Capítulo
171: Festival de Linternas.
Juntos
hasta la vejez.
Dado que se llamaba Ciudad Yue Lao,
estaba llena de lazos rojos por todas partes, y la posada no era la excepción.
En la habitación superior del pabellón Tianzi, sobre la mesa había un adorno de
patos mandarines; el incensario estaba tallado con flores de loto gemelas; y la
gran cama tenía un dosel de gasa flotante, atado a ambos lados con cuerdas
rojas y ganchos dorados. Solo faltaba colocar velas nupciales de dragón y fénix
y pegar un carácter de “Doble Felicidad” en la cabecera.
Xiao Lan abrió la ventana. Justo
enfrente estaba el santuario de Yue Lao, con humo azul elevándose y un flujo
constante de visitantes. La devoción era evidente.
Lu Zhui tenía la boca seca después de
caminar. Sirvió un poco del té que el camarero había traído, pero no era ni
Maojian ni Longjing, sino té de ciruela: ácido y dulce.
—Si uno llega a gustar de alguien,
supongo que el sabor debe ser así —Xiao Lan sostuvo la taza y la probó con
calma—. Agrio y dulce a la vez.
—Hermano Xiao parece tener mucha
experiencia —comentó Lu Zhui con serenidad.
—¿Por qué? ¿Quieres saber? —Xiao Lan se
inclinó hacia él, con una sonrisa en los ojos.
Lu Zhui arrastró la silla para alejarse,
sin levantar el trasero: «No quiero.»
***
Aunque la ciudad era pequeña, tenía
muchos restaurantes. Más tarde, caminaron juntos por la calle principal. El
aire estaba lleno de aromas: frituras, guisos, caldos, especias. Lu Zhui miró
alrededor.
—¿No habremos llegado en un día
especial? Está demasiado animado.
—Es el Festival de Linternas —Xiao Lan
compró un pastel de azúcar en un puesto y se lo dio—. Está justo adelante.
—Pero no es el quince del primer mes.
¿Por qué habría un Festival de Linternas? —Lu Zhui no entendía.
—Hay dos razones —explicó Xiao Lan—. La
primera: dicen que, en esta época del año, Yue Lao regresaba a este pueblo a
echar un vistazo. Así que la gente coloca faroles y abre mercados para
recibirlo.
—Eso te lo dijo el camarero, ¿cierto?
—preguntó Lu Zhui—. ¿Y la segunda razón?
—La segunda es solo una suposición mía.
El funcionario local quiere mostrar logros, así que aprovecha el nombre de Yue
Lao para organizar festivales y ferias de doncellas cada tanto. Así atrae
comerciantes y viajeros —dijo Xiao Lan—. Aunque los pueblos del Jiangnan no
suelen ser pobres, pocos son tan prósperos como este. Y todo gracias al nombre
de Yue Lao.
—Eso sí es algo bueno —reflexionó Lu
Zhui—. Si hubiera más funcionarios así, no estarían todos pidiéndole plata a la
corte imperial.
—Llegamos —dijo Xiao Lan.
—¿Llegamos a qué? —preguntó Lu Zhui.
—Al lugar donde vamos a comer —respondió
Xiao Lan—. El pabellón Fuding, el mejor restaurante de la ciudad.
—Con tanta gente, dudo que haya sitio
—Lu Zhui se detuvo y negó con la cabeza—. Mejor comamos un tazón de fideos en
un puesto.
—Después de seguirme todo el día, si te
doy fideos para apañarte la cena, la gente pensará que te maltrato —Xiao Lan lo
arrastró hacia el restaurante—. Si uno paga, siempre hay dónde sentarse.
Lu Zhui había querido decir que, con
tanta gente abarrotando el lugar, incluso si encontraban mesa, sería demasiado
ruidoso; que quizá era mejor comer un tazón de fideos en un callejón tranquilo.
Pero al ver que Xiao Lan estaba de tan buen humor, no dijo nada más y se sentó
con él junto a la ventana.
—El bullicio también tiene su encanto
—dijo Xiao Lan—. Con humo y ruido, la comida sabe mejor.
Lu Zhui parpadeó.
—¿Acaso hablé en voz alta?
—No lo hiciste, pero sé lo que estabas
pensando —Xiao Lan le sirvió media taza de té—. Humedece la garganta primero.
Este es el mejor Longjing de la casa. Si no te gusta, les pido que lo cambien
por crisantemo con azúcar de roca.
«¿También puede hacer eso?» Lu Zhui respiró hondo.
—Hermano Xiao…
Xiao Lan lo interrumpió:
—Lo sé, soy una buena persona.
Lu Zhui: “…”
—Mn —concedió.
Xiao Lan sonrió.
—Pero no soy así de bueno con
cualquiera.
El joven maestro Lu bebió su té con
calma.
«Eso no importa. Con que seas bueno
conmigo, basta.»
El pescado mandarín estaba dulce y
fresco; la carne estofada en olla de barro, especiada y jugosa; las verduras de
temporada, crujientes y aromáticas; incluso los pastelitos se derretían en la
boca. Lu Zhui comió satisfecho y comprendió al fin lo que Xiao Lan había dicho:
un poco de ruido daba vida. Buscar siempre el silencio hacía perder muchas
cosas.
Al caer la noche, los faroles rojos del
restaurante se encendieron. Desde la puerta, la calle entera parecía bañada en
una luz cálida; las siluetas de los transeúntes se volvían borrosas,
superpuestas, como si un paso más pudiera llevarlos a un mundo distinto,
brillante y fantástico.
Xiao Lan aprovechó y le tomó la mano.
Un estruendo retumbó en el pecho de Lu
Zhui. Giró la cabeza para mirarlo.
—Hay demasiada gente. Si nos separan,
tardaremos una eternidad en encontrarnos —dijo Xiao Lan con naturalidad,
entrelazando los dedos.
Lu Zhui: “…”
—¿De verdad?
—Claro —Xiao Lan sonrió y lo guio por la
calle, despacio.
La palma de Xiao Lan era seca y cálida.
Lu Zhui se sentía rígido, pero también… bien. A su alrededor, la multitud
bulliciosa; frente a él, luces difusas; los faroles rojos; el aire con un toque
de incienso. Si la gente empujaba demasiado, Xiao Lan lo atraía hacia sí,
rodeándolo con el brazo y creando un pequeño refugio silencioso.
—¿Cansado? —cuando llegaron a un rincón
más tranquilo, Xiao Lan soltó su mano—. No has dicho una palabra.
Lu Zhui negó.
—…No.
—Entonces siéntate un momento. Iré a
comprarte un poco de bebida de ciruela —dijo Xiao Lan—. No te vayas por ahí,
¿sí?
Lu Zhui se sentó en una gran piedra.
«En mi vida me habían tratado como a un
niño mimado así»,
pensó, con una mezcla de desconcierto y… algo más. Quiso decir que no era un
inútil, pero al levantar la vista vio que Xiao Lan ya se alejaba. Su figura
alta se perdía entre la multitud, aun así, inconfundible.
Lu Zhui apretó los dedos sin darse
cuenta. Quiso llevarse la mano al rostro para disipar el calor, pero recordó
que esa mano había sido sostenida por Xiao Lan. Todo su cuerpo se tensó aún
más. La cabeza le zumbaba, las luces se mezclaban ante sus ojos.
«Estoy embrujado. O envenenado. Seguro.»
—Mingyu, Mingyu —Xiao Lan agitó una mano
frente a él—. ¿En qué piensas?
Lu Zhui volvió en sí de golpe.
—Nada. Ya volviste.
—Pruébalo. Dicen que es muy bueno —Xiao
Lan le pasó el cuenco—. Aunque no hace calor, hay mucha gente. Estás sudando.
Te refrescará.
—¿Solo uno? —Lu Zhui lo sostuvo con
ambas manos—. ¿Y tú?
—Cuando termines, me dejas un sorbo
—Xiao Lan se sentó a su lado—. Estas cosas dulces y ácidas no me gustan mucho.
Y así, el corazón de Lu Zhui volvió a
enredarse. Miró de reojo a la persona junto a él. No sabía por qué, pero
ciertas cosas —compartir habitación, montar el mismo caballo, usar el mismo
cuenco, caminar tomados de la mano en plena luz del día— eran claramente
íntimas, ambiguas, cercanas. Pero en boca de Xiao Lan, todo sonaba ligero,
natural, como si fuera lo más normal entre amigos.
Pensándolo bien, por primera vez no
sabía si era él quien estaba imaginando demasiado… o si había, en efecto, otra
cosa.
—¿Otra vez distraído? —preguntó Xiao
Lan.
Lu Zhui negó, tomó un pequeño sorbo de
la bebida y respondió en voz muy baja:
—No es nada.
Xiao Lan apartó con suavidad un mechón
suelto detrás de su oreja. El gesto fue lento, cuidadoso, casi tierno.
—Hermano mayor —un niño se acercó
corriendo. Llevaba un puñado de cuerdas rojas en la mano; por su ropa, debía
ser hijo de una familia pobre del pueblo, ayudando a sus padres después de la
escuela.
—¿Las vendes? —Xiao Lan señaló las
cuerdas.
—Sí —asintió el niño.
—Dame una.
—Las cuerdas de destino se venden de dos
en dos —explicó el niño con solemnidad infantil, la voz suave pero seria—. Hay
que atarlas juntas para no separarse hasta que los cabellos se vuelvan blancos.
Xiao Lan sonrió.
—Vaya, pequeño. Eres mejor comerciante
que yo.
El niño le entregó dos cuerdas y salió
corriendo, feliz. Xiao Lan tomó una y, sin previo aviso, la ató a la muñeca de
Lu Zhui.
Lu Zhui: “…”
—¿Qué haces? —Lu Zhui casi derramó la
bebida sobre el joven maestro Xiao.
—Nada. Ya que las compré, tirarlas sería
una pena —Xiao Lan hizo un nudo firme, con una seriedad tranquila en los ojos—.
¿No escuchaste? No separarse hasta envejecer juntos.
—¿Y por qué no te la pones tú? ¿Por qué
justo a mí? —Lu Zhui le empujó el cuenco y retiró la mano de un tirón.
Xiao Lan preguntó:
—¿Quieres que me la ponga?
Lu Zhui se quedó helado.
«Son dos cuerdas. Si yo llevo una y él
la otra… eso sería demasiado. Como si yo… como si yo tuviera esas intenciones.»
«Eso no puede ser.»
Así que el joven maestro Lu arrancó la
otra cuerda, la enrolló y la guardó en la manga.
—Es mía. La guardaré para regalársela a
alguien en el futuro.
Xiao Lan sonrió, encantado.
—¿A quién? Dímelo.
Lu Zhui lo empujó y se adelantó,
aprovechando la oscuridad para ocultar el rubor que le subía por las orejas.
El Festival de linternas terminó cerca
de la medianoche. La calle quedó llena de restos de madera y papel. Lu Zhui
caminó despacio sobre ellos.
—Parece un sueño. Hace un momento todo
era luz y color, y de pronto… se desvaneció.
—Los hombres y mujeres del mercado ya
encontraron a quien buscaban —dijo Xiao Lan—. El festival termina, y lo que
sigue es pedir la mano, entregar regalos, casarse. Luego, ya como esposos,
volver aquí y recordar cómo se conocieron. También es bonito.
Lu Zhui rio.
—Hablas de forma interesante.
Xiao Lan alzó una ceja.
—Antes era “buena persona”. Ahora soy
“buena persona que habla interesante”. ¿Qué más? Dime cómo soy en tu corazón.
Lu Zhui negó.
—Nada más. Solo eso.
—El joven maestro Mingyu, tan elocuente,
¿no puede pensar en un par de elogios más? —Xiao Lan se puso frente a él,
caminando hacia atrás—. Te invité a comer, a beber té. ¿Ni una palabra de
reconocimiento?
—Un hoyo —dijo Lu Zhui.
—¿Qué hoyo?
—Detrás de ti…
Antes de que terminara la frase, el
joven maestro Xiao pisó en falso y cayó de lleno en un charco de barro.
Lu Zhui continuó, imperturbable:
—Hay un hoyo.
Xiao Lan: “…”
Lu Zhui retrocedió dos pasos,
mordiéndose el labio, los ojos brillando con una risa contenida.
—Lo hiciste a propósito, ¿verdad? —Xiao
Lan no sabía si reír o llorar.
—Te avisé —explicó Lu Zhui con
paciencia—. Si caminas demasiado rápido y yo hablo demasiado lento, no puedo
hacer nada.
Xiao Lan se acercó, como si quisiera
restregarle el barro en la ropa. Lu Zhui dio un salto hacia atrás y ordenó:
—¡No te muevas!
Xiao Lan puso tono dolido.
—¿Usas tu qinggong para evitarme?
«¿Y qué si lo hago?»
Lu Zhui saltó al tejado, moviéndose
entre aleros y vigas como un gato ágil. En un instante desapareció entre los
techos superpuestos.
«Ni siquiera me espera…»
Xiao Lan se agachó en la calle, apoyó la
cabeza en una mano y suspiró profundamente.
«Con lo que ha ganado este funcionario
con el festival, ¿cómo es que no arregla estos agujeros?»
«Qué falta de vergüenza.»
Mensaje de Jin:
Recuerda dejar tu comentario si te ha gustado el capítulo 💖.


Comentarios
Publicar un comentario
Deja tu opinión ❤️