RT 177

 


Capítulo 177: Capturado.

Por qué desnudarse en el campamento enemigo.

 

Liu Yun cayó en un profundo silencio. Para ser franco, lo que decía Lu Zhui tenía sentido. La ciudad estaba hecha un desastre, no quedaba nada que valiera la pena codiciar y, por el contrario, había fantasmas rondando cada día; cualquier forastero sensato debería evitarla. Tras pensarlo una y otra vez, finalmente cedió un paso y preguntó:

 

—Entonces, ¿qué desean que haga?

 

—Primero cuéntenos qué está pasando realmente en esta ciudad —dijo Lu Zhui—. Al llegar pregunté por encima a los habitantes. Dicen que un fantasma corpulento entra a la ciudad a llevarse gente.

 

—Así es —suspiró Liu Yun—. Ya van varios meses. No sabemos qué clase de monstruo es, pero las armas no le hacen nada y tiene una fuerza descomunal. De un solo puñetazo deja inconsciente al luchador más fuerte de la ciudad y se lo lleva arrastrando.

 

—¿Hay expedientes? —preguntó Lu Zhui.

 

Liu Yun asintió:

—Sí.

 

—Tráigalos primero —Lu Zhui arrimó una silla y se sentó—. Y deje ya las dudas, Su Excelencia. Cuanto antes resolvamos lo que ocurre en esta ciudad, antes podremos partir hacia el campamento del ejército del noroeste. Ah, y lo que dijo hace un momento sobre Guyangdu… también lo escuché. Si de verdad hubiéramos venido a espiar, ¿cree que entraríamos aquí a hacer ruido? Ya nos habríamos marchado, ¿no?

 

Liu Yun se tensó. Si no recordaba mal, después de mencionar lo de Guyangdu había bromeado un poco con su esposa.

 

A su edad, por una vez que se permitía no comportarse como un funcionario serio… y justo lo escuchan forasteros.

 

El rubor le subió al rostro, avergonzado.

 

—¡Ejem! —Lu Zhui cambió de tema—. ¿Qué es exactamente Guyangdu?

 

—Es un paso arenoso a varios cientos de millas de aquí, donde está acantonada una división del ejército del Gran Chu del noroeste, bajo el mando del vicegeneral Li Yang —explicó Xiao Lan—. Si la guerra en el desierto se intensifica, esa división acude como refuerzo. El resto del tiempo permanece en Guyangdu.

 

—¿Y por qué quedarse allí todo el año? —preguntó Lu Zhui.

 

—Es una zona de montes pobres y caminos peligrosos, infestada de bandidos —respondió Xiao Lan—. Se extermina una banda y aparece otra. Los habitantes sufren muchísimo. El general He envió tropas para mantener la zona bajo control de forma permanente.

 

—Ya veo —dijo Lu Zhui, comprendiendo.

 

—No sabía que el joven héroe Xiao conociera tan bien la situación del noroeste —comentó Liu Yun, acercándose con un enorme fajo de expedientes.

 

—¿Tanto? —Lu Zhui hojeó un par de páginas. Había registros detallados, línea por línea, todos firmados con un pequeño carácter: “Mao”

 

—Ese es el asesor, se llama Zhang Mao —suspiró Liu Yun—. En cuanto a su desaparición, ese expediente lo escribí yo mismo.

 

Ya había oscurecido. Xiao Lan encendió una vela, iluminando bien la mesa. Lu Zhui revisó por encima todos los expedientes: coincidían con lo que decían los habitantes. Todo había empezado tres meses atrás. Al principio, el yamen había organizado arqueros para emboscar al monstruo desde lo alto, intentando abatirlo. Pero aquellas criaturas eran inmunes a las armas, como si llevaran una armadura de oro y hierro cubriéndoles todo el cuerpo. Con un solo manotazo al aire, como un abanico gigantesco, dejaban inconsciente a un grupo entero.

 

Tras varios intentos fallidos, la ciudad se fue vaciando. El gobierno local no tuvo más remedio que ordenar a los habitantes quedarse en casa y no salir en ninguna circunstancia.

 

El consejero Zhang Mao había sido enviado entonces a Guyangdu para pedir refuerzos. Desde ese día, no se había sabido nada de él.

 

—¿Por qué enviar a un erudito a pedir ayuda? —Lu Zhui no lo veía claro.

 

—El asesor no es un erudito —explicó Liu Yun—. Es un hombre de armas, entrenado en artes marciales. Incluso podría decirse que es un experto.

 

—¿Y lo de “si salen de la ciudad, morirán”? —preguntó Lu Zhui.

 

—Fue una nota encontrada entre la ropa ensangrentada del asesor. La arrojaron frente al yamen —suspiró Liu Yun—. Evidentemente, el enemigo quiere cortar toda comunicación entre Changfeng y el exterior. Para evitar el pánico, no lo hice público. Solo di la orden de que cualquiera que quisiera salir debía reportarlo primero y obtener mi permiso.

 

—Muy prudente por su parte, Su Excelencia —Lu Zhui cerró el expediente—. Ya terminé de leer.

 

—¿Qué opinión tiene, joven héroe? —preguntó Liu Yun con premura.

 

—No se preocupe tanto, Su Excelencia —dijo Lu Zhui—. Aunque esa ropa ensangrentada da mala espina, yo diría que el asesor probablemente no está muerto. Puede que ni siquiera esté herido.

 

—¿Y cómo lo sabe? —preguntó Liu Yun.

 

—Primero: si están montando tanto espectáculo para capturar mano de obra fuerte, no tendría sentido matar a un hombre robusto y entrenado como su asesor. Les sería más útil vivo —explicó Lu Zhui—. Segundo: si realmente lo hubieran matado, ¿por qué no arrojar directamente el cadáver frente al yamen? Eso sí que causaría impacto. ¿Para qué molestarse en tirar solo una prenda rota?

 

—Tiene algo de razón —admitió Liu Yun.

 

—Propongo esto: me disfrazo de habitante de la ciudad y voy a Guyangdu a pedir ayuda —dijo Lu Zhui—. Si me capturan, mejor aún: podremos descubrir quién está detrás de todo.

 

Liu Yun asintió:

—Bien.

 

Al verlo aceptar tan rápido, Lu Zhui no pudo evitar reír:

—¿Su Excelencia no quiere pensarlo un poco más?

 

—A estas alturas, ¿qué más puedo pensar? —Liu Yun se puso de pie y saludó con respeto—. La ciudad está plagada de monstruos, y yo, como funcionario local, soy incapaz de proteger a mis habitantes. Ya estoy avergonzado hasta los huesos. Ahora que ustedes dos jóvenes héroes han llegado, no seguiré dudando. Les ruego que actúen con rectitud y devuelvan la paz a Changfeng.

 

—Así quedamos entonces —dijo Lu Zhui—. Pero aún tengo un asunto que requerirá su ayuda.

 

—Dígalo sin reparos —respondió Liu Yun.

 

—Que alimente los caballos dos días.

 

Liu Yun: “…”

 

—¿Solo eso? —preguntó el magistrado prefectoral Liu con cautela.

 

—Solo eso.

 

Tres días después, dos caballos negros salieron galopando de la ciudad, rumbo al noroeste.

 

De Changfeng a Guyangdu se extendía un interminable desierto pedregoso. Cuanto más avanzaban, más desolado se volvía el paisaje; podían pasar días enteros sin ver un alma. Aquella noche, junto al fuego, Lu Zhui murmuró:

—Qué falta de palabra.

 

—¿Qué cosa? —preguntó Xiao Lan—. ¿Yo?

 

—Qué rápido te das por aludido. No tiene nada que ver contigo —Lu Zhui sonrió—. Hablo de esos monstruos. Llevamos más de diez días fuera de Changfeng y aún no aparece nadie a capturarme. Si seguimos así, de verdad llegaremos a Guyangdu.

 

Aunque llegar a Guyangdu significaría poder traer a las tropas del noroeste y devolver temporalmente la paz a la ciudad, no era una solución duradera. Primero, el ejército no podía quedarse allí para siempre; tarde o temprano se marcharía. Segundo, aunque abandonaran Changfeng, había muchas otras ciudades en el noroeste. Nada garantizaba que los monstruos no reaparecieran. Pensándolo bien, lo mejor era atraer al culpable durante el trayecto y eliminarlo de raíz.

 

Xiao Lan colocó cecina dentro de un pan tostado y se lo pasó junto con el odre de agua.

 

Lu Zhui negó:

—Está duro.

 

—Es que no sabes asarlo —respondió Xiao Lan.

 

Con escepticismo, Lu Zhui abrió la boca y dio un mordisco. Para su sorpresa, estaba realmente bueno; incluso la cecina, normalmente dura como piedra, había quedado crujiente y fragante.

 

—Cómetelo todo —dijo Xiao Lan—. En la noche helada, solo esta comida puede mantenernos calientes. Aunque sepa mal, hay que tragarla.

 

Lu Zhui, con la cabeza ladeada y el pan entre las manos, comía distraído, aun pensando en los monstruos. Xiao Lan lo observaba divertido, sin interrumpirlo, simplemente sentado frente al fuego mirándolo. Aunque el ungüento de disfraz le había teñido el rostro de un amarillo enfermizo, seguía viéndose bien.

«En los ojos del enamorado, su amado siempre es una belleza incomparable; sin importar la apariencia, uno querría guardarlo en casa y no cambiarlo por nada.»

 

—¿Qué miras? —preguntó de pronto Lu Zhui.

 

—A ti —respondió Xiao Lan.

 

El corazón del joven maestro Lu se estremeció ligeramente. Alzó la vista y sus miradas se encontraron. En una noche tan larga, compartiendo una sola hoguera, parecía inevitable que ocurriera algo. Pero por desgracia, ambos estaban en misión, uno disfrazado de enfermo amarillento, el otro con una barba postiza que lo hacía ver ridículo. Nada apropiado para un momento de ternura.

 

Así que Lu Zhui solo pudo morder otro gran trozo de pan, resignado.

 

—Esta noche no podremos dormir —dijo Xiao Lan.

 

—¿Por qué? —preguntó Lu Zhui.

 

—Porque ya vienen.

 

Lu Zhui se quedó inmóvil un instante. Aguzó el oído y, en efecto, a lo lejos se oían cascos de caballo: al menos una veintena. Se metió el último bocado en la boca, masticó dos veces y bebió un gran trago de agua.

 

Xiao Lan sonrió:

—Hace un momento decías que no tenías apetito.

 

—Lo asaste tú. Tenía que terminarlo. Sería una pena desperdiciarlo —Lu Zhui se limpió la boca y le ajustó la barba postiza.

 

Una luna redonda ascendió en el horizonte, iluminando la vasta extensión plateada del desierto. Al otro lado de una duna, un grupo de jinetes emergió lentamente, sus siluetas negras unidas bajo la luz lunar, avanzando en silencio, como un ejército de espectros descendido del cielo. A cualquiera se le erizaría la piel.

 

Lu Zhui se puso de pie, tomó una larga espada y encorvó la espalda, con un toque de pánico en los ojos.

 

Xiao Lan sonrió y murmuró:

—Muy buena actuación…

 

La caballería llegó en un abrir y cerrar de ojos. Todos llevaban el rostro cubierto con paños negros. El líder apenas les lanzó una mirada a los dos hombres junto al fuego; ni siquiera preguntó nada. Con un gesto llamó a sus subordinados, que avanzaron con espadas y cuerdas, rodeándolos y atándolos con fuerza.

 

—¿Qué quieren hacer? —Lu Zhui forcejeó.

 

—Llevarlos —ordenó el líder, con una voz rígida, como la de un extranjero.

 

Los subordinados respondieron y metieron a ambos en sacos de tela, los cargaron sobre los caballos y galoparon hacia lo profundo de las dunas.

 

El cielo fue clareando poco a poco.

 

Lu Zhui tosió un par de veces. Seguía dentro del saco oscuro; le dolían las costillas, aunque no parecía haber daño serio, solo raspones. Aquella caballería había cabalgado como si estuviera poseída, sacudiéndolos sin piedad, casi como si quisieran arrancarles los órganos. Cuando por fin se detuvieron, incluso él, acostumbrado al entrenamiento marcial, estaba mareado y con náuseas. Si hubiera sido un habitante común, ya estaría medio muerto.

 

A su lado había otro saco: dentro estaba Xiao Lan. Como no sabían qué ocurría afuera, ambos guardaron silencio, pero extendieron las manos a través de la tela, tocándose apenas, compartiendo el calor.

 

Lu Zhui sonrió para sí y siguió escuchando con atención. El tiempo pasó lentamente; calculó que sería casi mediodía cuando por fin alguien abrió el saco. La luz lo golpeó de lleno y tardó un buen rato en acostumbrarse.

 

Entrecerró los ojos, esforzándose por ver al hombre frente a él.

 

—¿Qué pretenden hacer? —preguntó Xiao Lan con voz grave.

 

—¿Y ustedes qué pretenden hacer? —replicó el hombre. Hablaba la lengua de la llanura con bastante fluidez, solo con un leve acento. Vestía de negro, botas altas, y llevaba dos dagas curvas en la cintura: la típica apariencia de un nómada del desierto.

 

La habitación quedó en silencio.

 

Al ver que ninguno de los dos respondía, el hombre continuó:

 

—Déjenme adivinar… iban camino a Guyangdu a pedir refuerzos para atrapar fantasmas, ¿no?

 

—¡Así que sí eran ustedes! —estalló Lu Zhui.

 

El hombre soltó una carcajada insolente:

 

—Ese prefecto Liu debe de estar senil. Primero envió a un asesor que no recordaba nada, y ahora desperdicia a ustedes dos. En unos meses, aunque yo no haga nada, los habitantes fuertes de Changfeng vendrán solos, rogando que los lleve.

 

«Así que realmente era para capturar mano de obra.»

 

Lu Zhui volvió a preguntar:

—Te haces pasar por fantasma y ya has matado media ciudad. ¿Aún no piensas detenerte?

 

—¿Quién dijo que he matado a alguien? —el hombre se dejó caer en una silla—. Me cuesta tanto capturarlos que no pienso desperdiciarlos.

 

—¿Entonces qué demonios quieres? —insistió Lu Zhui.

 

Esta vez el hombre respondió sin rodeos:

—Excavar una tumba.

 

Lu Zhui pensó de inmediato en la Tumba Mingyue.

 

Xiao Lan frunció ligeramente el ceño. En su interior, casi suspiró. «Toda mi vida dando vueltas… y siempre termino relacionado con tumbas.»

 

—¿La tumba de quién? —Preguntó Lu Zhui.

 

El hombre respondió con rigidez:

—Una tumba nueva. Ya cavamos la fosa. Así podremos enterrar cuanto antes a los soldados y generales del Gran Chu.

 

Al decirlo, un brillo perverso cruzó sus ojos, como si no pudiera esperar a que ese día llegara.

 

Lu Zhui tanteó:

—¿Ustedes… ustedes son gente del reino de Xilan?

 

—Eso no te incumbe —el hombre los miró desde arriba—. Solo diré una cosa: ¿van a obedecer y trabajar como bestias de carga, o prefieren hacerse los duros y que los arrastremos para rellenar el pozo del cielo?

 

Lu Zhui y Xiao Lan se miraron un instante y bajaron la cabeza sin responder.

 

Al verlos así, el hombre soltó una carcajada triunfal:

—Muy bien. Saber adaptarse es de sabios.

 

—¿Si trabajamos, viviremos? —preguntó Lu Zhui—. ¿Los habitantes de la ciudad tampoco están muertos?

 

—Por supuesto. Yo no mato inocentes porque sí —el hombre agitó la mano y salió por la puerta—. Esperen aquí. Vendrán a buscarlos.

 

La puerta se cerró con llave. El silencio volvió a caer sobre la habitación.

 

—Claramente es un matón de poca monta, pero insiste en pintarse como un héroe trágico —dijo Lu Zhui, sentado en el suelo—. Que no mata inocentes, dice… ni vergüenza le da. Aunque pensé que vivirían en tiendas. No esperaba una casa.

 

—En el desierto no se pueden construir casas —le recordó Xiao Lan.

 

Lu Zhui parpadeó, sorprendido.

—Entonces, ¿quieres decir…?

 

—Que esto debe ser alguna ciudad del Gran Chu —explicó Xiao Lan—. O bien ya la ocuparon por completo, como hicieron con Changfeng, o al menos tienen suficiente poder aquí como para traer prisioneros sin miedo.

 

—Cavar tumbas para el ejército del Gran Chu… —Lu Zhui meditó—. ¿Qué querrá decir eso?

 

—Si no podemos adivinarlo, no lo adivinemos —dijo Xiao Lan—. Si te comportas dócilmente, en tres o cinco días te llevarán a trabajar. Entonces lo sabremos.

 

—Mn —asintió Lu Zhui—. A estas alturas, solo queda actuar según lo que ocurra.

 

—¿Estás herido? —preguntó Xiao Lan—. Llevas rato tocándote las costillas.

 

—Solo un raspón —Lu Zhui estiró el cuerpo—. Ya revisé. No hay huesos rotos. Solo fue el traqueteo del caballo.

 

—Déjame ver —dijo Xiao Lan.

 

Lu Zhui se sobresaltó:

—¿Aquí?

 

—¿Dónde si no?

 

—Es que… no queda muy bien —Lu Zhui se aferró al cuello de la ropa.

 

Desnudarse frente a la persona que te gusta, en medio del campamento enemigo… suena no solo desesperado, sino también como si uno estuviera mal de la cabeza. Y encima es la primera vez. Al menos debería ser en un sitio poético, no en esta choza negra y mugrienta.

 

Xiao Lan le desató el cinturón.

 

Lu Zhui: “…”

 

En ese preciso instante, se escucharon pasos afuera.

 


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