RT 202

   

Capítulo 202: Pergamino de Piel de Oveja.

Flores de melocotón rojas, flores de albaricoque blancas.

 

A mediodía, el salón de caridad estaba en su momento más bullicioso. La anciana manca, después de comer, se sentó sola en los escalones a tomar el sol. Cabeceaba sin parar, varias veces estuvo a punto de caerse, pero se negaba a entrar a dormir: decía que estaba esperando a alguien.

 

—¿Todavía espera al joven héroe Xiao? —el mayordomo negó para sí y le habló en voz alta al oído—. El joven héroe Xiao está en el campamento militar, muy ocupado. No puede venir aquí.

 

—¿Quién dijo que no puede? Ahí viene —la anciana abrió los ojos de par en par, clavándolos al frente. Sonrió, arrugando todo el rostro, y preguntó en voz baja— ¿Estoy bonita hoy?

 

—Bonita, bonita —el mayordomo la complació sin pensar, creyendo que deliraba. Pero al volverse, vio que Xiao Lan realmente venía hacia ellos, con una caja de pastelillos en la mano. Lu Zhui no estaba a su lado: venía solo.

 

—¿Lo ve? Ya dije que mi corazoncito no puede olvidarse de mí —la anciana se levantó apoyándose, se acomodó el cabello de las sienes e imitó el gesto tímido de una jovencita.

 

El mayordomo no sabía si reír o llorar; no tenía idea de cuándo aquella anciana chiflada recuperaría la cordura. La ayudó a salir al patio y saludó:

 

—Joven héroe Xiao. Déjemelo a mí.

 

Xiao Lan le entregó la caja.

—Compré algo de comida para los ancianos.

 

—¿Y por qué no me trajiste nada a mí? —la anciana lo regañó.

 

—Tengo algo que decirle a la venerable —respondió Xiao Lan sin rodeos.

 

Al oír que la llamaba “venerable”, el mayordomo comprendió que aquello debía ser asunto de la vida errante y se retiró enseguida. Xiao Lan entró al patio y se sentó.

 

—Anoche la Demonio Carmesí vino a matarme.

 

—Como estás sin un rasguño, supongo que no saliste perdiendo —la anciana dio dos vueltas a su alrededor y chasqueó la lengua—. ¡Tsk! Ya lo dije: ella no es rival para ti.

 

—¿La venerable no está preocupada? —preguntó Xiao Lan.

 

—¿Por qué habría de estarlo? —la anciana sonrió con malicia—. Si pierdo una hija, puedo tener un hijo contigo…

 

—¡Venerable! —Xiao Lan la interrumpió, con una advertencia en la mirada.

 

—No seas tan feroz —la anciana volvió a sentarse, con esa sonrisa loca y enigmática—. Lu Mingyu no es tonto. Sabiendo que yo soy un gran problema, ¿cómo permitiría que mataras a mi hija?

 

—No quiero enfrentarme a la secta de la Fuente Umbría, ni quiero enfrentarme a la venerable —dijo Xiao Lan—. Ya que es usted del Gran Chu, ¿podría aconsejar a su hija que no siga ayudando al enemigo?

 

—Ya perdió contra ti. Según las reglas, el negocio queda anulado y tendrá que devolver una gran suma de plata —respondió la anciana—. No volverá a buscarte. ¿Qué más quieres que diga?

 

Xiao Lan sirvió una taza de té sin hablar.

 

—Ah, ya entiendo —la anciana se acercó—. ¿Vienes porque te preocupa que yo intervenga para ayudarla? ¿Vienes a convencerme?

 

—La venerable tiene gran habilidad, actúa de forma extraña y su origen es incierto —Xiao Lan le ofreció la taza—. En circunstancias normales no importaría, pero ahora el Gran Chu y el reino de Xilan están a punto de entrar en guerra y su hija está en el campamento enemigo. Es natural que piense más de la cuenta.

 

—¿Piensas tú… o piensa Lu Mingyu? —la anciana miró la taza, pero no la tomó—. No me gusta Lu Mingyu.

 

—Que le guste o no, no importa. A mí sí me gusta —Xiao Lan sonrió—. Si demasiada gente lo quisiera, entonces sí tendría un problema.

 

La anciana frunció el ceño, cada vez más molesta.

—¿Has venido a convencerme o a declararme tu amor? ¿No temes que me harte y me vaya al campamento de Yelü Xing?

 

—La venerable ya dijo que solo quiere ver el espectáculo y no meterse en asuntos ajenos. ¿Para qué ir al campamento enemigo? —Xiao Lan negó—. Además, allí no hay esta vida tranquila y despreocupada. Todos trabajan y arriesgan la vida. Solo de pensarlo, ya suena aburrido.

 

La anciana quedó sin palabras y bufó, dándole la espalda.

 

—Venerable —Xiao Lan golpeó la mesa y dijo con sinceridad—. Si no quiere ayudar, está bien. Solo no cause problemas.

 

—Entonces tienes que venir a verme todos los días —exigió la anciana—. Si vienes cada día, no causaré problemas.

 

—Estoy en el campamento militar. No puedo venir todos los días —respondió Xiao Lan—. Pero sí puedo venir de vez en cuando a visitarla.

 

—Entonces queda así. Tienes que venir a verme —la anciana giró la cabeza y añadió en voz baja—. Y no traigas a Lu Mingyu.

 

Xiao Lan sonrió.

—De acuerdo.

 

—¿Qué te digo? Hombres tan jóvenes y guapos como tú, que además hablan tan bien, ¿por qué Dios no puede hacer unos cuantos más? —La anciana manca lo miró fijamente por un momento, luego suspiró con tristeza mientras se acariciaba la cara— Cuando yo era joven y hermosa, tampoco encontré muchos y aunque tuve suerte y encontré algunos, eran más bien inútiles, como un…

 

—Venerable —Xiao Lan le metió la taza de té en la mano, cortando de raíz sus desvaríos—. ¿Cuándo piensa convencer a su hija para que regrese?

 

—¿Convencerla para qué? Si vuelve, me va a quitar a mi hombre —la anciana negó con la cabeza, llena de desprecio—. Que se vuelva sola a la Secta de la Fuente Umbría.

 

—Está bien —dijo Xiao Lan—. Los asuntos familiares de la venerable no son cosa mía. Pero si en adelante esto afecta la guerra, hoy ya queda dicho de antemano.

 

—Lo sé, tranquilo —la anciana soltó una risita—. Si algún día discutes con esa mocosa, yo estaré de tu lado. Te ayudo a darle una paliza.

 

—Bien, queda acordado —Xiao Lan miró el cielo—. Ya es tarde. Me retiro.

 

—No te vayas —pidió la anciana—. ¿No me acompañas a comer?

 

—Tengo que volver al campamento.

 

—¿Y si vas al campamento ya no comes? —la anciana refunfuñó—. ¿O es que vas a acompañar otra vez a Lu Mingyu?

 

—Cuando esta guerra termine, comeré con la venerable —Xiao Lan se levantó—. Me despido.

 

—Está bien, ve, ve —la anciana suspiró—. Ustedes los hombres solo saben engatusar mujeres.

 

Aunque su voz sonaba llena de descontento, siguió mirando la espalda de Xiao Lan hasta que desapareció. Luego chasqueó la lengua, negó con la cabeza y se echó a reír sola.

 

Frente al salón de caridad, en el segundo piso de una casa de té, Lu Zhui estaba sentado apoyando la cabeza en una mano y sosteniendo una taza con la otra, casi dormido.

 

—¿Con sueño? —Xiao Lan levantó la cortina y se sentó frente a él.

 

—Hoy el clima está estupendo, bien calentito —Lu Zhui estiró los músculos—. ¿Cómo te fue?

 

—Adivinaste bien. La Demonio Carmesí y ella son madre e hija —dijo Xiao Lan—. No se puede saber si se llevan bien o mal. Pero por su manera de actuar, no parece alguien que vaya a unirse a Yelü Xing… aunque tampoco parece que vaya a servirnos.

 

—¿Sí? —Lu Zhui se recostó en la silla—. Si es así, mejor. Pero tengo la sensación de que no se quedará tranquila.

 

—¿Y entonces? —preguntó Xiao Lan—. ¿Qué piensas hacer?

 

—Primero pondré gente a vigilar el salón de caridad. Luego veremos si hay oportunidad de sacarle más información —respondió Lu Zhui—. En un momento tan crítico, aparece del cielo una experta y la tenemos ahí sin usarla… sería una lástima.

 

«Al fin y al cabo, como dice el dicho: ya que vino, pues que sirva de algo.»

 

—Cuando vuelvas a verla, ten cuidado —advirtió Xiao Lan—. Hoy repitió varias veces que no quiere verte.

 

—Así que soy tan molesto —dijo Lu Zhui.

 

Xiao Lan asintió.

—Mn.

 

Lu Zhui imitó el tono que Xiao Lan había usado días atrás.

—Estoy herido en el corazón.

 

—No importa. Si a los demás les molestas, a mí no —Xiao Lan le pellizcó las mejillas y las estiró—. Igual te llevo en un palanquín a la boda.

 

El joven maestro Lu apartó su mano sin cambiar de expresión. En su interior, calculaba cuándo terminaría aquella guerra desastrosa: al fin y al cabo, los días auspiciosos para casarse eran pocos, apenas una docena al año y no podían desperdiciarse.

 

***

 

En el campamento del reino de Xilan, la Demonio Carmesí dejó caer sobre la mesa un saco lleno de perlas doradas.

—Según las reglas, el triple.

 

—Quién lo diría —Yelü Xing negó con la cabeza—. Ni siquiera la Santa Dama es rival para Xiao Lan.

 

La Demonio Carmesí no quiso explicar nada, y menos aún mencionar a su madre. Se dio la vuelta para salir de la tienda.

 

—Santa Dama —la llamó Yelü Xing—. Si se queda en el ejército y sigue trabajando para mí, puede llevarse todo este tesoro.

 

—No hace falta —respondió Demonio Carmesí sin volverse—. Hay una pista más. Considérela un favor antes de irme. En el campamento del Gran Chu apareció una nueva ayudante. Será mejor que el rey esté atento. No es fácil de enfrentar.

 

—¿Ayudante? —Yelü Xing frunció el ceño—. ¿Quién?

 

La voz de la Demonio Carmesí fue tranquila, sin sobresaltos:

—Una vieja loca con una habilidad suprema y mata sin pestañear.

 

—¡Achoo! —en el salón de caridad, la anciana manca estornudó. Siguió mirando el cielo azul brillante y canturreó una tonada de Jin.

 

«Flores de melocotón rojas, flores de albaricoque blancas.»

 

«El muchacho monta un caballito de bambú y da vueltas alrededor del lecho.»

 

—¡Arre! —Lu Zhui sacudió las riendas. El Feisha Hongjiao relinchó largamente; su cuerpo fuerte se volvió aún más ágil y ligero, como una ráfaga de arena que se precipitó en medio del campamento del Gran Chu.

 

—¿Ya regresaste? —se desmontó de un salto, sin siquiera ponerse firme antes de preguntar con prisa—. ¿Ah Liu también volvió?

 

—Tranquilo, está sin un rasguño. Y además parece encantado de la vida —Xiao Lan lo sostuvo del brazo—. Ya te dije: tu hijo tiene una fortuna enorme, una vida larga y la mejor suerte del mundo.

 

—Menos mal —Lu Zhui por fin soltó el aire. Entró con él a la tienda principal; al levantar la cortina, vio que los cuatro de la Fuente Umbría estaban allí tomando té. Ah Liu estaba radiante, no como alguien que acabara de salir de un laberinto, sino como un erudito que vuelve de pasear en primavera tras ganar los exámenes imperiales.

 

—Joven maestro Lu —Haifeng hizo un saludo marcial—. Volvimos tal como prometimos. Ahora sí debería creerlo, ¿no?

 

—Son realmente extraordinarios —Lu Zhui miró a Ah Liu—. ¿Instructor Wang?

 

—Sí —Ah Liu se levantó, aún alegre—. Estos cuatro héroes son de verdad increíbles. En ese laberinto había arena amarilla por todas partes, el viento aullaba como loco, de día había tres soles y de noche tres lunas. Yo estaba completamente mareado; ni hablar de distinguir la dirección, con solo mirar un rato ya me desmayaba.

 

—¿Y después? —preguntó Lu Zhui.

 

—Después, gracias a estos cuatro héroes —dijo Ah Liu—. Yo solo me dediqué a seguirlos con la cabeza gacha; no tuve que preocuparme por la dirección ni por el agua. Al final salimos del laberinto sin esfuerzo y llegamos al gran desierto detrás del campamento enemigo. Desde allí, incluso se veía el humo blanco de las cocinas del ejército rival.

 

Lu Zhui asintió y dijo a los cuatro con sinceridad:

—Mi respeto.

 

—La plata —Haifeng habló con brusquedad, mirando al suelo y extendiendo una mano.

 

—Antes del atardecer enviaré a alguien con todo el pago —dijo Lu Zhui sin dudar—. Han trabajado duro. Descansen temprano hoy.

 

Ah Liu, cumpliendo su papel, no olvidó intervenir:

—¿Y yo?

 

—Ven conmigo —dijo Lu Zhui—. El instructor Wang ha tenido mérito en esta misión. Si quieres alguna recompensa, dilo sin problema.

 

Ah Liu lo siguió, feliz como un perro con dos colas.

—Quiero construirle un templo a mi padre.

 

Lu Zhui mantuvo el rostro impasible hasta llegar a su residencia. Entonces se volvió y le dio una patada al hijo tonto, riendo y regañando:

—¡Tu padre no está muerto! ¿Para qué construir un templo?

 

Ah Liu esquivó con una risita y se sentó en el suelo a beber té. Tenía sed.

 

—Dime —Lu Zhui se agachó frente a él—. ¿De verdad son tan buenos esos cuatro?

 

—Tan cierto como que el cielo es azul. Hubo varias veces en que de verdad pensé que estábamos acabados. Padre, tú no lo viste: allí dentro la arena y el viento eran como un maremoto, cayendo en remolinos sobre nuestras cabezas. Y además esos soles desordenados… ¿quién aguanta eso? Pero ellos, sin prisa alguna, seguían comiendo y bebiendo; cuando despertaban, continuaban el camino. Y al final, de verdad atravesamos todo —Ah Liu levantó el pulgar—. No hay forma de no admirarlos.

 

—¿Y cómo fue su actitud? —preguntó Lu Zhui—. ¿Te maltrataron?

 

—No, no, no —Ah Liu agitó las manos—. La mayoría del tiempo estaban callados. No eran cálidos, pero sí me cuidaron bastante.

 

—Así debe ser —dijo Xiao Lan—. Cobran y cumplen. Ese es su estilo.

 

—Entonces, el mayor problema ya está resuelto —dijo Lu Zhui—. ¿Podemos proponerle al general He que probemos tu plan?

 

Xiao Lan asintió.

—Sí.

 

—Espera, falta algo —Ah Liu sacó un paquetito de tela del pecho—. En ese desierto… encontré un mapa.

 

Lu Zhui: “…”

 

Xiao Lan lo miró con una sonrisa ladeada: «Ya lo dije: tu hijo tiene la mejor suerte del mundo.»

 

—¿Qué es? —Lu Zhui extendió la mano.

 

—No, no, no, padre, no lo toque. Yo lo sostengo —Ah Liu retrocedió de inmediato—. Usted solo mírelo.

 

—¿Por qué no puedo tocarlo? —Lu Zhui frunció el ceño—. ¿Tiene veneno?

 

—No es veneno —Ah Liu carraspeó, poniéndose serio—. Estaba enterrado bajo una capa fina de arena. Yo… lo encontré cuando fui a orinar en mitad de la noche.

 

Lu Zhui: “…”

 

Xiao Lan soltó una risita.

—¡Pff!

 

Lu Zhui retiró la mano de inmediato.

 

Ah Liu soltó una carcajada seca y añadió:

—Aquí arriba está todo hecho un desastre. No entiendo ni una palabra.

 

—¿Qué es? —Xiao Lan avivó la llama de la vela.

 

Lu Zhui negó con la cabeza.

—No lo reconozco.

 

—¿Ni siquiera tú, padre? —Ah Liu suspiró, decepcionado—. ¡Ay! Entonces cargué esto todo el camino para nada.

 

—No del todo. Al menos tiene un dibujo —dijo Lu Zhui—. ¿Son flores de melocotones? ¿De albaricoque? ¿O quizá perales, cerezos…? Está tan borroso que no se distingue.

 

—Sea lo que sea, no parece útil —Ah Liu frunció el ceño—. ¿Lo quieres, padre?

 

—Claro que sí —Lu Zhui le dio una palmada en el hombro—. Envuélvelo bien y dámelo.

 

Ah Liu asintió, envolvió el pergamino con extremo cuidado… pero no se lo entregó a Lu Zhui. En un movimiento tan rápido como un rayo, se lo metió en las manos a su madre y le dijo con solemnidad:

—Guárdalo. Si mi padre quiere verlo, tú lo abres.

 

Xiao Lan: “…”

 

—Bien, ve a descansar —dijo Lu Zhui riendo—. No pienses en nada más. Duerme dos días como un rey.

 

Ah Liu respondió con un “sí” somnoliento y salió bostezando. Lu Zhui preparó otra tetera de té y preguntó a Xiao Lan:

—¿Cuándo regresará el general He?

 

—Está en el campamento de vanguardia junto con mi shifu —respondió Xiao Lan—. Pero conociendo su carácter, no aceptará de inmediato.

 

—Lo sé —dijo Lu Zhui—. Pero acepte o no, al menos debemos plantearlo primero, ¿no?

 

Xiao Lan asintió.

—Bien. Como digas.

 

Sobre el campamento se elevaba el humo de las cocinas. Los soldados regresaban sin armadura, listos para cenar. He Xiao observaba desde lo alto y comentó:

—En un mes será otra vez la víspera del Año Nuevo.

 

—Dos años —dijo Yang Qingfeng—. El tiempo pasa realmente rápido.

 

No añadió nada más, pero He Xiao sintió calor en el rostro. El ejército Chu tenía varias veces más hombres que la caballería de Xilan, y sus armas y escudos eran superiores. Aun así, no lograban tomar la iniciativa: solo podían defender el paso de Yumen, día tras día, mes tras mes, año tras año… Por suerte el Emperador Chu estaba en Nanyang y no podía ocuparse de este frente. Pensando en ello, He Xiao miró de reojo a Yang Qingfeng: aquel que antaño ganaba todas las batallas y recuperaba diez veces cualquier pérdida, con un temperamento feroz… ¿qué pensaría ahora de esta situación tan tibia?

 

—Vamos —dijo Yang Qingfeng—. También vayamos a comer.

 

He Xiao quiso decir algo, pero no sabía por dónde empezar. Al final solo suspiró profundamente y se tragó todas las palabras.

 

***

 

—¡Bien! —Zhou Yao aplaudió con entusiasmo, con un bollo entre los dientes.

 

Lu Zhui aterrizó con firmeza.

—¿Cómo es que el vicegeneral Zhou está aquí?

 

—Pasaba por aquí —respondió Zhou Yao—. Dicen que el joven maestro Lu es uno de los mejores expertos del mundo marcial de las llanuras centrales. Hoy lo he visto y, en efecto, la fama es merecida.

 

—Solo estaba haciendo una serie de movimientos para estirar los músculos. No merezco tanto elogio —dijo Lu Zhui, y preguntó—. Por cierto, ¿es cierto que el vicegeneral Zhou es del noroeste?

 

—Sí, mi familia ha vivido en estas tierras de arena amarilla por generaciones —respondió Zhou Yao—. ¿Por qué? ¿El joven maestro Lu necesita algo?

 

—¿Reconoce estos caracteres? —Lu Zhui envainó la espada y escribió una frase en la arena.

 

—Más o menos —Zhou Yao asintió, sorprendentemente—. Parece una canción popular.

 

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