Capítulo
104: Extra 6.
Lin
Yan bajó la cabeza, avergonzado.
—Es
para nosotros.
Con
esa sola frase, Qi Zhen entendió todo.
—¿Esto
es de tu tierra? —sacó la cajita y la abrió—. Hay algunas cosas que no estoy
seguro de para qué sirven, Yan Yan. ¿Me explicas?
Lin
Yan asintió. Tomó un objeto y dijo que eran pinzas para las orejas; incluso se
las colocó. Le costó un poco, pero logró ponérselas.
Las
pinzas tenían dos grandes gemas rojas. Puestas, se veían muy bien,
balanceándose con cada movimiento de Lin Yan y atrayendo la mirada.
—¿En
tu tierra los hombres también usan esto?
—Es
solo para verse bien. Si las llevas mucho tiempo, las orejas se vuelven más
sensibles.
Qi
Zhen rozó con los dedos el lóbulo de Lin Yan. Ya estaba un poco rojo; era fácil
imaginar que, con más tiempo, se hincharía, tan rojo como las gemas.
El
lóbulo de Lin Yan ya era sensible de por sí; si se inflamaba, sería aún más
sensible. Con un simple toque, probablemente todo su cuerpo temblaría.
Al
ver el interés de Qi Zhen, Lin Yan apartó su cabello y le ofreció medio perfil.
La
mano de Qi Zhen descendió por la línea del cuello sin poder evitarlo. Las gemas
rojas, brillantes, contrastaban con la piel blanca y lisa de Lin Yan, tan
tentadora que daban ganas de morder.
—Te
queda muy bien.
Lin
Yan se estremeció con la caricia. Intentó quitarse las pinzas, pero Qi Zhen lo
detuvo.
—Déjalas.
Quiero mirarte.
—Está
bien. Hay más cosas. Este collar va en mi cuello.
A
Qi Zhen no le gustó.
—Parece
de perro.
Lin
Yan soltó una risa.
—¿Y
no está bien que sea tu perrito?
Qi
Zhen solo pensó un segundo, antes de detenerse. Las mejillas se le encendieron.
Metió el collar de vuelta en la caja y cerró la tapa.
Era
demasiada información para procesar de golpe.
Lin
Yan, al verlo tan avergonzado, sintió que era tan adorable que uno podía
morirse y revivir varias veces solo por él.
—Si
no te gusta, no lo usamos. Solo era para que lo vieras.
Qi
Zhen hizo chasquear la pinza de su oreja.
—Con
esto puesto, casi parece que te estoy arreglando como a una mujer.
—En
mi tierra, muchos arreglan a sus amantes varones como si fueran mujeres. Al
final, sin importar el género, siguen siendo la “esposa”. Incluso usan ropa muy
provocadora. Con lo tímido que eres, dudo que puedas adaptarte.
Qi
Zhen guardó silencio un momento.
—¿No
te resultaría humillante?
—No.
Es solo un juego. ¿Qué tiene de humillante?
—Entonces
mañana mandaré a comprar unos… petos.
Lin
Yan: ¿…?
Lin
Yan: ¡¿…?!
Lin
Yan abrió los ojos de par en par.
No
entendía nada.
Había
caído en su propia trampa.
Qi
Zhen jugueteó con la pinza.
—El
rojo te queda muy bien. Haré que Xu Fuquan lleve a una muchacha de tu estatura
a elegirlos. Así nadie sabrá que son para ti.
—Si
mandas a Xu Fuquan, ya se sabe para quién son.
—Entonces
que lo haga una chica del cuerpo de guardias sombras.
—No,
no. Después de tanto rodeo… lo que quieres es que yo los use.
Qi
Zhen asintió con un “Sí”, los ojos brillantes, las mejillas rojas, una sonrisa
apenas contenida.
Lin
Yan lo miró, con el corazón acelerado, y finalmente cedió.
—De
vez en cuando… un par de veces… podría ser. Pero que sean largos, hasta aquí.
Hizo
un gesto con la mano.
La
sonrisa de Qi Zhen se profundizó. Lo atrajo hacia su pecho, lo abrazó por la
cintura y lo empujó suavemente hacia la cama.
—Eso
no se llama peto. Eso sería un delantal.
Con
las pinzas puestas, las orejas de Lin Yan parecían de nieve, enmarcadas por su
cabello negro suelto.
Qi
Zhen lo miraba con una fascinación profunda, casi devoradora, pero sin tocarlo
todavía, como si contemplara una pieza preciosa que no se cansaba de admirar.
La
intensidad de esa mirada hizo que Lin Yan se removiera, incómodo.
—¿Vas
a hacer algo o no? Si no, me dormiré.
—Eres
demasiado hermoso. Quiero mirarte un poco más. Este accesorio es muy delicado.
Mandaré a hacer más pares.
—¡No!
—Lin Yan se puso tenso—. ¿De verdad piensas que voy a usarlos en serio?
Se
detuvo un instante. Luego, de pronto, se iluminó.
—Ziji,
¡acabo de pensar en un negocio! ¡En la capital, las señoritas aman los
cosméticos y las joyas! ¡Y casi no hay tiendas dedicadas solo a vender adornos!
La
mayoría de las tiendas de la capital eran joyerías de jade y piedras preciosas
que se encargaban tanto del diseño como del tallado. O, en el otro extremo,
pequeños puestos callejeros cuyos adornos… no eran precisamente agradables a la
vista.
—Abrimos
una boutique —dijo Lin Yan, emocionado—. Público objetivo: mujeres. No solo
pendientes, también collares, jinbu, todo. ¡Nos vamos a hacer ricos!
Qin
Zhen: “…”
Qi
Zhen inhaló hondo y exhaló con paciencia.
—Mira
dónde estás.
«Hablando
de negocios en la cama. Realmente tienes talento.»
Lin
Yan soltó una risita, rodeó el cuello de Qi Zhen y lo besó, dándole la vuelta
para presionarlo contra la cama.
Las
pinzas de las orejas no se habían deformado, pero estaban empapadas de sudor.
Las
gemas, antes brillantes, ahora parecían cubiertas por una fina neblina.
Qi
Zhen se las quitó. Había descubierto su utilidad.
Su
mente empezó a divagar: «Si se colocan en otros lugares… ¿no sería aún
mejor?»
***
A
la mañana siguiente, cuando Lin Yan entró a la corte, las piernas casi no le
respondían.
Li
Jiangling creyó que era porque él lo había enfadado el día anterior y se acercó
con una taza de té para disculparse.
Lin
Yan no podía explicarle la verdad.
Li
Jiangling jamás comprendería lo aterrador que podía ser tener un novio
inteligente, creativo y autodidacta… en “ese” tipo de cosas. Como no podía
decir nada, simplemente aceptó el té y lo culpó mentalmente de todo.
Li
Jiangling suspiró.
—Ayer,
cuando volví a casa, pensé en lo que dijiste. Creo que tenías razón.
—¿Qué
cosa?
—Que
entre toda la gente que me rodea, solo Wu Ji me entiende, me cuida y me
protege. Cuando estudiábamos, yo era el más torpe, el más lento, el que todos
se burlaban. Y siempre era Wu Ji quien salía a defenderme. Aunque Shen Shen
también me protegía, Wu Ji lo hacía más.
—Mientras
lo sepas. El hermano Wu te quiere mucho. Eso cualquiera lo ve.
Li
Jiangling giró la taza entre las manos.
—Puede
que no sea tan listo como mis dos hermanos menores, pero entiendo que en este
mundo no existe la bondad sin motivo. Si Wu Ji me cuida tanto, si me protege
tanto, yo debería…
Lin
Yan sintió que la esperanza florecía.
—¿Deberías…?
Li
Jiangling golpeó la mesa con fuerza, solemne:
—¡Debería
encontrarle una esposa primero!

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