Capítulo
112: Extra 14.
Xu
Fuquan, por mandato del Emperador Zhide, acompañó a la Emperatriz día y noche. Tras
la muerte de ella, asumió la responsabilidad de cuidar al príncipe heredero, Qi
Zhen.
Xu
Fuquan había visto crecer a Qi Zhen. Sus sentimientos hacia él eran complejos: por
un lado, deseaba que aquel niño llegara algún día al trono, que se convirtiera
en un gran soberano y vengara a la Emperatriz; por otro, deseaba que pudiera
crecer sin preocupaciones, como un niño cualquiera.
Pero
desde el instante en que Qi Zhen nació, alguien ya lo estaba empujando hacia el
camino del “Emperador Sabio”.
Cuando
otros niños jugaban, Qi Zhen ya sostenía un libro, aprendiendo a leer, a
comportarse, a comprender los ritos.
Cuando
otros niños peleaban por comida, él ya sabía que no debía tomar más de tres
bocados.
Cuando
otros niños estaban en la adolescencia, llenos de confusión y sentimientos
ocultos, Qi Zhen ya se había convertido en una persona fría y calculadora,
utilizando tanto conspiraciones como estrategias abiertas para dividir el poder
en la corte y enfrentarse al Emperador y a los otros príncipes.
Para
los ministros, aquello era una bendición. Para Xu Fuquan, no.
Ese
también era su niño, pero nunca había tenido infancia.
Recordaba
con claridad que, cuando el Príncipe Heredero tenía dos años, empezó su
educación formal. No lograba memorizar un texto y el profesor le golpeó las
manos hasta dejarlas hinchadas.
El
pequeño Príncipe Heredero lloró llamándolo:
—Xu
Fuquan…
En
ese instante, Xu Fuquan quiso abrazarlo, llevárselo lejos de la capital, lejos
de la vida imperial. Pero no podía.
Este
príncipe había nacido con una misión que no podía abandonar. Desde entonces, Qi
Zhen nunca volvió a llamarlo con esa voz llena de agravio y súplica.
Su
único amigo era Zhou Xudong.
Aquel
niño era travieso, rebelde; cuanto más lo ignoraba Qi Zhen, más se le pegaba.
Xu
Fuquan agradeció incontables veces la desfachatez del joven maestro Zhou.
Pensaba
que, si en el mundo existiera una dama igual de insistente, capaz de quedarse
al lado del Príncipe Heredero y cuidarlo con dedicación, sería algo bueno. Pero
ese sueño se rompió el día en que el Emperador ordenó que el príncipe se casara
con un hombre.
Y
el que entró por la puerta… era un tonto.
Aquella
bofetada del destino resonó demasiado fuerte.
En
toda la corte imperial, nadie veía con buenos ojos a aquel “tonto”. Incluso las
sirvientas del palacio del Príncipe Heredero se indignaban por él y, en una
ocasión, llegaron a burlarse del muchacho.
Cuando
el príncipe se enteró, las reprendió severamente y expulsó a una de ellas. Solo
entonces la vida del “tonto” mejoró un poco.
Xu
Fuquan pensó que así sería la vida: Ese joven viviría tranquilo en la
residencia del príncipe, sin sobresaltos.
Pero
no imaginó que un día, tras salir en carruaje, el caballo se asustaría, el
muchacho caería, se golpearía la cabeza y, al despertar se pegaría al príncipe
como una sombra.
Lo
que Xu Fuquan jamás habría imaginado era que esa cercanía entraría en el
corazón del príncipe.
Vio
cómo aquel “tonto” derretía, paso a paso, la capa de hielo que rodeaba al
príncipe.
Vio
cómo lograba que Su Alteza mostrara una sonrisa sincera.
Vio
cómo, cuando murió, el príncipe sufrió un dolor que le atravesó el alma.
Xu
Fuquan llegó a resentir al cielo. La vida había sido demasiado injusta con el
príncipe. Apenas encontraba a alguien que amaba y esa persona moría antes de
pasar siquiera un Año Nuevo juntos.
Hasta
que el príncipe recibió aquella tablilla de los deseos. Entonces supieron la
verdadera identidad de la princesa consorte.
Xu
Fuquan esperó día y noche, con el corazón en vilo, hasta que finalmente la
consorte regresó.
Y
ahora, con el Príncipe Heredero convertido en Emperador, capaz de abrazar
abiertamente a la persona que ama.
Xu
Fuquan pensó que no podía haber un final mejor para esa historia.
***
En
su vejez, Xu Fuquan tomó dos jóvenes discípulos para que lo asistieran en el
servicio al Emperador y al consorte.
Quien
sirve al lado del Emperador debe saber avanzar y retirarse. Cada paso es una
regla. No demasiado cerca, no demasiado lejos. Y durante la asistencia, hay que
contener la respiración, escuchar con atención y no perder ninguna llamada.
Los
dos discípulos eran buenos: uno honesto y aplicado, el otro listo y atento a
los gestos. No cometían grandes errores, pero compartían un defecto: no
entendían nada de asuntos amorosos.
El
mes pasado, en el Estudio Imperial, solo estaban el Emperador y el consorte.
Dentro
se oyó el sonido de una copa rompiéndose, mezclado con respiraciones agitadas y
la voz baja del Emperador:
—Si
no es así no te calmas ¿verdad?
Xu
Fuquan bajó la cabeza de inmediato. No se atrevió a escuchar más aquella
respiración cada vez más intensa, ni ese tembloroso sollozo contenido. Pero los
dos aprendices entraron en pánico.
—Maestro,
el consorte está pidiendo ayuda —susurró uno.
—Sí,
maestro, y Su Majestad dijo que iba a atarlo. ¿No deberíamos entrar a
detenerlos?
Xu
Fuquan sintió que el alma se le caía al suelo.
***
El
día anterior, en el Palacio de las Aguas Termales, otra vez solo el Emperador y
el consorte.
No
sabía de dónde sacó el consorte esos cascabeles, los ató a sus pies, y cuando
la cortina se levantaba, se podía vislumbrar esos pies tensos y temblorosos
colgando en el aire, el sonido inocente de “clic-clic-clic” resonando.
Uno
de los discípulos preguntó:
—Maestro,
¿Su Majestad y el consorte están jugando con campanillas o nos están llamando?
Xu
Fuquan ya no podía más. Les señaló un camino:
—Si
no se atreven a escuchar detrás de la pared del Emperador vayan a escuchar
detrás de la del Gran Ministro Wu.
«Y
si escuchar les parece mal pasen un día entero con el Gran Ministro Wu. Lo
entenderán.»
«Y
si aun así no entienden vayan a un burdel.»
Los
dos eunucos fueron a observar y regresaron parloteando, diciendo que el Gran
Ministro Wu y el Gran Ministro Li eran muy cariñosos.
El
Gran ministro Wu, al salir del trabajo, daba una vuelta larga solo para comprar
el cerdo asado que le gustaba al Gran Ministro Li.
El
Gran Ministro Li, por su parte, llevaba en el pecho la comida que había
comprado para el Gran Ministro Wu; al llegar a la puerta de casa, aún estaba
tibia.
Xu
Fuquan se sintió un poco más tranquilo.
Pero
entonces…
Ese
día, los dos pequeños bribones aparecieron sosteniendo el libro rojo de
registros personales del Emperador, nerviosos, preguntándole:
—Maestro,
el consorte escribió su nombre en varios volúmenes. Se gastó tres barras de
tinta. Y ya no quedan libros rojos vacíos en el almacén. ¿Qué hacemos?
«¿Que
qué hacían?» Xu
Fuquan quiso tirarlos al río y buscarse dos discípulos nuevos. Se llevó la mano
a la frente.
—Volved
a ponerlo donde estaba. Haced como si no hubierais visto nada.
Al
fin y al cabo, en el libro rojo del Emperador no iba a aparecer ningún otro
nombre.
Por
suerte, devolvieron el libro.
Poco
después, el consorte lo buscó.
Lo
abrió, lo revisó y, al ver que, todos los nombres eran el suyo, lo colocó
satisfecho en un lugar bien visible.
Cuando
el emperador entró, lo vio enseguida. Lo hojeó, sin saber si reír o llorar y
preguntó con falsa inocencia:
—¿Qué
es esto? ¿Para quién escribiste tanto? Solo porque abajo enviaron a alguien
nuevo ni siquiera lo he visto. ¿Era necesario ponerte así de nervioso?
El
consorte respondió:
—Ya
estoy viejo. No soy tan bonito como antes. Ese jovencito tan delicado ¿de
verdad no te gusta?
El
Emperador contuvo la risa; los hombros le temblaban y deliberadamente no decía
nada.
Xu
Fuquan pensó que era culpa del consorte: «Después de tantos años juntos, hasta
el Emperador había aprendido a hacer travesuras.»
Se
quedaba callado solo para ver al consorte beber vinagre. Después de ver
suficiente la expresión de celos y ansiedad del consorte, se tomó su tiempo
para consolarlo.
Y
para colmo, le pinchó la mejilla con un dedo.
—Los
hombres son como flores a los cuarenta, tú ni siquiera has llegado a eso, ¿de
qué hablas de estar viejo? Para mí, siempre serás el más guapo y el más
atractivo.
El
consorte sonrió y de pronto preguntó:
—Si
perdieras la memoria y no recordaras quién soy, ¿me amarías a mí, o a él, o a
cualquier otro hombre apuesto?
El
Emperador lo pensó un momento y le lanzó una mirada.
El
consorte casi saltó del enojo.
El
Emperador se apresuró a frenarlo:
—Si
realmente te olvidara, solo tienes que desnudarte frente a mí y de inmediato te
recordaré.
—…
¿Y también quieres que me arrodille para *beep* …?
Xu
Fuquan sintió que la cara se le calentaba. Con ese rumbo, ya no era apropiado
quedarse allí.
Rápido
llamó a sus dos discípulos y se los llevó fuera.
Los
tres se sentaron en los escalones del palacio.
El
discípulo de la izquierda dijo:
—Maestro,
mire, ¡qué hermosas las nubes del cielo!
El
de la derecha añadió:
—Maestro,
¿es porque el atardecer en el cielo es tan hermoso que estás tan contento?
Xu
Fuquan negó con la cabeza.
—Estoy
contento por estos días.
Días
simples, comunes pero dulces como azúcar.
Y
se alegró por Su Majestad.

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