RT 179

 


Capítulo 179: Buen hombre.

Lavarte los pies, rascarte la espalda, masajearte, lavar la ropa, cocinar, alimentar a las gallinas y criar cerdos.

 

La carta que dejó Xiao Lan era bastante sencilla. Solo explicaba el plan que ambos seguirían y pedía a Lu Wuming y a Ah Liu que permanecieran tranquilos en el yamen del condado de Liu Yun, esperando noticias, sin intentar salir de la ciudad para no alertar al enemigo.

 

—Pero… —Ah Liu seguía desconcertado—, ¿En qué momento nos descubrieron?

 

—Ese mocoso es listo —Lu Wuming agitó la mano y se sentó a beber té.

 

—¿Entonces vamos tras ellos o no? —preguntó Ah Liu.

 

—No —respondió Lu Wuming—. Si se atrevieron a infiltrarse solos en el campamento enemigo, es porque ya tienen un plan. Si tú y yo nos metemos ahora, solo causaremos problemas.

 

—¿Y nos quedamos aquí viviendo de gratis? —Ah Liu se frotó las manos, insatisfecho.

 

—¿Cómo que gratis? —Lu Wuming le lanzó la carta—. Aquí dice que, aunque no podamos salir de la ciudad, si vuelve a aparecer ese supuesto fantasma, podemos darle de golpes hasta dejarlo tieso.

 

Ah Liu aún no había dicho nada cuando Liu Yun, a un lado, se iluminó de alegría. Se inclinó profundamente:

—En adelante, tendré que molestar a estos dos héroes.

 

—Faltaba más —Ah Liu se dio un golpe en el pecho. Si era orden de su padre, entonces podía quedarse un mes, dos meses… incluso un año o dos.

 

Esa misma tarde, los habitantes de la ciudad empezaron a oír rumores: habían llegado personajes importantes de fuera, expertos en artes marciales, que ahora se hospedaban en el yamen. Poco a poco, la gente recuperó algo de seguridad. Las nubes oscuras que cubrían el cielo parecieron disiparse un poco, dejando pasar un rayo dorado que cayó cálido sobre el hielo.

 

***

 

En lo profundo del desierto, Lu Zhui estaba agachado dentro de la tienda, usando unas pinzas para voltear los boniatos en el brasero. Xiao Lan había sido llamado por los guardias temprano en la mañana, sin explicar para qué. Lu Zhui estaba inquieto, atento a cualquier sonido. El carbón ardía con fuerza; el aroma dulce del boniato pronto se volvió un olor acre y quemado. Solo cuando los ojos le empezaron a picar, Lu Zhui volvió en sí. Sacó el boniato chamuscado con frustración.

 

«Así no se puede. Si sigo así de distraído, ni falta hará que Yelü Xing haga algo: yo mismo me destruyo antes.»

 

—¿Estás intentando incendiar la tienda? —Xiao Lan levantó la cortina y casi se echó a llorar del humo. Tiró de Lu Zhui hacia afuera—. ¿Qué pasó?

 

—Nada —Lu Zhui se sacudió las mangas—. Quería prepararte algo de comer, pero se me quemó.

 

—Si se quema, debes salir. ¿Para qué quedarte ahí dentro respirando humo? —Xiao Lan rio—. Tienes los ojos rojos.

 

—Yo… —Lu Zhui se frotó la cara para despejarse. Al levantar la vista y verlo con esa barba postiza desordenada, tan salvaje y arrogante, sintió que estaba perdido.

«En plena situación de vida o muerte, y yo pensando estas tonterías… esto sí que es lujuria que nubla el juicio.»

 

El joven maestro Lu estaba oficialmente arruinado.

 

Xiao Lan, completamente ajeno a haber sido clasificado como “belleza peligrosa que distrae en combate”, lo miró y preguntó en voz baja:

—¿Te preocupaste por mí?

 

—¿Qué fuiste a hacer? —Lu Zhui volvió en sí—. ¿Por qué tardaste tanto?

 

—Fui a echar un vistazo por los alrededores —respondió Xiao Lan—. Hay treinta tiendas en total. Tres están vacías. Dicen que solo partirán cuando estén llenas.

 

—Eso significa que aún necesitan capturar a cincuenta o sesenta personas más antes de mover ficha —Lu Zhui se sentó en una roca—. Si es así, no sé cuánto tendremos que esperar.

 

—Si Yelü Xing no tiene prisa por alimentar a cientos de personas gratis, ¿por qué la tienes tú? —Xiao Lan sonrió—. Solo relájate.

 

—No es precisamente una situación cómoda —Lu Zhui suspiró—. Pero tienes razón: acabamos de llegar. No podemos ir a presionar a Namu’er para que se apure. A estas alturas, solo queda seguir el ritmo.

 

—Así es la guerra —dijo Xiao Lan—. O te matas luchando, o te matas esperando. En ambos casos, necesitas paciencia.

 

Lu Zhui soltó una carcajada:

—Mírate, tan serio y sabio.

 

—No es sabiduría mía —dijo Xiao Lan—. Es lo que me enseñó mi shifu. En campaña, todos quieren atacar primero y ganar por sorpresa. Pero si te precipitas, pierdes. A veces es mejor ir despacio.

 

—¿Encontraste a Zhang Mao? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan negó:

—Hay demasiada gente aquí, y todos encerrados. Esperaré unos diez días, cuando ya me haya ganado su confianza, y entonces buscaré su rastro.

 

—Bien —Lu Zhui respiró hondo—. Ya estamos aquí. Toca esperar.

 

***

 

Pasaron unos días más. Xiao Lan empezó a notar que, aunque Namu’er parecía un noble torpe, un parásito que solo sabía comer y holgazanear, en realidad era extremadamente astuto. Sobre todo, sabía manipular a la gente.

 

En esas veinte y tantas tiendas había cientos de habitantes del Gran Chu, vigilados solo por unas pocas decenas de guerreros de plata. No usaban cadenas, casi nunca recurrían al látigo. Bastaban tres comidas al día y unos cuantos rumores cuidadosamente sembrados para mantenerlos dóciles, silenciosos, resignados. Como marionetas a las que les hubieran arrancado el alma, atrapadas en una rutina vacía, esperando con miedo el día en que los llevaran al desierto.

 

—Por lo que veo en su forma de actuar, debe de ser hombre de confianza de Yelü Xing —dijo Lu Zhui aquella noche—. Si le encargaron algo así, ocho de cada diez veces será un asunto importante.

 

—Cavar una tumba para el ejército del Gran Chu —respondió Xiao Lan—. ¿Una formación ilusoria? Fuera de eso, no se me ocurre qué más. No van a cavar una trampa en medio del desierto.

 

—¿Una formación…? —Lu Zhui meditó.

 

—Hace unos años, cuando Guli Khan del norte se rebeló, también colocó una formación en el desierto —explicó Xiao Lan—. Al final fue una mujer quien la rompió, y gracias a eso el ejército del Gran Chu pudo avanzar. Se llamaba Yun Juege, amiga de Lord Qin Shaoyu. No sé dónde estará ahora.

 

—Si es una formación, podría intentarlo —dijo Lu Zhui—. La dama Tao me enseñó bastante.

 

Xiao Lan asintió:

—Lo sé. Antes de perder la memoria, rompiste la formación de la Tumba Mingyue.

 

—Antes de perder la memoria… —Lu Zhui se sentó en el borde de la cama, pensativo—. Según el médico Xiao Shan, este cerebro estropeado quizá nunca se recupere.

 

—¿Qué es eso de “cerebro estropeado”? —Xiao Lan le pasó una toalla caliente—. Solo son recuerdos perdidos. Si vuelven, bien. Si no, tampoco importa. Mientras estés sano, lo demás no es importante.

 

—No es lo mismo —Lu Zhui se secó el rostro—. Perder una parte de la memoria es como perder una parte de la vida. Tú no entiendes esa sensación.

 

—¿No? —Xiao Lan se agachó frente a él, sonriendo—. Perdiste recuerdos, sí. Pero las personas que caminaron contigo siguen aquí: el anciano Lu, el Gran Jefe Zhao, el Gran Lord Wen, Ah Liu, la señorita Yue, los hermanos del acantilado Chaomu… Eso es lo que importa.

 

—¿Solo ellos? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan tomó sus manos entre las suyas, con una voz suave:

—Y yo. Yo estaré contigo siempre.

 

Lu Zhui lo miró a los ojos. Una luz blanca cruzó su mente, como si algo quisiera recordarse… pero al calmarse, todo volvió a ser niebla. Un vacío húmedo en el pecho, una gota resbalando. Debería sentirse ansioso, frustrado, pero al mirar a Xiao Lan, sintió una calma inesperada.

 

Quizá, como él decía, si lo recordaba sería bueno; si no, tampoco importaba. Mientras las personas siguieran aquí.

 

Xiao Lan le quitó con cuidado los zapatos y calcetines y presionó suavemente su pie. Un cosquilleo recorrió la espalda de Lu Zhui hasta la cabeza. No sabía si era por la energía interna de Xiao Lan o por la emoción que le revoloteaba en el pecho. Instintivamente retiró la pierna y la metió en el barreño, salpicando agua clara.

 

Xiao Lan sonrió:

—¿A qué le temes?

 

—A nada —respondió Lu Zhui con calma—. Yo me lavo solo.

 

Xiao Lan alargó la voz a propósito:

—Pero antes de que perdieras la memoria…

 

Lu Zhui se quedó helado:

—¿Antes de perder la memoria… tú también hacías estas cosas?

 

—Muy a menudo —Xiao Lan se sentó con las piernas cruzadas, apoyando la cabeza en una mano—. Además de masajearte los pies, también te rascaba la espalda, te masajeaba, lavaba la ropa, cocinaba, alimentaba a las gallinas y cuidaba a los cerdos.

 

—Ya, claro —Lu Zhui, aliviado, se secó los pies y sonrió—. Eso sí que no me lo creo.

 

—¿No lo crees? —Xiao Lan sacudió la manta para cubrirlo—. Pues tendrás que creerlo. Reglas del Jianghu: quien no perdió la memoria, manda.

 

Lu Zhui se acurrucó bajo la manta. Vio cómo Xiao Lan terminaba de asearse y apagaba la vela, pero él seguía sin pizca de sueño.

 

—¿Sigues pensando en lo de la memoria? —preguntó Xiao Lan a su lado.

 

—No. Estoy preocupado por los prisioneros —respondió Lu Zhui—. Estuve dándole vueltas. Si no podemos convencer abiertamente a Namu’er de que se marche pronto, ¿no podríamos causar algún problema para obligarlo a irse?

 

—Justo sobre eso… —dijo Xiao Lan—. Tengo que confesarte algo.

 

—¿Confesar? —Lu Zhui se incorporó, alerta—. ¿Qué cosa?

 

—El señor Lu, Ah Liu y Xiao Shan vinieron con nosotros al noroeste —dijo Xiao Lan.

 

—¿Mi padre? —Lu Zhui se quedó boquiabierto—. ¿Cuándo llegaron? ¿Dónde están? ¿Cómo lo sabes? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

 

—Salieron de Yangzhi casi al mismo tiempo que nosotros. Ahora deben seguir en Changfeng —explicó Xiao Lan—. Dejé una carta para que el magistrado prefectoral Liu se la entregara. Les pedí que no salieran de la ciudad. Si los hombres del Reino Xilan vuelven disfrazados de fantasmas, que los golpeen sin piedad.

 

—¿Golpearlos hasta matarlos? —Lu Zhui dudó—. ¿Y si eso vuelve loco a Namu’er y provoca represalias? ¿Y si incluso ordena una masacre?

 

—Imposible —dijo Xiao Lan—. Esos guerreros de plata no son tan fuertes. Su “fuerza sobrehumana” viene de un veneno en la palma. Con tu padre, Ah Liu y el discípulo del médico divino Ye defendiendo Changfeng, ellos no tienen ventaja alguna. Namu’er lo sabe. Una masacre sería imposible… a menos que Yelü Xing haya perdido la razón.

 

—Ya veo —Lu Zhui reflexionó—. Si mi padre se queda en Changfeng, desde el punto de vista de Namu’er, parecerá que el peligro se acerca. Lo más probable es que quiera huir al desierto con los prisioneros antes de perderlo todo.

 

—Exacto. Lo mejor sería que Namu’er se calentara la cabeza y enviara otra partida a capturar gente —Xiao Lan tomó el rostro de Lu Zhui entre las manos—. Así podrán ver con sus propios ojos la fuerza de la espada Qingfeng de la familia Lu.


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