Capítulo 20: El
caballero caído (IX)
La ventana fue golpeada tres veces, el ruiseñor
cantó tres veces, de repente, una ventana del dormitorio fue empujada de
adentro hacia afuera.
Un par de manos blancas como el jade de una doncella
apareció en la oscuridad. El ruiseñor cantaba en el laurel frente a la ventana,
ella escuchó un momento y, con un tono de prueba, llamó:
—¿Hermano?
De repente, un joven de negro colgó de un árbol,
frío y pálido, con los brazos cruzados y una sonrisa en el rostro.
Esta persona era Ming Changyan, y dijo:
—Yi Yue, ¿tienes hambre?
—¡Hermano! —Los ojos marrones de Yi Yue
brillaron, abrió los brazos y se preparó para abrazarlo.
Ming Changyan, temiendo que ella se cayera de la
casa, rápidamente se dio la vuelta y saltó del laurel.
Entrando por la ventana, Yi Yue encendió la
lámpara y la habitación se iluminó de inmediato.
Ming Changyan no la había visto en un año, así
que retrocedió dos pasos y la miró de arriba a abajo. Yi Yue llevaba una falda
de gasa característica del Gran Yue, con su largo cabello negro rizado, parecía
una señorita salida de una pintura, de belleza excepcional, como un hada,
deslumbrante y encantadora.
Yi Yue se sentó frente a la mesa y sirvió un
tazón de leche de cabra.
—¿Tienes sed, hermano?
Ming Changyan se sentó y dijo con una sonrisa:
—Te has engordado un poco.
—Cuando engorde un poco más, el hermano podrá ver cómo se ve uno
engordando —dijo Yi Yue.
Cuando terminó de beberse la leche de un trago,
Ming Changyan rebuscó en la bolsa que llevaba a la espalda y sacó un montón de
polvos y ungüentos traídos desde las llanuras centrales. Aquellas pequeñas
cosas eran comunes en Lin’an, nada raro; pero Yi Yue jamás había salido del Gran
Reino Yue, así que cualquier objeto que su hermano le trajera del exterior era,
para ella, un tesoro.
Yi Yue destapó uno de los frascos, mojó la yema
del dedo en el carmín y lo pasó por sus labios.
—El que me trajiste el año pasado ya lo gasté.
¿Se usa así? ¿Y este otro? Es tan oscuro… ¿también se pone en la boca?
—Ese es para las cejas —dijo Ming Changyan—.
Ven, te enseño cómo se usa.
—¿Sabes pintarlas? Eso es cosa de las muchachas
de las llanuras centrales.
Ming Changyan alzó una ceja.
—No subestimes a tu hermano. ¿Qué cosa habría
que yo no sepa hacer?
Se movieron de sitio. Yi Yue se sentó frente al
espejo; Ming Changyan tomó el lápiz de tinta negra con la mano derecha y lo
deslizó suavemente sobre las cejas de ella. En el reflejo, ambos tenían el
mismo rostro, la misma belleza natural: eran gemelos, dos flores nacidas del
mismo tallo, imposibles de distinguir.
Cuando terminó de pintar las cejas, Yi Yue dijo:
—Hermano… quedaron horribles.
Ming Changyan le dio un golpecito en el
entrecejo.
—Siempre tan quisquillosa. La próxima vez,
aunque me lo ruegues, no te las pintaré.
Yi Yue se levantó y giró frente al espejo; los
cuatro pares de campanillas en sus muñecas y tobillos tintinearon con claridad.
—Hermano, ¿cuándo me llevarás a las llanuras
centrales? Lo dijiste el año pasado y el anterior también. Siempre mientes.
—Me calumnias —protestó Ming Changyan—. Solo
tienes que esperar un año más y podré llevarte. Recuerdo que ya va a empezar la
Ceremonia de Perseguir la Luna. ¿Has practicado bien la danza? Si
vuelves a olvidarla a mitad del baile, como cuando eras pequeña, papá te
colgará para darte una paliza.
Yi Yue soltó una risita.
—A quien colgó para pegarle fue a ti. Aprovechas
el caos para cambiar la historia.
Ming Changyan también rio.
—¿Y no fue por ayudarte? Qué poca conciencia
tienes. Si no vinieras llorando a decirme que no te salía la danza, ¿cómo iba
yo a subir a reemplazarte?
—Tú y yo tenemos la misma cara, nadie lo notaría
—dijo Yi Yue. Pensó un momento y añadió—: Solo mamá podía distinguirnos.
Ming Changyan tomó dos pastelillos y se los
comió.
—Mamá se fue hace muchos años. Quedarnos en el
Gran Yue ya no tiene sentido. Cuando termine la Ceremonia de Perseguir la
Luna este año, te llevaré conmigo a las llanuras centrales.
Yi Yue miró el colgante de jade en su cintura.
—¿Qué es eso? Es muy bonito.
—Ah, me lo regaló mi pequeño discípulo
—respondió Ming Changyan— ¿Te gusta? Si quieres, te lo doy.
Hizo ademán de desatarlo, pero Yi Yue negó con
la cabeza.
—No lo quiero. Cuando lleguemos a las llanuras
centrales, me compras uno nuevo.
—Por supuesto. Te compraré todos los que
quieras. Ah, y esto también. —Sacó dos pequeñas peinetas de madera, finamente
trabajadas—. Esta es para Xiao Lingdang y la otra para Xiao
Shaizi. Se las prometí el año pasado. Mañana, cuando vengan a ayudarte a
levantarte, dáselas. Pero no le digas que yo vine.
Yi Yue empujó una de las peinetas de vuelta
hacia él.
—Con una es suficiente. Xiao Shaizi fue
asesinada por papá.
Ming Changyan se quedó helado.
—No me agrada papá. Cada vez tiene peor temperamento
y mata gente ante cualquier provocación. Llévame contigo, hermano… vámonos este
año, ¿sí? Y también hay que llevar a Xiao Lingdang. Desde que papá mató
a Xiao Shaizi, ella está aterrada.
Ming Changyan volvió en sí, le revolvió el
cabello y soltó un suspiro.
—Este año no puede ser. En las llanuras centrales
mi posición aún no es firme; necesito un año más para poder sacarte sin que
nadie lo note. Si te llevo ahora, no puedo garantizar tu seguridad. El año que
viene… el año que viene ya tendré la fuerza para enfrentarme a papá.
Eso dijo con la boca, pero en su corazón sabía
que la situación de la Secta Tianqing en el Jianghu de las llanuras centrales
era mucho más grave de lo que admitía. Su intuición le decía que este no era el
mejor momento para llevarse a Yi Yue.
Yi Yue se dejó caer sobre la mesa y empujó
distraídamente la taza de té con los dedos.
—No me gusta la luna. Es enorme y aburrida.
Al verla decaída, Ming Changyan desvió el tema.
—Adivina a quién vi hoy cuando regresaba de Wu’an.
Los guerreros de la tribu estaban cazando en el bosque y el que ganó el primer
puesto…
Hizo una pausa deliberada. Como era de esperar,
al oír las palabras “tribu Wu’an”, Yi Yue levantó la cabeza con los ojos muy
abiertos.
—¿Adivinas quién fue?
—¿Bu Feng? —preguntó ella.
Ming Changyan se burló con suavidad.
—A mi cuñado.
—Me estás tomando el pelo
—murmuró Yi Yue con las mejillas sonrojadas.
—No, no. Hoy realmente me encontré con Bu Feng.
Cazó un cervatillo y dijo que te haría un adorno con las astas para
regalártelo. ¡Ah! y esto… —Ming Changyan sacó una pluma de escribir de entre su
túnica— Bu Feng me pidió que te la trajera. ¿Tu pluma se rompió? Dice que hace
mucho que no le escribes.
Yi Yue guardó la pluma y replicó:
—Hermano, mírate. Has estado tanto tiempo en las
llanuras centrales y ni siquiera me has buscado una cuñada.
Ming Changyan cruzó una pierna y soltó una
carcajada.
—No he encontrado una cuñada para ti, pero sí he
criado una montaña de pequeños bribones.
Yi Yue suspiró con anhelo.
—Cuando llegue a la secta Tianqing, yo también
quiero aprender artes marciales. Bailar es tan aburrido… siempre la misma
danza, año tras año. Después de tantos años, siento que mis pies van a
romperse.
—La Ceremonia de Perseguir la Luna se
celebra una vez al año —dijo Ming Changyan— no puedes dejar de bailar. Pero
cuando estemos en las llanuras centrales, yo mismo te enseñaré artes marciales.
Yi Yue tomó de su cama un libro antiguo. En la
portada se leían cinco caracteres: “Gran Libro de Canciones de la Diosa”.
Era el texto que debía recitarse durante la ceremonia. Al verlo, Ming Changyan
sintió una punzada de nostalgia. De jóvenes, él y Yi Yue estudiaron juntos
aquel libro; pero como él era hombre, el chamán solo le exigía memorizarlo
entero, mientras que Yi Yue debía aprender también la danza ritual.
Ming Changyan estaba a punto de contarle alguna
anécdota de las llanuras centrales cuando su nariz captó un aroma tenue.
—Yi Yue… ¿Qué has encendido en tu habitación?
¿Por qué huele a incienso?
Ella no respondió. Ming Changyan alzó la vista,
pero su visión se volvió borrosa.
—¿Yi Yue…?
Se frotó los ojos y despertó.
Fu Ling estaba exprimiendo un paño húmedo y
exclamó, sorprendida:
—¡La señorita Yan Shaoshi ha despertado!
Ming Changyan se incorporó; el cabello le caía
desordenado por la espalda. El aroma era aún más intenso.
—¿Huai Yu estuvo aquí?
Fu Ling le entregó el paño.
—El Joven Primer Ministro acaba de irse.
Ming Changyan soltó un suspiro.
—Con razón.
Fu Ling, atenta a cada matiz de su expresión,
preguntó:
—¿Yan Shaoshi, tienes alguna incomodidad en el
corazón?
Ming Changyan agitó la mano.
—No. Solo he tenido un sueño… un sueño sobre
algo que ocurrió en mi familia hace tiempo.
Fu Ling le colocó una capa sobre los hombros.
—Ah, entonces extrañas tu hogar. En el palacio,
muchas concubinas también lo extrañan. Cuando Yan Shaoshi entre en servicio
nocturno y su rango aumente, podrá traer a sus padres para reunirse unos días.
Ming Changyan no tenía ánimo para escuchar sus
trivialidades; seguía sumido en la estela del sueño. No llevaba mucho tiempo de
vuelta en las llanuras centrales desde el Gran Yue y la secta Tianqing había
sufrido desgracia tras desgracia. Las seis grandes sectas lo habían perseguido;
cayó al Río Yanbo y escapó por milagro, pero pasó casi dos años en un estado de
sopor. Al despertar, padecía una amnesia traumática: ciertos recuerdos habían
desaparecido sin dejar rastro.
Al pensar en ello, Ming Changyan volvió a
suspirar.
¿La próxima vez? ¿Cuándo sería esa “próxima
vez”? Llevaba dos años sin regresar al Gran Yue; no sabía cuánto lo estaría
reprochando Yi Yue. Ahora que se había convertido en un inútil, ¿cómo podría traerla
a las llanuras centrales y protegerla?
Era como un Buda de barro cruzando el río: ni
siquiera podía salvarse a sí mismo. Precisamente por eso, la búsqueda de la hierba
divina era urgente. Debía averiguar cuanto antes la verdad de hace dos
años: ¿Quién lo había incriminado? ¿Quién había matado a Wan Qianqiu?
—¡Hiss!
Mientras meditaba, de pronto sintió en la nuca
un dolor punzante, como una aguja atravesándole la piel. Ming Changyan aspiró
bruscamente; llevó la mano al cuello y notó un bulto inflamado que se movía
bajo la carne. Los dedos le ardían, como si algo quisiera desgarrar la piel
desde dentro.
—¡FU LING! ¡TRÁEME UN CUCHILLO! ¡CUALQUIER
CUCHILLO SIRVE!
El grito repentino la sobresaltó.
—Señorita Yan Shaoshi, en el palacio no hay
cuchillos.
—Algo puntiagudo también sirve —dijo Ming
Changyan—. ¡Sácate la horquilla del cabello y dámela! Y luego ve a buscarme un
cuenco.
Al ver que Ming Changyan estaba empapado en
sudor frío, con el rostro lívido y los labios sin una gota de sangre, Fu Ling
no se atrevió a perder ni un instante. Se quitó la horquilla del cabello, tomó
el cuenco y se sentó junto a él.
Ming Changyan, medio recostado en la cama, no
dudó ni un segundo. Apretó la horquilla entre los dedos y se lo clavó en la
yema con tal fuerza y ferocidad que la piel se abrió y la sangre cayó en hilos.
El dolor de los dedos se conecta directo al corazón; solo con ver este
movimiento, Fu Ling sintió los huesos helarse. Soltó un grito agudo, retrocedió
un paso, cayó al suelo y se cubrió la boca, temblando.
Ming Changyan, en cambio, no alteró el
semblante: parecía acostumbrado a aquello, como si lo hubiera hecho mil veces,
y con una destreza inquietante perforó uno por uno todos sus dedos.
Al cabo de un momento, en el cuenco se había
acumulado un charco de sangre: oscura, espesa, claramente sangre envenenada.
Cuando terminó, Ming Changyan levantó la cabeza
y miró a Fu Ling.
—Lo de hoy solo lo sabemos tú y yo. No se lo
digas a nadie. Ni siquiera a Shao Yao.
Fu Ling tragó saliva y se incorporó lentamente
del suelo.
—Yan Shaoshi… ¿por qué…?
—Oh, nada grave —respondió Ming Changyan—. Es un
viejo problema. Hoy lo viste por accidente. Recuerda mantenerlo en secreto.
Fu Ling asintió, y de pronto exclamó:
—¡Yan Shaohsi, voy a traerle medicina!
Salió apresurada, luego regresó con vendas y
polvo medicinal. Ming Changyan tomó todo y rechazó su ayuda; torpe y brusco, se
envolvió los dedos con unos cuantos nudos de tela mal hechos.
Las heridas eran demasiado grandes. Aunque se
vendó tres o cuatro capas, la sangre seguía empapando la gasa. Fu Ling propuso:
—Yan Shaoshi, voy a llamar al Joven Primer
Ministro.
Ming Changyan, con la gasa entre los dientes,
deshacía y volvía a atar los vendajes. Murmuró, confuso por el dolor:
—¿Para qué llamarlo?
—Estos días, mientras la señorita Yan Shaoshi
estaba inconsciente, fue el Joven Primer Ministro quien vino a cuidarla
—explicó Fu Ling—. Él y usted se llevan bien. ¿Por qué no llamarlo otra vez?
Ming Changyan soltó la gasa y sonrió.
—Fu Ling, de ahora en adelante él y yo seremos
como agua y pozo: cada uno por su lado. Que haya venido a cuidarme, este joven
hér… e-esta Shaoshi lo recuerda y lo agradece. Pero que yo vaya a buscarlo por
mi cuenta es imposible. Tú lo viste: hace unos días dejé las cosas claras. Si
voy a buscarlo ahora, ¿no sería perder la dignidad?
—La dignidad es poca cosa; la salud es lo
importante —murmuró Fu Ling.
—No, no, imposible. Para mí, la dignidad es lo
primero. No vuelvas a mencionarlo.
Mientras hablaba, ya había terminado de vendarse
los diez dedos. Ming Changyan miró el cielo por la ventana: la noche había
caído por completo.
—Además, con lo oscuro que está, ir a molestar a
alguien sería impropio de una doncella.
Fu Ling no tuvo más remedio que asentir. Tomó el
cuenco y salió a vaciar la sangre. Apenas abrió la puerta, Shao Yao, que estaba
esperando allí, exclamó con alegría:
—¡Fu Ling, mira quién ha venido!
Un eunuco, encorvado y sonriente, saludó:
—¿Está la señorita Yan Shaoshi dentro?
—Sí —respondió Fu Ling—. ¿Qué asunto trae el
señor eunuco?
—Soy Li Xishan, de la Oficina de Servicio
Imperial —dijo el eunuco.
Fu Ling y Shao Yao se miraron, encantadas.
—¡Ah, es el señor Li! Pase, pase. Nuestra señorita
está dentro.
—¡Yan Shaoshi! ¡Ha venido alguien de la Oficina
de Servicio Imperial! —llamó Shao Yao.
Ming Changyan, que estaba soplando sus dedos
para que la sangre secara más rápido, escuchó el tono alegre y dijo:
—Que venga quien quiera. ¿Por qué estás tan
contenta?
Li Xishan respondió con una sonrisa:
—Cuando la señorita Yan Shaoshi escuche lo que
traigo, también se alegrará. Su Majestad ha volteado su placa esta noche.
—¿El emperador? ¿El emperador ha volteado mi
placa? Fu Ling, ¿qué significa eso? ¿Qué placa mía tiene el emperador?
Li Xishan, viendo la “inocencia” de Ming
Changyan, intercambió una mirada divertida con las dos sirvientas.
—Señorita, que Su Majestad haya volteado su
placa significa que esta noche está convocada para servir en el aposento imperial.
«Servir en el aposento imperial.» Ming Changyan entendió esas palabras.
Se quedó paralizado lo que tarda en arder media
varilla de incienso antes de murmurar:
—¿Yo… servir en el aposento imperial?
Li Xishan asintió.
—Vendré a buscarla a las nueve de la noche.
Ming Changyan meditó un instante.
—Bien. Entendido. Me prepararé y enseguida iré.
Cuando Li Xishan se marchó, Fu Ling exclamó:
—¡Qué bien, qué maravilla! Yan Shaoshi, ¿qué
necesita preparar? ¿Va a cambiarse de ropa?
Shao Yao rio:
—Cambiarse o no da igual. Su Majestad no va a
fijarse en la ropa.
Ming Changyan se levantó de la cama y dijo:
—Iré al Palacio Noventa y Nueve.
—¿A qué va Yan Shaoshi al Palacio Noventa y
Nueve a estas horas? —Fu Ling se quedó perpleja.
—¿A qué más podría ir? ¡A buscar a Huai Yu! —respondió
Ming Changyan.
Shao Yao tartamudeó:
—P-pero, señorita, esta noche debe servir en los
aposentos imperiales… Si no va con Su Majestad y va con el Joven Primer Ministro,
¿qué sentido tiene…?
—Precisamente por eso voy a buscarlo. Apártense.
No me sigan. Cuando venga ese eunuco, pueden entretenerlo un rato. Yo volveré
enseguida.
Fu Ling protestó, desesperada:
—Pero hace poco me dijo que usted y el Joven
Primer Ministro serían como agua y pozo, que ir a buscarlo sería perder la
dignidad…
Ming Changyan se cubrió la cara.
—La dignidad es poca cosa; la salud es lo
importante.
Se dirigió a la puerta para abrirla, pero se
detuvo. Salir caminando tan campante no era apropiado. Volvió sobre sus pasos,
se acercó a la ventana, la abrió y miró a ambos lados: no había nadie.
Ming Changyan levantó una pierna y se deslizó
hacia afuera.
—¡SEÑORITA! ¿VA A SALTAR POR LA VENTANA? —gritó
Fu Ling.
—Error —respondió Ming Changyan mientras caía
con ligereza—. Ya salté.
Por el corredor del Palacio Changping, camino
hacia el Palacio Noventa y Nueve, una sombra blanca salió disparada a
toda velocidad.
La autora tiene algo que
decir:
¡Al principio hay un poco de nostalgia! El joven
Ming tiene una hermana, son gemelos de dragón y fénix, no es invento suyo.
La apariencia de Ming Changyan es
extraordinaria; de lo contrario, ¿cómo habría engañado al “pequeño pez malvado”?
Si fuera feo y se pusiera a molestar, ya lo habría matado.
Y sí, la dirección al “aposento imperial” es la
correcta.


Comentarios
Publicar un comentario
Deja tu opinión ❤️