RT 184

  

Capítulo 184: El plan de la belleza.

Te estoy tomando el pelo.

 

—Tú dijiste antes que ese Yelü Xing tenía intenciones impuras conmigo, ¿no? —dijo Lu Zhui sin prisa—. Si es así, ¿por qué no me arranco esta máscara de piel humana, busco una oportunidad para atraerlo a lo profundo del desierto y luego tú vas y matas al Gran Águila del Desierto? ¿Qué te parece?

 

Xiao Lan se detuvo un instante antes de preguntar:

—¿Eso es lo que llamas “tener un plan”?

 

—¿No está bien? —Lu Zhui se recostó contra el cabecero—. Es el método más rápido.

 

—Por rápido que sea, no lo permito. Más te vale quitarte esa idea de la cabeza —advirtió Xiao Lan, frunciendo el ceño—. No voy a dejar que aparezcas frente a él, y mucho menos que vayas solo a atraer al enemigo.

 

Lu Zhui murmuró, desanimado:

—Oh. —Luego añadió— Mírate… haces que mi plan parezca basura.

 

—Eso ni siquiera puede llamarse plan —negó Xiao Lan con la cabeza—. Se llama fantasía descabellada.

 

—¡Oye! —replicó Lu Zhui—. ¿No podría llamarse “sacrificarse por una causa justa”? Quitando el detalle de que ese tipo me codicia, atraer solo al enemigo al desierto… en cualquier libro de historia sería algo grandioso. ¿Cómo es que en tu boca se vuelve una locura?

 

—Basta —lo interrumpió Xiao Lan—. Este tema termina aquí. A menos que se te ocurra otra cosa, no vuelvas a mencionarlo jamás.

 

—Mezquino… —murmuró Lu Zhui.

 

—Soy mezquino, sí —Xiao Lan tiró de la manta para cubrirle los hombros—. ¿Vas a levantarte a desayunar o te lo llevo a la cama?

 

—¿De verdad no se puede? —Lu Zhui parecía aún poco convencido.

 

—Aunque lo preguntes cien veces, la respuesta seguirá siendo la misma: no —respondió Xiao Lan. Su tono no era precisamente amable; el gesto tampoco. Lu Zhui se inclinó para observarlo con detenimiento y, de pronto, soltó una risita.

 

—¿De veras te enojaste? Solo te estaba tomando el pelo.

 

Xiao Lan: “…”

 

—Ya sabía que no aceptarías —continuó Lu Zhui—. Solo lo dije por decir.

 

Xiao Lan, sin saber si reír o llorar, le pellizcó la mejilla y la retorció un poco.

—¿Solo lo dijiste por decir?

 

—Es que llevas días con esa cara seria. Si no te molesto un poco, ¿cuándo lo haría? —Lu Zhui se incorporó un poco—. Pero hablando en serio, sí tengo un plan.

 

—Te escucho con atención.

 

Lu Zhui pasó los brazos por encima de sus hombros y le explicó el plan con todo detalle. Luego preguntó:

—¿Qué te parece?

 

—Es arriesgado, pero viable —Xiao Lan meditó un instante—. La Ciudad Fantasma de Piedra está casi terminada. Cuando eso ocurra, Yelü Xing y el Gran Águila del Desierto se marcharán y estos esclavos ya no tendrán razón para seguir con vida. Tenemos que darnos prisa.

 

—¿Entonces lo hacemos así? —preguntó Lu Zhui—. Cuanto antes resolvamos esto, antes podré ir al campamento del ejército Chu.

 

—De acuerdo —asintió Xiao Lan—. No te preocupes, mataré al Gran Águila del Desierto.

 

—En ti confío, naturalmente —dijo Lu Zhui—. Eres el más fuerte de todo este desierto.

 

Xiao Lan sonrió y tomó la ropa para ayudarlo a vestirse. Afuera estaba inusualmente silencioso.

 

—¿Todos se fueron con Yelü Xing a ver la Ciudad Fantasma? —preguntó Lu Zhui.

 

—Seguramente.

 

—Entonces ve tú también —dijo Lu Zhui—. Ten cuidado. No dejes que Yelü Xing te reconozca.

 

Xiao Lan asintió. Lo acompañó pacientemente hasta que terminó de desayunar y recién entonces salió de la gran tienda.

 

***

 

Frente a las columnas de piedra que se alzaban como si quisieran tocar el cielo, Yelü Xing preguntó:

—¿Qué opina el Maestro Nacional de esta formación?

 

—No hay retorno posible. Cada paso es una puerta de la muerte, sin un solo resquicio de vida —respondió el Gran Águila del Desierto —. Está construida de forma excelente, maravillosa.

 

—¿De verdad funciona tan bien? —Yelü Xing extendió la mano y acarició los toscos tótems grabados en la piedra—. Al final, quienes estarán frente a nosotros serán decenas de miles de soldados del Gran Chu.

 

—Aunque fueran el doble, no importaría —el Gran Águila del Desierto abrió los brazos, dejando que el viento agitara sus mangas anchas y desgarradas—. La arena amarilla enterrará sus cadáveres, el viento secará su sangre, el sol los convertirá en huesos blanqueados. Todo volverá a su estado original, y usted será para siempre el único dueño de este lugar.

 

Pero Yelü Xing negó con la cabeza.

—Lo que deseo no es solo este desierto.

 

—Si conquistamos el desierto, Yumen se convertirá en una ciudad en peligro —dijo el Gran Águila del Desierto—. Entonces, la caballería de Xilan avanzará sin obstáculos, directo hacia el este.

 

Yelü Xing sonrió por fin.

—Agradezco sus auspicios, Maestro Nacional.

 

Hacia el este… la dirección por donde nace el sol, la dirección que el mundo entero reverencia. Allí no hay tormentas de arena ni tierra agrietada. Solo construcciones magníficas, abundancia y canales inmensos que, con un ímpetu como de trueno, corren hacia el mar sin límites.

 

—Por aquí, Su Alteza —dijo Gran Águila del Desierto, inclinándose para guiarlo hacia otro sector.

 

—¡Más rápido! —El capataz, quizá deseoso de lucirse ante Yelü Xing, estaba aún más brutal que de costumbre. Los habitantes del Gran Chu capturados seguían moviendo las enormes piedras con movimientos rígidos y lentos. Sus rostros estaban vacíos, pero sus corazones seguían vivos. Todos recordaban las palabras de Zhang Mao: mientras uno viva, hay esperanza. Tal vez, en el siguiente instante, el ejército del Gran Chu descendería del cielo para llevarlos de vuelta a casa.

 

Desde lejos, Xiao Lan observaba cómo el látigo caía sobre una mujer. Cerró el puño… y lo aflojó. Solo cuando Yelü Xing y su séquito se alejaron, Zhang Mao se acercó para ayudar a la mujer a levantarse y, cojeando, la llevó a un rincón con sombra.

 

—¿Son útiles estas personas? —preguntó Yelü Xing.

 

—Son los esclavos más cobardes —respondió Namu’er—. Aferrados a la vida, temerosos de la muerte, incapaces de resistir un solo golpe. No valen ni la mitad de un cabello de nuestros guerreros de Xilan.

 

—Nada mal —asintió Yelü Xing—. Cuando el Reino de Xilan derrote al ejército Chu, el Maestro Nacional recibirá el mayor mérito. El segundo será para Mumu.

 

Namu’er se inclinó.

—Gracias, Su Alteza.

 

—No sigas lamentándote por esos carreteros —dijo Yelü Xing—. En lo profundo del desierto hay muchos más de su misma tribu. Si esta tanda se pierde, se domestica otra y ya está. No hay por qué sentirse culpable. Cuando recibí esas siete u ocho páginas de confesión de Mumu, pensé que había ocurrido una catástrofe. Y al final era solo por esto.

 

Namu’er sonrió con torpeza.

—Su Alteza tiene razón.

 

A un lado, el Gran Águila del Desierto soltó una risita, aunque no añadió ningún comentario sarcástico. Aun así, una punzada de desagrado subió por el pecho de Namu’er.

«Estoy hablando con el rey. ¿Y este fantasma recién salido del inframundo cree tener derecho a burlarse de mí?»

 

La Ciudad Fantasma de Piedra se extendía por varios li. Yelü Xing y el Gran Águila del Desierto no regresaron al campamento hasta entrada la noche. Lu Zhui observó un momento por la rendija de la puerta y dijo:

—Ya se durmió.

 

Xiao Lan tomó su mano y lo condujo fuera de la gran tienda, rodeando por detrás.

—Abrázame.

 

Lu Zhui obedeció y rodeó su cuello con los brazos.

 

Xiao Lan lo alzó por la cintura y, con un impulso, se lanzó hacia la distancia. La punta de sus pies rozaba la arena con una ligereza tal que parecía deslizarse sobre agua tranquila, sin dejar rastro. Ambos vestían de negro; en la oscuridad de la noche eran casi invisibles.

 

Lu Zhui cerró los ojos. Solo escuchaba el viento y la respiración de Xiao Lan. Era una sensación extraña y maravillosa, como si en todo el vasto mundo solo quedaran ellos dos. No volvió en sí hasta que Xiao Lan lo depositó sobre la arena. Entonces lo miró y sonrió.

 

—¿Te dormiste y estabas soñando? —bromeó Xiao Lan.

 

—No te lo voy a decir —Lu Zhui miró alrededor—. ¿Este es el lugar donde suelen venir a buscar agua?

 

Xiao Lan asintió.

—He venido una vez.

 

—Es un sitio precioso —Lu Zhui subió a una duna—. Este lago brilla como plata. En primavera, verano y otoño, quizá hasta crezcan flores y hierbas silvestres.

 

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Xiao Lan.

 

—Nada —respondió Lu Zhui—. Solo siéntate y espérame.

 

Xiao Lan aceptó y, sin más, se sentó en la duna, observándolo mientras se movía de un lado a otro junto al agua. En el cielo, las estrellas titilaban. Las piedras de la orilla también parecían brillar. Y con el reflejo ondulante del lago, era difícil distinguir cuál de los dos era el verdadero firmamento.

 

En medio de aquel resplandor, Lu Zhui estaba apilando las piedras brillantes, uniéndolas al fluir de la Vía Láctea y las nubes celestes, como si enlazara cielo y tierra en un solo trazo.

 

—Vámonos —dijo, sacudiéndose las manos al terminar el último paso—. Regresemos.

 

—¿Ya está? —preguntó Xiao Lan.

 

Lu Zhui asintió.

—Cuando vengan mañana a recoger agua, espero que sea un día despejado.

 

—Con este cielo lleno de estrellas, difícil que no lo sea —respondió Xiao Lan—. A eso se le llama que el cielo nos favorece.

 

Lu Zhui estiró un poco la cintura, y su mente empezó a divagar. Al principio había pensado que aquel lugar, con sus nubes estelares y el brillo ondulante del agua, era perfecto para hablar de amor. Pero enseguida recordó su aspecto actual: flaco, amarillento, deslucido. Y de inmediato se le fue todo el ánimo. Incluso sin recuerdos, seguía siendo el exquisito joven maestro Mingyu: sin nieve no calentaba el vino, sin luna no contemplaba la flor efímera, y sin una tetera de Yixing no bebía té de Xinyang. Ni muerto cambiaría esos hábitos.

 

Así que Xiao Lan lo vio, con los ojos bien abiertos, echar a correr de un salto, más rápido que él mismo. Sus manos extendidas quedaron en el aire. El joven maestro Xiao sonrió, negó con la cabeza y salió tras él. Ambos tenían un nivel de qinggong extraordinario; aunque había guardias patrullando por todas partes, regresaron a la tienda sin hacer el menor ruido. Apenas se acostaron, el este comenzó a clarear.

 

El relincho de los caballos y el sonido de los cubos de madera cargados en los carros anunciaban que la cuadrilla para recoger agua estaba por partir.

 

—¿Voy a echar un vistazo? —preguntó Xiao Lan.

 

—No hace falta —respondió Lu Zhui—. Por la noche puedes correr por donde quieras, pero de día es mejor ser prudente. Al fin y al cabo, ahora eres el hombre de confianza de Namu’er.

 

Xiao Lan suspiró con dolor de cabeza.

—Quién iba a pensar que mi primer trabajo como hombre de confianza sería bajo alguien así.

 

—Así debe ser —lo consoló Lu Zhui—. Mira a esos generales legendarios en los libros de historia: cada biografía es tan emocionante que uno podría leerla tres días seguidos. Una vida tranquila y sin pruebas no forma a un gran general. Y si lo escribes en un relato, al pueblo tampoco le gusta.

 

—¿Gran general? —repitió Xiao Lan.

 

—No quiero que seas ningún gran general —se apresuró a aclarar Lu Zhui—. Solo quiero explicarte la idea.

 

—Entonces, ¿qué quieres que sea? —sonrió Xiao Lan.

 

—Quiero que, hagas lo que hagas, lo hagas en paz y sin contratiempos —respondió Lu Zhui. Ya fuera general o vendedor ambulante.

 

—Gracias —dijo Xiao Lan.

 

—Duerme —Lu Zhui le cubrió los ojos con ambas manos—. Hemos estado agotándonos toda la noche. No hablemos más.

 

Xiao Lan le tomó las muñecas y lo envolvió bien con la manta.

 

Entre el traqueteo de los carros que salían del campamento, ambos se durmieron ligeramente, aunque sin bajar la guardia. Incluso en ese sueño superficial, sus cuerpos distinguían por instinto, entre el bullicio exterior, qué sonidos significaban calma y cuáles anunciaban peligro.

 

Hasta la tarde, la carreta del agua seguía sin aparecer. Cuando Namu’er recibió la noticia, casi aplastó la taza de té entre los dedos.

 

—¿Aún no han vuelto?

 

—No, señor —respondió el guardia—. ¿Desea que enviemos gente a buscarlos?

 

—¡Por supuesto! —Namu’er añadió con urgencia—. Pero no alarmen a Su Alteza. Envíen primero a los nuestros.

 

El guardia asintió y salió con un pequeño grupo, marchándose en secreto. Namu’er estaba inquieto, la ira ardiéndole en el pecho.

«Tenían que fallar hoy, justo hoy. Y no solo eso: desaparecen los aguadores y la carreta del agua. ¿Cómo se supone que voy a ocultar algo así? En este desierto, quedarse sin agua no es un asunto menor; hasta un idiota lo notaría.»

 

Dio varias vueltas por la tienda, pero lejos de calmarse, su ansiedad creció aún más. A medida que el día avanzaba y el sol comenzaba a caer, tomó una decisión: se puso su capa y se dispuso a ir él mismo a buscarlos. Sin embargo, justo entonces el guardia regresó jadeando. Bajó del caballo casi rodando y, arrastrándose hasta él, exclamó con pánico:

—Señor… en Luyinquan … parece que hay un muro de fantasmas.

 

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