RT 185

  

Capítulo 185: Complicidad perfecta.

¿Qué más te dio Lord Ye?

 

—Explícate. ¿Qué significa eso de “muro de fantasmas”? —Namu’er lo agarró del cuello de la ropa.

 

El hombre tartamudeó durante un buen rato antes de lograr explicarse. Esa mañana, el carruaje de agua había ido como siempre al manantial Luyinquan. Tras llenar los cubos y disponerse a regresar, los cocheros quedaron deslumbrados por las piedras brillantes junto al lago. No sabían por qué, pero de pronto la mente se les volvió una masa espesa, como si estuviera llena de engrudo. Solo sabían azuzar a los caballos hacia adelante, sin poder recordar a dónde debían ir. Cuando por fin despertaron de aquel sueño confuso, el sol ya se había puesto y el agua de los cubos se había derramado por completo durante el trayecto.

 

—¿Cómo puede pasar algo así? —Namu’er sintió un escalofrío de extrañeza. Caminó de un lado a otro hasta volver a la mesa, con la intención de repasar el asunto desde el principio. Pero no tardó en levantarse de nuevo—. Voy a verlo personalmente.

 

—Mi Señor —intervino otro de sus hombres de confianza—. Quizá deberíamos informar a Su Alteza.

 

—¿Ahora?

 

—Sí, ahora —el hombre se acercó y le susurró al oído—. Llevamos muchos días acampados aquí y jamás hemos visto algo así. Temo que alguien lo haya provocado a propósito.

 

Solo había dicho la primera mitad, pero Namu’er comprendió de inmediato la segunda.

«Antes no ocurría. Empieza justo después de que Su Alteza y el Gran Águila del Desierto llegaran. Si es así, el objetivo no soy yo. ¿Para qué voy a meterme en este lodazal? Y aunque lo resolviera, si vuelven a hacerlo una segunda o tercera vez y el campamento se desordena, Su Alteza solo pensará que soy incompetente. Al final, acabaré recibiendo el golpe que iba dirigido al Gran Águila del Desierto.»

 

Con ese pensamiento, Namu’er cambió de idea al instante. No fue a Luyinquan, sino que se dirigió directamente a la gran tienda de Yelü Xing.

 

Lu Zhui dejó caer suavemente la cortina de la entrada y se volvió.

—Tal como estaba planeado.

 

Xiao Lan aplaudió.

—Impresionante.

 

—Adivina —dijo Lu Zhui, sentado sobre la alfombra frente a él—. ¿Crees que Yelü Xing y el Gran Águila del Desierto harán lo que esperamos?

 

—Lo harán —respondió Xiao Lan—. Pero no porque tú y yo seamos especialmente astutos, sino porque no tienen otra opción. Sin comer pueden aguantar dos o tres días, pero en el desierto, si falta el agua, estos obreros no sobreviven ni uno.

 

—¿Guardaste bien lo que te di? —preguntó Lu Zhui de nuevo.

 

—Por supuesto —Xiao Lan sacó un pequeño frasco de su manga—. Cuando me encuentre con el Gran Águila del Desierto, lo primero será lanzarle esto a la cara.

 

—Exacto —asintió Lu Zhui—. Es un objeto de defensa que Lord Ye pidió a Xiao Shan que me entregara. Dicen que, con solo tocar una gota, uno se retuerce de picor y la piel se ulcera por completo. Ten cuidado de no rozarlo.

 

—¿Y qué más te dio Lord Ye? —preguntó Xiao Lan, esta vez con una sonrisa pícara.

 

Lu Zhui retrocedió de inmediato, alerta.

—¿Qué pretendes?

 

—¿Y si lo adivino? —propuso Xiao Lan.

 

Lu Zhui le apretó la boca con los dedos.

—¡No puedes adivinar!

 

Xiao Lan no podía hablar, pero lo miraba sonriendo.

 

Lu Zhui le dio una patada ligera, retiró la mano y sacudió el brazo. Luego volvió a levantar un extremo de la cortina para mirar afuera. No pasó mucho antes de que viera a Yelü Xing y al Gran Águila del Desierto salir de la gran tienda, con Namu’er siguiéndolos. Los tres tenían el gesto apurado; montaron a caballo y abandonaron el campamento a toda prisa.

 

—Ese caballo… —Lu Zhui volvió a sentarse—. Es realmente bueno.

 

Xiao Lan asintió.

—Déjamelo a mí.

 

—Yelü Xing va a morirse de rabia —suspiró Lu Zhui—. No sé cuántas reservas tendrá aún el Reino de Xilan, pero a este paso te las vas a llevar todas. Dicen que yo fui bandido, pero comparado contigo, me quedo corto.

 

Mientras tanto, Yelü Xing no tenía la menor idea de que el corcel rojo dorado bajo él sería “caballo ajeno” en unos diez días. Seguía contemplando el manantial Luyinquan, donde las estrellas se reflejaban en el agua.

 

—¿Un muro de fantasmas? —murmuró.

 

—Esto… —Namu’er empezaba a sudar. No entendía por qué durante el día seguía siendo un laberinto ilusorio y por la noche todo volvía a la normalidad. Sin querer, miró al Gran Águila del Desierto, pues era el único experto en formaciones.

 

El Gran Águila del Desierto negó con la cabeza.

—No percibo ningún misterio.

 

Los ojos de Yelü Xing se enturbiaron con un destello frío.

 

—Su Alteza —Namu’er bajó del caballo apresuradamente y se arrodilló, lamentándose en silencio—. Quizá los soldados encargados del agua tomaron el camino equivocado, quizá fue un espejismo del desierto, o quizá hubo otra causa… pero yo… yo realmente no tendría motivo para mentir sobre algo así.

 

Yelü Xing volvió a mirar al Gran Águila del Desierto. Al ver que este seguía sin decir palabra, le indicó a Namu’er:

—Levántate, Mumu.

 

—Gracias, Su Alteza —Namu’er se puso de pie y suspiró—. Por una nimiedad como esta he terminado molestando a Su Alteza. Qué vergüenza. Enviaré a mis hombres a recoger agua de nuevo.

 

Yelü Xing asintió levemente, alzó el látigo y cabalgó de regreso hacia el campamento. Namu’er miró al Gran Águila del Desierto; esperaba recibir otra mirada desdeñosa, pero para su sorpresa, el otro ni siquiera levantó los párpados. Se limitó a seguir a Yelü Xing como una flecha.

 

Lu Zhui, vestido con ropa ligera, estaba tumbado en la cama, escuchando con los ojos cerrados el bullicio exterior y distinguiendo cada sonido. Primero el regreso de Yelü Xing, luego los regaños de Namu’er, y después el rodar de las ruedas sobre la arena, los cubos chocando entre sí, alejándose poco a poco.

 

Xiao Lan, oculto en las sombras, escuchaba la conversación dentro de la tienda: el Gran Águila del Desierto interrogaba al soldado que había ido por agua esa mañana. El tema era el “muro de fantasmas”. El soldado, habiéndolo vivido en carne propia, lo describía con lujo de detalles, como si hubiera escapado por poco de la muerte. El Gran Águila del Desierto mantenía el rostro impasible, pero su duda crecía. Si lo que decía el soldado era cierto, lo ocurrido por la mañana no podía ser imaginación ni espejismo. Sonaba a una formación real. Pero cuando él mismo había ido a inspeccionar, no había visto nada.

 

«¿Será que realmente se topó con un fantasma?»

 

Xiao Lan arqueó una ceja. Esa tarde, si no hubiera roto la formación tal como Lu Zhui le indicó, el carruaje jamás habría logrado salir del manantial Luyinquan. Y una vez que el carruaje se alejó, él había desmantelado todas las piedras, dejándolas hechas un caos. Así, cuando Yelü Xing llegó más tarde, era natural que no encontrara nada.

 

Después de despedir al soldado, el Gran Águila del Desierto permaneció largo rato en la tienda, sumido en sus pensamientos, inmóvil como una estatua sobre la alfombra. Solo cuando escuchó afuera el relincho de los caballos y el choque de los cubos volvió en sí.

 

Esta vez, la recolección de agua fue fluida, sin ningún fenómeno extraño. Aun así, temiendo que el “muro de fantasmas” reapareciera, Namu’er envió más grupos dos veces más. No descansó hasta que el campamento acumuló suficiente agua para tres días.

 

Con la primera luz del amanecer, todos volvieron a sus tareas. El Gran Águila del Desierto no había dormido en toda la noche, pero no mostraba rastro de cansancio. Salió de la tienda y se dirigió al establo. Por su actitud, parecía dispuesto a volver a Luyinquan.

 

Xiao Lan carraspeó suavemente y, de pie detrás de él, dijo en voz baja:

—Maestro Nacional.

 

El Gran Águila del Desierto se detuvo y miró hacia atrás al hombre de ojos hundidos y barba cerrada que tenía delante.

—¿Qué ocurre?

 

—Me llamo A-Wu. Habitualmente me encargo de vigilar a los esclavos del Gran Chu —dijo Xiao Lan con rapidez.

 

El Gran Águila del Desierto recordaba haber oído a Namu’er mencionarlo ante Yelü Xing, así que asintió.

—¿Me buscabas por algo?

 

—Escuché lo del “muro de fantasmas” —dijo Xiao Lan—, y me pareció exactamente igual a las historias que los ancianos de mi aldea contaban cuando era niño. Por eso me atreví a venir a ver al Maestro Nacional.

 

—¿Has oído historias sobre el muro de fantasmas? —El Gran Águila del Desierto, como era de esperar, mostró interés. Volvió a atar las riendas del caballo.

 

—Sí —respondió Xiao Lan—. Si el Maestro Nacional lo permite, puedo contarlas una por una.

 

—Adelante… —el Gran Águila del Desierto lo condujo de vuelta a la tienda y ordenó que prepararan té—. Cuéntame con detalle todo lo que sepas.

 

Xiao Lan asintió repetidas veces y bajó la voz.

—Hace muchos años, en este desierto había una perla luminosa…

 

Y comenzó a hablar sin parar, tal como el Gran Águila del Desierto había pedido: con lujo de detalles. De la perla pasó al zorro, del zorro a los soldados fantasmas, de los soldados a la mujer de arena… En una sola sentada narró todos los cuentos relacionados con el desierto que Lu Zhui le había enseñado la noche anterior, con tal viveza que, de haber estado en una casa de cuentacuentos, habría ganado arroz, harina y aceite para un mes entero.

 

El Gran Águila del Desierto lo escuchó durante una hora entera. Solo cuando Xiao Lan terminó el último relato se dio cuenta de que, en realidad, debería haberlo echado desde la primera frase para no perder tanto tiempo.

 

—¿Maestro Nacional? —preguntó Xiao Lan—. ¿Sirven de algo estas historias?

 

El Gran Águila del Desierto bufó y salió de la tienda sacudiendo sus mangas.

 

—Si al Maestro Nacional no le interesa eso, tengo otros relatos —dijo Xiao Lan con voz fervorosa. Se apoyó en el marco de la puerta, observando cómo el Gran Águila del Desierto se alejaba. La sonrisa en sus ojos se fue endureciendo poco a poco, hasta convertirse en un filo: hambriento, sanguinario.

 

—¡Ay! —A poca distancia, Zhang Mao soltó un grito al tropezar y caer de bruces con un barreño vacío, atrayendo por un instante la atención de los guardias. Y en ese mismo instante, Xiao Lan se deslizó fuera del campamento como una sombra, rumbo al manantial Luyinquan.

 

Todos aquellos cuentos disparatados tenían un único propósito: entretener al Gran Águila del Desierto para darle a Lu Zhui más tiempo para preparar la formación. En el campamento ya había agua suficiente para tres días; nadie iría al lago a menos que fuera estrictamente necesario. Excepto el Gran Águila del Desierto. Lu Zhui había apostado a que ese hombre volvería al Manantial Luyinquan, y los hechos demostraban que su intuición era certera: el Gran Águila del Desierto estaba lleno de dudas sobre el “muro de fantasmas”.

 

El caballo relinchó con fuerza al detenerse al pie de una duna, inquieto, golpeando la arena con los cascos. El Gran Águila del Desierto sostenía las riendas mientras contemplaba la inmensidad del desierto que se extendía en todas direcciones. Una fina capa de sudor le cubrió la espalda.

 

Ese lugar debía ser el Manantial Luyinquan.

 

Pero lo que tenía ante los ojos no era, en absoluto, Luyinquan… No sabía dónde estaba.

 

«El muro de fantasmas, el muro de fantasmas…»

 

El Gran Águila del Desierto miró a su alrededor. De pronto desenvainó la espada y la hundió en la arena. La hoja penetró sin dificultad, pero no levantó ni un solo puñado de arena húmeda y oscura. Era la ilusión más real que había visto en su vida. Siempre se había enorgullecido de su dominio de las formaciones, pero ni siquiera él sabía qué lo había atrapado. Quiso serenarse para estudiarlo con calma, pero entonces, en el momento más inoportuno, escuchó un tintineo: claro, delicado, fragmentado. No era el sonido de los cencerros de camello tan comunes en el desierto, sino más bien el de las cuentas de plata en la muñeca de una mujer.

 

Lo que el Gran Águila del Desierto ignoraba era que, en la antigua residencia de los Xiao en la Ciudad Huishuang, ese mismo sonido había resonado incontables veces. Una joven vestida de rojo, demente y perdida, había permanecido atrapada en una mansión de huesos durante más de veinte años, sin que nadie en la ciudad lo advirtiera. Tras la amnesia de Lu Zhui, Tao Yu’er le enseñó de nuevo aquella formación: verdad y mentira, reflejos de agua y flores en el espejo.

 

Lu Zhui estaba solo en lo alto de una duna, observando desde lejos la nube de arena que envolvía el Manantial Luyinquan. El corazón se le subía a la garganta. Él mismo había colocado esa formación. Y no solo había atrapado al Gran Águila del Desierto. También había atrapado a Xiao Lan.

 

El Gran Águila del Desierto se sentó en el suelo y empezó a trazar líneas rectas, cruzadas y paralelas, con el dedo índice sobre la arena blanda, intentando encontrar una salida a aquella formación. Pero antes de que pudiera ordenar sus pensamientos, escuchó pasos detrás de él. Junto a esos pasos llegó otro sonido: el arrastre de una serpiente venenosa sobre la duna, un siseo que helaba la sangre, aún más inquietante que el tintineo anterior.

 

Xiao Lan apareció con un látigo de hierro negro arrastrando en la mano. Alzó una ceja mientras observaba al hombre frente a él.

 

Autor tiene algo que decir:

 Pequeño Mingyu: ¡Papá! ¡Estoy un poco nervioso!


Mensaje de Jin:

Recuerda dejar tu comentario si te ha gustado el capítulo 💖.


Comentarios