Capítulo
113: Un mundo paralelo por capricho.
Parte
1.
Cuando
Qi Zhen abrió los ojos, lo primero que vio fue el dosel de la cama del dragón.
Era
del mismo color de siempre, pero él notó que algo era distinto.
No
había nadie en sus brazos.
Extendió
la mano. Tampoco había nadie a su lado.
El
corazón le dio un vuelco.
Solo
entonces advirtió el silencio: dentro y fuera del salón, ni un sonido, como si
hasta el aire contuviera la respiración.
Se
incorporó.
Con
el rabillo del ojo vio a alguien arrodillado dentro del salón, quieto,
cabeceando de sueño.
Era
un hombre. Y no era Lin Yan.
—¡Guardias!
—llamó Qi Zhen.
Los
eunucos de afuera entraron corriendo y se arrodillaron.
—Su
Majestad.
El
que estaba arrodillado también despertó de golpe y se postró en el suelo,
temblando.
Qi
Zhen se levantó.
—¿Así
es como cumplís con vuestro deber?
El
hombre en el suelo tembló aún más.
—¡Sacadlo!
Y cuando el consorte regrese, decidle que yo no sabía nada. Que no lo toqué.
El
eunuco se estremeció.
—Su
Majestad… el consorte… está aquí…
Qi
Zhen se irritó: «¿Mi Yan Yan? ¿Cómo no voy a reconocerlo?»
Se
acercó, levantó el dosel y de una patada volteó al hombre.
Pero
cuando vio su rostro, se quedó petrificado.
Era
Song Ming.
Qi
Zhen no entendía. No podía creerlo. El corazón se le desordenó por completo.
«¿Song
Ming no estaba muerto?»
«¿Por
qué está aquí?»
Qi
Zhen rugió:
—¡¿DÓNDE
ESTÁ LIN YAN?!
El
eunuco casi se desmayó del susto. Temblaba tanto que ni una sílaba podía
salirle.
Qi
Zhen, irritado, salió del dormitorio.
—¡Xu
Fuquan! ¡Xu Fuquan!
Nadie
respondió.
Fuera
del salón, todos los eunucos y sirvientes ya estaban arrodillados. Un mar de
cuerpos inclinados.
Un
silencio que helaba la sangre.
Por
fin, alguien murmuró:
—El
eunuco Xu ya no está.
—¿No
está? ¿Qué tonterías dices?
El
hombre no se atrevió a hablar más.
Qi
Zhen avanzó con la mirada afilada.
—¡HABLA!
¡TE LO ORDENO!
El
eunuco se postró, deseando hundir la cabeza en el suelo.
—Xu
Gonggong fue asesinado por Qi Min hace diez años. Ya no está entre nosotros.
Qi
Zhen sintió que el mundo se inclinaba. Un mareo le nubló la vista.
Qi
Min. El cuarto príncipe.
¿No
lo había matado él hace años?
Si
Xu Fuquan no estaba… ¿entonces dónde estaba su Lin Yan?
—¡GUARDIAS
SOMBRAS!
Los
guardias ocultos aparecieron de inmediato, arrodillándose en fila.
—¿Dónde
está Lin Yan?
El
líder de los guardias dudó un instante.
—Rogamos
a Su Majestad que aclare. ¿Quién es Lin Yan?
Qi
Zhen de repente sintió que no podía mantenerse en pie, casi cayendo por las
escaleras.
—¿No
sabéis quién es Lin Yan? ¿Y Qi Yan? No… ¿Wei Yan? ¿Y Lin Shouyan?
El
líder respondió:
—Wei
Yan falleció en la frontera hace tres años. Lin Shouyan murió hace quince años.
—¿Quince
años? ¿Cómo murió? ¿Quién lo mató?
El
líder no entendía qué le pasaba hoy al Emperador. Sus cambios de humor eran
normales, pero esto era distinto.
—Fue
Su Majestad —respondió con cautela.
—¡IMPOSIBLE!
—gritó Qi Zhen—. ¡IMPOSIBLE! ¿CÓMO PODRÍA YO MATARLO?
El
líder quedó atónito. Nunca había visto al Emperador perder así la compostura. Y,
además, en aquel entonces Lin Shouyan había traído una humillación enorme a Su
Majestad. ¿Por qué sería imposible? Aun así, no se atrevió a decir más. Solo
relató que aquel año, Lin Shouyan fue “tocado” por alguien más. El culpable lo
proclamó por toda la ciudad. Por eso se le dio muerte.
Qi
Zhen quedó rígido. Y de pronto lo entendió.
—Este
no es mi hogar. No es mi Gran Qi.
Corrió
de vuelta al dormitorio. Se miró en el espejo. La cara era la suya, idéntica, pero
no era él. Golpeó el espejo con el puño, el bronce se quebró y la sangre cayó.
—Él
no es un sueño. No es falso. Yo no soy tú.
—¡DEVUÉLVEMELO!
¡ES MÍO!
***
Lin
Yan ni siquiera había terminado de despertarse cuando lo patearon fuera de la
cama. Se golpeó la cabeza contra el suelo y el dolor lo espabiló al instante. Sin
abrir los ojos, empezó a maldecir:
—¡Qi
Zhen, maldito, ¡¿quieres morirte?! ¿Qué demonios te pasa tan temprano?
Lin
Yan, refunfuñando, se arrastró de vuelta a la cama.
Le
dio dos patadas a “Qi Zhen”, se envolvió en la manta y gruñó:
—Ayer
casi me matas del cansancio. Déjame dormir un rato más. Cuando despierte, ya
veremos cómo ajusto cuentas contigo.
A
su lado no hubo respuesta.
Lin
Yan estaba realmente agotado.
Ese
día no tenía que ir a la academia y, a esas horas, Qi Zhen siempre lo
atormentaba un buen rato. Estaba molido.
Cerró
los ojos. Descansó un momento, pero algo no cuadraba. La sensación de una
mirada fija sobre él, incluso sin mirar hacia atrás, le recorrió la espalda con
escalofríos.
Abrió
los ojos y “Qi Zhen” sonreía.
—Estabas
tan dormido que olvidé que estabas aquí —Extendió la mano y apartó el cuello de
la ropa.
Desde
la base del cuello, las marcas de mordidas y besos se extendían hasta donde
alcanzaba la vista. Seguramente había muchas más en las partes cubiertas.
“Qi
Zhen” se levantó,
tomó la ropa de la estantería y empezó a vestirse. Y aun después de terminar, nadie
entró a asistirlo. Jamás había ocurrido algo así.
Giró
la mirada hacia la cama y Lin Yan lo observaba con una expresión de
desconcierto absoluto.
«¿Es
obra de quienes me han traído aquí?»
«¿Quién
podía infiltrarse en mi palacio y manipularlo todo de esta manera?»
“Qi
Zhen” sintió un
destello de interés. Hacía mucho que nadie se atrevía a buscar la muerte de
forma tan creativa. Por primera vez en años, sintió una chispa de diversión.
No
quería revelar que ya había notado la anomalía. Salió para ver qué más había
cambiado. Y entonces vio entrar a Xu Fuquan.
“Qi
Zhen” se quedó
helado.
—¿Su
Majestad desea que se sirva la comida? —preguntó Xu Fuquan.
—¿Servirle
qué? —gruñó la voz desde la cama del dragón—. ¡Que pase hambre!
Xu
Fuquan soltó una risita.
“Qi
Zhen” avanzó y puso
una mano sobre el hombro de Xu Fuquan. El cuerpo bajo su mano tembló
ligeramente. Alzó la vista, confundido.
—¿Su
Majestad?
“Qi
Zhen” retiró la mano.
Apretó el puño y las uñas se clavaron en la palma.
«Duele.
No es un sueño.»
Siguió
caminando hacia afuera, donde el vasto palacio estaba ricamente decorado. Lo
más ridículo era que un columpio colgaba de ese pino tan precioso.
Los
sirvientes lo saludaban con respeto, pero sin miedo.
Xu
Fuquan se acercó.
—¿Su
Majestad?
Desde
dentro salió alguien bostezando, arrastrando los zapatos sin ponérselos bien. Al
verlo, abrió los brazos y lo abrazó por detrás.
Xu
Fuquan sonrió por lo bajo y se retiró.
—¿Qué
pasa? ¿Tuviste una pesadilla? Desde que amaneció estás raro.
“Qi
Zhen” bajó la cabeza.
—¿Es
un sueño?
Aunque
ya lo había comprobado, necesitaba confirmarlo.
Lin
Yan no dijo nada. Le dio un pellizco brutal en el brazo, vengándose de la
patada de antes. Luego, arrepentido, le frotó el sitio.
—¿Duele?
Entonces no es un sueño. ¿Qué pesadilla tuviste?
«No
es un sueño, es una experiencia real.»
—Soñé
que Xu Fuquan estaba muerto, que Xudong también…
Lin
Yan le tapó la boca de inmediato.
—¡Maldita
sea! No sigas, que el siguiente soy yo. ¿Qué te pasa? ¿Qué pesadillas son esas?
Si Zhou Xudong ya tuvo a su quinto hijo, como te oiga, vendrá a darte una
paliza.
—¿Quinto
hijo?
“Qi
Zhen” guardó
silencio. Comprendió, por fin, que este no era su mundo. Era otro. Uno donde Xu
Fuquan no había muerto y donde Xudong seguía vivo. Y él… no tenía recuerdos de
este Lin Yan.
«¿Es
por él?»
“Qi
Zhen” tomó la
barbilla de Lin Yan y lo examinó con detenimiento.
Los
ojos de Lin Yan cambiaron de golpe. Se volvieron fríos, afilados.
—Tú no eres Qi Zhen. ¿Quién eres?

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