RT 168

 

Capítulo 168: Encuentro.

Me apellido Xiao, Xiao Lan.

 

 

—¿Su joven maestro salió de viaje por negocios? —preguntó Lu Zhui.

 

—Es un hombre del Jianghu. Está en la frontera —respondió el viejo cojo Li, sacando una bandeja con pastelitos—. Joven maestro, pruebe también esto.

 

—¿Un hombre del Jianghu? —Lu Zhui se interesó aún más.

 

El viejo cojo Li asintió y añadió:

—Si al joven maestro le gusta esta casa, venga siempre que quiera. Así me hace compañía a este viejo.

 

—Con un té tan bueno y un anfitrión tan amable, temo que en el futuro no querré irme —rio Lu Zhui—. ¿Cómo debería llamarlo, anciano?

 

—Me apellido Li. En esta calle todos me llaman viejo Li —respondió el anciano. Miró las nubes oscuras que se acumulaban en el cielo—. Parece que va a llover. Joven maestro, ¿es forastero? ¿En qué posada se hospeda?

 

—En la torre Tingyu —dijo Lu Zhui.

 

—Esa es la posada con la mejor vista de toda la ciudad —dijo el viejo cojo Li—. Ha elegido bien.

 

—Por bonita que sea la posada, no se compara con este pequeño patio —Lu Zhui se levantó—. Hoy ya lo he molestado bastante. Se hace tarde, debo regresar.

 

—Venga mañana otra vez —dijo el viejo cojo Li—. Mañana tendré un buen vino “Zhuye Qing” y ciruelas ácidas confitadas de la torre Baba.

 

Lu Zhui sonrió:

—Buen vino con ciruelas ácidas… viejo Li, usted sí que es interesante.

 

El viejo Li también rio. Lo acompañó cojeando hasta la puerta y se quedó apoyado en el marco, mirando cómo se alejaba aquella figura de blanco, tan puro como la nieve.

 

***

 

Más tarde, la lluvia cayó tal como anunciaban las nubes. El sonido suave golpeaba el patio de la posada, haciendo que el verde de las plantas se volviera más intenso. El aire se volvió fresco y puro. Cuando Lu Zhui abrió la puerta de su habitación, una brisa húmeda le acarició el rostro. En el corredor había un pequeño taburete de bambú, salpicado por unas gotas de lluvia que brillaban como cuentas de cristal, reflejando un atisbo de otoño en la pequeña ciudad.

 

Lu Zhui lo secó con la mano y se sentó. El taburete se balanceaba, inestable pero divertido. Cerró los ojos y, por un momento, olvidó todas las preocupaciones del mundo, escuchando solo el viento y la lluvia extendiéndose por la tierra.

 

***

 

A la mañana siguiente, el viejo cojo Li abrió la puerta del patio muy temprano. Pero no fue hasta el mediodía que vio llegar a Lu Zhui, caminando con calma. Traía en la mano un pato marinado y, desde lejos, ya sonreía:

—No puedo venir una y otra vez con las manos vacías. Considere este pato como pago por el té y el vino, viejo Li.

 

—Perfecto, servirá de acompañamiento para el vino —el viejo cojo Li tomó el pato de sus manos y, en un instante, ya había cortado un plato de carne. Calentó una jarra de vino y escogió unas cuantas ciruelas ácidas—. Joven maestro, pruébelo. Este vino es mejor que el té de ayer.

 

Las copas y los platos estaban decorados con motivos de lirios y orquídeas. Lu Zhui suspiró:

—Viejo Li, usted sí que sabe vivir.

 

—No yo, sino mi joven maestro —respondió el viejo cojo Li—. Joven maestro, coma despacio. Aún queda bastante pato; voy a llevar un poco a los vecinos para que lo prueben.

 

Lu Zhui asintió. Probó media copa de vino con las ciruelas ácidas. El sabor era suave, prolongado, con un dulzor que se quedaba en la lengua. A su lado, el plato de pato, brillante de aceite, parecía casi fuera de lugar.

 

«Qué sitio tan maravilloso», pensó. Miró alrededor y empezó a considerar si no sería buena idea buscar artesanos para reconstruir la antigua residencia de los Lu. Aunque no viviera allí siempre, regresar cada dos o tres años, detenerse un tiempo en esta ciudad envuelta en bruma y lluvia… sería algo hermoso.

 

Así que, cuando el viejo cojo Li regresó, le preguntó de verdad por ello.

 

—En esta estación es difícil encontrar artesanos —dijo el viejo cojo Li, sirviéndole más vino—. Y usted no tiene prisa por mudarse. Tómelo con calma.

 

—Es cierto —Lu Zhui reflexionó un momento y luego sonrió—. Si algún día reconstruyo la residencia, quiero que sea como esta casa: un paisaje en cada paso, flores volando frente al patio.

 

—Si al joven maestro le gusta, después de beber podemos ir al patio trasero —dijo el viejo cojo Li—. Allí está el estudio y también la habitación del dueño. Todo está hecho con esmero.

 

—Soy un extraño. ¿Cómo voy a entrar en la habitación del dueño? Sería demasiado descortés —dijo Lu Zhui.

 

—¿No quiere construir una casa nueva? Cuanto más vea, mejor —respondió el viejo cojo Li—. Conmigo acompañándolo, no es descortesía. Además, mi joven maestro no es como los demás. Cuanto más le guste a usted esta casa, más feliz estaría él.

 

—¿De verdad? —Lu Zhui dejó la copa con una sonrisa—. Entonces no seré tímido.

 

***

 

Tras aquella pequeña bebida, volvió a llover. El viejo cojo Li abrió un paraguas y acompañó a Lu Zhui por el vestíbulo. Empujó una puertecita tallada y apareció otro mundo. La llovizna caía desde los aleros, deshaciéndose en destellos sobre los escalones de piedra azul. Frente a la ventana, medio árbol estaba en flor: el último rojo del final del verano y el inicio del otoño. Algunas pétalas se mecían con el viento y terminaron cayendo sobre los hombros y el cabello de Lu Zhui.

 

La habitación era elegante. Desde el juego de té sobre la mesa hasta el incienso junto al cabecero, cada objeto estaba elegido con cuidado. Lu Zhui pasó los dedos por la superficie del pequeño escritorio y pensó que, si reconstruía la residencia Lu copiando cada detalle de esta casa, quizá sería… un poco descarado.

 

Pero le gustaba tanto. Sus ojos brillaban de asombro.

 

El viejo cojo Li lo llevó luego al estudio. Allí, las estanterías talladas estaban llenas de libros, y sobre la mesa descansaban un tintero Duan y un pincel de Lago. Lu Zhui sintió aún más admiración por el dueño de aquella casa.

 

—Si el joven maestro no tiene otros asuntos, puede quedarse aquí leyendo —dijo el viejo cojo Li—. Yo tengo otras cosas que atender.

 

—¿Yo? —Lu Zhui parpadeó—. ¿De verdad puedo?

 

—Los libros están para que la gente los lea —rio el viejo cojo Li—. Y si no quiere leer gratis, entonces le ruego que me ayude a ordenar los volúmenes que están fuera de lugar. Así me hace un favor.

 

—Entonces no seré descortés —Lu Zhui hizo una leve reverencia—. Gracias, viejo Li.

 

El viejo cojo Li abrió su paraguas y se marchó alegremente hacia el vestíbulo, dejando a Lu Zhui solo en el patio trasero. Este tomó varios tomos, los hojeó con calma y luego los fue clasificando uno por uno. Pasó el día entre ocio y ocupación, mitad descanso, mitad trabajo.

 

***

 

En lo profundo del desierto, Yelü Xing preguntó:

—¿Se fue?

 

—Sí. Xiao Lan dejó Yumen hace tiempo. Dicen que va a Jiangnan a recoger a alguien —la mujer de rojo chasqueó la lengua—. Alteza, sus informantes no son muy eficientes.

 

—¿A Jiangnan… a recoger a alguien? —Yelü Xing frunció ligeramente el ceño.

 

—Lo digo desde ahora: si entramos al Gran Chu a matar, cobro extra —dijo la mujer—. Y si es para matar a Xiao Lan, triplico el precio.

 

Yelü Xing levantó la mano para detenerla:

—No será necesario.

 

—¿No será necesario? —La mujer creyó haber oído mal. Luego soltó una risita burlona—. Alteza, no pensé que fuera tan tacaño. ¿Lo asustó mi tarifa?

 

—No hace falta perseguirlo hasta el Gran Chu —dijo Yelü Xing, poniéndose de pie—. Esperemos a que regrese de Jiangnan con esa persona. Después hablaremos.

 

—Ah, ya entiendo —la mujer asintió—. Cuando vuelva con él, ¿los matamos a los dos?

 

—¡No te atrevas a tocar al otro! —Yelü Xing dejó caer una copa de vino frente a ella, con una mirada llena de advertencia—. Ese es mío.

 

La mujer se quedó un instante en silencio y luego soltó una carcajada seductora:

—No voy a matar a uno y regalarte otro. Solo dilo claro. ¿Para qué enfadarse? Enfadarse hace mal al cuerpo.

 

Yelü Xing negó para sí, sin ganas de discutir con aquella mujer demoníaca, y salió de la tienda.

 

***

 

Xiao Lan alzó el látigo. El Feisha Hongjiao corrió como un rayo rojo, sus cascos golpeando dunas, colinas y llanuras. Desde el noroeste hasta el sur, viajó día y noche sin detenerse. Finalmente, en un atardecer cálido y suave, llegó a la tierra fértil de Jiangnan.

 

***

 

Ciudad de Yangzhi.

 

—¿Lan’er? —Tao Yu’er salió apresurada al recibir la noticia, radiante de alegría—. ¿No estaré soñando?

 

—Madre —sonrió Xiao Lan—. Ha pasado un año. Por supuesto que debía volver a tiempo.

 

—Bien, bien, bien. Qué bueno que regresaste —Tao Yu’er le tomó la mano—. ¿Estás cansado?

 

—No —Xiao Lan miró detrás de ella. Estaban Lu Wuming, Ah Liu, Yue Dadao… y un muchacho de cara redonda. Pero faltaba una persona.

 

—Mingyu fue a Feiliu a despejarse —dijo Tao Yu’er, adivinando su pensamiento.

 

—¿A Feiliu? —Xiao Lan frunció el ceño—. ¿Solo?

 

—Ya está completamente sano y su cuerpo está fuerte. Se aburría en el salón de artes marciales y quiso ir a Feiliu. Hace un mes que se fue —explicó Tao Yu’er—. Ah Liu quiso acompañarlo, pero él no lo permitió. Es terco.

 

Xiao Lan asintió, comprendiendo. Luego preguntó:

—¿Y este joven es…?

 

—Me llamo Xiao Shan. El médico divino Ye es mi shifu —respondió el muchacho con voz clara.

 

—Lord Ye debe acompañar al Emperador Chu a Nanyang, así que envió a Xiao Shan. También es un pequeño médico divino. Fue él quien trató a Mingyu —explicó Tao Yu’er mientras lo llevaba adentro—. Tú, hoy descansa bien. Mañana Xiao Shan te quitará el Hehuan Gu. Después de recuperarte tres o cinco días, te vas a Feiliu a buscarlo. Sé que no puedes esperar más.

 

—Cierto, cierto, aún no le contamos al joven maestro lo que pasó antes —intervino Yue Dadao.

 

—Sí, sí —Ah Liu asintió con fuerza—. Hay que explicarle bien. No vaya a ser que cuando se reencuentren, usted lo abrace de golpe y lo tomen por un rufián. Nueve de cada diez veces lo van a golpear.

 

Lu Wuming no dijo nada, pero ver a Xiao Lan de vuelta también lo alegraba. Tras un año de batallas, el muchacho se veía más firme y robusto que antes. Aunque venía cubierto de polvo del camino, no podía ocultar la energía heroica y la determinación en sus cejas. Era, sin duda, un joven excepcional.

 

—¿Y el anciano Miaoshou? —preguntó Xiao Lan.

 

—¿Él? —Tao Yu’er frunció el ceño con desdén—. Está bien, demasiado bien. Se pasa los días metido en la tumba Mingyue. Diez días, medio mes, ni se le ve la sombra. Anda, ve a lavarte y descansa. Después de cenar te cuento todas las barbaridades que ese viejo ha hecho este año.

 

***

 

Lu Zhui se puso de puntillas para colocar la última pila de libros en el estante. Se sacudió las manos:

—Listo.

 

El viejo cojo Li estaba a un lado con una tetera humeante:

—Este mes… de verdad le agradezco, joven maestro.

 

—Soy yo quien debe agradecerle —respondió Lu Zhui—. No solo no le molesté, sino que todos los días tuve buen té y vino.

 

—Si le gusta leer, el próximo mes habrá un concurso de poesía en la ciudad —dijo el anciano, sirviéndole té—. Vendrán muchos libreros. Con suerte podrá encontrar algún ejemplar raro.

 

—¿El próximo mes? Me temo que no llegaré —Lu Zhui negó con la cabeza—. Debo volver a casa.

 

El anciano se detuvo un instante:

—¿El joven maestro… se marcha?

 

—Sí. Sin darme cuenta, ya llevo casi dos meses fuera —dijo Lu Zhui—. Ayer escuché al dueño de la posada decir que el edificio Tingyu cerrará en medio mes para renovaciones. Pensándolo bien, ya es hora de irme.

 

—…La verdad es que me cuesta despedirme de usted —dijo el viejo cojo Li—. Pero tampoco tengo excusa para retenerlo.

 

—No hace falta retenerme. Volveré, seguro —sonrió Lu Zhui—. Traeré el mejor té y vino, me alojaré otra vez en el edificio Tingyu y vendré aquí a leer.

 

—Bien —asintió el viejo cojo Li—. Queda dicho.

 

***

 

Diez días después, los artesanos empezaron a llevar madera y cal en carretillas. La posada, antes silenciosa, se volvió bulliciosa. Los huéspedes se marcharon uno tras otro. En el edificio Tingyu solo quedaba una habitación ocupada: la de Lu Zhui, cuya luz amarilla seguía encendida en plena noche.

 

—Pasado mañana me voy —murmuró para sí. Guardó su equipaje, volvió al corredor húmedo y, con el corazón apretado, pensó que al día siguiente iría a la tienda de antigüedades a buscar un buen regalo para el viejo cojo Li, para que se lo entregara al dueño de la casa. Así no se iría sin dejar nada a cambio.

 

Decidido, salió temprano a la tienda de antigüedades. Pasó medio día eligiendo y no encontraba nada satisfactorio. El dependiente, al verlo escoger con tanto cuidado, pensó que debía ser un joven maestro adinerado y entendido. Corrió al patio trasero y trajo al dueño.

 

—Joven maestro, mire esto. ¿Le gusta? —El dueño sonreía mientras le entregaba una caja de madera. Dentro había un tintero exquisito, pequeño y delicado.

 

Lu Zhui sonrió:

—Una pieza rara. Con razón la tenía escondida.

 

—¿Se la envuelvo? —preguntó el dueño, levantando discretamente un dedo—. Este es el precio.

 

—Está bien, me la llevo —asintió Lu Zhui.

 

—¡Perfecto! —El dueño, encantado con su decisión, añadió un pequeño adorno de madera: dos flores de loto y dos mandarines acuáticos jugando en el agua. No valía mucho, pero era bonito y auspicioso. Lo puso todo en la caja—. ¿Desea que lo enviemos a su residencia?

 

—No hace falta. Lo llevaré yo mismo —dijo Lu Zhui, tomando la caja.

 

Cruzó calles y callejones hasta llegar a la casa. La puerta seguía cerrada con llave: «El viejo Li debe seguir durmiendo.»

 

Iba a irse a comer un tazón de fideos de pescado cuando, de pronto, detrás de él sonó un relincho.

 

Un caballo alto y magnífico resoplaba hacia el cielo. Su pelaje castaño rojizo brillaba, musculoso y bien alimentado, con los ojos tan vivos como un arco tensado, rebosante de energía.

 

«Un corcel extraordinario», pensó Lu Zhui, maravillado. Dio dos vueltas alrededor del animal, con cierta envidia. ¿Por qué él nunca se encontraba con caballos así?

 

—¿Te gusta? —preguntó de pronto una voz.

 

Lu Zhui se detuvo y giró la cabeza.

 

Xiao Lan lo miraba bajo la luz del sol, sonriendo:

—¿Te gusta este caballo?

 

—¿Es tuyo? —Lu Zhui sintió que, después de haber estado dando vueltas alrededor del animal, debía de parecer un ladrón de establos. Se apresuró a explicar—: Solo quería mirar.

 

—¿Solo mirar y no montarlo? —Xiao Lan desató las riendas y se las tendió—. Pruébalo.

 

«¿Así de fácil?» Lu Zhui se quedó perplejo. «¿Será este hombre un vendedor de caballos? ¿Por qué ofrece montarlo a cualquiera?»

 

—Joven maestro —el viejo cojo Li apareció desde el otro extremo de la calle con una caja de comida—. El joven maestro Lu también está aquí. Perfecto, desayunemos juntos.

 

«¿Joven maestro?» Lu Zhui sintió un escalofrío.

—¿Tú eres el dueño de esta casa?

 

Xiao Lan asintió con una sonrisa:

—El mismo.

 

Lu Zhui se quedó atónito. Había imaginado que el dueño de aquella residencia tan elegante sería un hombre refinado y delicado… no alguien tan heroico y apuesto, erguido como un bambú, más parecido a un gran espadachín que a un erudito.

 

—Entren —dijo el viejo cojo Li, abriendo la puerta—. La comida se enfría.

 

—Vamos —dijo Xiao Lan—. Dicen que los fideos de pescado de esta ciudad son buenos. Probémoslos.

 

—…Claro —respondió Lu Zhui. Entonces recordó algo y extendió la caja de madera—. He estado molestando en su casa muchos días, leyendo sus libros. Esto es un pequeño obsequio de agradecimiento.

 

—Este joven maestro es muy cortés —Xiao Lan tomó la caja, sonriendo—. ¿Qué hay dentro?

 

—Ábrela.

 

Xiao Lan soltó el broche de bronce.

—¿Un tintero?

 

—¿Te gusta? —preguntó Lu Zhui, expectante—. Vi la disposición de tu estudio y pensé que te gusta escribir. Este tintero es obra del maestro Liu Qingnian. Combina perfectamente con tu escritorio de madera verde.

 

Xiao Lan asintió:

—Mientras a ti te guste, está bien.

 

Lu Zhui se quedó helado: «¿Mientras yo…? ¿Qué?»

 

—¿Cómo debo llamarte? —preguntó Xiao Lan.

 

—Me apellido Lu. Mi nombre es Zhui —respondió.

 

Xiao Lan siguió mirándolo.

 

Lu Zhui tragó saliva.

—Mi nombre de cortesía es Mingyu.

 

—Mingyu… —Xiao Lan le sirvió una taza de té, con una sonrisa que le subió a los ojos—. Yo me apellido Xiao. Xiao Lan.

 

—Lo sé. El viejo Li me lo dijo —dijo Lu Zhui—. También dijo que eres un hombre del Jianghu y que viajaste al noroeste.

 

—Fui a la guerra —respondió Xiao Lan.

 

Lu Zhui pensó un momento:

—¿A la guerra contra Xilan?

 

—Sí, contra Xilan —dijo Xiao Lan—. En el desierto del noroeste. Llevamos un año entero. Ahora ambos bandos estamos en un tira y afloja, como un gato jugando con un ratón.

 

—Debe de ser duro —dijo Lu Zhui—. Solo he leído sobre el desierto en los libros. Dicen que allí la arena vuela todo el año y uno no puede ni abrir los ojos.

 

—No es solo arena —Xiao Lan sonrió y puso un poco de encurtidos en su plato—. El desierto también tiene cosas maravillosas. Hay un río de estrellas inmenso. El cielo nocturno no es negro, sino azul con hilos de rojo oscuro. Por la noche, si te tumbas en una duna, puedes estirar la mano y tocar la bóveda celeste. Y también están los oasis: hierba, lagos, vida por todas partes. Las espigas crecen tan altas como una persona, y dentro se esconden animales. Por la noche, sus ojos se iluminan uno por uno. Si estás de buen humor, parecen luciérnagas. Si eres miedoso, creerás que has visto un fantasma y saldrás corriendo más rápido que un conejo.

 

A Lu Zhui la historia lo tenía completamente absorto.

 

—Come —dijo Xiao Lan—. Los fideos se enfrían.

 

Lu Zhui obedeció, bajó la cabeza y comió un par de bocados. Luego preguntó:

—¿Y tienes que volver?

 

—Sí —asintió Xiao Lan—. En un mes más o menos regresaré al noroeste. La guerra aún no termina.

 

—Entonces… ¿a qué has venido esta vez? —preguntó Lu Zhui—. El noroeste está muy lejos de Jiangnan. Debe de ser algo importante.

 

—A buscar a alguien —respondió Xiao Lan.

 

«A buscar a alguien…» Lu Zhui asintió, sin seguir preguntando.

 

Xiao Lan, preguntó casualmente:

—¿Y tú? ¿Dónde te estás quedando?

 

—En el edificio Tingyu, una posada. Pero pasado mañana empiezan las renovaciones y ya no podré quedarme —respondió Lu Zhui, con un tono un poco triste.

 

Xiao Lan fue directo:

—Entonces hospédate aquí.

 

Lu Zhui se quedó helado:

—¿Ah?

 

—¿No te gusta esta casa? —Xiao Lan lo miró sonriendo.

 

—Pero yo venía a despedirme —dijo Lu Zhui—. Llevo meses fuera. Tengo que volver a casa.

 

—¿Casa? ¿Dónde? —preguntó Xiao Lan.

 

—En la ciudad de Yangzhi.

 

—Qué coincidencia —dijo Xiao Lan—. Dentro de diez días, yo también voy a Yangzhi.

 

Lu Zhui se quedó sin palabras: «¿En serio…?»

 

—Quédate aquí diez días más —propuso Xiao Lan—. Luego partimos juntos.

 

La idea empezó a tomar forma en la mente de Lu Zhui. No sonaba mal. Viajar acompañado siempre era mejor que ir solo… y quizá podría montar ese caballo magnífico, el Feisha Hongjiao, aunque fuera un ratito.

 

—¡Viejo Li! —llamó Xiao Lan hacia afuera.

 

—Joven maestro —el anciano entró—. ¿Qué ocurre?

 

—Ve al edificio Tingyu, trae el equipaje del joven maestro Lu y liquida la cuenta —ordenó Xiao Lan—. Ahora mismo.

 

El viejo cojo Li respondió de inmediato y, antes de que Lu Zhui pudiera rechazarlo, ya había salido del patio. A pesar de su cojera, caminaba sorprendentemente rápido; en un parpadeo desapareció sin dejar rastro.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Yo pagaré la cuenta —dijo al fin Lu Zhui, incómodo—. Si no, aunque tuviera la cara más gruesa del mundo, me daría vergüenza.

 

—Como quieras —Xiao Lan sonrió y le sirvió otra porción de pescado.

 

Cuando el viejo cojo Li regresó con el equipaje, no preguntó nada. Simplemente lo llevó directo a la habitación principal.

 

Lu Zhui quedó atónito:

—¿Voy a quedarme aquí?

 

—Esta es la habitación de invitados —dijo Xiao Lan, señalando la de enfrente—. A mí me gusta más aquella. Está protegida del viento, es tranquila y tiene buen feng shui.

 

Lu Zhui: “…”

 

Xiao Lan arqueó una ceja:

—¿O es que el joven maestro Lu quiere dormir en esa?

 

—¡No! —respondió Lu Zhui de inmediato.

 

—Entonces no seas tan cortés —dijo Xiao Lan. Miró hacia afuera y añadió—: Voy a hablar con el viejo Li. Descansa. Considera esta casa como tu hogar.

 

«¿Considerarla como mi hogar?» Lu Zhui aceptó sin pensar, pero cuando vio a Xiao Lan alejarse, seguía lleno de dudas: «Este hombre es… demasiado hospitalario.»

 

***

 

Mientras tanto, el viejo cojo Li decía:

 

—El joven maestro Lu adora este lugar. Cada planta, cada piedra. Incluso dijo que, si algún día reconstruye la residencia de los Lu, quiere contratar a los mismos artesanos.

 

Xiao Lan sonrió. Solo cuando el anciano terminó de contarle todo lo que había pasado durante esos días, regresó al patio trasero.

 

Lu Zhui estaba allí, con el fardo en la mano:

—Hermano Xiao…

 

Xiao Lan se sorprendió:

—¿Te vas?

 

—Lo pensé mejor. No quiero molestar —dijo Lu Zhui, juntando las manos para despedirse— Me retiro, me retiro.

 

Xiao Lan lo cargó como si fuera un saco.

 

—¡Eh! —protestó Lu Zhui—. ¡Suéltame!

 

—Si te vas, ¿quién va a escribir por mí? —dijo Xiao Lan con expresión de sufrimiento.

 

—¿Ah? —Lu Zhui parpadeó—. ¿Escribir qué?

 

Xiao Lan carraspeó:

—Verás… en el ejército de Xilan hay muchos soldados que en realidad son Han. Algunos fueron engañados por Yelü Xing, otros fueron perseguidos por funcionarios corruptos y no tuvieron más remedio que unirse al enemigo.

 

—¿Y? —preguntó Lu Zhui.

 

—Y que esas personas pueden ser persuadidas para rendirse —explicó Xiao Lan—. Cuando regresé, el general He me pidió una y otra vez que buscara a alguien que escribiera una carta de persuasión. Algo sincero, conmovedor, que haga llorar. Con suerte, podríamos ganar sin luchar.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Te he dado buena comida y una cama porque quiero que aceptes ayudarme —dijo Xiao Lan con toda naturalidad—. ¿Qué dices?

 

—¿De verdad quieres que sea tan conmovedora que ganen sin luchar? —Lu Zhui dudó. Era una tarea difícil.

 

Xiao Lan rectificó al instante:

—Con que haga llorar un poco, basta.

 

Lu Zhui guardó silencio.

 

Xiao Lan le puso las manos en los hombros y lo empujó suavemente de vuelta a la habitación. Su voz era cálida y sincera:

—Los que están perdidos en Xilan dependen de ti, joven maestro Lu.


Mensaje de Jin:

Recuerda dejar tu comentario si te ha gustado el capítulo 💖.


Comentarios