RT 182

  

Capítulo 182: Luyinquan*.

Maestro de la Destrucción Lu “Xiao” Zhui.

(*Ciervos bebiendo del manantial.)

 

Las palabras Luyinquan no parecían encajar con aquel desierto árido. Al principio, Lu Zhui pensó que al menos habría un pequeño oasis. Pero al verlo con sus propios ojos, comprendió que un nombre tan poético seguía perteneciendo a un lugar cubierto de arena amarilla, sin rastro de vida.

 

—¡BAJEN! ¡RÁPIDO! —los guardias gritaban, empujando a los prisioneros del Gran Chu hacia las tiendas. Comparados con los guerreros de plata, estos hombres eran aún más brutales: rostros feroces y sus bocas llenas de maldiciones.

 

Cuando el carruaje se detuvo, Lu Zhui bajó apoyándose en el brazo de Xiao Lan. Era el crepúsculo. El viento helado golpeaba como agujas, atravesando la piel y estallando en cuanto tocaba la sangre, dejando el cuerpo rígido y dolorido.

 

En la penumbra, se alzaban sombras altas y densas. No se distinguía bien qué eran, pero era fácil adivinarlo: allí estaban las llamadas “nuevas tumbas del ejército del Gran Chu”.

 

Dentro de la tienda, Lu Zhui calentaba agua sobre el brasero:

—¿Por qué se llama Luyinquan? Suena tan fresco y hermoso, pensé que sería un oasis como los del Reino Qijue. Pero aquí ni agua hay; hay que traerla desde diez li de distancia.

 

—Por una leyenda —explicó Xiao Lan—. Hace muchos años, un comerciante pasó por aquí. Estaba hambriento y sediento, casi inconsciente. En su delirio vio un ciervo manchado que le traía hojas y le daba agua fresca en la boca. Desde entonces, este lugar recibió ese nombre.

 

Lu Zhui negó.

—Si ese cuento estuviera en una novela, nadie lo compraría. A la gente le gustan las hadas salvando mortales. Un ciervo nadie lo leería. Ni siquiera el burro volador del médico divino Ye se vende bien. Imagínate un ciervo común.

 

Xiao Lan aplaudió:

—Bien dicho.

 

—Luyinquan, Luyinquan… —Lu Zhui miró el agua burbujeante y suspiró—. Este lugar es terrible. La gente sufrirá mucho.

 

—Mañana exploraré los alrededores —dijo Xiao Lan.

 

Lu Zhui asintió. Luego añadió:

—Por lo que vi afuera, Yelü Xing no está aquí. Ya no tienes que preocuparte.

 

Xiao Lan sonrió.

—¿Yo? ¿No deberías ser tú el preocupado?

 

Lu Zhui: “…”

 

—¿Yo por qué? —dijo Lu Zhui con fingida indiferencia—. Si me reconocen y me llevan, seguro me dan buena comida y ropa fina. Mucho mejor que pasar hambre y frío contigo aquí.

 

Xiao Lan levantó las manos.

—Me rindo. Ganaste.

 

Lu Zhui apoyó la cabeza en una mano, con una media sonrisa.

«Sabes lo que es bueno para ti.»

 

Aunque el viaje había sido agotador, gracias a la ayuda silenciosa de Xiao Lan los prisioneros no habían sufrido demasiado. Pocos enfermaron y Namu’er estaba muy satisfecho con la situación. No escatimó elogios y atribuyó todo el mérito a Xiao Lan, prometiendo que, si seguía convenciendo a la gente para trabajar obedientemente, recibiría aún más recompensas cuando vieran al rey.

 

—Las recompensas de Yelü Xing… —Lu Zhui, envuelto en la manta, murmuró desde la cama—. Un país pobre y en guerra constante, tan desesperado que hasta fue a saquear la Tumba Mingyue ¿qué premio valioso puede tener?

 

—No lo nombres —dijo Xiao Lan.

 

Lu Zhui se echó hacia atrás:

—¿Ni para insultarlo?

 

—Tampoco —respondió Xiao Lan—. Si vas a insultar, solo puedes insultarme a mí.

 

Lu Zhui soltó una risa incrédula.

—¿Qué tontería es esa? ¿Por qué te insultaría yo?

 

—En resumen, no menciones ese nombre —dijo Xiao Lan—. Me irrita.

 

—Está bien, no lo mencionaré —Lu Zhui extendió la mano—. Pero si te obedezco tanto ¿No debería haber una recompensa?

 

Xiao Lan tomó sus dedos y dejó un beso en su palma.

 

Lu Zhui se sobresaltó como si lo hubieran quemado. Retiró la mano de inmediato, sin haber imaginado que Xiao Lan actuaría tan directo, sin aviso, tan íntimo.

 

Xiao Lan arqueó una ceja:

—¿Mm?

 

—Tú… —Lu Zhui frotó la palma contra la manta, pero solo ardía más, como si la hubiera sumergido en caldo de chiles.

 

Xiao Lan explicó con naturalidad:

—No pude evitarlo.

 

Hasta ahora, todo había sido un entendimiento tácito, una ambigüedad dulce. La distancia entre ellos era tan fina como brocado de nubes: casi transparente, pero aún presente. Esa neblina hacía que cada latido fuera más intenso, más delicioso. Lu Zhui había pensado esperar a volver al Jiangnan o al menos al campamento del Gran Chu, para hablar de todo con calma. Pero no esperaba que, en medio del campamento enemigo, Xiao Lan soltara un simple «no pude evitarlo» y que su relación avanzara un paso más.

 

Lu Zhui estaba un poco frustrado, pero también un poco feliz. Se envolvió las manos en la manta y lo miró:

—Bien. Ahora hablemos del asunto serio.

 

—No —dijo Xiao Lan—. Es hora de descansar. Hasta el asunto más grande puede esperar a mañana.

 

Xiao Lan le dio una palmada al espacio a su lado.

—Ven aquí.

 

Lu Zhui se acostó obedientemente a su lado, aunque por dentro seguía pensando que, durante el día, su relación era dulce y torpe como la de dos adolescentes enamorados, pero por la noche parecían una pareja de ancianos que llevaba cien años juntos: calentándose las manos y los pies, compartiendo el mismo aliento bajo las mantas. Solo les faltaba teñirse el cabello de blanco para completar la ilusión.

 

Xiao Lan sopló la lámpara. La tienda quedó sumida en una oscuridad espesa como terciopelo. Solo se oían los leves sonidos de las mantas moviéndose.

 

—¿Qué haces? —preguntó Xiao Lan.

 

—Nada —respondió Lu Zhui, con los dedos ligeros y ágiles mientras entrelazaba sus cabellos, finalmente haciendo un pequeño nudo.

 

***

 

A la mañana siguiente, Xiao Lan salió temprano. El viento matinal era aún más cortante que el nocturno. Envuelto en una gruesa capa de piel, dio una vuelta por el campamento y dijo a Namu’er:

—Con este frío que congela el aliento, temo que algunos no lo soporten.

 

—¿Te preocupan los esclavos? —preguntó Namu’er.

 

—Me preocupa que, si enferman en masa y retrasan la excavación, Su Alteza lo culpe a usted —respondió Xiao Lan.

 

—Frío sí hay —dijo Namu’er—. Pero no es como para “congelar”. Lo que duele es el viento. Y en el lugar donde trabajarán no hay viento. No es tan terrible como crees.

 

—¿No hay viento? —Xiao Lan frunció el ceño. Miró hacia la distancia: las columnas de piedra se alzaban bajo la arena amarilla. No estaban lejos. ¿Cómo podía no haber viento allí?

 

Namu’er soltó una carcajada orgullosa, le dio unas palmadas en el hombro y se marchó. Solo cuando estuvo lejos, Xiao Lan dejó caer la expresión de desconcierto y regresó a su tienda para contárselo a Lu Zhui.

 

—¿Sin viento? —repitió Lu Zhui—. Entonces sí, debe ser una formación ilusoria.

 

—¿Puedes resolverla? —preguntó Xiao Lan.

 

Lu Zhui asintió:

—Sí.

 

Xiao Lan sonrió:

—Tan rápido. Ni lo pensaste.

 

—Las formaciones del mundo cambian, pero casi todas comparten sus bases. Este último año he estudiado casi por completo las de la Tumba Mingyue. Esta no debería ser difícil —dijo Lu Zhui—. Quiero salir a verla.

 

—Bien —asintió Xiao Lan.

 

Lu Zhui entrecerró los ojos:

—Así que Yelü Xing no está aquí. Si no, no me dejarías salir tan fácil.

 

—¿Por qué siento que te alegra? —Xiao Lan tomó su rostro entre las manos—. Sí, ahora no está. Pero Namu’er dijo que dentro de un mes vendrá.

 

—¿Un mes? —Lu Zhui reflexionó—. Si Namu’er es un alto funcionario y aun así Yelü Xing no confía en él y quiere venir personalmente. Entonces la formación debe estar casi terminada. Un mes, como mucho.

 

—Eso creo yo también —dijo Xiao Lan—. Si no, siendo comandante en jefe, debería estar en el frente.

 

—Entonces tenemos un mes para prepararle un buen regalo a Yelü Xing —Lu Zhui se frotó las muñecas—. Vamos. Primero veamos qué hay afuera.

 

Xiao Lan tomó una capa gruesa y envolvió a Lu Zhui de pies a cabeza, dándole un aspecto enfermizo. Luego lo sacó de la tienda, diciendo a los guardias que llevaba a su hermano a tomar aire. Lu Zhui tosió dos veces, avanzando dos pasos y deteniéndose uno, tan convincente que cualquiera lo creería débil.

 

El viento era aún más fuerte. Pero lo extraño era que, sobre las columnas de piedra no muy lejanas, flotaban arena amarilla y niebla blanca, como si ese lugar estuviera aislado del vendaval, detenido en el tiempo, sin ser tocado por el mundo exterior.

 

—Volvamos —dijo Lu Zhui.

 

—¿Tan rápido? —Xiao Lan se sorprendió.

 

—Con dos o tres miradas basta. A plena luz del día no puedo quedarme observando fijamente —Lu Zhui le dio un golpecito en la muñeca—. Por hoy es suficiente. Lo demás lo veremos cuando empiecen a trabajar.

 

Xiao Lan asintió y regresaron juntos a la tienda. Lu Zhui se quitó la gruesa capa y sin siquiera beber agua tomó un palo y dibujó en el suelo la forma de las columnas y la niebla.

 

Xiao Lan no lo interrumpió. Preparó una taza de té caliente y la colocó en sus manos frías:

—Calienta un poco.

 

—¿Cuándo dijiste que los prisioneros empiezan a trabajar? —preguntó Lu Zhui al cabo de un rato.

 

—Mañana —respondió Xiao Lan—. ¿Por qué?

 

Lu Zhui borró el dibujo con la mano y se puso de pie.

—Por la formación. Yelü Xing sí que contrató a un experto.

 

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Xiao Lan.

 

—Es complicado de explicar en un momento —Lu Zhui borró los trazos con el pie—. Solo recuerda esto: la formación es realmente poderosa.

 

—¿Y puede romperse? —preguntó Xiao Lan.

 

—Romperla, no. Pero sí puedo sabotearla —respondió Lu Zhui—. Lo mejor sería montar una formación dentro de la formación. Antes de que los soldados de Gran Chu caigan en la trampa, atraer primero a los del Reino Xilan. Que prueben su propia medicina.

 

Xiao Lan sonrió.

—Suena difícil. ¿De verdad se puede?

 

—Sí —Lu Zhui estaba seguro—. Pero primero debes hacer desaparecer al que la está preparando. Mientras él esté aquí, cualquier cosa que haga será descubierta.

 

—Déjamelo a mí —dijo Xiao Lan.

 

—Hace un momento me reprochabas que no pensaba las cosas. Y ahora eres tú quien acepta sin pensarlo —Lu Zhui lo miró con seriedad—. Esto no será fácil. No tenemos pistas. No sabemos cuánto tardará encontrar un hilo suelto.

 

—Si te lo prometo, lo cumplo —dijo Xiao Lan—. No te preocupes.

 

Lu Zhui respiró hondo y apoyó ambas manos en sus hombros:

—Lo sé. Eres el mejor de todo el ejército Chu.

 

—¿Solo del ejército Chu? —Xiao Lan le tocó el pecho—. ¿Y aquí?

 

—Segundo —respondió Lu Zhui sin dudar.

 

—¿Primero es el señor Lu? —preguntó Xiao Lan.

 

Lu Zhui negó.

—Primero soy yo.

 

«Mi padre ni está en el campamento. Y aunque estuviera… igual sería yo.»

 

Xiao Lan asintió con toda seriedad, como si fuera la verdad más evidente del mundo.

 

Su pequeño Mingyu era bueno en todo: escribir, pelear, cocinar, remendar, matar enemigos, componer poesía. En el ejército no había quien pudiera compararse.

 

Y además… tenía un rostro hermoso como un cuadro y una elegancia suave como una orquídea.

 

Naturalmente debía ser el primero.

 

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