Capítulo
175: Embrujados.
¿Es
para atraparte a ti o a mí?
La nieve cayó con furia toda la noche,
casi sepultando media ciudad. No fue sino hasta pasada las siete de la mañana cuando
aquel viento que parecía querer desgarrar el cielo por fin se detuvo, y el día,
al fin, clareó.
Un sol pálido y mortecino colgaba en lo
alto, acentuando aún más la desolación invernal. Lu Zhui seguía envuelto en su
gran manto, sin levantarse todavía; bostezó mirando por la ventana y murmuró:
—Ya amaneció.
—Qué cosa más rara —dijo Xiao Lan—. Con
la nevada de anoche, lo lógico sería que la gente se quedara en casa sin asomar
la nariz. Pero esta ciudad, en cambio, parece más viva que nunca.
Lu Zhui afinó el oído. En efecto, la
calle sonaba animada, con muchos transeúntes; incluso se oía el chisporroteo de
un puesto de desayuno calentando aceite.
—Duerme un poco más —Xiao Lan se
incorporó—. Voy a comprar algo para comer y, de paso, averiguo qué está
pasando.
—Voy contigo —Lu Zhui se sentó y se
frotó la cara a manotazos—. Solo no puedo dormir.
Xiao Lan asintió y, tomando una prenda
que tenía a mano, se la echó sobre los hombros.
—¿Soñaste anoche?
Lu Zhui dio un respingo, súbitamente
tenso.
—¿Qué sueño?
Xiao Lan sonrió.
—Te estoy preguntando si soñaste, y tú
me preguntas qué soñaste.
—¿Cómo sabes que soñé? —Lu Zhui se puso
en guardia.
«Por todos los cielos, que no diga que
lo toqué dormido… Si es así, solo queda matarlo para silenciarlo.»
—Murmurabas cosas, y de vez en cuando te
reías. Parecía un sueño bastante bueno —Xiao Lan dejó a un lado la ropa
interior arrugada y empezó a revisar el equipaje—. ¿Qué pasa, te despertaste y
ya lo olvidaste?
Lu Zhui observó la espalda de Xiao Lan,
firme y marcada por los músculos, y su voz se volvió difusa:
—¿Solo… hablé dormido?
—¿Si no qué? —Xiao Lan lo miró por
encima del hombro.
—Nada —Lu Zhui apartó la mirada de
inmediato y se recompuso—. Si algún día sueño que golpeo al hermano Xiao,
espero que no lo tomes a mal.
—¿También tienes ese problema al dormir?
—Xiao Lan se acercó, sorprendido—. ¿Así, sin más, te pones a golpear gente?
Lu Zhui retrocedió un poco.
—Mn.
—Vaya —Xiao Lan fingió escalofríos—.
Entonces tendré cuidado, no vaya a ser que un día me muerdas o me sueltes un
puñetazo sin avisar.
El joven maestro Lu soltó una risita
seca: «Sí, claro. Ni en tus sueños.»
«Darle un mordisco.»
—Levántate ya —Xiao Lan se enderezó con
una sonrisa—. Voy a calentar agua para que te laves, y de paso miro si esa
gente de abajo ya se marchó.
Con el frío, no quedaba más remedio que
envolverse como un zongzi bien apretado. Lu Zhui, enfundado en una abultada
bata acolchada, sopló aire caliente en sus manos y se acercó a la ventana.
Aunque no había demasiados transeúntes, la calle al menos ya no parecía la
ciudad fantasma de la noche anterior. Lo extraño era que nadie barría la nieve:
todos avanzaban pegados a las paredes, abriéndose paso con dificultad entre los
montículos.
Xiao Lan regresó pronto con el agua
caliente.
—Los de abajo siguen ahí, aunque han
cambiado las caras. Les dije que, con la montaña nevada, quizá tengamos que
quedarnos un par de días más. No dijeron nada, pero siguen con ese aire
impaciente de siempre.
—Son gente del lugar, no parecen malos.
No creo que realmente quieran echarnos a morir de frío —Lu Zhui preguntó—. ¿En
el noroeste tienen la costumbre de no limpiar la nieve de las calles?
—¿Qué costumbre va a ser esa? —Xiao Lan
rio—. Si dejas la nieve ahí, lo único que esperas es que alguien se rompa la
crisma.
—Pues acertaste. No llevo ni un rato en
la ventana y ya he visto caer a cuatro o cinco. Pero, aun así, nadie limpia
nada. Es raro —Lu Zhui se frotó la cara con la toalla caliente, sintiendo
alivio—. En fin, salgamos a ver.
En el salón, la gente desayunaba. Al
verlos bajar, uno señaló con desgana una gran olla en otra mesa, llena de un
engrudo irreconocible. Lu Zhui sonrió con cortesía:
—No los molestamos más, no los
molestamos. Saldremos a comer fuera.
—No se alejen mucho —advirtió un hombre
mayor, que parecía el más amable—. Si ven que la gente en la calle empieza a
correr, vuelvan rápido a la posada.
—¿Correr? —Lu Zhui frunció el ceño—.
¿Por qué?
—Porque hay fantasmas que atrapan gente
—dijo el hombre—. No pregunten. Coman y regresen pronto.
Lu Zhui agradeció y, al cruzar una
mirada con Xiao Lan, ambos pensaron lo mismo: «¿Fantasmas que atrapan gente?»
Ya fuera, Lu Zhui preguntó:
—¿Tú lo crees?
—Claro que no. En este mundo no hay
tantos espíritus ni dioses —Xiao Lan le tomó la mano—. Anda con cuidado.
Lu Zhui se quedó helado, mirando sus
manos entrelazadas.
Xiao Lan sonrió.
—No te vayas a caer.
Eran expertos marciales; con su nivel,
ni un filo de hielo podría hacerlos resbalar. Pero justo en ese momento,
parecían dos personas corrientes, sin fuerza para matar una gallina, avanzando
torpemente de la mano por la nieve. Cuando uno estaba a punto de resbalar, el
otro lo jalaba, y así iban, lentos y desmañados.
—Cuando seamos viejos —preguntó Xiao
Lan—, ¿seremos también así?
Lu Zhui tosió dos veces.
—Oh.
Sentía que algo lo había embrujado:
¿cómo podía escuchar, en una broma tan casual, un eco de “envejecer juntos”, de
“compartir la vida hasta las canas”?
«Definitivamente estoy perdido» pensó.
—Jefe —Xiao Lan se acercó a un pequeño
puesto—, dos tortillas fritas y dos cuencos de doufunao.
El dueño levantó la vista y, al ver que
eran forasteros, se sobresaltó.
—¿Ustedes vienen de fuera?
—Vamos al campamento militar del oeste a
reunirnos con mi hermano —explicó Lu Zhui—. Nos agarró la tormenta y nos
quedamos en la Posada Changfeng. Bueno… ya no es una posada, pero la gente allí
es de buen corazón y aceptó hospedarnos.
—Eso es —asintió el dueño mientras
servía el desayuno—. Si no fueran valientes y de buen corazón, ¿quién se
quedaría a vigilar esta ciudad? Coman despacio, y cuando terminen, regresen. No
anden vagando por la calle.
—He oído que en la ciudad hay un
fantasma que se lleva a la gente —Lu Zhui bajó la voz—. ¿Qué es exactamente lo
que pasa?
El dueño agitó las manos una y otra vez.
—No se puede decir, no se puede decir.
Xiao Lan dejó una pequeña pieza de plata
sobre la mesa.
—Mi hermano menor es de los que
necesitan saberlo todo. Díganos, aunque sea un par de frases, o no descansará
en todo el camino y me va a dejar las orejas llenas de callos.
—Esto… —el dueño dudó. Miró alrededor;
al ver que no había nadie cerca, habló en voz baja—. Desde hace tres meses que
esta ciudad está embrujada. Cada tanto desaparecen diez o más personas. La
gente vive con el alma en vilo, sin poder estar tranquila.
—¿Los desaparecidos son hombres o
mujeres? ¿Viejos o jóvenes? ¿Y alguien ha visto cómo es ese fantasma? —preguntó
Lu Zhui.
—Hay de todo, hombres y mujeres, pero
casi siempre adultos jóvenes. Ancianos y niños, muy pocos —respondió el dueño—.
Ese fantasma es enorme, debe medir lo de dos personas. No importa cuán fuerte
sea el hombre, lo agarra del cuello y se lo lleva como si nada. Y las armas no
le hacen daño.
—¿Cuántas veces ha aparecido? ¿Cuándo
fue la última? Y con la ciudad así, ¿el magistrado no hace nada? —Lu Zhui
siguió preguntando.
—Han venido siete u ocho veces. La
última fue a principios de este mes. Y el magistrado sí ha intentado
intervenir, pero no puede —el dueño negó con la mano—. No pregunten más. Coman
y regresen pronto.
La nieve volvió a caer desde el cielo.
Los pequeños mercados improvisados en la calle se dispersaron enseguida. Los
habitantes compraron lo justo —arroz, aceite— y se metieron de nuevo en sus
casas, dejando que la nieve enterrara las puertas hasta la mitad.
Xiao Lan también compró arroz, aceite y
algunos condimentos. Quiso comprar un trozo de carne, pero Lu Zhui lo detuvo.
—Con la ciudad así de extraña, dudo que
entren comerciantes de fuera. Esa poca carne y verduras que hay, dejémoselas a
ellos.
—¿Vamos a ver al funcionario local?
—preguntó Xiao Lan.
—Volvamos primero a la posada —dijo Lu
Zhui—. Aunque pare la nevada, no podremos irnos tan rápido. Eso de “fantasmas
que atrapan gente”, y que solo se lleven a los jóvenes fuertes… lo más probable
es que los estén capturando para trabajos forzados. Si no resolvemos esto,
pronto no quedará nadie en esta ciudad.
Xiao Lan asintió. Regresaron a la posada
y dejaron los bollos y bocadillos sobre la mesa larga.
—Les trajimos algo de comer —dijo Xiao
Lan—. Gracias por cuidarnos estando fuera de casa.
El mismo hombre mayor de antes agitó la
mano.
—No hace falta tanta cortesía.
—Qué frío hace —comentó Lu Zhui,
sentándose y abriendo el paquete de papel aceitado—. Con todo lo que pasa en
esta ciudad, ¿por qué no se ve a nadie del gobierno?
—¿Sabes lo que ha pasado? —gruñó otro.
Lu Zhui asintió.
—Escuché un par de cosas afuera.
—Si es un fantasma, ¿qué puede hacer el
gobierno? —dijo el hombre, comiendo su bollo—. Al principio sí intentaron
intervenir, pero luego hasta los guardias fueron capturados. El magistrado
prefectoral Liu, sin saber qué más hacer, envió a su asesor a pedir refuerzos.
Pero pasaron dos meses sin noticias. Y después… dejaron frente a la oficina del
magistrado un traje ensangrentado.
—¿Del asesor? —Lu Zhui frunció el ceño.
El hombre asintió, sin ganas ya de
seguir comiendo. Solo suspiró.
Los guardias eran jóvenes del propio
pueblo. Nadie podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo los enviaban a
morir. Así que, tras discutirlo, decidieron organizar a los adultos jóvenes
para proteger la ciudad, turnándose para hacer guardia en la abandonada Posada
Changfeng.
—¿Y no limpiar la nieve también es para
defenderse de ese demonio? —preguntó Lu Zhui.
El hombre mayor asintió. Contó que,
aunque el fantasma era enorme, se movía con torpeza. Alguien lo había visto
resbalar en el hielo y caer de bruces. Desde que se supo eso, los habitantes
dejaron de barrer la nieve, permitiendo que el hielo se acumulara capa tras
capa, como una barrera natural que les daba un poco de seguridad.
—Conque así es —Lu Zhui comprendió. Tras
un par de frases más, él y Xiao Lan regresaron a su habitación. Cerró la puerta
y dijo—: Por lo que dicen, el prefecto no parece un incompetente. Con la ciudad
en este estado, debe de estar realmente sin opciones.
—Alguien quiere cortar a propósito toda
comunicación entre la Ciudad Changfeng y el exterior —dijo Xiao Lan—. En las
llanuras del este, donde los pueblos están uno junto al otro, sería difícil.
Pero en el noroeste, con el cielo tan alto y la tierra tan vasta, dos ciudades
pueden estar separadas por distancias enormes. Y con la guerra, ya ni caravanas
quedan. Con tantas condiciones juntas, lograr ese objetivo no es complicado.
—No quiero ni imaginar qué clase de vida
han llevado los habitantes estos tres meses —Lu Zhui reflexionó—. ¿Cuándo
iremos a ver al magistrado?
Xiao Lan asintió.
—Cuando la nevada afloje un poco.
Descansa un rato, no hay prisa.
Lu Zhui se quedó junto a la ventana,
sosteniendo una taza de té caliente. Suspiró.
—Si esos demonios vinieran esta noche,
sería lo ideal.
—Aunque no vengan hoy, si nos quedamos
diez días o medio mes, tarde o temprano aparecerán —dijo Xiao Lan—. Todavía
quedan más de cien jóvenes fuertes en esta ciudad. No se rendirán tan
fácilmente.
—Si vienen… ¿a quién querrán llevarse?
¿A ti o a mí? —preguntó Lu Zhui, volviéndose.
—A mí, por supuesto —respondió Xiao
Lan—. Solo con ver el tamaño, ya saben cuál sale más rentable.
Lu Zhui negó con una sonrisa y le tiró
suavemente del cuello de la ropa.
—Vamos juntos.
—¿Y si de verdad son monstruos que comen
gente? —bromeó Xiao Lan.
Lu Zhui lo pensó un momento.
—Tienes razón. Entonces que te lleven
solo a ti. Yo no iré.
—Oye —Xiao Lan le pellizcó la mejilla—.
¿Así que cuando llega la desgracia, cada uno vuela por su lado?
—Eso solo lo hacen los pájaros del mismo
bosque —Lu Zhui lo apartó de un manotazo.
—¿Y nosotros no lo somos? —replicó Xiao
Lan.
Lu Zhui se quedó mudo.
«¿Eh?»
Xiao Lan lo miraba sonriendo, con esa
suavidad en los ojos y esos rasgos tan definidos.
Lu Zhui sintió que algo no iba bien. Pero,
al mismo tiempo, una expectativa inexplicable le latía en el pecho.
De pronto, Xiao Lan preguntó:
—¿Sabes por qué me gusta mirar la Vía
Láctea del noroeste?
La habitación quedó en silencio. Lu Zhui
respondió con rigidez:
—No lo sé.
«¿Por qué dice eso ahora? ¿Por qué
hablar de paisajes? Qué soso, qué anticlimático, qué…»
—Porque cuando estábamos en la Tumba Mingyue,
tú siempre te escapabas al Salón del Loto Rojo para insistir en que querías ver
las estrellas conmigo —dijo
Xiao Lan.
Aquel año era temporada de lluvias.
Incluso cuando no llovía, el cielo seguía cubierto de bruma. Aunque hubiera
estrellas, apenas se veían unas pocas, débiles, escondidas tras las nubes, como
si fueran a desvanecerse en cualquier momento.
—Y tú esperabas —continuó Xiao Lan—. Te
acurrucabas en ese pequeño hoyo de tierra, mirando hacia arriba. A veces
esperabas toda la noche.
—¿Me gustaban tanto las estrellas?
—preguntó Lu Zhui, desconcertado.
—Al principio yo también lo creí. Pero
luego pensé… que en realidad no querías volver solo a tu habitación oscura
—dijo Xiao Lan—. Así que fingías que querías ver estrellas para obligarme a
quedarme contigo noche tras noche.
Lu Zhui rio.
—Con razón dices que siempre te
molestaba.
—Yo estaba tan cansado que los párpados
me pesaban, pero no podía dejarte solo. Así que te decía cualquier cosa: que
las estrellas del noreste son más altas, que las del noroeste son más
brillantes, que si te gustaban, algún día iríamos juntos a verlas, tres días y
tres noches si hacía falta… con tal de convencerte de volver a dormir —Xiao Lan
sonrió—. Y mira, tantos años después, por fin tengo la oportunidad de traerte
al desierto del noroeste.
—¿Así que de niño me engañabas así?
—dijo Lu Zhui.
—¿Cómo va a ser engañar? —Xiao Lan le
cambió la taza por otra de té caliente—. Lo que dije entonces, por supuesto que
pienso cumplirlo, una cosa tras otra.
—Pero yo perdí la memoria. No recuerdo
ninguna de tus promesas —Lu Zhui se dejó caer en la silla—. ¿Y si me estás
mintiendo?
—Entonces no te queda más remedio que
dejarte engañar —Xiao Lan apoyó ambas manos en los brazos de la silla y se
inclinó hacia él, suspirando con fingida lástima—. ¿Quién te manda a olvidarlo
todo, hmm?
El autor tiene algo que decir:
Lu "Xiao" Zhui: ¿Qué pasa si dices
que no eres inquieto acerca de dormir TwT? (Acuéstate.gif)
Mensaje de Jin:
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