Capítulo
169: No iré.
Un
sueño indescriptible.
Escribir una carta de persuasión capaz de conmover hasta las lágrimas no era difícil para Lu Zhui. No solo tenía talento natural: incluso con lo poco que había aprendido de Wen Liunian, ya podía derrotar a medio mundo del Jianghu en cuestión de un pincel. Xiao Lan le sujetó el papel de arroz, se remangó y comenzó a moler la tinta con cuidado, concentrado, sin desviar la mirada. Muy correcto, muy serio.
Lu Zhui sostenía el pincel de pelo de
lobo y pensaba: «Los demás tienen manos delicadas y mangas perfumadas
ayudándoles a escribir. ¿Por qué yo tengo a este hombre enorme, que no solo no
huele a flores, sino que además me tapa la luz?»
—¿De qué te ríes? —preguntó Xiao Lan.
—No me río —respondió Lu Zhui, apoyando
la cabeza en una mano y golpeando la mesa con los dedos—. Cuéntame cómo está la
guerra en el desierto. Y cómo viven los habitantes de la frontera.
Xiao Lan asintió y le relató todo con
detalle. Durante el año de guerra contra Xilan, aunque la mayor parte del
tiempo ambos bandos habían estado en un punto muerto sin grandes batallas, la
presencia del ejército del Gran Chu había permitido que los civiles vivieran un
poco más tranquilos, sin temer cada día que los bandidos bárbaros arrasaran sus
aldeas.
—¿Arrasar aldeas? —Lu Zhui frunció el
ceño—. ¿Ese Yelü Xing es tan cruel?
—Yelü Xing no es buena persona, pero las
masacres no siempre son orden suya —explicó Xiao Lan—. Simplemente no controla
a sus tropas. Él solo quiere ganar. Para ganar, hará lo que sea, sin importar
el proceso.
—Eso lo hace igual de despreciable —dijo
Lu Zhui—. Si tienes un ejército y no lo controlas, es como soltar lobos
hambrientos. ¿Quién va a creer que no sabía que morderían?
Xiao Lan sonrió:
—No te equivocas. Es un desgraciado.
Para entonces, el cielo ya había
oscurecido. La vela roja sobre la mesa temblaba suavemente, iluminando un
pequeño círculo cálido. El vapor de una taza de té se elevaba en espirales.
Xiao Lan, sentado a su lado, lo observaba escribir con atención. Su perfil era
suave bajo la luz, las pestañas largas, doradas por el brillo de la llama, los
labios ligeramente apretados, como si estuviera pensando… o soñando.
Recordó cómo, un año atrás, cuando se
marchó, Lu Zhui estaba pálido y demacrado. El corazón se le apretó con un dolor
dulce y la luz en sus ojos se volvió aún más tierna. Quería abrazarlo, no hacer
nada más, protegerlo así toda la vida, hasta que ambos fueran viejos y el velo
blanco cubriera sus cabellos.
—Mira, ¿está bien así? —Lu Zhui sopló la
tinta para secarla.
—¿Humm? —Xiao Lan volvió en sí.
—Está un poco desordenado —Lu Zhui se
acercó a él—. Si no entiendes mi letra, te la leo.
Xiao Lan rio:
—¿De verdad crees que soy un bruto que
solo sabe pelear y ni siquiera puede leer?
—Mi letra… —Lu Zhui carraspeó—. ¡Ejem! Vamos,
léelo. Solo escribí la mitad. Si te parece bien, sigo así.
Xiao Lan lo leyó y soltó una carcajada:
—¿Tan directo?
—Tú mismo lo dijiste —respondió Lu
Zhui—. La mayoría de esos soldados de Xilan son campesinos y pastores de la
frontera. Hay que hablarles claro. Si escribo un texto lleno de florituras, no
lo entenderán.
Xiao Lan asintió y le devolvió el papel:
—Está bien.
—Aunque debo decir —añadió Lu Zhui—, que
es sorprendente que puedas leer toda mi letra.
Xiao Lan sonrió:
—¿Quieres que escriba dos líneas yo?
—¿Tú? ¿Qué vas a escribir? —preguntó Lu
Zhui, pero aun así le entregó el pincel.
Xiao Lan escribió dos versos: los mismos
que había visto en la habitación de Lu Zhui en la mansión del Gran Ministro Wen.
«Húmedo para la niebla, suave para la
lluvia y también para el viento; roza el agua, oculta aldeas, cubre pinos entre
montañas.»
Lu Zhui abrió los ojos:
—Tu letra… se parece bastante a la mía.
Xiao Lan le devolvió el pincel:
—Un ochenta por ciento. Pero tú sigues
escribiendo mejor.
—Exageras —dijo Lu Zhui, por una vez
modesto—. Tu letra también es buena. Y estos versos son aún mejores.
—Ya es tarde. ¿Quieres salir a cenar?
—preguntó Xiao Lan—. Hay una taberna buena en esta ciudad.
—De acuerdo —Lu Zhui estiró la muñeca—.
Yo invito. Considera que pago la habitación.
—Bien —Xiao Lan sonrió y salió del patio
con él. Quizá porque había llovido, la calle estaba casi vacía, sin muchos
puestos ambulantes. Comparada con días anteriores, parecía más amplia y
silenciosa. Caminaron por callejones y esquinas durante un buen rato, hasta que
encontraron una pequeña taberna en la esquina. Decir “taberna” era exagerar:
también vendían fideos, arroz y acababan de traer pescado blanco fresco, gordo
y tierno, que al vapor con un poco de jengibre y cebollín, mojado en salsa de
soja, sabía a cielo.
—¿En los lagos del desierto también hay
peces? —preguntó Lu Zhui.
—Claro —respondió Xiao Lan, retirando
con cuidado todas las espinas—. Grandes y gordos. Pero en tiempos de guerra no
se come tan delicado como aquí en Jiangnan. Se les quitan las escamas, se asan
al fuego, se les pone sal… y ya es un plato excelente.
Lu Zhui imaginó la escena: un oasis
solitario en medio de un mar de arena, un lago azul rodeado de dunas infinitas.
«Qué paisaje tan vasto y extraño.»
Xiao Lan puso un trozo de pescado en su
plato y siguió hablando del desierto: del viento antiguo que soplaba todo el
año, de la arena y el polvo que cubrían el cielo. Y mientras hablaba, una
neblina suave pareció cubrirle los ojos. Por un instante, volvió a su infancia,
a aquella tumba oscura donde nunca entraba la luz. En aquel entonces, la
persona frente a él también le pedía historias del mundo exterior… igual que
ahora.
—¿Qué te pasa? —preguntó Lu Zhui,
sorprendido.
—Nada —Xiao Lan levantó la cabeza y
bebió una copa de vino de un trago, obligando a bajar el nudo de emoción que le
apretaba la garganta y el calor que le subía a los ojos.
—¿Recordaste cosas del campo de batalla?
—Lu Zhui llenó su copa con cuidado.
—Mn —suspiró Xiao Lan—. Ojalá pudiéramos
terminar la guerra pronto.
—Lo harán —dijo Lu Zhui—. Ese Yelü Xing
es cruel y no tiene el corazón del pueblo. No podrá formar un reino duradero.
Xiao Lan asintió:
—Gracias.
Lu Zhui le sirvió un cuenco de sopa
caliente, con cebollín y pequeñas gotas de aceite flotando en la superficie.
Perfecta para ahuyentar el frío de aquella noche lluviosa de otoño.
La taberna era pequeña, pero el vino era
bueno. Después de cenar, Lu Zhui volvió al patio con un ligero mareo. Se lavó,
se tumbó en la cama suave y mullida, y sintió una comodidad indescriptible.
Entre sueños, escuchó un sonido suave afuera, como lluvia o como un sueño. Pero
fuera lluvia o sueño, era igual de hermoso. Dormir con el viento otoñal y la
lluvia nocturna… eso no tenía precio.
Xiao Lan cerró la ventana con suavidad y
se apoyó en la pared, sonriendo.
«Qué bien»
***
En los días siguientes, Lu Zhui se
acostumbró a vivir en la casa. Su desconfianza hacia Xiao Lan se fue
desvaneciendo. Al fin y al cabo, un hombre con tan buen gusto, que renunciaba a
la comodidad para defender la frontera, merecía respeto en cualquier lugar. No
debía haberlo tratado como… un traficante de personas.
—¿En qué piensas? —Xiao Lan entró con
una bolsa de pastelitos.
—En nada —Lu Zhui eligió sus palabras
con cuidado y dijo con sinceridad— Hermano Xiao, eres una buena persona.
Xiao Lan le entregó los pastelitos:
—Los compré al pasar por la tienda de la
familia Zhang. Pruébalos.
Lu Zhui abrió la bolsa. Había tres o
cuatro tipos de dulces, exactamente sus favoritos. Pero en la tienda Zhang
había más de veinte variedades… ¿cómo había acertado con todas?
—¿No te gustan? —preguntó Xiao Lan—. Los
elegí según mis gustos. Si no te agradan, compro otros.
—No, no —Lu Zhui se apresuró—. Me
gustan.
—¿Mm? —Xiao Lan sonrió—. No te escuché.
—Me gustan —repitió Lu Zhui.
—Bien —asintió Xiao Lan—. Me alegra.
Comieron los pastelitos con té. Eran
suaves, fragantes, dulces. Xiao Lan incluso le puso un banquito para que
apoyara los pies y estuviera más cómodo.
Lu Zhui, bajo el sol, se sentía
completamente relajado. Cada pequeño detalle, cada pequeño gusto suyo estaba
siendo atendido con una delicadeza que lo dejaba sin palabras.
«Qué afinidad tan natural como si
fuéramos viejos amigos… hermano Xiao.»
«Qué buena persona.»
La carta de persuasión, larga y emotiva,
la terminó en cinco días. Los cinco días restantes los pasó comiendo, bebiendo
y escuchando historias del noroeste junto a Xiao Lan, sin preocupaciones.
La hierba junto al río crecía espesa.
Xiao Lan recogió una piedra y la lanzó al matorral, lamentándose:
—Ya no hay luciérnagas.
—El verano ya pasó, es normal —dijo Lu
Zhui desde el pabellón—. Pero hay estrellas.
Luego añadió:
—Aunque quizá las estrellas de Jiangnan
no te parezcan gran cosa.
—¿Quién dijo eso? —Xiao Lan lo miró, y
en sus ojos brillaba un cielo entero—. Son muy bonitas.
—Perdí la memoria —Lu Zhui apoyó la
espalda en la columna y suspiró mirando el firmamento—. No sé a quién conocí
antes, ni qué viví. Siento como si hubiera desperdiciado muchos años.
Xiao Lan se quitó la túnica exterior y
se la puso encima.
Lu Zhui lo miró de reojo.
—Si no lo recuerdas —sonrió Xiao Lan—.
Así también está bien. Sin preocupaciones, sin cargas. Haces lo que quieres.
—El problema es que no sé qué quiero
—dijo Lu Zhui con lentitud—. Después de un año recuperándome, siento los huesos
blandos, la cabeza nublada. Aparte de comer y dormir, parece que no sé hacer
nada más.
—¿Quieres ir al noroeste? —preguntó Xiao
Lan.
Lu Zhui se quedó helado.
—¿Qué dijiste?
—Si no tienes nada que hacer, ven
conmigo al noroeste —dijo Xiao Lan—. Mira el desierto interminable, los oasis
como perlas, el humo solitario que tanto te gusta y la grandeza austera de Yumen.
—Yo… —Lu Zhui dudó.
—¿No quieres? —Xiao Lan le ajustó el
cuello de la ropa para que no le entrara el viento.
—Nunca lo había pensado —admitió Lu
Zhui.
—Pues empieza a pensarlo ahora —dijo
Xiao Lan—. Seguir a los soldados del Gran Chu para expulsar a los bárbaros… una
oportunidad así solo se da una vez en la vida.
Algo empezó a picarle por dentro. Las
palabras de Xiao Lan eran como una semilla que, sin ruido, germinaba en su
sangre.
No sabía por qué se dejaba convencer tan
fácilmente. A veces sospechaba que ese deseo siempre había estado enterrado en
su corazón, esperando. Y Xiao Lan, con una sola aguja, había roto la cáscara,
dejando que la idea —fuerte, ardiente— lo inundara por completo.
«Arco tensado hacia el sol. Caballo
galopando sobre arena voladora.»
Los ojos de Lu Zhui brillaron. Miró a
Xiao Lan con una alegría contenida, como si viera otro mundo.
—¿Competimos? —propuso Xiao Lan—. Para
ver qué tal tu nivel marcial.
—¿Pelear? —Lu Zhui parpadeó—. Pero no
traje la espada Qingfeng.
—Entonces a mano limpia —dijo Xiao Lan—.
Solo cien movimientos. A ver quién gana.
—Bien —sonrió Lu Zhui—. Cien
movimientos.
Apenas terminó de hablar, atacó directo
al pecho de Xiao Lan. Ambos saltaron fuera del pabellón, pisando hojas y ramas,
y aterrizaron en la copa de un árbol. Aunque había pasado un año recuperándose,
Lu Zhui no había descuidado su entrenamiento. Incluso sin su espada, una simple
rama seca bastaba para ejecutar siete u ocho décimas de la espada de la familia
Lu.
Xiao Lan esquivó su golpe, atrapó su
muñeca y lo empujó tres pasos atrás.
Lu Zhui volvió a lanzarse. Y entonces,
una sensación extraña lo atravesó: familiaridad.
Como si supiera exactamente cuál sería
el siguiente movimiento de Xiao Lan.
Sin pensarlo, abandonó su postura
inicial y lanzó una palma hacia su hombro derecho.
Xiao Lan no esperaba que Lu Zhui
cambiara de técnica tan repentinamente. Se sorprendió un instante y, al ver que
bajo ellos se extendía un humedal brillante como un espejo, decidió no
esquivar. Al contrario: recibió la palma de frente, lo rodeó por la cintura y
lo llevó consigo, cayendo ambos fuera del pabellón.
—¡Eh! —Lu Zhui se asustó—. ¿Por qué no
esquivaste?
—No podía —respondió Xiao Lan.
—A otro perro con ese hueso… —murmuró Lu
Zhui.
Xiao Lan rio y señaló con la barbilla
hacia el humedal:
—Si hubiera esquivado, ahora estarías
cubierto de barro.
—¿Y qué si me lleno de barro? —replicó
Lu Zhui.
—Si te llenas de barro, te enfadarás
—dijo Xiao Lan con toda naturalidad—. Y entonces me pegarás más fuerte.
Lu Zhui frunció el ceño:
—Si me enfado, me enfado. ¿Por qué te
pegaría? Apenas nos conocemos.
—¿No me pegarías si te enfadas? ¿Lo
dices en serio? —Xiao Lan arqueó una ceja.
Y antes de que Lu Zhui pudiera
reaccionar, lo abrazó por la cintura, saltó hacia arriba y, justo sobre el
humedal, fingió soltarlo.
—¡AYOO! —Lu Zhui, completamente
desprevenido, lo abrazó del cuello por puro instinto.
Xiao Lan lo sostuvo con fuerza y, con un
giro en el aire, aterrizó con él en un lugar seco.
Lu Zhui: “…”
Xiao Lan retrocedió dos pasos:
—Lo dijiste tú: no te enfadas.
La mirada de Lu Zhui se volvió helada.
Xiao Lan se dio la vuelta y salió
corriendo.
—¡Vuelve aquí! —Lu Zhui lo persiguió con
furia.
Corrieron por la puerta de la ciudad,
atravesaron la calle larga, empujándose, riendo, peleando, sus sombras
alargándose bajo la luna, cruzándose una y otra vez como si fueran uno solo.
***
Esa noche, envuelto en un grueso
edredón, Lu Zhui pensó en las palabras de Xiao Lan. Pensó también en cómo
explicarle a su familia si realmente decidía ir al noroeste. Con todas esas
ideas en el pecho, se quedó dormido.
Y en su sueño había dunas interminables,
un cuerno de guerra resonando en la distancia, una marea negra de armaduras y
caballos.
El caballo bajo él era el caballo Feisha
Hongjiao.
Y quien sostenía las riendas detrás de
él era… Xiao Lan.
El aliento cálido le rozó la oreja y Lu
Zhui se removió incómodo.
«Esto es una batalla, no un paseo» pensó. «Dos personas tan pegadas en
un mismo caballo… no parece muy apropiado.»
Pero antes de que pudiera ordenar sus
ideas, aquella sensación familiar —el cosquilleo, el calor, la chispa que subía
por la sangre— volvió a encenderse. El ejército, los caballos, el desierto
entero desaparecieron. Solo quedaron las colinas ondulantes y un deseo inmenso,
sin límites.
El rostro borroso que llevaba un año sin
poder recordar se volvió nítido. Las pestañas de Lu Zhui temblaron. Sus brazos
rodearon a Xiao Lan con fuerza, como si por fin hubiera recuperado un tesoro
perdido durante demasiado tiempo, algo que debía guardar en el corazón,
apretado, profundo.
El amor lo envolvió como una ola, lo
levantó hasta la cresta y lo arrojó al fondo del mar, dejándolo sin aire, casi
temblando.
Despertó empapado en sudor,
incorporándose de golpe. Tardó un buen rato en recuperar el aliento.
El sueño no era nuevo. Pero la cara del
sueño… sí lo era.
Al darse cuenta, un escalofrío le
recorrió la espalda. Era como si miles de burros estuvieran galopando dentro de
su pecho, rebuznando, pateando, dejándolo desesperado, aturdido, con ganas de
llorar y con humo saliéndole de la cabeza.
«¿Cómo pude soñar con él?»
Lu Zhui metió de cabeza bajo el edredón,
pero la sensación de haber sido fulminado por un rayo seguía ahí. Apenas
llevaban diez días conociéndose, y ya estaba soñando con… hacerlo.
¿Dónde quedaba su dignidad?
Y encima había sido un sueño… muy
lascivo.
Se levantó tambaleándose, bebió una
jarra entera de té frío para apagar el incendio interior. Repetía mentalmente: «Solo
fue un accidente. Un sueño absurdo. No significa nada.»
El té enfrió el cuerpo, pero no la
ansiedad.
Envuelto en la manta, con los ojos
abiertos casi toda la noche, se lamentó: Xiao Lan ni siquiera era “tan”
deslumbrante. ¿Por qué no soñaba con otra persona? ¿Por qué justo él?
La cabeza le daba vueltas, y sin saber
cómo, volvió a pensar en el sueño.
Y… bueno… no estaba tan mal recordarlo.
***
A la mañana siguiente, el viejo cojo Li
preguntó, extrañado:
—Joven maestro Lu, ¿por qué está
practicando espada tan temprano?
Lu Zhui se movía como una mariposa
blanca, ligero y elegante. La espada Qingfeng brillaba bajo el sol,
deslumbrante.
Al terminar la última postura, guardó la
espada con un movimiento impecable.
Xiao Lan aplaudió.
Lu Zhui: “…”
—Con tanta diligencia, parece que sí
quieres venir conmigo al noroeste —dijo Xiao Lan, ofreciéndole un pañuelo—.
Sécate el sudor.
—No iré —respondió Lu Zhui.
Xiao Lan frunció el ceño:
—¿Por qué?
—Porque… Mi padre no me dejará.
Xiao Lan soltó una risa:
—Ni siquiera se lo has dicho. ¿Cómo
sabes que no aceptará?
—Créelo o no —Lu Zhui le plantó el
pañuelo en el pecho y se fue caminando.
Xiao Lan lo alcanzó en unos pasos:
—¿Solo por eso?
—Mn.
—Entonces hagamos un trato —dijo Xiao
Lan—. Cuando volvamos, iremos juntos a ver a tu padre. Si él acepta, vienes
conmigo. Y no puedes retractarte.
Lu Zhui aceptó sin pensar.
«Mi padre aceptando eso… sí, claro.
Cuando los cerdos vuelen.»
***
En la ciudad de Yangzhi, Lu Wuming
estaba empacando abrigos y mantas: «Mi hijo viajará al noroeste; debo
prepararlo bien.»
***
En el puesto de fideos, Lu Zhui
estornudó.
—¿Te resfriaste? —Xiao Lan extendió la
mano.
—¡Eh, eh! —Lu Zhui se apartó—. ¡Aléjate!
Xiao Lan rio:
—¿Por qué?
Lu Zhui pensó un instante y dijo:
—Porque tienes las manos ásperas.
Xiao Lan miró sus palmas. Años de
entrenamiento habían dejado una capa fina de callos.
Y en el sueño primaveral de anoche… eran
esas mismas manos, un poco ásperas, las que habían encendido fuego por todo su
cuerpo.
A Lu Zhui se le erizó la piel. Dejó caer
los palillos con un golpe seco.
Xiao Lan se sobresaltó.
—¿Qué pasa?
—No comeré más —dijo el joven maestro Mingyu,
levantándose para huir.
Xiao Lan, sin entender nada, dejó unas
monedas y salió corriendo detrás de él.
El dueño del puesto los miró alejarse,
divertido.
—Estos dos… qué bien se ven juntos.
Mensaje de Jin:
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