Capítulo
183: La Gran Águila del Desierto.
Ladrón
Feo.
Durante los días siguientes, Lu Zhui buscó oportunidades para acercarse varias veces a la formación que ya había comenzado a construirse. Cada día memorizaba el progreso y la disposición del arreglo y al volver a la tienda lo dibujaba en el suelo con una ramita, concentrado, borrándolo solo cuando oía pasos acercarse.
—¿Estás ahí? —preguntó Zhang Mao desde
afuera.
Lu Zhui levantó la cortina:
—¿Qué hace aquí, señor Zhang?
—¿Estás solo? —Zhang Mao asomó la
cabeza, inspeccionando el interior.
—Mi hermano fue a la tienda de Namu’er
—dijo Lu Zhui, dejándolo pasar—. ¿Lo buscaba?
—Quería preguntarles qué planean hacer
—dijo Zhang Mao—. No podemos esperar a que todos terminen de construir esta
ciudad de piedra para recién entonces mover ficha.
—En realidad sí —respondió Lu Zhui—.
Debemos esperar a que la formación esté completa para poder actuar.
Zhang Mao frunció el ceño. La
desconfianza se le marcó en el rostro. Cualquiera podía adivinar que esa
“ciudad de piedra” estaba destinada a usarse contra los soldados del Gran Chu. El
Reino Xilan había secuestrado gente, fingido ser fantasmas, gastado recursos y
tiempo: el propósito no podía ser simple. La amenaza para el Gran Chu era
evidente. Él había supuesto que estos dos hermanos intentarían sabotearla, pero
por lo visto, planeaban dejar que se completara.
—Tengo un plan —dijo Lu Zhui—. Pero no
puedo contárselo ahora.
—¿Por qué? —Zhang Mao se irritó.
—Porque es un asunto grave y usted y yo
no nos conocemos lo suficiente —respondió Lu Zhui—. Si fuera algo personal, no
habría problema. Pero si afecta a los soldados del Gran Chu, debo ser
extremadamente cuidadoso.
—¿De verdad es por eso? —gruñó Zhang
Mao.
—¿Qué pasa? —preguntó Lu Zhui—. ¿No
confía en mí?
—En todo este camino, no has hecho más
que decirme que me someta, que obedezca a Yelü Xing —dijo Zhang Mao—. Que no
luchemos, que resistamos. Y ahora quieres que ayudemos a terminar esta ciudad
de piedra. No veo cómo eso beneficia al Gran Chu. En cambio, sí facilita las
cosas para el Reino Xilan.
Lu Zhui soltó una risa incrédula:
—¿Así que por eso sospecha de mí?
Zhang Mao no respondió, pero su silencio
lo decía todo.
—Incluso sin mí, incluso si los
prisioneros se rebelaran ¿cree que esta ciudad dejaría de construirse? —Lu Zhui negó con la cabeza—. No. Si la gente no
se muestra obediente ahora, solo sufrirá más. Puede haber una o dos rebeliones,
sí. Pero cuando los muertos a manos de los guerreros de plata se acumulen,
¿quién se atreverá a levantarse otra vez? Para entonces, Namu’er igual obtendrá
un grupo de esclavos obedientes, pero esos sí serán esclavos de verdad: sin
esperanza, sin fuerza, sin creer que alguien vendrá a rescatarlos. Solo sombras
vivientes, trabajando hasta morir.
Zhang Mao se quedó sin palabras.
—No intento convencer a nadie a la
fuerza —continuó Lu Zhui—. Solo pongo los pros y contras sobre la mesa. Usted
es un hombre inteligente. Puede entenderlo. Si yo hubiera traicionado al Gran
Chu, hablar tanto no me daría ningún beneficio. Y si no he traicionado ¿por qué
no escucharme?
Zhang Mao suspiró.
—Está bien, está bien. Que sea como
dices.
—¿Solo así? —sonrió Lu Zhui.
—Haré lo que digas —dijo Zhang Mao,
poniéndose de pie—. Primero levantemos esos pilares de piedra.
—Gracias, señor Zhang —Lu Zhui se
inclinó.
Zhang Mao salió de la tienda sin mirar
atrás, aún con algo de frustración en el pecho. Lu Zhui respiró hondo y miró
hacia la tienda principal de Namu’er, cubierta con lujosas cortinas.
***
—¿Solo con estas columnas gigantes
pueden aniquilar al ejército del Gran Chu? —preguntó Xiao Lan.
—¿No lo crees? —Namu’er arqueó una ceja.
—Sinceramente, no —respondió Xiao Lan.
Namu’er soltó una carcajada:
—Ignorante. Pero no es tu culpa. Cuando
llegue el día de la batalla, verás el poder de esta ciudad de piedra.
—Así que es realmente poderosa… —murmuró
Xiao Lan—. ¿Es la famosa “formación que confunde el alma”?
—Ese es el nombre que ustedes, los del
Gran Chu, le dan —dijo Namu’er—. En el desierto la llamamos “Ciudad Fantasma de
Piedra”. No importa cuán fuerte sea un ejército: si entra, solo le espera la
muerte.
Xiao Lan se inclinó profundamente:
—No sabía que mi lord dominara el arte
de construir ciudades fantasmas. Me alegra haber seguido al hombre correcto.
Admirable.
Los guerreros de plata presentes se
rieron. Namu’er tosió, incómodo:
—No fui yo quien la diseñó. El rey trajo
a un maestro desde lo profundo del desierto. Se llama Gran Águila del Desierto.
Cuando lo veas, recuerda llamarlo “Maestro Nacional”.
—¿El Maestro Nacional vendrá? —preguntó
Xiao Lan.
—Qué rápido cambias de tono —bufó
Namu’er.
—Si es tan poderoso, mejor acostumbrarme
desde ya —sonrió Xiao Lan.
—En siete días llegará con el rey —dijo
Namu’er—. Antes de lo previsto. Asegúrate de que esos esclavos no causen
problemas frente al rey.
—Entendido.
—Puedes retirarte. Cuando la Ciudad
Fantasma de Piedra esté terminada, pediré recompensas para ti.
Xiao Lan agradeció y regresó a su
tienda.
Lu Zhui seguía dibujando en el suelo.
Sin levantar la cabeza, preguntó:
—¿Cómo fue?
—Tengo una buena noticia, una mejor
noticia y una mala noticia —dijo Xiao Lan, agachándose a su lado.
—La buena —respondió Lu Zhui sin dudar.
—Ya sé qué es esa formación. Se llama
Ciudad Fantasma de Piedra. El hombre detrás de ella es el Maestro Nacional de
Xilan: Gran Águila del Desierto.
—¿Cuál es la mejor noticia?
—En siete días llegará.
Lu Zhui asintió:
—Si viene, podrás matarlo. Y yo podré
sabotear la formación. Sí, es mejor.
—Y la mala —recordó Xiao Lan.
Lu Zhui borró el dibujo con el pie:
—¿Puedo no escucharla?
—No.
Lu Zhui suspiró profundamente y acercó
la oreja:
—Dilo. Estoy preparado.
—Yelü Xing vendrá con él —dijo Xiao
Lan—. Así que ya sabes qué hacer, ¿mm?
—Seguir tus instrucciones y esconderme
—respondió Lu Zhui.
Xiao Lan lo abrazó por los hombros:
—Buen chico.
Lu Zhui se apoyó en él, intentando
encontrar en su mente algún recuerdo de Yelü Xing, aunque fuera una sombra.
Pero todo era niebla.
—No te preocupes —dijo Xiao Lan—. Estoy
contigo.
Lu Zhui murmuró un “Mm” y se aferró a su
brazo, sin intención de levantarse.
***
En la inmensidad del desierto, una
caravana de jinetes avanzaba hacia donde la luna ascendía. En la noche, sus
siluetas formaban una cadena ondulante, como colinas en movimiento. Desde
lejos, parecía un cuadro majestuoso que respiraba.
Era la caballería de Xilan. Al frente
cabalgaba Yelü Xing y justo detrás de una persona vestida de negro que Namu’er
había llamado “Maestro Nacional”: el Gran Águila del Desierto. Su figura era
corpulenta; el rostro, cubierto de manchas blancas y toscos tatuajes negros. No
tenía cejas ni cabello. La cabeza, redonda como un huevo de pato, estaba teñida
de un rojo vivo que, a la distancia, parecía sangre fresca; de cerca tampoco
mejoraba. Cualquier niño con un poco de imaginación cerraría los ojos y
lloraría hasta desgarrarse la garganta.
En el Reino Xilan, pocos no le temían. Y
aún menos se atrevían a mirarlo directamente. Sus ojos, negros y opacos,
parecían arrancados de un cadáver del inframundo y pegados sin cuidado en su
rostro: sin brillo, sin vida, solo un vacío que helaba la médula.
Lu Zhui había leído muchos libros. Y en
los libros, los “maestros nacionales” solían ser ancianos de barba blanca,
vestidos con túnicas limpias, medio charlatanes, medio místicos, o bien flacos
como ramas o gordos como cerdos. Por eso estaba tranquilo respecto al plan de
Xiao Lan: si el objetivo era un viejo pedante, no había mucho de qué
preocuparse. Así que él seguía acostado, fingiendo enfermedad con total
dedicación.
Pero esa tarde, después del mediodía, un
cuerno resonó afuera. Entre pasos apresurados y voces agitadas, Lu Zhui alcanzó
a oír a los guerreros de plata:
—¡EL REY YELÜ XING Y EL MAESTRO NACIONAL
HAN LLEGADO!
Seis días. No siete. Habían cabalgado
día y noche. Lu Zhui se giró en la cama, envuelto en mantas, escuchando con
atención. Xiao Lan había sido llamado por Namu’er desde temprano; seguramente
ahora mismo estaba entre los que recibían al legendario rey de Xilan.
***
Un caballo relinchó, alzando las patas
delanteras antes de caer firme sobre la arena. Yelü Xing desmontó de un salto y
soltó una carcajada:
—¡Buen trabajo, Mumu!
El entrecejo de Xiao Lan tembló. Si Lu
Zhui hubiera escuchado ese “Mumu”, se habría reído durante media hora.
—Mi rey —saludó Namu’er—. Ha sido un
viaje arduo.
Luego añadió:
—Maestro Nacional, también ha debido de
ser duro.
Xiao Lan bajó la cabeza, observando solo
con el rabillo del ojo. Yelü Xing no necesitaba presentación. Pero el Maestro
Nacional su aspecto era tan grotesco que incluso alguien que había vivido años
en la Tumba Mingyue se quedaba sin palabras. No era cuestión de fealdad, sino
de la presencia que lo envolvía: como si miles de espectros marcharan detrás de
él, helando el aire.
—Vamos —ordenó Yelü Xing—. Quiero ver la
Ciudad Fantasma de Piedra.
Arrojó el látigo a un subordinado sin
siquiera mencionar descansar. Xiao Lan miró de reojo su caballo: musculoso,
brillante, con una melena dorada y rizada. Comparable a Feisha Hongjiao.
«¡Tsk! El Reino Xilan sí que tiene
buenos caballos» pensó
Xiao Lan, divertido, antes de regresar a su tienda.
—¿Cómo te fue? —Lu Zhui se incorporó
entre las mantas—. No te reconoció, ¿verdad?
—Tranquilo —respondió Xiao Lan—. Solo
tiene ojos para la Ciudad Fantasma de Piedra. Ni siquiera miró hacia donde yo
estaba.
Luego añadió, con un brillo divertido:
—Además, el caballo que trajo esta vez
no está mal. Tan bueno como Feisha Hongjiao. En unos diez días será tuyo.
Lu Zhui juntó las manos:
—Lo aceptaré con gusto.
Xiao Lan sonrió:
—Y sobre el Gran Águila del Desierto es
como tú imaginabas.
—¿Igualito? —Lu Zhui se adelantó,
ansioso.
—A diez mil li de distancia —dijo
Xiao Lan.
Lu Zhui: “…”
—Es más alto que yo, más fuerte que yo,
está en la flor de la vida, lleno de tatuajes y con la cabeza roja como sangre.
Bajo el sol parece una antorcha —explicó Xiao Lan.
—Suena como alguien feo —dijo Lu Zhui
con desdén.
—Lo peor es que parece pegado a Yelü
Xing. Hasta comparten tienda. Si no los separamos, será difícil actuar —continuó
Xiao Lan.
—¿Comparten tienda? —Lu Zhui se sentó
con las piernas cruzadas—. Tengo una manera de separarlos.
Xiao Lan lo miró:
—¿Mm?
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