RT 203

   

Capítulo 203: Estrategia.

Incluso el algodón raído puede ocultar la belleza

 

La flor del melocotón es roja, la del albaricoque es blanca. El muchacho monta su caballito de bambú y da vueltas alrededor del lecho.

 

Zhou Yao revisó con detalle el pergamino.

—Es solo una canción infantil corriente. Además, trae una lista de mercancías. Debe de ser algo que dejó atrás alguna caravana. Aquí menciona té de la prefectura de Yongkang; calculando, debe de tener unos treinta o cuarenta años.

 

Lu Zhui frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabe?

 

—En el pasado, las caravanas que viajaban hacia el oeste vendían té de Jiangnan y de Shuzhong, muy caro. Hasta que, hace unos cuarenta años, alguien descubrió que el té de Yongkang, en Longzhou, al noroeste, también era bueno, más barato y con una ruta mucho más corta. Se puso de moda enseguida —explicó Zhou Yao—. Además, aquí menciona cerámicas de Biyao. La fecha no puede estar muy lejos.

 

Lu Zhui asintió y preguntó:

—Pero si es algo relativamente reciente, ¿por qué está escrito con caracteres tan antiguos?

 

—No son caracteres antiguos, es taquigrafía —Zhou Yao sonrió—. Las caravanas la usaban mucho en tiempos pasados. Para mantener la confidencialidad, cada libro de cuentas tenía variaciones en la escritura. Pero en los últimos años, con las rutas comerciales abiertas y los precios ya no secretos, nadie la usa. Yo solo aprendí un poco de un anciano, por pasar el tiempo.

 

—Ya veo —dijo Lu Zhui—. Gracias, hermano Zhou.

 

—No hay de qué —Zhou Yao agitó la mano—. ¿Pero de dónde sacó el joven maestro Lu este papel viejo?

 

—Lo encontramos en el desierto —respondió Lu Zhui—. Pensé que tendría relación con la guerra, pero solo es una cuenta de caravana. He pensado demasiado y encima he hecho perder tiempo al hermano Zhou.

 

—No es nada. Me retiro. Esta noche tengo patrulla —dijo Zhou Yao.

 

Cuando se marchó, Lu Zhui comentó a Xiao Lan:

—Hace años, seguramente alguna caravana entró por error en ese desierto mortal y dejó este papel. En cuanto al destino de esos comerciantes… no hace falta imaginarlo.

 

—Llevemos este pergamino de vuelta al Gran Chu —dijo Xiao Lan—. Lo quemamos y esparcimos las cenizas en el río Amarillo. Al menos así volverá a pasar por su tierra natal.

 

—Qué buen corazón —Lu Zhui le dio un golpecito en el pecho.

 

—Es que tú me enseñaste —Xiao Lan se acercó y le dio un beso—. Desde pequeño me obligabas a estudiar, más estricto que un profesor.

 

Lu Zhui primero se apartó riendo, luego se recostó en su hombro, balanceándose.

 

***

 

En el salón de caridad, el mayordomo, con el ceño fruncido, tiró de las mantas para cubrir bien a la anciana.

 

—Por favor, deje de cantar. Mire la hora que es —se quejó. Con tanto “melocotón y albaricoque”, el viejo Li de al lado estaba a punto de mudarse de vuelta a su casa.

 

La anciana aprovechó para decir:

—Mi corazoncito, mi pequeño tesoro…

 

—Vendrá mañana, vendrá mañana —el mayordomo la tranquilizó. Cuando por fin dejó de armar escándalo, él soltó un suspiro.

«Entre todos los ancianos del salón de caridad, ninguno da tanto trabajo como esta señora.»

 

En cuanto a la verdadera identidad de la anciana, Lu Zhui preguntó más tarde a los cuatro de la Fuente Umbría, pero no obtuvo respuesta. Todos decían que la Demonio Carmesí había llegado a la secta a los dieciséis años y jamás mencionaba su pasado, mucho menos a sus padres.

 

—¿Por qué, si la Demonio Carmesí solo tenía dieciséis años, todos ustedes estaban dispuestos a escucharla? —preguntó Lu Zhui.

 

—Porque tenía buena habilidad, muchos contactos y amaba el dinero más que su vida. La mitad de la riqueza de la Fuente Umbría viene de las recompensas que ella ganó —explicó Qiong Mu—. Además, eso de “Santa Dama” no es más que copiar la costumbre del Jianghu: suena bien cuando se dice, pero ella nunca se mete en nada. Todos nos dedicamos simplemente a ganar plata juntos.

 

—Dieciséis años, sola en el desierto, sin mencionar jamás su pasado… con eso, es fácil deducir que la relación entre madre e hija no debía ser muy cercana —Después de salir de la tienda, Lu Zhui se quedó solo sobre una duna, repasando con cuidado las palabras de Qiong Mu.

 

Xiao Lan lo abrazó por detrás de improviso y sonrió.

—¿En qué piensas, tan distraído?

 

—En esa anciana manca —respondió Lu Zhui—. Qiong Mu dijo que la Demonio Carmesí nunca ha mencionado su pasado.

 

—Lo que uno no quiere mencionar suele ser lo que más duele —dijo Xiao Lan—. No le des más vueltas. Ven conmigo al campamento de vanguardia.

 

—¿Ya está todo preparado? —preguntó Lu Zhui.

 

—Todo está aquí —Xiao Lan levantó el fardo. Dentro estaban el mapa del desierto que ambos habían dibujado durante la noche, y un conjunto de estrategias para responder a cualquier imprevisto una vez que el ejército Chu iniciara el ataque, clasificadas con todo detalle.

 

Sin embargo, pese a lo minucioso del plan, He Xiao permaneció en silencio tras revisarlo, sin que nadie supiera qué estaba pensando.

 

Fuera de la tienda, las voces retumbaban: eran los soldados del campo de entrenamiento, gritando consignas con un ímpetu que parecía sacudir montañas y mares. El contraste con el silencio mortal dentro de la tienda era casi absurdo. Yang Qingfeng estaba sentado en una silla, con expresión tranquila y despreocupada, como un anciano que cultiva flores. Xiao Lan y Lu Zhui permanecían de pie, mirándose entre sí, con una sensación… difícil de nombrar. Como si hubieran lanzado un puñetazo contra algodón: nada dolía, pero todo resultaba frustrante.

 

—¿Qué hacen de pie? Siéntense —dijo Yang Qingfeng, despachando a Xiao Lan con un gesto—. Anda, trae tú mismo una silla.

 

—General… —probó Lu Zhui.

 

—¿Qué tanta prisa? —Yang Qingfeng lo cortó—. Ya le he dicho a Lan’er muchas veces que en campaña no se puede ir con apuros. ¿Cómo es que tú también caes en ese defecto?

 

Hizo un gesto con la mano, lento y despreocupado.

—Ven, siéntate conmigo a esperar. Esperamos a que el general He piense despacio, y cuando lo tenga claro, que hable despacio. No hay prisa.

 

Xiao Lan se quedó un instante desconcertado. Miró a Yang Qingfeng: aunque sonreía con los ojos entrecerrados, amable y protector hacia He Xiao, su tono… tenía algo punzante, incluso un matiz de ironía.

 

Lu Zhui también notó algo extraño. Miró a He Xiao, pero este seguía concentrado en el mapa, como si no hubiera oído nada de lo que hablaban.

 

—Si tienen hambre, vayan a comer —añadió Yang Qingfeng—. Hoy tienen suerte: el cocinero está preparando sopa de cordero.

 

—Está bien —Lu Zhui tomó a Xiao Lan del brazo—. Vamos a aprovechar y comer algo.

 

Yang Qingfeng agitó la mano con alegría y siguió bebiendo té, sin prisa alguna.

 

Los dos se alejaron de la tienda, caminaron un buen trecho, y solo entonces Lu Zhui dijo:

—¿Qué ha pasado? ¿Se pelearon?

 

—No lo sé —Xiao Lan frunció el ceño—. En teoría no debería. El general He siempre ha respetado muchísimo a mi shifu. Y en medio de este caos militar… que dos personas discutan es normal, pero un comandante de ejército no debería perder así el sentido de la proporción.

 

—¿Entonces por qué? —Lu Zhui pensó un momento y añadió—. “Pensar despacio, hablar despacio, todo despacio” … ¿y si tu shifu lo dijo a propósito para provocar al general He?

 

Con ese comentario, Xiao Lan cayó en cuenta. El ejército del noroeste llevaba casi dos años sin avanzar ni retroceder, solo defendiendo. Él mismo se sentía frustrado; su shifu, aún más. “Si fuera él en sus tiempos”, seguramente ya habría llevado al ejército hasta lo más profundo de la cuenca.

 

—Aunque shifu fue enviado al noroeste por orden directa del Emperador Chu, al final no tiene cargo oficial —dijo Lu Zhui—. Por más ideas que tenga, si el general He no asiente, no sirve de nada.

 

—¿Crees que esta vez podrá convencerlo? —preguntó Xiao Lan.

 

—La prudencia tiene sus ventajas —Lu Zhui no respondió directamente—. Al menos no se pierde.

 

Si no se pierde, no hay grandes errores ni riesgos. Aparte del gasto enorme en provisiones y del sufrimiento de la población fronteriza, no habría consecuencias más graves. Así podrían seguir unos años más, hasta que el reino de Xilan no pudiera sostenerse y retirara sus tropas. Entonces la frontera recuperaría una paz breve, y la gente continuaría viviendo con miedo a los saqueos de los bandidos nómadas. Día tras día, hasta que las tribus del noroeste volvieran a fortalecerse y reunirse, y la situación regresara exactamente a este mismo punto.

 

La historia, en esencia, es un ciclo tras otro. Pero algunos ciclos son gloriosos, y otros… sofocantes y miserables. En momentos como este, Lu Zhui sentía que podía comprender al emperador: cada año enviaba enormes sumas para el ejército, y aun así la situación del noroeste no cambiaba. El gran general no buscaba méritos, solo evitaba errores, sin intención de atacar. Un reino pequeño como Xilan podía retener a decenas de miles de soldados del Gran Chu. Pensar en eso unas cuantas veces bastaba para que al Emperador Chu se le encanecieran más cabellos.

 

—¿Comemos? —preguntó Xiao Lan.

 

—No tengo ánimo —respondió Lu Zhui—. No quiero comer.

 

Xiao Lan sonrió y volvió a preguntar:

—Si shifu tampoco logra convencerlo esta vez, ¿qué piensas hacer? ¿No comer ni beber?

 

Lu Zhui se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, apoyando la cabeza en una mano.

—¿Qué puedo hacer? A lo sumo presionarte para que vuelvas a la capital y te presentes al examen marcial. Cuando tengas un cargo, regresamos al noroeste para pelear.

 

De otro modo, dos viajeros del Jianghu, por más que tengan un plan perfecto, no deberían meterse en asuntos militares.

 

—Mi carrera oficial no avanza —Xiao Lan le acarició la cabeza, aguantándose la risa—. Qué injusto para mi esposa.

 

Lu Zhui torció los labios.

—Mn.

«Sin sueldo, sin autoridad, y encima siguiendo a este hombre… realmente salgo perdiendo.»

 

Xiao Lan lo atrajo hacia sí, juntando sus cabezas. Cuando recién llegó al noroeste, aún era inexperto; aprendió mucho del general He, desde su amor por los soldados hasta su prudencia. Pero ahora, dos años después, en este preciso momento, sentía la sangre hirviendo: quería lanzarse al corazón del desierto y pelear a gusto.

 

No por competir, ni por fama o beneficio.

 

Solo porque no quería desperdiciar la oportunidad perfecta que el cielo les estaba dando.

 

Tiempo, terreno y voluntad: si se desperdiciaban, sería una lástima imperdonable.

 

Lu Zhui le tomó la mano y presionó cada articulación una por una. Al final suspiró.

—¡Bah! vamos a comer primero.

 

—Mi shifu viene —dijo Xiao Lan.

 

Lu Zhui levantó la cabeza y, en efecto, vio a Yang Qingfeng acercándose. Se puso de pie de inmediato.

—¿Y bien?

 

—Adivina —respondió Yang Qingfeng.

 

Lu Zhui se desinfló.

—Parece que todo sigue igual.

 

—El general He tiene otras cosas que atender. Lo hablamos por la noche —Yang Qingfeng le dio una palmada en el hombro—. Vamos, los llevaré a comer.

 

—Venerable, piense en algo —dijo Lu Zhui—. Si seguimos así, en Nanyang ya habrán terminado la guerra y nosotros seguiremos aquí comiendo cordero.

 

—Si llega ese momento, Su Majestad sin duda tomará medidas respecto al noroeste. Tal vez entonces sí podamos iniciar la guerra —Yang Qingfeng se alisó media ceja y avanzó con paso largo—. Vamos, vamos, a comer.

 

—¿De verdad vamos a esperar sin hacer nada? —Lu Zhui lo agarró del cuello de la ropa y lo jaló hacia atrás—. ¿Quién sabe cuánto durará la guerra en Nanyang? ¿Y si son cinco, ocho, diez años?

 

Yang Qingfeng soltó una carcajada.

—¿Qué pasa? ¿Tan ansioso por volver a casa y casarte con Lan’er?

 

—Sí —respondió Lu Zhui sin dudar.

 

Yang Qingfeng: “…”

«Qué directo eres.»

 

—¿Qué comer ni qué comer? Nada de comer —Lu Zhui lo empujó para que se sentara en el suelo—. El Emperador Chu envió al venerable anciano aquí para cambiar la situación del noroeste. Por más lento y difícil que sea el general He, esta vez usted tiene que pensar en una solución.

 

Yang Qingfeng tiró de sus mangas un par de veces, sin lograr soltarse y terminó mirando a Xiao Lan en busca de ayuda.

 

El joven maestro Xiao, con los brazos cruzados detrás de su esposo, no movió un dedo.

 

«No me meto. No puedo meterme. No me atrevo a meterme.»

 

«Respeto absoluto al cónyuge.»

 

Yang Qingfeng, entre risas y lágrimas, dijo:

—Ustedes dos, par de conejillos, ¿piensan dejar morir de hambre a este viejo?

 

Lu Zhui lo miró con la cabeza apoyada en las manos.

—Mn.

 

Yang Qingfeng lo llamó con el dedo.

 

Xiao Lan se agachó con cierta duda.

—¿Shifu de verdad tiene un plan?

 

«Ah, mira qué despierto está ahora.»

 

Yang Qingfeng tosió un par de veces.

—Hacer que el reino de Xilan sea el primero en mover tropas.

 

—A menos que a Yelü Xing se le haya metido agua en la cabeza, jamás llevará a su caballería a embestir de frente al paso Yumen —frunció el ceño Lu Zhui—. Lo que más desea ahora es atraer al ejército Chu hacia lo profundo del desierto. Ese es su terreno.

 

Yang Qingfeng soltó una risita.

—Te pregunto: si ahora el general He recibe la noticia de que Yelü Xing va a atacar, ¿cómo lo interpretaría? ¿Pensaría lo mismo que tú, que a Yelü Xing se le ha metido agua en la cabeza?

 

Lu Zhui negó.

—Si no tiene una certeza absoluta, Yelü Xing no atacará primero. Si él se mueve, es porque tiene una victoria segura.

 

Yang Qingfeng sonrió.

—¿Y entonces?

 

—Ya lo entiendo —Lu Zhui dio una palmada.

 

Xiao Lan añadió:

—No importa si Yelü Xing realmente piensa atacar. Basta con que el general He “crea” que va a atacar. Para nosotros, eso es suficiente.

 

En campaña, lo más peligroso es quedarse atrás y perder la iniciativa. Cuando el enemigo parece lleno de incertidumbres y a punto de moverse, la opción más segura para el ejército Chu es atacar primero.

 

Y lo que más le gusta al gran general He es precisamente eso: lo seguro.

 

—¿Ya puedo ir a comer? —dijo Yang Qingfeng—. Si tardamos más, no quedará ni el caldo.

 

Lu Zhui se levantó.

—Yo picaré la carne y pelaré los ajos por shifu.

 

—Mira tú, qué filial te has vuelto —Yang Qingfeng le dio un codazo—. Pero el próximo plan lo tienes que pensar tú. No me estés fastidiando más a este viejo.

 

—Hecho —respondió Lu Zhui sin dudar—. El venerable solo coma su cordero tranquilo. Lo que venga después, lo hago yo.

 

Aunque lo dijo con mucha seguridad, encontrar un plan perfecto no era fácil. Por más lento que fuera He Xiao, seguía siendo el comandante del ejército del noroeste, un hombre que había visto de todo y que no se dejaba engañar fácilmente. Además, los prudentes suelen tener otro defecto: la sospecha. Con eso en mente, el asunto se volvía aún más complicado.

 

Esa noche, hasta antes de dormir, Lu Zhui seguía sentado junto al brasero, mirando las brasas rojas, perdido en sus pensamientos.

 

Xiao Lan le puso una toalla tibia sobre la cara.

—Ve a lavarte.

 

—No quiero moverme —respondió Lu Zhui.

 

El joven maestro Xiao suspiró resignado. Le limpió las manos y la cara, le dio sal azul y agua tibia, luego lo llevó a la cama, le quitó los zapatos y calcetines, y hasta le limpió los pies con cuidado.

 

—Eres buena gente, buena gente… —murmuró Lu Zhui.

 

Xiao Lan se acostó a su lado.

 

Lu Zhui, por su parte, se acomodó encima de su abdomen.

 

Xiao Lan: “…”

 

—Dime —dijo Lu Zhui—. ¿Cómo podemos hacer que Yelü Xing se mueva?

 

Aunque sea enviar una pequeña escuadra a molestar la frontera. Con eso ya tendríamos excusa para exagerar la situación.

 

Xiao Lan le sostuvo la cintura para que no se cayera.

 

—O que venga alguien a atacarme —añadió Lu Zhui.

 

Xiao Lan frunció el ceño.

—No.

 

—¡Qué celoso! —dijo Lu Zhui.

 

Xiao Lan tiró de la manta y lo envolvió entero en tres movimientos.

 

Lu Zhui quedó atrapado en una oscuridad hermética, lleno de melancolía: «Solo era un comentario, no hacía falta envolverme de la cabeza a los pies.»

 

«Los antiguos escondían a sus amadas en casas doradas; este hombre ahorra más: con una manta vieja ya puede esconder a su esposo.»

 

Xiao Lan lo acomodó a su lado.

—Cierra los ojos —ordenó.

 

«Cerrar los ojos, dice… si apenas puedo respirar.»

 

Lu Zhui forcejeó un buen rato hasta sacar la cabeza.

—Huuu…

 

Xiao Lan soltó una risita y se giró para mirarlo.

 

—Se me ocurrió otra idea —dijo Lu Zhui.

 

—Piénsala bien antes de hablar —Xiao Lan le dio un golpecito en la frente—. Si es otra tontería como la de hace un momento, mañana no podrás levantarte de la cama.

 

«Ah, ¿sí?» El joven maestro Lu se sentó con toda calma, abrazando la manta: «Entonces con más razón la diré.»

 

El autor tiene algo que decir:

Xiao Mingyu: frotándose las manos con expectativa.gif


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