RT 167

 

Capítulo 167: Ciudad Feiliu.

¿Quién tiene un hogar tan ostentoso?

 

 

—¿Cómo podría el joven maestro Lu ir a un burdel? —Tie Yanyan no lo creía—. ¿Quién te dijo eso?

 

—No me lo dijo nadie, lo vi con mis propios ojos. Entró al patio de las Flores de Primavera junto con ese viejo ladrón de tumbas —la sirvienta pataleó, indignada.

 

—Pues ahí lo tienes. ¿Quién va a un burdel llevando a un anciano? —Tie Yanyan afirmó con seguridad—. Seguro fue a investigar algo. La gente del Jianghu tiene muchos contactos; los burdeles y las casas de té son lugares perfectos para obtener información.

 

La sirvienta se quedó pasmada. «Pensándolo bien… tenía sentido.»

 

—Ay, tú, qué impaciente eres —Tie Yanyan se levantó—. Justo estaba pensando en salir a la calle. Compremos unos pastelitos y los llevamos al salón de artes marciales. Cuando el joven maestro Lu regrese, le preguntamos qué pasó. A lo mejor hasta podemos ayudar.

 

La sirvienta respondió con un alegre “sí”, bajó con ella del pabellón Xiu y, mientras caminaban, se repetía que era imposible que el joven maestro Lu visitara un burdel; realmente había perdido la cabeza por un momento.

 

***

 

Mientras tanto, en el Patio de las Flores de Primavera.

 

El aire estaba cargado de perfume, la música del guqin flotaba suavemente, y en medio de aquella atmósfera envolvente, Lu Zhui estaba sentado en un diván blando, mirando a las siete u ocho mujeres frente a él. Había de todo: figuras voluptuosas, figuras esbeltas, unas descaradamente seductoras, otras elegantes y reservadas. Todas lo rodeaban, tocando el guqin, preparando té, sirviendo vino y conversando animadamente. La escena era, en apariencia, armoniosa.

 

Lu Zhui preguntó:

—¿Dónde está el anciano que vino conmigo?

 

—Después de pagar una gran suma de plata, se marchó —respondió una de las mujeres—. Dijo que debíamos esforzarnos al máximo y atender bien al joven maestro.

 

Lu Zhui: “…”

 

Así que al final no era que el anciano tuviera ideas raras… sino que había preparado todo esto especialmente para él.

 

Miró a las bellezas y al vino frente a él, y se sintió un poco confundido. Gastar tanto dinero para organizar algo así… más allá de si a él le gustaba o no, la intención debía ser buena. Y las razones no podían ser más que dos: o bien él había ayudado al anciano antes y este quería agradecerle, o bien él había sufrido algún perjuicio por su culpa y el anciano quería compensarlo.

 

Al entenderlo, Lu Zhui pensó que aquel viejo desaliñado era, en realidad, bastante interesante.

 

Kong Kong Miaoshou, escondido no muy lejos, vio que la puerta llevaba dos horas cerrada y que nadie había echado a Lu Zhui. No pudo evitar alegrarse. Ojalá pudiera escribirle de inmediato a su nieto y contarle con lujo de detalles lo ocurrido en el Patio de las Flores de Primavera, para que se desengañara cuanto antes de ese muchacho de la familia Lu.

 

Pero dentro de la habitación fragante, la situación estaba muy lejos de ser tan lasciva como él imaginaba. Quizá porque, tanto por su apariencia como por su porte y su forma de hablar, Lu Zhui no tenía nada que ver con un cliente libertino. Ni siquiera parecía un literato aficionado a los placeres florales. Más bien se asemejaba a un joven señorito de familia rica que, cansado del viaje, había entrado al Patio de las Flores de Primavera solo para descansar y tomar una taza de té. No había distracción en sus ojos, ni deseo en su corazón.

 

Al haber visto a tantos hombres que solo buscaban diversión, encontrarse ahora con un joven maestro verdaderamente educado y hermoso dejó a las muchachas del burdel entre felices y nerviosas. Se volvieron más cuidadosas: abrieron las ventanas para que el perfume embriagador se disipara un poco, cambiaron por una tetera nueva y se sentaron con corrección a tocar el guqin y cantar. Así pasaron las horas, hasta que el sol comenzó a ponerse y el cielo se tiñó de un rojo espléndido. Solo entonces, con cierta pena, acompañaron a Lu Zhui hasta la puerta.

 

Kong Kong Miaoshou lo esperaba en la casa de té frente al burdel. Al verlo salir, corrió hacia él con los ojos brillando de emoción y entusiasmo. Le agarró la muñeca:

—¿Te ha gustado?

 

—Muchas gracias, anciano —respondió Lu Zhui. Luego añadió, con delicadeza— La próxima vez no hace falta gastar tanto.

 

Kong Kong Miaoshou no entendió la insinuación. Seguía encantado consigo mismo. Dio dos vueltas alrededor de Lu Zhui y le advirtió:

—Cuando vuelvas a casa, no le cuentes esto a nadie. ¿Lo recuerdas?

 

—Está bien —asintió Lu Zhui sin dudar. No preguntó más; solo quería complacer al anciano para que el asunto terminara pronto. Si no, temía que cada dos o tres días lo arrastrara a otro lío. Solo de pensarlo le dolía la cabeza.

 

Kong Kong Miaoshou ri satisfecho y caminaron juntos hacia casa. Se sentía muy astuto.

 

***

 

En el salón de artes marciales, Tao Yu’er exclamó:

—¡¿Mingyu fue a un burdel?!

 

—Sí, ¿la señora no lo sabía? —Tie Yanyan sostenía una caja de pastelitos y se apresuró a explicar—. Fue con ese anciano Miaoshou. No fue a buscar mujeres, seguro estaban investigando algo.

 

«¡¿Investigar qué?!»

 

Apenas escuchó las palabras «anciano Miaoshou», Tao Yu’er supo que nada bueno podía haber pasado. Levantó la falda para salir corriendo, pero justo entonces vio a Kong Kong Miaoshou y a Lu Zhui acercándose.

 

—Señora —saludó Lu Zhui—. ¿Va a salir?

 

—¿A dónde fuiste? —preguntó Tao Yu’er sin rodeos.

 

Lu Zhui vaciló:

—¿Eh?

 

Kong Kong Miaoshou se detuvo en seco.

 

—¿A dónde fuiste? —repitió Tao Yu’er, esta vez mirando directamente a Kong Kong Miaoshou. Su expresión ya no era amable; las cejas se le habían erizado como espadas.

 

—¡A… a la casa de té! —respondió Kong Kong Miaoshou con el cuello rígido. No había terminado de hablar cuando una cinta roja apareció ante sus ojos. Se apartó de un salto, alarmado, y gritó— ¡MUJER LOCA! ¿QUÉ PRETENDES AHORA?

 

—¡No creas que no sé lo que estás tramando! —Tao Yu’er le dio un golpe en el hombro, obligándolo a retroceder más de diez pasos—. ¡Mantente lejos de Mingyu!

 

Kong Kong Miaoshou esquivó, sin ganas de pelear con ella. Encogió los hombros, furioso, y se marchó.

 

Tao Yu’er se volvió hacia Lu Zhui:

—¿Por qué saliste solo hoy? ¿No llevaste a Ah Liu?

 

—Solo quería tomar un poco de aire —explicó Lu Zhui—. Ese anciano Miaoshou… no tiene malas intenciones.

 

—Solo se aprovecha de que perdiste la memoria —Tao Yu’er lo tomó del brazo y lo llevó adentro—. Mantente lejos de él, ¿entendido?

 

Lu Zhui tanteó:

—Entonces, lo de antes…

 

—Lo de antes no importa ahora. Ese viejo no es un hombre malvado, pero tampoco es bueno. Es un loco sin sentimientos ni razón, con la cabeza llena de mecanismos y tumbas —Tao Yu’er le pasó una taza de té caliente y añadió entre dientes—. Si no cambia, un día morirá atrapado en su propia obsesión.

 

Lu Zhui asintió, aunque seguía lleno de dudas. Escarbó en su memoria, pero no logró recordar qué relación había tenido antes con ese anciano tan extraño.

 

Más tarde, Tao Yu’er escribió una carta con su propia mano y la entregó al oficial de correos que partía hacia el noroeste. Desde la ciudad de Yangzhi hasta el paso Yumen, el camino era largo, atravesando montañas y ríos. Incluso usando los caballos más veloces, cuando la carta llegó, la primavera ya había dado paso al verano.

 

Dentro del sobre venía también una hoja: un poema amoroso que Lu Zhui había copiado mientras practicaba caligrafía. Quizá porque en él se desbordaba una añoranza demasiado sincera, incluso el trazo se había vuelto suave, ya no era la cursiva salvaje y libre de siempre, sino una pequeña caligrafía ordenada, letra por letra, pulcra y llena de ternura.

 

Xiao Lan dobló con cuidado aquella hoja y la guardó en una cajita de madera. Solo entonces abrió la carta de Tao Yu’er. Cuanto más leía, más quería reír. Había creído que Kong Kong Miaoshou ya había renunciado a la idea de obligarlo a tener un hijo, pero por lo visto ahora estaba más empeñado que nunca. Por fortuna, el resto de la carta traía buenas noticias. Tao Yu’er incluso añadió una línea extra: decía que Lu Zhui estaba comiendo bien y se había puesto un poco gordito.

 

Xiao Lan soltó una risita y su corazón voló aún más hacia Jiangnan.

 

***

 

En lo profundo del desierto, Yelü Xing tensó el arco con fuerza. Tres flechas atravesaron limpiamente el espantapájaros a lo lejos.

 

—Su Alteza —Huda Khan llegó a caballo—. Ha llegado un visitante.

 

—¿Un visitante? —preguntó Yelü Xing—. ¿Quién?

 

—La Santa de la Fuente Umbría.

 

—¿De verdad la han traído? —Yelü Xing se sorprendió.

 

Huda Khan asintió:

—Está en la tienda principal, esperándolo.

 

Yelü Xing entregó el arco a un guardia y se apresuró hacia el campamento central.

 

La Fuente Umbría era un oasis en medio del desierto, envuelto en rumores. Muy pocos habían logrado ver su verdadero rostro. Se decía que allí vivía un grupo de personas excéntricas y de gran habilidad marcial, que rara vez salían al mundo y solo obedecían a la Santa de su tribu. Sobre ella circulaban historias de todo tipo: que era una anciana de cabellos blancos, que era horriblemente fea, que tenía un temperamento violento y mataba sin pestañear… pero nadie decía que fuera joven, seductora y encantadora.

 

—¿Eres tú la Santa de la Fuente Umbría? —Yelü Xing observó a la mujer frente a él, sorprendido.

 

—Rey de Xilan —la mujer de rojo rio suavemente—. Por tu cara, ¿crees que soy fea o que soy hermosa?

 

—Si este rostro se considerara feo, no sé quién podría llamarse bello en este mundo —negó Yelü Xing—. Parece que esos rumores absurdos no valen nada.

 

—No he venido a escuchar halagos —dijo la mujer, sentándose—. Escuché que el Reino de Xilan quiere hacer un trato con mi gente.

 

—Así es —respondió Yelü Xing—. Quiero matar a una persona.

 

—¿A quién? —preguntó ella.

 

Los ojos de Yelü Xing brillaron con un frío cortante:

—A Xiao Lan.

 

***

 

El sol ardía con furia, como si quisiera quemar la arena hasta hacerla resquebrajar. El calor extremo volvía a ambos ejércitos más cautelosos: en semejante clima, un descuido podía costar la vida. En comparación, el clima de la ciudad de Yangzhi era mucho más amable. Aunque el sol también brillaba en lo alto, el sur estaba lleno de arroyos y canales. Sentarse en una barca de toldo negro, beber una taza de ciruela ácida bajo un puente de piedra… tenía un encanto propio, fresco y apacible.

 

Al atardecer, un muchacho de rostro redondo llamó a la puerta del salón de artes marciales de la familia Cao. Llevaba un fardo a la espalda y venía cubierto de polvo del camino.

 

—¿Y tú eres…? —el mayordomo que abrió la puerta no lo reconoció.

 

—Esta es una carta de mi shifu —el muchacho sacó un sobre de su manga—. Le ruego que se la entregue al joven maestro Lu.

 

—¿Tu shifu? —el mayordomo giró el sobre y vio que el sello de lacre pertenecía a la Mansión del Sol y la Luna. No se atrevió a tomarlo a la ligera. Con rapidez invitó al muchacho a pasar y fue a avisar al salón principal.

 

—Es, en efecto, la letra del médico divino Ye —dijo Lu Wuming tras abrir la carta y leerla por encima. Resultaba que Ye Jin tenía asuntos en Wang Cheng y había enviado a su discípulo para encargarse del tratamiento de Lu Zhui.

 

—Me llamo Xiao Shan —dijo el muchacho—. Antes trabajaba en el hospital imperial del palacio.

 

«Esta carita de niño…» pensó Tao Yu’er, desconfiada.

 

Pero Lu Zhui sonrió y extendió la mano:

—Entonces te agradezco de antemano, hermano.

 

Xiao Shan colocó dos dedos sobre su muñeca con gesto profesional. Tras un momento, asintió:

—Listo.

 

—¿Listo? —preguntó Lu Zhui—. ¿Qué está listo?

 

—Todo está bien —respondió Xiao Shan.

 

Ah Liu, que estaba al lado, casi se muerde la lengua. «¿De verdad este mocoso puede con esto? ¿Por qué el médico divino Ye no envió a un anciano de barba blanca que inspire confianza?»

 

—Si Mingyu está bien, entonces mejor que mejor —dijo Tao Yu’er. Ella misma tomó el fardo del muchacho—. Has viajado mucho. Descansa un poco.

 

Xiao Shan no se hizo de rogar. Agradeció con educación y la siguió. Cuando llegaron a un lugar apartado, Tao Yu’er volvió a preguntar:

—Entonces, según este pequeño médico divino, Mingyu ya no tiene ninguna enfermedad, ningún veneno, ningún gu… ¿Incluso el Hehuan gu y la Reina Hormiga Negra están resueltos?

 

—Puede llamarme por mi nombre, señora. Aún no merezco que me llamen “pequeño médico divino” —Xiao Shan se sonrojó—. Pero sí, el joven maestro Lu está completamente bien. El Hehuan Gu y la Reina Hormiga Negra están muertos. Puedo sentirlo al tomarle el pulso.

 

—Esto… —Tao Yu’er estaba feliz, pero aún incrédula—. Pero Lord Ye dijo que habría que esperar hasta otoño.

 

—Mi shifu dijo que como muy tarde sería en otoño, no que hubiera que esperar hasta el inicio del otoño —Xiao Shan se rascó la cabeza—. Si la señora no confía, pues… pues espere hasta septiembre. También sirve.

 

—No es que no confíe, es que estoy contenta —dijo Tao Yu’er—. Si eres discípulo del médico divino Ye, naturalmente también eres un médico divino. ¿Cómo no voy a creerte?

 

—Mi shifu me pidió que me quedara aquí para seguir atendiendo al joven maestro Xiao —añadió Xiao Shan—. Y dijo que, si el joven maestro Xiao y el joven maestro Lu viajan al noroeste en el futuro, yo debo acompañarlos. He vivido en el desierto antes; puedo ser guía y también médico militar.

 

—Muy bien, muy bien. Entonces esperemos a que Lan’er regrese —Tao Yu’er lo condujo a la habitación de huéspedes. Antes de irse, no pudo evitar preguntar—: Entonces, aunque Mingyu recuerde a Lan’er y lo que pasó antes… ¿ya no habrá problema?

 

Xiao Shan sonrió con los ojos entrecerrados, respondiendo con paciencia a cada pregunta.

 

Con él había llegado también un guardia secreto de la Mansión del Sol y la Luna, trayendo un carruaje entero de tonificantes y especialidades locales. Dijo que el médico divino Ye los había elegido personalmente y que lamentaba no poder venir en persona.

 

—No diga eso. Si alguien debe sentirse apenado, somos nosotros —dijo Lu Wuming—. Hemos molestado al médico divino Ye una y otra vez. De verdad nos sentimos culpables.

 

—El Emperador Chu va a enviar tropas a Nanyang. El médico divino Ye no puede dividirse en dos, así que solo pudo mandar a su discípulo —explicó el guardia secreto—. Pero Xiao Shan trabajó como médico imperial en el palacio. Aunque parezca joven, su habilidad no es inferior a la de un médico veterano. El viejo héroe Lu y la dama Tao pueden estar tranquilos.

 

Lu Wuming asintió:

—Agradecemos de corazón al médico divino Ye y a todos ustedes.

 

El veneno en el cuerpo de Lu Zhui se había disipado así, sin ruido ni estridencias. Aunque habían esperado casi un año —un tiempo largo, sin duda—, todos seguían sintiendo cierta inseguridad. Por eso, en secreto, acordaron que sería mejor esperar a que Xiao Lan regresara antes de decidir si contarle o no lo ocurrido.

 

—Lan’er debe de estar por volver —dijo Tao Yu’er.

 

—Muy pronto —respondió Lu Wuming—. A lo sumo, tres meses más.

 

Tres meses. Casi cien días. Ni mucho ni poco.

 

Lu Zhui, que llevaba ya bastante tiempo en la ciudad de Yangzhi, había pasado de no querer marcharse… a sentir ganas de salir a despejarse. Aunque fuera solo a pasear por un pueblo cercano.

 

—¿A dónde quieres ir? —preguntó Lu Wuming, frunciendo el ceño durante la cena.

 

—A la ciudad de Feiliu —respondió Lu Zhui—. No tengo nada que hacer aquí. Quiero volver a verla.

 

Lu Wuming suspiró:

—La antigua residencia de la familia Lu en esa ciudad es solo un montón de ruinas. ¿Qué vas a hacer allí?

 

—Si la residencia ya no existe, me hospedaré en una posada —insistió Lu Zhui—. Dicen que Feiliu es hermosísima en esta estación. Solo estaré un mes. Luego regreso.

 

—Si te gusta, quédate dos meses —dijo Tao Yu’er, sirviéndole un bocado—. Disfruta. No hace falta apresurarse.

 

Lu Zhui sonrió:

—Gracias, señora.

 

Lu Wuming sintió un pinchazo en el pecho: «Claramente es mi hijo. ¿Por qué siempre escucha más a ella que a mí?»

 

—Papá —intervino Ah Liu, entusiasmado—. ¿Puedo ir con él?

 

—Quédate en casa y acompaña a la señorita Yue —dijo Lu Zhui—. Quiero viajar solo. Nadie debe seguirme.

 

Lu Wuming tragó la segunda mitad de su frase y solo pudo recordarle que tuviera cuidado en todo.

 

***

 

Tres días después, Lu Zhui preparó su fardo y salió solo de la ciudad de Yangzhi. El camino estaba lleno de montañas hermosas, ríos claros y brisas suaves. La primavera lo acompañaba, ligera y brillante.

 

Las pequeñas ciudades de Jiangnan solían tener muros blancos y tejas negras, puentes de piedra y arroyos serpenteantes. A primera vista parecían iguales, pero cada una tenía su propio encanto. Feiliu, la ciudad frente a él era como un brote de sauce recién nacido: esbelta, fresca, temblorosa bajo la bruma blanca, como si al torcerla brotara agua, húmeda y envolvente.

 

Lu Zhui entró a caballo, encontró una posada y se instaló. Luego salió a pasear con las manos a la espalda, mirando el agua, los árboles. En un puesto de carne compró un trozo de cerdo y se lo dio a un perro amarillo que estaba agachado al lado. Su ánimo era tan fresco y agradable como la mañana de aquella pequeña ciudad.

 

En el oeste de la ciudad, el viejo cojo Li estaba recogiendo las verduras encurtidas que había dejado secar al sol. A su alrededor, un grupo de niños traviesos intentaba robarle un bocado entre risas y empujones. El viejo cojo Li los regañó entre carcajadas, les dio una bolsa de caramelos para espantarlos y se sentó en el umbral a descansar.

 

—Buenas tardes, anciano —saludó Lu Zhui.

 

El viejo Li levantó la cabeza. Al reconocerlo, se apresuró a ponerse de pie apoyándose en su bastón. Había recibido la carta que Tao Yu’er le había enviado a toda prisa, pero no esperaba que Lu Zhui llegara tan pronto a Feiliu.

 

—¿Podría darme un vaso de agua? —preguntó Lu Zhui. Había comido un pastel de arroz caliente, pegajoso y dulce, y tenía la garganta empalagada. No encontraba ninguna casa de té, así que decidió probar suerte en alguna vivienda.

 

—Por supuesto, joven maestro, pase, pase —el viejo cojo Li abrió la puerta—. Vivo solo, pero ahora mismo le preparo un buen té.

 

Lu Zhui se sintió un poco abrumado por tanta cortesía. Estaba por decir que con un cuenco de agua bastaba, pero el anciano ya había desaparecido hacia el patio trasero, dejando la puerta abierta.

 

Al menos debía quedarse vigilando la entrada.

 

Lu Zhui cruzó el umbral y miró alrededor. El patio no era grande, pero sí exquisito: las celosías talladas, los aleros curvos, todo estaba hecho con una delicadeza impecable. En una gran tinaja del patio nadaban tres o cinco carpas de colores, y unas hojas de loto flotaban en la superficie, como una pintura viva.

 

—Joven maestro, su té —dijo el viejo cojo Li, regresando con una bandeja.

 

—Muchas gracias —Lu Zhui tomó la taza con ambas manos. No pudo evitar preguntar—: ¿Vive usted solo en una casa tan grande?

 

—Así es. Esta casa pertenece a mi joven maestro. Él salió de viaje y me dejó a cargo —respondió el anciano—. Imagino que volverá dentro de un tiempo.

 

—Ya veo —Lu Zhui sostuvo la taza caliente y elogió—. Esta casa es preciosa. Delicada sin ser ostentosa. Muy elegante.

 

—Si le interesa, puede mirar por todo el patio —sonrió el viejo cojo Li—. Cada rincón fue dispuesto con esmero por mi joven maestro. Si supiera que usted la elogia así, estaría encantado.


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