RT 201

   


Capítulo 201: Corazoncito.

Una trampa de belleza también es estrategia.

 

 

A la mañana siguiente.

 

La luz del sol que se colaba en la habitación despertó a Lu Zhui. Volvió a cerrar los ojos y permaneció tumbado un buen rato antes de incorporarse. El hombre que había estado a su lado se había marchado antes del amanecer, dejando únicamente, en la cabecera de la cama, una pequeña talla de madera con forma de animal. Era uno de sus mejores pasatiempos: cada arista estaba pulida con esmero y aunque no tenía barniz, resultaba cálida y suave al tacto. Lu Zhui sonrió al guardarla, pensando que, cuando ambos se casaran, mandaría hacer un gran armario solo para colocar esas figurillas: flores de Jiangnan, torres de la capital, camellos del desierto… tantas cosas juntas, como si todas aquellas historias olvidadas —y no olvidadas— volvieran a recorrerse una vez más.

 

Tenía pensado ir ese día al salón de caridad para ver a aquella anciana tan extraña; al menos debía averiguar quién era y de dónde venía. El mayordomo del salón lo vio llegar y, desde lejos, se apresuró a recibirlo con una sonrisa.

—Con este frío, ¿cómo es que el joven maestro Lu no lleva algo más abrigado? ¿Viene a ver a la anciana?

 

—¿Cómo está hoy? —preguntó Lu Zhui.

 

—Muy bien. Se levantó temprano, se comió un gran cuenco de fideos y preguntó adónde había ido el joven héroe Xiao. Después se quedó sentada en el patio tomando el sol —respondió el mayordomo—. A estas horas debe seguir allí. Acompañaré a este joven maestro.

 

Lu Zhui asintió y agradeció, siguiendo al mayordomo hacia el patio trasero. La anciana, efectivamente, estaba sentada bajo un árbol seco, disfrutando del sol. Al oír que alguien se acercaba, ni siquiera levantó los párpados caídos.

 

—Señora —Lu Zhui se agachó frente a ella—. ¿Se ha acostumbrado ya a la vida aquí?

 

La anciana de un solo brazo entrecerró los ojos, como si lo examinara de arriba abajo, pero no dijo nada.

 

Al ver la expresión poco amistosa en su rostro, Lu Zhui sonrió.

—Parece que he interrumpido su descanso.

 

—Si ya lo sabe, váyase rápido —gruñó la anciana, con evidente impaciencia, volviendo a inclinar la cabeza para dormitar.

 

Era la primera vez que Lu Zhui recibía un trato tan despectivo. Después de todo, el joven maestro Mingyu solía ser bien recibido en cualquier lugar, sobre todo por las abuelas y señoras, que le tomaban la mano y no lo soltaban. Pero él no se molestó: en momentos así, cuanto más hablaba la otra persona, más pistas obtenía. Por eso siguió sonriendo.

—No creo haber ofendido a la señora.

 

—¿Cómo no? —la anciana torció la boca—. Con solo ver esa cara de erudito debilucho, ya me cae mal.

 

Aquellas palabras le resultaron familiares, y Lu Zhui se alegró en silencio. Con mucha paciencia, explicó:

—Ahí se equivoca. No soy un erudito incapaz de matar una gallina. Al contrario, mis habilidades marciales son bastante buenas.

 

—Me da igual si eres bueno o no. Con esa cara, solo puedes ser molesto —la anciana se estiró, somnolienta.

 

Lu Zhui se tocó la barbilla.

—¿Y qué tipo de rostro le gusta a la señora? ¿Uno como el de mi hermano Xiao?

 

—Exacto —la anciana mostró una gran sonrisa. Sus ojos negros, como ganchos, brillaron de repente mientras preguntaba con entusiasmo—: Mi pequeño tesoro, mi corazoncito… ¿cuándo volverá a verme?

 

Lu Zhui: “…”

 

—Está en el campamento militar —dijo Lu Zhui—. No podrá venir. En adelante, si la señora necesita algo, solo podrá buscarme a mí.

 

La anciana de un solo brazo encogió el hombro y negó con la cabeza.

—Yo no te busco. Con esa cara tan fina y blanca, uno te ve y ya dan ganas de odiarte. A cualquiera le entran deseos de agarrar un cucharón y estrellártelo contra todos tus antepasados.

 

—La señora debería pensar tres veces antes de hablar —recordó Lu Zhui, sin prisa—. Tengo mal carácter. Si me insultan demasiado, puedo llegar a golpear.

 

Lejos de asustarse, la anciana soltó una risita.

—¿Me estás asustando?

 

Apenas terminó de hablar, Lu Zhui lanzó un golpe directo hacia su rostro. Era evidente que se trataba de un amago, pero la anciana no hizo ningún gesto de defensa: su cuerpo encorvado y enjuto giró apenas, deslizándose fuera del banco de piedra como una vieja anguila escurridiza, y en un abrir y cerrar de ojos ya estaba sentada en los escalones.

 

Con aquello, Lu Zhui tuvo más o menos claro el panorama. Cruzó los brazos y fue directo al punto:

—¿Qué relación tiene la señora con la Demonio Carmesí?

 

La anciana fingió misterio.

—No te responderé. Llama a Xiao Lan. Si él viene, entonces hablaré.

 

Lu Zhui arrastró el banco de piedra y se sentó con toda tranquilidad.

—Diga lo que quiera. Yo, precisamente, no lo llamaré.

 

La anciana se enfadó y le lanzó con fuerza un puñado de cáscaras de semillas de girasol.

 

Lu Zhui no se apartó. Se sacudió la manga y continuó:

—La Demonio Carmesí fue comprada por Yelü Xing. Quiere matar a Xiao Lan. Ya que a la señora le gusta tanto esa cara suya, ¿por qué no echar una mano?

 

—No te ayudaré —la anciana negó con la cabeza—. Yo solo he venido a ver el espectáculo. No ayudo a nadie.

 

—¿Ver el espectáculo? —preguntó Lu Zhui.

 

—Sí, ver el espectáculo —la anciana de un solo brazo se apoyó para levantarse y caminó hacia la casa. De pronto se volvió y sonrió con una sombra siniestra—. Tranquilo, yo no mato. Solo quiero abrazar a mi nieta.

 

—Entonces la Demonio Carmesí es… —Lu Zhui no alcanzó a terminar la frase: la puerta se cerró de golpe con un “¡clang!”.

 

Quedó de pie afuera, repasando mentalmente lo ocurrido. Solo con ver aquel movimiento fugaz de sus pies, sabía que su habilidad marcial no podía ser débil. Sumado a un gusto estético idéntico al de la Demonio Carmesí, era fácil suponer que se trataba de su abuela… o de su madre. Que apareciera alguien así justo en ese momento hacía imposible no preocuparse.

 

Regresó apresurado a la residencia del general. Primero le contó lo sucedido a Lu Wuming de manera resumida, y añadió:

—Por el cinturón raído que lleva en la cintura, el bordado es obra de artesanas de Jin. Su acento también coincide; no parece alguien que haya vivido mucho tiempo en el desierto. ¿De verdad existe una persona así en el mundo marcial de las Llanuras Centrales?

 

—Una anciana manca… jamás he oído de ella —Lu Wuming negó con la cabeza—. ¿Su habilidad es realmente tan buena?

 

—Calculo que está a la par contigo —respondió Lu Zhui—. No ocultó su fuerza e incluso su identidad es solo una fina capa de papel. Mi deducción debería estar bastante cerca de la verdad. Su relación con la Demonio Carmesí no es poca cosa.

 

—Eso sí que es extraño —dijo Lu Wuming—. Una quiere matar a Lan’er, la otra lo llama “tesoro” y “corazoncito”. Si fueran madre e hija, deberían haberse peleado primero.

 

—Padre, siga vigilando el salón de caridad. Yo iré al campamento militar —dijo Lu Zhui—. Volveré mañana.

 

Lu Wuming asintió y le dio una palmada en el hombro.

—Tú también deberías tener cuidado.

 

***

 

En el campamento militar, Xiao Lan regresó del campo de entrenamiento y, al ver que aún era temprano, decidió dar otra vuelta por los alrededores. El cielo estaba teñido por la luz del atardecer, una maraña de nubes rojas y doradas. El Feisha Hongjiao galopaba con las cuatro patas cortando el viento, levantando una nube de polvo que en un instante se perdió en lo profundo del desierto. Corría con absoluta libertad, y Xiao Lan no intentó detenerlo: lo dejó avanzar a su antojo, desafiando el viento, hasta que hombre y caballo quedaron exhaustos. Entonces se tumbó de espaldas sobre la arena y cerró los ojos con comodidad.

 

En ese momento, todo era vasto y silencioso. La vida parecía suspendida; ni siquiera el viento desgarraba el cielo y la tierra. Debería haber sido un instante plenamente apacible… pero justo en medio de esa calma congelada, una luz helada y mortal llegó de improviso.

 

Xiao Lan reaccionó con extrema rapidez: dio un salto como un pez carpa y se incorporó de golpe. La punta del látigo Wujin emitió un “¡clang!” nítido al enredarse con una hoja curva en forma de luna creciente.

 

En el último destello del crepúsculo, ambos alcanzaron a ver el rostro del otro. La Demonio Carmesí solo mostró un leve gesto de sorpresa antes de lanzarse de nuevo al ataque, cada movimiento dirigido a matar. En otras circunstancias, quizá habría deseado aquel cuerpo firme y aquel rostro hermoso; al menos habría intentado seducirlo, disfrutar de los placeres mundanos y luego llevarse su cabeza para cobrar la recompensa. Pero hoy no era como otros días: con solo recordar el callejón de anoche, toda ella se llenaba de irritación. Solo quería terminar la misión cuanto antes y huir lejos, dejando a aquella odiosa anciana manca perdida en el horizonte.

 

El látigo Wujin y la cimitarra chocaban y se enredaban sin cesar, levantando chispas en la oscuridad que aún no terminaba de caer. El aire estaba cargado de arena amarilla; antes de que pudiera asentarse, otra capa explotaba en el aire. Como la mejor asesina del desierto, las técnicas de la Demonio Carmesí no eran extraordinariamente elevadas, pero sí terriblemente extrañas: tan extrañas que cualquiera que se enfrentara a ella por primera vez solía quedar atrapado entre la vida y la muerte antes siquiera de reaccionar.

 

Xiao Lan, sin embargo, era la excepción.

 

Xiao Lan levantó el brazo y lanzó un latigazo: la cimitarra cayó al suelo, y el látigo, como una serpiente venenosa, se enroscó en la cintura de la mujer, arrancándola del aire y estrellándola contra la arena.

 

La Demonio Carmesí escupió sangre por la comisura de los labios. Quedó tendida en el suelo, el cabello negro cayéndole sobre la frente, desparramándose en la arena en mechones ondulados.

 

A lo lejos, de pronto se escucharon cascos de caballo. Xiao Lan apenas giró la cabeza cuando Lu Zhui gritó:

—¡CUIDADO!

 

Xiao Lan se inclinó de lado por puro instinto. Dos dagas silbaron junto a su oreja. La Demonio Carmesí falló el ataque y él la derribó de un golpe; esta vez, realmente no pudo levantarse.

 

—¿Estás bien? —Lu Zhui desmontó de un salto y corrió hacia él.

 

—Estoy bien —Xiao Lan apretó su mano y miró a la mujer en el suelo—. No puedes matarme.

 

—Si no puedo matarte, vuelvo y le devuelvo al patrón el triple del dinero. No hago negocios, y ya está —La Demonio Carmesí alzó la mirada, recuperando la misma coquetería que tenía en la casa de té del desierto—. Pero ¿por qué el joven maestro no me mata? ¿Será que siente lástima por esta delicada flor?

 

Lu Zhui: “…”

«No siente lástima.»

 

Xiao Lan negó para sí mismo, montó a Lu Zhui en el Feisha Hongjiao y el otro caballo de guerra le siguió al galope, avanzando juntos hacia el lugar donde ascendía la luna.

 

—¿De verdad no estás herido? —preguntó Lu Zhui.

 

—Estoy bien —respondió Xiao Lan—. Ella no es rival para mí. Su habilidad, en realidad, no es tan alta.

 

—¿No es tan alta? —Lu Zhui frunció el ceño—. Pero mi padre luchó con ella y dijo que su técnica era extraña y muy peligrosa.

 

—Solo es extraña, no es una maestra suprema. No son cosas contradictorias. Además, creo que no pelea dos veces con la misma persona —Xiao Lan tensó las riendas—. Esta noche intercambié cientos de movimientos con ella; ya he comprendido casi por completo su estilo. Ese tipo de técnica puede matar en el primer encuentro por pura velocidad, pero en el segundo… solo sirve para morir.

 

—Sea como sea, mientras estés bien, me basta —dijo Lu Zhui—. Cuando lo vi desde lejos, de verdad me llevé un susto.

 

—Un mal que trae bien —Xiao Lan frotó su rostro contra el de él—. ¿Has notado que, desde que recuperaste la vista, tus ojos son como los de un pequeño leopardo que ve en la noche a kilómetros? Incluso pudiste distinguir esas dos dagas en plena penumbra.

 

—La próxima vez no te permito venir solo al desierto —Lu Zhui le dio un codazo—. ¿Vale?

 

Xiao Lan asintió y lo abrazó por detrás.

—Aún no te he preguntado: ¿por qué viniste al campamento?

 

—Esa anciana medio loca debe ser pariente de la Demonio Carmesí —respondió Lu Zhui—. Es mi suposición, pero al menos tengo un setenta por ciento de certeza.

 

—¿También puedes deducir eso? —Xiao Lan no lo cuestionó; solo añadió—. Cuéntame.

 

—Su manera de hablar es idéntica a la Demonio Carmesí. A ambas les desagrada mi cara y les gusta tu aspecto heroico —Lu Zhui habló con total seguridad—. Gente con tan mal gusto no abunda en el mundo. Si existen, deben ser parientes.

 

Xiao Lan soltó una risa.

—Me da la impresión de que estás halagándote a ti mismo por la puerta de atrás.

 

—Pero esa anciana parece alguien a quien podríamos atraer a nuestro lado —propuso Lu Zhui—. ¿Por qué no lo intentas tú? “Corazoncito”.

 

Xiao Lan protestó:

—¿Así que me vendes sin más?

 

—¿Cómo va a ser venderte? —replicó Lu Zhui—. Mira tú cara: ya que la tienes, y además eres tan apuesto y gallardo, sería un desperdicio no usarla. Como dice el arte de la guerra, una trampa de belleza también es estrategia.

 

—¿Belleza? ¿Yo? —Xiao Lan arqueó una ceja.

 

—Ajá —respondió Lu Zhui con toda calma.

 

Xiao Lan le dio un pellizco en la cadera.

—Si yo, con este cuerpo tan grande y tosco, soy una “belleza”, ¿entonces tú qué eres?

 

—El esposo de la belleza —respondió Lu Zhui—. Se sabe que quien tiene un esposo así disfruta cada día de una vida suave y cálida. Muy envidiable.

 

El autor tiene algo que decir:

Lu Zhui: ¡Corazoncito! TQT


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