. Ahora no puedo vencerte, no abuses
de tu juventud para maltratar a los viejos, débiles y enfermos.
—¡Hmph! —Huai Yu soltó su
muñeca y se alejó.
Desde que Ming Changyan
reveló su identidad, se había vuelto cada vez más despreocupado frente a Huai Yu.
Tras un rato tumbado en la cama, empezó a quejarse sin motivo.
—Huai Yu, pequeño Huai Yu,
tengo mucha hambre. ¿Tienes algo de comer?
Un biombo los separaba
dentro de la habitación.
—Huai Yu, de verdad tengo
hambre. No cené —insistió Ming Changyan.
Detrás del biombo se
escuchó el sonido del agua. Ming Changyan se incorporó y sonrió.
—¿Vas a hervir agua para
cocinarme algo? No hace falta, no soy tan exigente.
Huai Yu entró desde la
estancia exterior y lo vio con una pierna colgando del borde de la cama,
balanceándola sin parar. Tenía la boca llena de bollo, y otro medio bollo en la
mano. Por lo visto, había sacado el bollo que usaba para simular el pecho y se
lo estaba comiendo. Ni un bollo entero podía callarlo.
—Solo comer bollo da sed
—dijo Ming Changyan—. Sírveme té. Mi cuerpo está muy débil, no puedo caminar.
Huai Yu se acercó
directamente a la cama.
—¿Y el té? —preguntó Ming
Changyan.
Llevaba puesta una falda de
gasa, pero su actitud era completamente despreocupada. Huai Yu lo miró
fijamente. Tras un momento de silencio, se inclinó y empezó a levantarle la
ropa.
La falda veraniega de una
dama era fácil de desatar, pero Huai Yu no conocía la estructura de la ropa
femenina, así que le resultaba bastante difícil.
El joven héroe Ming se
quedó atónito por un momento, completamente sorprendido, y el bollo en su mano
rodó dos veces y cayó al suelo.
La mayoría de su ropa ya estaba desabrochada.
El
autor tiene algo que decir:
El joven Ming está hablando
como un anciano sabio, pero en realidad…
Recordatorio amistoso: Changyan solo tiene unos cuatro o cinco años más que Huai Yu.


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