Capítulo
170: Compañeros de viaje.
Incluso
se arreglaron un poco.
El joven maestro Lu era excelente en qinggong:
corría más rápido que un ladrón. Los habitantes de la calle apenas alcanzaban a
ver una sombra blanca cruzar frente a ellos y, cuando parpadeaban, ya había
desaparecido sin dejar rastro.
—Mingyu —Xiao Lan lo sujetó desde atrás—.
¿Qué ha pasado exactamente?
—No ha pasado nada —respondió Lu Zhui con
calma.
—¿Nada? —Xiao Lan señaló hacia atrás—. Si
casi sales de la ciudad.
—Mn —Lu Zhui añadió— Solo corría un poco.
—¿Y el desayuno? —Xiao Lan lo miró
sonriendo.
—No quiero —Lu Zhui se sentó en los
escalones de una casa—. Ve tú. Quiero estar solo un rato.
—¿En qué te ofendí? —Xiao Lan se sentó a
su lado.
—En nada —Lu Zhui mantuvo la vista al
frente.
Hoy las nubes estaban muy blancas.
Blancas como la nieve.
—Si no te ofendí, ¿por qué no quieres
comer y encima me echas? —suspiró Xiao Lan—. El joven maestro Lu es realmente
poco razonable.
Sintiendo a su lado esa mirada llena de
agravio, a Lu Zhui se le erizó la piel sin poder evitarlo. El sueño de la noche
anterior regresó de golpe: el dosel cálido, las sábanas revueltas, el rubor
encendido, los jadeos y sus huesos enteros hechos de miel.
Un “boom” ardió en su sangre, subiéndole
directo a la cabeza.
Xiao Lan apoyó el dorso de la mano en su
mejilla.
Lu Zhui se estremeció de inmediato.
Xiao Lan se detuvo y explicó rápido:
—No quise ofenderte. Solo que… pareces
tener fiebre.
Lu Zhui ya no tenía fuerzas para seguir
corriendo. Lo miró un momento y murmuró, casi sin aliento:
—Hermano Xiao… realmente eres una buena
persona.
Xiao Lan contuvo la risa.
—¿Y entonces?
No había “entonces”. Lu Zhui se levantó
y empezó a caminar de vuelta, desanimado.
«Es mi culpa. Cómo pude tener
pensamientos indebidos contigo. Qué desastre.»
—Si estás de tan mal humor, ¿quieres que
te cuente un chiste? —Xiao Lan caminaba a su lado.
—No.
—¿Te invito un trago?
—No.
—¿Montamos a caballo?
—¡No menciones los caballos!
Xiao Lan arrancó una flor silvestre del
camino y se la ofreció.
—Toma.
Las piernas de Lu Zhui casi cedieron.
Estaba agotado por dentro.
***
—¿Qué le pasa al joven maestro Lu?
—preguntó el viejo cojo Li, intrigado—. Apenas volvió, se metió en la
habitación sin tomar ni té.
—Está enfadado —respondió Xiao Lan—. En
un par de días se le pasará.
El viejo cojo Li preguntó con cautela:
—¿Por qué no le cuenta la verdad, joven
maestro?
—Es raro verlo tan despreocupado y
tranquilo. ¿Para qué recordarle algo que ya olvidó, solo para que vuelva a
romperse la cabeza y angustiarse? —Xiao Lan sonrió—. Así está bien.
Como Ah Liu y Yue Dadao: sus mayores
preocupaciones son solo esas pequeñas cosas de enamorados.
Lu Zhui se metió entre las mantas y se
envolvió por completo, como si así pudiera aislarse del sueño primaveral que lo
perseguía.
Desde afuera, Xiao Lan observó el bulto
redondo y se rio con gusto.
—Mingyu.
Una daga plateada salió volando desde la
ventana. Xiao Lan se inclinó para esquivarla y levantó las manos en señal de
rendición.
—Está bien, está bien, me equivoqué. ¿Tan
pronto quieres dormir? Ni siquiera has cenado.
—No tengo hambre —respondió Lu Zhui desde
dentro, apagado—. Ve tú. Yo voy a dormir.
—De acuerdo —asintió Xiao Lan—. Que
tengas… un buen sueño.
Lu Zhui: “…”
«¡Qué “buen sueño” ni qué nada!»
Los pasos de Xiao Lan se alejaron. Lu
Zhui bajó un poco la manta, dejando ver su cabello revuelto y unos ojos
ligeramente cansados, húmedos como si guardaran niebla. El patio estaba muy
silencioso; sin Xiao Lan, aún más. No había viento ni lluvia, y hasta el aire
parecía detenido. El sol descendía poco a poco, la luz en la habitación se
desvanecía pulgada a pulgada. Cuando el cielo rojo se volvió luna y estrellas,
Lu Zhui por fin dejó de pensar tonterías y se durmió profundamente.
Esa noche no volvió a soñar. Pero
incluso sin aquel sueño seductor, cuando a la mañana siguiente escuchó la voz
de Xiao Lan en el patio, su corazón se estremeció igual, con un toque de
expectativa y otro de inquietud, como una baya madura en la rama: basta un roce
para que estalle en acidez y dulzura.
—¿Ya despertaste? —Xiao Lan golpeó la
ventana—. Hace un sol precioso. ¿Qué tal si desayunamos en el patio?
—… Bien —Lu Zhui se incorporó, tenía la voz
un poco ronca.
—Entonces iré a comprarlo —dijo Xiao Lan
con una sonrisa—. Si aún no quieres levantarte, duerme un poco más. No hay
prisa.
—Mn —Lu
Zhui respondió y extendió la mano para tomar la ropa junto a la cama, pero
dudó. Pensó un momento, se levantó y abrió el armario. Sacó un atuendo nuevo:
interior blanco como la luna, cubierto por una capa de gasa azul muy clara, del
color del cielo más fresco de la primavera.
«No tengo remedio.» El joven maestro Lu se lavó la cara con
aire lastimero. «Incluso me arreglé a propósito.»
Xiao Lan dio una vuelta por la calle y
compró un montón de cosas para el desayuno: pastel de manteca recién salido del
vapor y también un dulce vino de osmanthus, arroz glutinoso y huevos. Mientras
la dueña servía, preguntó:
—¿Es para llevárselo a su esposa, para
que tenga más leche?
Xiao Lan se sobresaltó.
—¿Ah?
—Qué considerado —la dueña sonreía
radiante, y añadió dos cucharadas enormes de azúcar al cuenco de vino.
—¿Por qué está tan dulce? —Lu Zhui
frunció el ceño.
Xiao Lan, con los dientes llenos de
fideos, respondió entre murmullos:
—Para la leche…
—¿Qué? —Lu Zhui no oyó bien.
—Dije que la dueña quiere que engordes
un poco —Xiao Lan alzó la vista con una sonrisa suave—. Estás demasiado
delgado.
Las orejas de Lu Zhui ardieron. Comió
sin sentir el sabor y terminó hasta la última gota de aquel vino dulzón que
podía matar de empalago.
Después del desayuno, Xiao Lan le
preparó una tetera de té y le advirtió que tuviera cuidado de no quemarse antes
de salir del patio para comprar cosas necesarias para el viaje. Lu Zhui se
quedó solo en el corredor, sosteniendo la taza con ambas manos, lleno de
sentimientos.
«¿Cómo puede existir alguien tan bueno?
Por dentro y por fuera, sin un solo defecto.»
Si su corazón estuviera limpio, no solo
podría acompañarlo al noroeste, sino incluso al lejano occidente. Pero justo…
justo recordaba aquellas palabras húmedas y ambiguas del sueño, y suspiró hondo
otra vez.
«Debo de estar hechizado. Necesito una
espada de madera de melocotón para exorcizarme.»
En un día partirían hacia Yangzhi. Lu
Zhui había imaginado muchas veces que, al dejar este pequeño patio, estaría
lleno de nostalgia y apego. Pero ahora que realmente iba a marcharse, sentía
que… si se iba, pues se iba. Feiliu seguiría allí, esta casa seguiría allí. Si
quería volver, siempre podría volver.
Al pensarlo, el joven maestro Lu se
escandalizó de su propia desfachatez.
«La casa es de Xiao Lan. El viejo cojo Li
también es sirviente de Xiao Lan. ¿Con qué cara me creo que puedo venir y
marcharme cuando quiera, como si esto fuera mi hogar?»
Se dejó caer hacia atrás, extendiendo
brazos y piernas, tirado sin forma sobre el diván. ¿Elegancia? ¿Porte refinado?
Nada de eso. Así, flojo y perezoso bajo
el sol, estaba muy cómodo.
—Mingyu —llamó Xiao Lan desde afuera.
Lu Zhui se incorporó al instante,
erguido como un brote de bambú, y respondió con voz serena:
—¿Sí?
—¿Quieres llevar esto? —Xiao Lan
sostenía una pequeña tetera—. Parece que te gusta. Puedes usarla para preparar
té en el camino.
Lu Zhui asintió.
—Bien.
—Ya tengo casi todo listo. ¿Quieres
revisar si falta algo? —dijo Xiao Lan—. En el noroeste hay mucho viento y
arena, y en Feiliu no hay buenos sastres. Cuando pasemos por Yunluo, te
escogeré un par de capas gruesas.
—No voy al noroeste —remarcó Lu Zhui con
agravio.
—Oh —la comisura de los labios de Xiao
Lan se alzó—. Se me olvidó…
Xiao Lan miró el cielo.
—Aún es temprano. ¿Quieres salir a
caminar? ¿O te cuento historias de las mujeres demonio del noroeste?
Lu Zhui se sobresaltó.
—¿En el noroeste hay mujeres demonio?
—Sí —respondió Xiao Lan—. Yo mismo me
encontré con una. En un pequeño puesto de té más allá del paso Yumen. Vestía de
rojo, cabello negro, seductora y encantadora. Pensé que era una vendedora de
licor, pero luego pregunté y todos dijeron que ese lugar llevaba años en
ruinas. Que por allí no pasaba ni un alma. Ni siquiera un fantasma.
—¿Y tú para qué preguntaste por ella?
—Lu Zhui frunció el ceño.
Xiao Lan se quedó un segundo en blanco,
luego soltó una risa.
—¿Y por qué no habría de preguntar?
Lu Zhui mordió el borde de la tetera.
«Sinvergüenza. Seguro que te gustó lo
“seductora y encantadora” que era.»
—Si vamos otra vez, quizá la volvamos a
ver —Xiao Lan le rellenó la taza.
Lu Zhui estalló:
—¡Mírate esa cara de nostalgia! ¿Qué te
hizo esa mujer demonio?
—Calentó vino y me cocinó arroz. Luego
llegó un grupo de soldados pendencieros y la salvé —dijo Xiao Lan.
—Oh —respondió Lu Zhui.
—Si hubiera sabido antes que era un
espíritu, no la habría salvado. Me llevé dos sablazos por gusto —suspiró Xiao
Lan.
—¿Dónde te cortaron? —Lu Zhui frunció el
ceño.
Xiao Lan empezó a desatarse el cinturón.
—¡Eh, eh, eh! —Lu Zhui se puso nervioso.
Xiao Lan se detuvo, desconcertado.
—¿No querías ver?
Lu Zhui: “…”
«¿Yo dije eso?»
Xiao Lan se quitó la parte superior de
la ropa y la dejó a un lado, revelando un torso firme y bien definido. Los
músculos se marcaban suavemente, las líneas elegantes descendían desde el pecho
hasta el abdomen, perdiéndose al final bajo la cintura floja del pantalón.
El rostro de Lu Zhui volvió a
calentarse. Apartó la mirada hacia las cicatrices de distintos tonos y
profundidades.
—¿Todas son heridas de batalla?
—Más o menos. Algunas son de mis
primeros años en el Jianghu, peleando con enemigos —Xiao Lan se cerró la ropa—.
Pero entonces mis artes eran mediocres. Ahora ya quedan pocos que puedan
herirme.
Era una frase un poco arrogante, pero a
Lu Zhui le gustaba oírla.
—Mn.
—¿De verdad no quieres ir al noroeste?
—Xiao Lan lo miró—. Aunque no pelees, solo para ver el campamento militar.
Lu Zhui se recostó hacia atrás, mirando
al cielo.
—Lo pensaré.
—Piénsalo bien —Xiao Lan puso un dulce
de cacahuate en su palma—. Te esperaré.
***
En la ciudad Yangzhi, Tao Yu’er sostenía
una carta con una expresión indescriptible.
—¿Qué ocurre? —preguntó Lu Wuming.
—No sé qué demonio poseyó a Lan’er.
Quiere fingir que no conoce a nuestro pequeño Mingyu en Feiliu y hasta envió
una carta pidiéndonos que no lo delatemos —Tao Yu’er le pasó la carta.
Ah Liu movió la comisura de su boca con
un gesto de desaprobación.
«Qué afición tan retorcida.»
Lu Wuming tampoco sabía si reír o
llorar.
—¿Cuándo regresan?
—Calculo que en unos veinte días
—respondió Tao Yu’er—. Hace tiempo que no están tranquilos. Mejor que no
cabalguen día y noche. Que miren el camino, descansen, y compensen este año de
separación.
Lu Wuming asintió sin objetar.
***
Dos caballos veloces rompieron la luz
del amanecer al salir de Feiliu. Los cascos levantaban destellos de agua en el
sendero entre los campos. Xiao Lan alcanzó a Lu Zhui con un latigazo al aire y
sonrió.
—Más despacio.
Lu Zhui, montado en el Feisha Hongjiao,
parecía cabalgar entre nubes. El viento silbaba en sus oídos; la velocidad era
enorme, pero la montura estable. Cruzó de un tirón tres colinas bajas antes de
tirar de las riendas y girarse.
—¿En el desierto hay más de su especie?
—Claro que los hay, pero son muy
difíciles de encontrar —respondió Xiao Lan—. ¿Te gusta?
—La pregunta es: ¿a quién no le
gustaría? —Lu Zhui acarició la crin dura del caballo, fascinado.
—Entonces es fácil. Si vas al noroeste,
te lo regalo —dijo Xiao Lan con naturalidad.
El sol era demasiado fuerte; Lu Zhui
sintió un ligero mareo.
—¿Qué dices? —preguntó Xiao Lan.
—Con tanta generosidad… ¿tu familia lo
sabe? —replicó Lu Zhui.
Xiao Lan sonrió.
—¿Entonces queda decidido?
Estaban muy cerca, tanto que Lu Zhui
podía ver cada matiz de su expresión. La sonrisa suave coincidía con la del
sueño. Lu Zhui se aferró a su última línea de defensa.
—¡No iré!
Xiao Lan suspiró, como si realmente lo
lamentara.
Lu Zhui agitó el látigo y volvió a
dejarlo atrás.
El camino de Feiliu a Yangzhi estaba
lleno de paisajes otoñales del Jiangnan: poéticos, delicados, como una pintura
viva. Pasaron por una pequeña ciudad llamada Yue Lao*, famosa por su
reputación; siempre llena de visitantes.
(N.t.:
Viejo de la Luna)
—Pasaremos la noche aquí —dijo Xiao
Lan—. No sigamos viajando.
Lu Zhui alzó la vista al cartel de la
puerta.
—¿Yue Lao?
—Dicen que el Viejo de la Luna descansó
aquí un tiempo y unió muchos destinos —explicó Xiao Lan—. Por eso los
enamorados vienen. Y los que buscan enamorarse también.
Lo dijo con una voz suave y grave,
mencionando “enamorados e hilos rojos”. Lu Zhui apretó las piernas contra el
caballo y tiró de las riendas.
—Propongo que no entremos.
—¿Por qué? —preguntó Xiao Lan.
—Creo que el bosque que pasamos hace un
rato estaba bien. Podríamos encender una fogata y pasar la noche allí.
Xiao Lan rio.
—¿Dejar una posada cómoda para ir a un
bosque a pasar frío?
—En resumen, no entraré a la ciudad
—insistió Lu Zhui.
—Como quieras —cedió Xiao Lan—. Yo sí
entraré. Me daré un baño caliente y dormiré en una cama. Mañana te busco en el
bosque.
Lu Zhui: “…”
«Qué bonito lo imaginas.»
Xiao Lan tomó las riendas de su caballo
y lo condujo hacia la ciudad. De paso preguntó a los guardias cuál era la mejor
posada.
—La Posada Jinxiu —respondió uno con
entusiasmo—. Cruza esta calle y sigue de frente. Está justo frente al santuario
de Yue Lao.
Tal como había dicho Xiao Lan, la ciudad
estaba llena de gente buscando fortuna en el amor. Desde la calle se percibía
el aroma del incienso del santuario. En la entrada de la Posada Jinxiu colgaban
dos grandes faroles rojos y las cortinas de gasa ondeaban suavemente. No
parecía una posada, sino un salón de música y danza.
La mirada de Lu Zhui se volvió profunda.
—Dos habitaciones superiores —pidió Xiao Lan.
—Qué mala suerte —el camarero se mostró
incómodo—. Solo queda una. Lo que sí tenemos es la sala común.
—Está bien —respondió Xiao Lan sin
dudar.
—Este lugar para el joven héroe… quizá
sería mejor que fuera a otra posada —el camarero bajó la voz, sincero—. Por su
ropa y su porte, no parece alguien que pueda dormir en una sala común. Allí se
mezcla de todo: gente de buen vivir y de mal vivir. Ayer entraron unos maleantes,
bebiendo y comiendo carne. Aunque no busquen pelea, hacen ruido toda la noche.
—Todos somos viajeros. Una noche de
apaños no es nada —dijo Xiao Lan—. No importa.
—Si no, ustedes dos podrían compartir la
habitación superior. Es bastante amplia. Con una cama extra en el suelo, sobra
espacio —insistió el camarero—. Al menos podrán descansar tranquilos.
Lu Zhui: “…”
Xiao Lan asintió.
—Entonces muchas gracias, hermanito.
Entre uno y otro, así quedó decidido: una
sola habitación.
Lu Zhui se quedó allí, atónito.
«¿Por qué nadie me pregunta a mí?»
Pero Xiao Lan hablaba con total
naturalidad, y el camarero sonreía con esa sinceridad simple de la gente del
sur. Comparado con ellos, él mismo parecía mezquino, quisquilloso, incapaz de
mostrarse despreocupado. Y encima un malpensado, un indecente con intenciones
turbias.
Se desinfló de golpe y se tragó todas
las objeciones.
«Una habitación… no pasa nada si es una
habitación. Dormir en el suelo tampoco es el fin del mundo.»
El autor tiene algo que decir:
Lu Zhui: Papá, quiero volver a casa QAQ.
Mensaje de Jin:
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