RT 166

 

Capítulo 166: Buen lugar.

Una torre llena de fragancia.

 

 

Yelü Xing había salido a campaña con mal pie: no solo no logró capturar a Xiao Lan, sino que además perdió un caballo Feisha Hongjiao y su brazo derecho seguía ligeramente entumecido por el golpe del látigo Wujin, un dolor sordo que parecía nacer desde el hueso.

 

Huda Khan negó para sí y llamó a los médicos militares para que lo retiraran del frente.

 

En el otro extremo del campo, Xiao Lan luchaba con un ímpetu cada vez mayor. El látigo en su mano barría a miles; sus púas afiladas atravesaban las frías armaduras, desgarraban la carne viva y hacían que la sangre tiñera la arena con manchas oscuras. A lo lejos sonó el cuerno de guerra, alto y vibrante, encendiendo una llama indestructible en el pecho de los soldados del Gran Chu. Un pequeño destacamento seguía a Xiao Lan, rematando a los jinetes que habían logrado escapar del látigo y que aún estaban aturdidos; con una coordinación impecable, derribaban caballos y hombres, imparables en su avance.

 

Poco a poco, cada vez más jinetes de Xilan repararon en aquel hombre de negro, en el arma terrible que blandía. El brillo cruel de sus golpes desgarraba el viento, como si pudiera pulverizar carne y hueso por igual. Sin darse cuenta, comenzaron a retroceder, temerosos de que aquel demonio asesino se abalanzara sobre ellos.

 

Huda Khan había escuchado a Yelü Xing decir que la habilidad de Xiao Lan no era común, pero jamás imaginó que sus ataques fueran tan feroces, tan brutales, tan imposibles de contener. Incluso separados por miles de soldados, podía sentir en los ojos de Xiao Lan un fulgor que solo podía describirse como hambre de sangre.

 

Al ver que la formación del Reino Xilan caía en el caos, Huda Khan ordenó una retirada inmediata. Dejó solo una unidad para cubrir la retirada, mientras el grueso del ejército se replegaba por el flanco, desapareciendo a toda velocidad en la inmensidad del desierto.

 

Xiao Lan abrió paso entre los enemigos y se lanzó hacia donde estaba Huda Khan, pero Yang Qingfeng gritó a su espalda:

—¡LAN’ER! ¡REGRESA!

 

Xiao Lan vaciló apenas un instante. En ese parpadeo, la figura de Huda Khan ya había sido rodeada por sus guardias y se desvaneció de su vista.

 

La batalla había sido limpia y contundente. El ejército del Gran Chu, con pérdidas mínimas, había obligado a las tropas del Reino Xilan a una derrota aplastante. Más tarde, entre los soldados del Gran Chu corría el rumor de que el comandante enemigo, Yelü Xing, no solo había sido herido por Xiao Lan, sino que además había perdido a su preciado caballo raza Feisha Hongjiao y que su retirada había sido tan desordenada como la de un conejo perseguido por un águila. Había exageración en esas palabras, por supuesto, pero el valor de Xiao Lan en la batalla era un hecho indiscutible. Incluso He Xiao lo elogió sin reservas; quería agradecerle en persona, pero no logró encontrarlo por ninguna parte.

 

En los establos, Xiao Lan tomó un puñado de heno y alimentaba al caballo que había capturado. Quizá por el golpe que había recibido en la cabeza, el Feisha Hongjiao parecía algo apagado: movía la cola sin ganas, reacio a prestarle atención y hasta su pelaje había perdido algo de brillo.

 

—Lan’er —dijo Yang Qingfeng acercándose desde atrás.

 

—Shifu —Xiao Lan se puso de pie—. ¿Ya terminaron de limpiar el campo de batalla?

 

—Más o menos —respondió Yang Qingfeng—. El general He te está buscando por todas partes. ¿Por qué te viniste solo a alimentar al caballo?

 

—Me costó bastante arrebatárselo, así que naturalmente debo cuidarlo bien —dijo Xiao Lan—. El Feisha Hongjiao es tan famoso en el desierto como los caballos sudor de sangre; es raro verlo. El viejo Wang dijo que no quiere comer forraje, así que vine a echar un vistazo.

 

—¿Qué pasa, estás de mal humor? —preguntó Yang Qingfeng.

 

—No diría eso —Xiao Lan arrojó el heno al comedero—. ¿Por qué anoche no me dejaste perseguirlos mientras estaban en retirada?

 

—Huda Khan siempre tiene cientos de soldados protegiéndolo y durante la retirada iba al final de la formación enemiga. Como tu shifu, no iba a dejar que te arriesgaras solo —dijo Yang Qingfeng—. Aunque seas muy hábil, sigues siendo una sola persona. Si ellos ya tenían una trampa preparada y tú irrumpías sin pensar, habrías perdido más de lo que ganarías.

 

—Pero Huda Khan estaba justo delante de mis ojos —dijo Xiao Lan.

 

—Ay, tú… es que nunca has sufrido un verdadero revés —Yang Qingfeng le dio una palmada en el hombro—. En esta batalla fuiste valiente, sí, pero te sobró valentía y te faltó estrategia. Además, subestimaste demasiado al enemigo. Ese defecto hay que corregirlo.

 

Xiao Lan no respondió; simplemente tomó otro manojo de heno y siguió alimentando al caballo.

 

—Si no estás convencido, puedes escribir lo ocurrido y enviarlo a la ciudad de Yangzhi, para que Xiao Mingyu juzgue quién de los dos tiene razón —dijo Yang Qingfeng con una risa traviesa.

 

La mano de Xiao Lan se detuvo.

 

—¿Qué pasa, te da miedo tu esposa y no te atreves a decir nada? —Yang Qingfeng lo empujó con el codo.

 

Xiao Lan no pudo evitar reír, aunque también se imaginó, sin querer, cuál sería la reacción de Lu Zhui si realmente recibiera una carta así… Seguramente se uniría a su shifu para regañarlo de arriba abajo.

 

—Ya casi llega la primavera —comentó Yang Qingfeng mientras caminaban de regreso—. En medio año tendrás que partir hacia Jiangnan. No sé si para entonces esta guerra habrá terminado.

 

—Yo creo que no —dijo Xiao Lan—. Ellos llevan mucho tiempo escondidos en el desierto. La primera vez que se atrevieron a enfrentarnos de frente, su comandante salió herido y perdieron su caballo preciado. Fue una derrota humillante. En adelante solo serán más cautelosos.

 

—Ese Yelü Xing no es como dicen los rumores —añadió Yang Qingfeng—. Es demasiado impaciente, algo impulsivo. ¿También fue así cuando lo viste en Yangzhi?

 

—No estoy seguro. Quizá solo se puso especialmente celoso al verme —dijo Xiao Lan—. En su momento quiso llevarse a Mingyu al desierto.

 

Yang Qingfeng se detuvo y preguntó con cautela:

—¿Llevarlo como estratega?

 

Xiao Lan alzó una ceja, sonriendo.

 

Yang Qingfeng quedó mudo. Luego inhaló hondo, escandalizado:

 

—Había oído que ese Yelü Xing es un libertino y que tiene muchas concubinas, pero… todas eran mujeres. ¡No hombres!

 

Xiao Lan lo pellizcó:

—Shifu, veo que está muy bien informado sobre esos asuntos.

 

Yang Qingfeng arqueó una ceja:

—¿Y esa es forma de hablarle a tu shifu?

 

—Anoche, en el campo de batalla, sí estuvo impulsivo —dijo Xiao Lan—. Pero creo que fue por rencores pasados y, sobre todo, porque no conocía la profundidad de mi habilidad. Por eso juzgó mal. Para alguien como él, una caída es una lección. No repetirá el mismo error.

 

—No solo aprende rápido: también es famoso por ser vengativo —advirtió Yang Qingfeng— Ya que el rencor está sembrado, debes tener cuidado. No caigas en sus trampas.

 

Xiao Lan asintió:

—Entendido.

 

***

 

En el campamento de Xilan, Yelü Xing estaba sentado tras la mesa, con el rostro cargado de una ira oscura. No quería darle explicaciones a nadie. Por suerte, Huda Khan era lo bastante sensato para no mencionar la derrota; solo dejó que los médicos militares le vendaran el brazo y se retiró sin hacer ruido.

 

El silencio reinaba en la tienda, amplio y vacío. El semblante de Yelü Xing se suavizó apenas. Se reprochaba haber subestimado al enemigo. Recordó el duelo en Yangzhi: en aquel entonces, la habilidad de Xiao Lan parecía estar a su mismo nivel. Ahora comprendía que todo había sido un engaño.

 

Un sonido de porcelana rompiéndose resonó dentro de la tienda. Los guardias y las sirvientas afuera bajaron la cabeza, temblando, sin atreverse a emitir un solo suspiro.

 

***

 

En la ciudad de Yangzhi, Lu Zhui caminaba envuelto en una gruesa capa, paseando bajo el sol. Era el primer día del Año Nuevo; los puestos aún no habían abierto y las calles estaban vacías, con una quietud distinta a la de otros días. No tenía un destino en particular: simplemente caminaba, recorriendo cada calle y cada callejón, pasando por la casa de té, la librería, la posada… hasta salir de la ciudad.

 

Quizá, si veía más lugares y más paisajes, recuperaría los recuerdos perdidos. Quería saber qué había ocurrido en el pasado, quería saber quién era esa sombra borrosa en su corazón y por qué aparecía una y otra vez en sus sueños.

 

Un anciano vestido con harapos venía por el sendero entre los campos. Lu Zhui pensó que era un mendigo, pero al acercarse lo reconoció.

 

Kong Kong Miaoshou había pasado más de diez días dentro de la tumba Mingyue, sin lavarse ni asearse. Su cabello era un nido de pájaros, su aspecto desaliñado y cansado. Al ver a Lu Zhui, apenas levantó los párpados a modo de saludo.

 

Sobre ese viejo extraño, Tao Yu’er solo le había dicho a Lu Zhui que era un pariente lejano de la familia, un ladrón de tumbas, y nada más. Lu Zhui no preguntó. Al encontrárselo ahora, sonrió:

—¿Vuelve a casa, anciano?

 

Kong Kong Miaoshou murmuró un sí. Iba a rodearlo para seguir su camino, pero de pronto un pensamiento brotó en su mente: «Si Lu Zhui no recupera la memoria… si desaparece de este mundo… ¿acaso Xiao Lan, ese Xiao Lan, estaría dispuesto por fin a tener un hijo e impedir que el linaje no se extinga?»

 

La idea germinó con rapidez, recorrió su sangre, se extendió hasta sus pies, echó raíces como clavos que lo dejaron clavado en el sitio, incapaz de dar un paso más.

 

—¿Anciano? —Lu Zhui agitó la mano frente a él—. ¿Se encuentra bien?

 

Kong Kong Miaoshou lo miró fijamente a los ojos. Su expresión era una mezcla de mueca feroz y una emoción difícil de contener.

 

Lu Zhui se sobresaltó:

—¿Acaso vio un fantasma en la tumba, anciano?

 

—Tú… tú… —Kong Kong Miaoshou forcejeaba con las palabras. El nombre de «Xiao Lan» se le atoraba en la garganta; sabía perfectamente cuáles serían las consecuencias si lo decía. Pero si Lu Zhui moría… si Lu Zhui moría, ¿qué pasaría con su nieto? ¿Se volvería loco? ¿Se hundiría en la desesperación? ¿O, furioso, se cortaría los dedos y juraría no ser como él?

 

Mil posibilidades le cruzaron la mente en un instante. Las palabras que estaban a punto de salir se le quedaron atascadas y las tragó de vuelta. No se atrevía a arriesgarse, pero tampoco quería dejar escapar semejante oportunidad. Sus ojos ardían aún más, como si quisieran perforar a Lu Zhui.

 

Lu Zhui frunció ligeramente el ceño, pensando si no sería mejor dejarlo inconsciente de un golpe y llevarlo a un médico… o quizá a un sacerdote taoísta.

 

—¿Anciano, está bien? —preguntó.

 

Kong Kong Miaoshou dio dos vueltas a su alrededor, y de pronto se le ocurrió otra idea.

«¿Y si no muere, sino que simplemente cambia de corazón?»

 

Si cambiaba de corazón, si se casaba con otra mujer, ¡entonces su nieto no podría culparlo a él!

 

Kong Kong Miaoshou se entusiasmó; aquel plan le parecía perfecto. Agarró la mano de Lu Zhui y soltó una risita.

 

Al ver esas garras mugrientas —que hacía un rato habían estado escarbando tumbas y quizá recogiendo huesos—, a Lu Zhui se le erizó la piel. Pero por respeto a un mayor, no retiró la mano. Con el rostro rígido, dijo:

—Lo acompaño a casa, anciano.

 

—No volveré a casa… —murmuró Kong Kong Miaoshou—. Te llevaré a un buen lugar.

 

—¿A dónde? —preguntó Lu Zhui.

 

Kong Kong Miaoshou no respondió: simplemente lo arrastró.

 

Era el primer día del Año Nuevo y solo un establecimiento seguía abierto en toda la ciudad. Cortinas de seda flotaban en la entrada, el aire estaba cargado de perfume, risas y música licenciosa llenaban toda la calle.

 

Ambos se quedaron paralizados frente a la puerta.

 

La dueña bajó contoneándose, agitando un pañuelo:

—¡Bienvenidos, señores! ¡Pasen, pasen!

 

Lu Zhui retrocedió dos pasos, completamente sereno:

—¿Así que este es el gusto del anciano?

 

Kong Kong Miaoshou tiró de él con más fuerza, como si quisiera atiborrarlo de somnífero y venderlo directamente al burdel.

 

***

 

—¡Señorita! ¡Señorita! —una sirvienta corrió escaleras arriba hacia el pabellón Xiu—. ¡Ha pasado algo terrible!

 

—¿Y ahora qué? —preguntó Tie Yanyan, apoyando la cabeza en una mano, sin interés alguno.

 

La sirvienta, jadeando, tardó un buen rato en recuperar el aliento:

—¡El joven maestro Lu… el joven maestro Lu se fue a un burdel!


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