Capítulo
186: Estrategia de confusión.
El
secreto de la espalda del joven maestro Lu.
—¿Eres tú? —El Gran Águila del Desierto
se incorporó, los ojos llenos de ferocidad. Al principio creyó que todo aquello
podía ser una trampa de Namu’er: una formación ilusoria, un asesino enviado
para matarlo. Pero en cuanto su mirada rozó el brillo helado del látigo Wujin,
comprendió de inmediato quién era el hombre frente a él. Esa no era una fuerza
que Namu’er pudiera reclutar. Era un halcón del ejército Chu, un lobo salvaje.
El látigo Wujin estalló contra la arena,
levantando una nube amarilla que volvió borroso todo el entorno. El Gran Águila
del Desierto retrocedió dos pasos; en sus manos aparecieron de pronto dos
cimitarras de luna creciente. Con un rugido, se lanzó contra Xiao Lan. A pesar
de su corpulencia, se movía con una agilidad inhumana. Cada estocada cortaba el
aire con un silbido, cargada de fuerza letal.
Tras apenas unas decenas de
intercambios, Xiao Lan notó que el otro intentaba mantenerse pegado a él, tan
cerca que no cabía ni un puño entre ambos. De ese modo, el látigo no podía
alcanzarlo y se convertía en un estorbo. Xiao Lan intentó tomar distancia, pero
el Gran Águila del Desierto se deslizaba como un espectro, empeñado en pegarse
a él. Fastidiado por aquella táctica rastrera, Xiao Lan abandonó el látigo y le
soltó un puñetazo directo, torciéndole la cara hacia un lado.
El Gran Águila del Desierto, tomado por
sorpresa, retrocedió tambaleándose.
—Mi esposo está afuera esperando —dijo
Xiao Lan, flexionando la muñeca—. Si sigues pegándote como un sinvergüenza,
cuidado no te golpee él.
El Gran Águila del Desierto se limpió la
sangre del labio. Al oír la palabra “esposo”, comprendió un poco más. No creía
que Xiao Lan supiera crear formaciones; tras más de un año de guerra, jamás
había oído que el ejército Chu tuviera algo así. Por lo tanto, este “muro de
fantasmas” solo podía ser obra de Lu Zhui.
En aquella ilusión no había viento. Si
ambos permanecían quietos, el polvo fino se asentaba en el suelo, inmóvil, como
una pintura muerta. El Gran Águila del Desierto clavó sus ojos saltones en Xiao
Lan, intentando ocultar su inquietud bajo una máscara de fiereza. No sabía si
todo aquello era solo una ilusión o si Lu Zhui poseía realmente un poder capaz
de encerrar incluso al viento salvaje del desierto.
El látigo Wujin volvió a alzarse en el
aire, como una serpiente venenosa saltando para morder. El Gran Águila del
Desierto apretó las cimitarras y se lanzó con todo. No podía permitirse pensar
en nada más. Cada golpe buscaba matar. Fuera aquella formación una puerta de la
muerte o una salida, solo tendría una oportunidad si primero mataba a Xiao Lan.
La arena se arremolinó. El frío del
metal cortó la oscuridad. El mundo era negro, iluminado apenas por una luz
tenue que se filtraba entre las nubes, como un sol invernal agonizante… o como
un fuego que ardiera desde el infierno tras volcarse el cielo.
El viento empezó a enfriarse, pinchando
la piel como agujas diminutas. Lu Zhui volvió en sí. Movió sus manos y pies
entumecidos y se incorporó sobre la duna. No sabía si Xiao Lan sería capaz de
vencer a ese feroz Maestro Nacional, ni qué estaba ocurriendo dentro de la
formación.
«Debe estar por terminar.»
Alzó la vista. Las nubes parecían
algodón desgarrado, pesadas, opresivas. Quiso cerrar los ojos para calmarse,
pero entonces escuchó, lejanos, los cascos de caballos.
El corazón se le encogió. Se puso de pie
y miró hacia la distancia. Tal como temía, un escuadrón de jinetes avanzaba a
toda velocidad. No hacía falta adivinar: era Yelü Xing, viniendo a buscar al Gran
Águila del Desierto. Decenas de caballos cruzaban el desierto levantando una
tormenta de arena, con el sol solitario del horizonte detrás. Parecía el fin
del mundo.
Oculto tras la duna, Lu Zhui encendió un
silbato de humo. En aquel desierto donde solo rugía el viento, el pitido agudo
sonó como un cuchillo. Yelü Xing tiró bruscamente de las riendas y miró hacia
arriba. El fuego artificial estalló en el aire y se desvaneció al instante,
dejando solo un rastro de humo azul que el viento dispersó detrás de la duna.
—Su Alteza… —dudó uno de los
subordinados—. ¿Será el Maestro Nacional?
—Vamos a echar un vistazo —ordenó Yelü
Xing, girando el caballo.
El humo se mezclaba con la arena
amarilla; el aire era húmedo y pegajoso, una ilusión fugaz pero suficiente para
helar la sangre. La caballería se detuvo. Yelü Xing miró alrededor, sin
entender qué había sido aquella niebla repentina. Sus hombres también se
miraban entre sí, sin atreverse a avanzar.
Tras un largo silencio, Yelü Xing apretó
los dientes.
—¡RETIRADA!
La caballería dio media vuelta y
desapareció rápidamente, casi con prisa. Solo cuando el desierto volvió a
quedar en silencio, Lu Zhui pudo suspirar. No en todas partes del desierto
podía colocarse una formación; aquel truco fugaz solo servía para asustar. Si
Yelü Xing hubiera avanzado dos pasos más, habría visto que todo era normal, sin
rastro de peligro.
El cielo se oscureció aún más. La
formación seguía intacta, sin señales de dispersarse. Lu Zhui estaba inquieto:
temía por Xiao Lan, temía que Yelü Xing regresara con más tropas, temía que la
formación se rompiera. Los pensamientos se agolpaban, y sus uñas se clavaban en
la palma sin que él lo notara.
Dentro de la formación, el Gran Águila del
Desierto cayó de espaldas. Sus ojos rojos parecían salirse de las órbitas. Sus
manos temblaban intentando arrancarse la “serpiente venenosa” que le
estrangulaba el cuello, pero era inútil. Las púas afiladas se hundían en la
carne, trituraban huesos, cortaban la última hebra de vida. En sus pupilas
dilatadas, el último fragmento de cielo seguía cubierto de nubes negras.
Murió sin lograr escapar de la
formación.
Xiao Lan retiró el látigo y empapó un
paño con el líquido del frasco, cubriéndole el rostro. Encendió una antorcha y
la arrojó. El cuerpo ardió con furia. Cuando el fuego se extinguió, sacó de su
manga un pergamino de piel de oveja y lo clavó profundamente en la arena con su
cimitarra.
Solo había ocho caracteres, sin
principio ni final: «Deuda de sangre, pagada con sangre».
El viento negro le rozó la palma,
punzante como agujas. Lu Zhui miró su mano ensangrentada y soltó un largo
suspiro. No tenía ánimo para vendarse; solo volvió a ponerse de puntillas para
mirar a lo lejos… y esta vez, por fin, no volvió a decepcionarse.
Al ver aquella silueta familiar, una
oleada inmensa de alegría le estalló en el pecho. La emoción era tan intensa
que los ojos casi se le llenaron de lágrimas. Sin pensarlo, saltó de la duna y
corrió hacia adelante. Xiao Lan, al verlo venir desde lejos, dejó que una
sonrisa le suavizara la mirada. Decidió no moverse: abrió los brazos y esperó,
dispuesto a recibirlo entero, cálido, vivo.
Pero cuando estuvo a un paso, Lu Zhui se
detuvo en seco.
—¿Estás herido?
Xiao Lan mantuvo la postura.
—Son solo heridas superficiales.
—¿Son graves? —Lu Zhui se apresuró a
tomarle el brazo, revisándolo de arriba abajo.
Xiao Lan lo rodeó con un brazo y lo
atrajo contra su pecho, frotándole la espalda.
—Qué importa. Déjame abrazarte un
momento.
—¿De verdad no estás gravemente herido?
—Lu Zhui insistió.
—No —respondió Xiao Lan—. Aunque me
gustaría tener unas cuantas heridas serias, solo para que me cuidaras más. Pero
el rival no estuvo a la altura y no quiso darme la oportunidad.
—Otra vez diciendo tonterías —Lu Zhui le
limpió la sangre del rostro—. Yelü Xing vino, tal como dijiste. Pero también
tenías razón: es extremadamente cauteloso. En cuanto entró en la ilusión de
agua y luna, se marchó enseguida.
—¿Lo viste? —preguntó Xiao Lan.
—Claro que no —respondió Lu Zhui—. Yo
estaba detrás de la duna. ¿Cómo iba a verlo?
—Me refiero a… —Xiao Lan reformuló—. ¿Le
viste la cara?
Lu Zhui asintió.
—Sí.
—¿Y recordaste algo?
Lu Zhui tardó un segundo en entender.
Luego soltó una risa impotente.
—Si ni siquiera te recuerdo a ti, ¿cómo
voy a recordar a ese hombre?
Xiao Lan quedó muy satisfecho.
—Así está bien.
Lu Zhui lo pellizcó, sin palabras, y lo
llevó detrás de la duna para buscar el fardo. Dentro había un cambio de ropa,
por si Xiao Lan resultaba herido en la pelea y necesitaba cubrirse, para no
volver al campamento con la ropa ensangrentada.
El cielo ya estaba oscuro.
—Date la vuelta —dijo Xiao Lan.
—¿Ahora te da vergüenza que te vea?
—preguntó Lu Zhui.
Xiao Lan adoptó una pose tímida
exagerada.
—Mn.
—¡Rápido! —lo apuró Lu Zhui.
Xiao Lan suspiró.
—Pero prométeme que no te vas a
preocupar.
Lu Zhui respondió con un “sí, sí”
distraído y le desató la túnica exterior. La ropa interior estaba aún peor:
manchas de sangre por todas partes, teñida casi por completo. El corazón de Lu
Zhui dio un vuelco.
—¿Te duele?
—Tengo la piel gruesa. No duele
—respondió Xiao Lan.
Lu Zhui ignoró su sentido del humor y
atendió las heridas más profundas. Luego le ayudó a ponerse un abrigo grueso.
Se levantó.
—Sube.
Xiao Lan se sobresaltó.
—¿Ah?
—Te llevo a cuestas —dijo Lu Zhui.
Xiao Lan negó con fuerza.
—Puedo caminar. No estoy tan herido, son
solo rasguños… ¡eh!
Lu Zhui ya lo había cargado, ajustándolo
sobre la espalda.
—¡Agárrate bien!
Xiao Lan, en silencio, rodeó su cuello
con los brazos.
—No uses tu energía interna —dijo Lu
Zhui—. No quiero que se te abran las heridas. Yo te llevo de vuelta.
—¿Peso mucho? —preguntó Xiao Lan.
Lu Zhui respiró hondo, concentrando
fuerza en el abdomen.
—Mucho.
Xiao Lan: “…”
Luego, Xiao Lan lo abrazó más fuerte.
—Aunque pese, no me bajo.
Lu Zhui rio y frotó su cabeza contra él.
—Duerme un rato.
Xiao Lan apoyó la barbilla junto a su
oído y murmuró, con una sinceridad que lo desarmó:
—Así que… esta es la sensación de tener
a alguien en quien apoyarse.
Era una frase ligera, pero a Lu Zhui le
revolvió el corazón: dulce, amarga, dolorosa, protectora. Lo cargó con firmeza
y regresó al campamento, entrando sin dificultad en su tienda.
Xiao Lan se sentó al borde de la cama.
—¿No te parece que afuera está demasiado
silencioso?
—Era de esperarse —respondió Lu Zhui—.
El Gran Águila del Desierto desapareció, apareció una nueva formación en el
desierto… Yelü Xing debe estar furioso. En el campamento todos estarán
temblando, nadie se atreverá a levantar la voz.
Xiao Lan asintió.
—¿Crees que volverá a buscar al Gran Águila
del Desierto?
Lu Zhui comenzó a vendarle las heridas.
—¿Cómo no iba a buscarlo? Es el Maestro
Nacional.
—No es tan simple —dijo Xiao Lan—. La
primera vez fue a buscarlo y terminó atrapado en la formación, huyendo en
desorden. Si va una segunda vez y ocurre lo mismo… uno, no sabe si podrá
escapar; dos, aunque escape, será una humillación.
Lu Zhui cerró el frasco de medicinas.
—Si no va, el cuerpo del Gran Águila del
Desierto quedará enterrado por la arena. Esa carta de sangre habría sido en
vano.
—Yelü Xing no irá en persona —dijo Xiao
Lan—. Pero eso no significa que no enviará a otros. Como dijiste: es el Maestro
Nacional.
—¿Y habrá quien arriesgue la vida por
él? —preguntó Lu Zhui, incrédulo.
—Eso no es arriesgar la vida por él
—Xiao Lan sonrió—. Aunque todas las vidas valen lo mismo, en la guerra un
general y un soldado no cumplen el mismo papel. En momentos de peligro, lo
primero que debe proteger un soldado es la vida del general. ¿Entiendes?
—Entiendo —Lu Zhui chasqueó la lengua—.
Nunca pensé que te escucharía hablar bien de Yelü Xing.
Xiao Lan se vendó el brazo con calma.
—¿Yo parezco alguien tan rencoroso?
—Ni siquiera me dejas mencionar su
nombre. No eres de mente abierta —le recordó Lu Zhui.
—Está bien, soy rencoroso —Xiao Lan le
dio una palmadita en la mejilla—. Descansa un poco. Voy a echar un vistazo
afuera.
Lu Zhui lo siguió con la mirada hasta
que salió de la tienda.
Los trabajadores ya habían regresado y
hacían fila para recibir comida. Zhang Mao corrió hacia Xiao Lan y susurró:
—¿Pasó algo?
—¿Por qué lo dices? —preguntó Xiao Lan—.
¿Notaste algo?
—Por la tarde vino un grupo de jinetes,
muy apresurados. Me preguntaron si había visto algo extraño. Les dije que no,
que todos estaban trabajando. Les pregunté qué ocurría, pero no dijeron nada.
Solo miraron alrededor y se fueron —explicó Zhang Mao—. No te preocupes, nadie
notó tu ausencia.
—Gracias, maestro Zhang —dijo Xiao Lan—.
No es nada grave. No afectará a la gente de aquí.
—Menos mal —Zhang Mao suspiró. Quiso
preguntar cuándo podrían marcharse, pero se contuvo: sentía que cada vez que lo
veía hacía la misma pregunta.
Xiao Lan lo adivinó y sonrió.
—Tranquilo. Cumpliré mi palabra. Sacaré
a esta gente de aquí lo antes posible.
***
Yelü Xing había venido al Manantial Luyinquan
solo por la Ciudad Fantasma de Piedra, así que no trajo demasiados hombres.
Buscar a una sola persona en un desierto interminable era difícil, más aún con
el riesgo constante de caer en una formación. Los soldados avanzaban con
antorchas, llamando una y otra vez al Gran Águila del Desierto, esperando una
respuesta.
En el campamento, Yelü Xing estaba
sentado tras la mesa con el rostro sombrío. Namu’er, de pie a su lado,
especuló:
—Si el enemigo también sabe crear
formaciones… ¿y si es alguien de la misma tribu que el Maestro Nacional?
Yelü Xing no respondió. No sabía si el Gran
Águila del Desierto había dejado enemigos antes de llegar al Reino de Xilan. Si
era un viejo rival que venía a cobrar venganza…
El pensamiento lo irritó. Sus dedos se
cerraron con tanta fuerza que deformaron la copa de plata.
—Su Alteza —dijo Namu’er, observando su
expresión—. La Ciudad Fantasma está casi terminada.
Es decir: aunque el Gran Águila del
Desierto hubiera muerto, al menos dejaba tras de sí un arma mortal. No había
sido Maestro Nacional en vano.
Yelü Xing le lanzó una mirada helada.
Namu’er, con las manos escondidas en las
mangas, se sintió más tranquilo. No creía que el ejército Chu pudiera atravesar
tantas defensas. Y en cuanto a formaciones… aparte del Gran Águila del Desierto
y su gente, nadie más parecía dominar ese arte.
—¡SU ALTEZA! —gritó alguien desde
afuera—. HEMOS… HEMOS ENCONTRADO AL MAESTRO NACIONAL, SOLO QUE…
Yelü Xing levantó de golpe la pesada
cortina.
Un cadáver yacía en el suelo,
carbonizado de pies a cabeza. Solo el rostro, intacto, permitía reconocerlo:
era el Gran Águila del Desierto.
—Y esto… —el soldado bajó la cabeza y
presentó un pergamino de piel de oveja. La sangre ya se había oscurecido.
Namu’er echó un vistazo de reojo. Solo
alcanzó a ver cuatro caracteres:
«血債血償 —Deuda de sangre, pagada con sangre.»
Y su convicción se volvió absoluta. En
su interior, incluso sintió un leve regocijo.
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