RT 165

Capítulo 165: Guerra.

El caballo Feisha Hongjiao.

 

 

La carne de cordero, tierna y jugosa, chisporroteaba sobre la hoguera. Al espolvorear un puñado de sal y otro de comino, el aire se llenó de un aroma capaz de hacer agua la boca. Yang Qingfeng cortó un gran trozo y se lo pasó a Xiao Lan, con una sonrisa:

—Pruébalo. Dentro de las fronteras no encontrarás un sabor como este.

 

El firmamento del desierto era un azul profundo y en medio cruzaba una Vía Láctea resplandeciente, tan cercana que parecía posible alzar la mano y arrancar una estrella. En una tierra tan vasta y alta, hasta el ánimo se ensanchaba. Los soldados del Gran Chu se sentaban alrededor de las hogueras, escuchando a Yang Qingfeng contar historias de batallas pasadas: cómo, en la célebre batalla del río Hu’er, el ejército del Gran Chu fue engañado y conducido al corazón del desierto, quedando atrapado siete días enteros entre vientos y arenas; y cómo, al final, lograron abrirse paso y aniquilar al enemigo sin dejar un solo sobreviviente. En los momentos más intensos, los soldados contenían la respiración, como si ellos mismos estuvieran allí, en medio de aquella matanza feroz.

 

El vicegeneral Zhou Yao murmuró con una risa:

—Quién diría que el viejo general tiene madera de cuentacuentos.

 

—Cuando uno lo ha vivido en carne propia, las palabras salen solas —respondió He Xiao—. En sus días, el viejo general era invencible, un estratega divino que hizo temblar a los bandidos Hu. Incluso hoy, los ancianos de esta región aún lo veneran como a un protector.

 

—¿Y ese joven héroe Xiao? —preguntó Zhou Yao—. ¿Qué opina el general de él?

 

—Su habilidad marcial es extraordinaria; dicen que incluso en el Jianghu tiene renombre —dijo He Xiao—. Además, es el único discípulo del viejo general y fue enviado por orden directa del Emperador Chu. No debería ser alguien mediocre. Habrá que observarlo un poco más.

 

Xiao Lan yacía sobre una duna, usando el brazo como almohada, descansando con los ojos entrecerrados. Cerca de la medianoche, desde el campamento comenzó a elevarse un canto: primero uno o dos hombres murmurando, luego más voces uniéndose hasta formar un coro vasto y poderoso. Aquella voz ronca y profunda atravesaba las arenas cargadas de nostalgia, llevando consigo un anhelo que ni el viento podía disipar, volando hacia la patria lejana a miles de millas.

 

Era la víspera del Año Nuevo, una noche para reunirse en familia. Xiao Lan se preguntó qué estaría haciendo su pequeño Mingyu: si estaría tomando té con su madre, o viendo a Ah Liu afuera encender petardos y barrer el polvo para ahuyentar lo viejo y dar la bienvenida a lo nuevo. El pensamiento le dibujó una sonrisa en los ojos. Volvió a colgar la pequeña flor de jade rojo en el mango del látigo Wujin y estaba por levantarse para regresar a la tienda cuando, a lo lejos, llegó un rugido que estremeció la tierra.

 

Era el sonido del viento… y también el de cascos de caballo.

 

***

 

En la ciudad de Yangzhi, el agua del caldero hervía con fuerza. Los dumplings blancos y regordetes daban vueltas, aunque no todos tenían la misma forma: algunos eran bonitos y redondos, otros torcidos y desparejos, y más de uno parecía hecho con varios pedazos de masa pegados a la fuerza, abultados.

 

Yue Dadao, sosteniendo la espumadera, suspiró:

—Había oído que la letra refleja a la persona… pero ahora veo que los dumplings también.

 

—Mientras se puedan comer, ¿qué importa si son bonitos? —Ah Liu, a su lado, se frotó las manos y murmuró— Esa ropa nueva te queda muy bien.

 

Lu Zhui entró a la cocina con un platillo de vinagre. Apenas puso un pie dentro, se dio la vuelta con total calma y salió de nuevo.

 

«No escuché nada.»

 

Yue Dadao, con las mejillas encendidas, empujó a Ah Liu y lo regañó por su lengua resbaladiza. Incluso cuando toda la familia se sentó a comer los dumplings, el rubor no se le había ido del rostro. Lu Zhui, con los ojos entrecerrados de risa, pensaba seguir molestándolos un poco más después de cenar, quizá preguntarles a esos dos tortolitos cuándo pensaban casarse. Pero Tao Yu’er ya había recogido los cuencos vacíos y lo echó a descansar, prohibiéndole seguir vagando por ahí.

 

—¿No vas a desvelarte esta noche? —preguntó Lu Zhui.

 

—Tú no —respondió Tao Yu’er—. Aún no te has recuperado del resfriado. Debes dormir temprano.

 

Yue Dadao aprovechó para añadir:

—Eso mismo. El joven maestro Lu no se puede trasnochar.

 

Lu Zhui no sabía si reír o llorar. Quiso insistir en que no era tan delicado, pero Ah Liu ya lo había levantado a la fuerza y lo arrastraba de vuelta a la habitación.

 

—¿Así tratas a tu padre? —Lu Zhui le dio un golpecito en el pecho—. Cuidado, que luego no te ayudo a conseguir esposa.

 

Ah Liu soltó una risita:

—Dadao es de piel fina. Padre, no la regañe a ella, regáñeme a mí.

 

—¿A ti? Si eres un grandulón, ¿qué podría decirte? —Lu Zhui lo insultó entre risas y lo echó fuera. Luego se lavó, se metió en la cama y se acurrucó en el calor del edredón. A lo lejos sonaban los petardos, pero en su mente solo aparecían Ah Liu y Yue Dadao: una pareja de enamorados, juntos, cálidos y dulces.

 

Entonces, ¿por qué él seguía siendo un solitario?

 

Lu Zhui lo pensó con cuidado, pero no encontró respuesta. Desde luego no creía en aquella tontería del “Sha Po Lang” que Ah Liu había soltado al azar; seguramente ese niño ni sabía qué significaban esas tres palabras y solo las usó para asustarlo.

 

¿Sería que en el pasado se había topado con algún desalmado, y por eso su familia evitaba hablar del tema? La idea lo sacudió como un trueno. Se dio la vuelta, siguió pensando, siguió intentando dormir… y al final no supo en qué momento cayó profundamente rendido. Pero incluso dormido, lo que llevaba en la cabeza no se disipó; más bien se transformó en una escena indescriptiblemente hermosa, llena de sonidos húmedos y ambiguos, gemidos ardientes, temblores, fragancias, tiñendo el sueño de un rojo carmesí.

 

****

 

Un viento antiguo barrió el desierto sin límites, levantando nubes de arena y polvo. Al sonido del cuerno, los soldados del Gran Chu se reunieron con rapidez: ruidosos, pero ordenados. Las banderas de guerra aleteaban con fuerza. El oficial de vanguardia, She Mang, recibió la orden de He Xiao y partió con sus tropas a enfrentar al enemigo.

 

—Joven héroe Xiao —dijo He Xiao—, acompaña a She Mang.

 

Xiao Lan asintió, montó de un salto y galopó hasta alcanzar a la vanguardia. Era una unidad de caballería de élite, formada por los mejores de cada campamento: guerreros hábiles, orgullosos, que en cada batalla eran como flechas encendidas, disparadas al frente para clavarse en el corazón del enemigo y prender allí un incendio devastador.

 

—Parece que esta vez van en serio —dijo She Mang—. Normalmente es Huda Khan quien dirige las tropas. Es la primera vez que veo a Yelü Xing salir al campo en persona.

 

—Cuando estaba en el Gran Chu, llegué a enfrentarme a ese Rey de Xilan —respondió Xiao Lan—. Su habilidad marcial no es nada baja.

 

«¡Ha estado incluso en el Gran Chu!» She Mang se mostró algo sorprendido, pero también se volvió aún más cauto. Dos ejércitos frente a frente, el campo de batalla estaba sumido en un silencio mortal, roto solo por el crepitar de las antorchas encendidas.

 

Yelü Xing, sobre su caballo, observaba a Xiao Lan a poca distancia, con una sonrisa indescifrable en los labios. En el Gran Chu había recibido una lección de él y sabía bien que su habilidad marcial no era cosa menor. En un duelo uno contra uno, quizá no sería su rival; pero si se sumaban los ejércitos que ambos tenían detrás, entonces el resultado ya no estaba tan claro.

 

—Su Alteza —le recordó Huda Khan en voz baja a su lado—. Lo más importante es la situación general.

 

—¿Qué pasa, tío? ¿Cree que de verdad me nublaría el juicio por un capricho? —Yelü Xing soltó una risa desdeñosa—. ¿Ves a ese de negro? Ese es Xiao Lan, uno de los mejores expertos de las llanuras centrales.

 

—Y también tu rival en amores —dijo Huda Khan.

 

Yelü Xing alzó una ceja, divertido:

—En un momento como este, tío, ¿cómo puedes seguir pensando en asuntos de amoríos? No queda bien.

 

Huda Khan se atragantó con sus propias palabras y estaba por replicar cuando Yelü Xing ya había entornado la mirada. Espoleó su caballo y salió del campamento a toda velocidad. Con solo alzar el brazo, el ejército entero detrás de él se precipitó como una avalancha de arena, siguiéndolo de cerca mientras avanzaban rugiendo hacia la vanguardia del Gran Chu.

 

—¡AL ATAQUE! —bramó She Mang, apretando las piernas contra el vientre del caballo y lanzándose al frente como el primero entre sus hombres.

 

Xiao Lan alzó su látigo de hierro negro con una sola mano, trazando en el cielo nocturno un destello helado. Apoyó un pie en el estribo, tomó impulso y se lanzó hacia adelante. Los soldados enemigos que iban en primera línea apenas alcanzaron a ver una sombra negra volar frente a ellos antes de sentir un ardor punzante en el cuello. Cayeron al suelo entre gritos desgarradores.

 

La punta del látigo arrastraba una poderosa fuerza interna; con un solo barrido derribaba a varios. Allí donde pasaba Xiao Lan, era como si un dios de la matanza atravesara el campo: los alaridos no cesaban y la sangre corría como un río.

 

Yelü Xing tiró con fuerza de las riendas; su caballo, el Feisha Hongjiao, relinchó con fiereza, levantando la cabeza y galopando como un meteoro de fuego a través de las filas.

 

—¡ALTEZA! —gritó Huda Khan desde lejos, lanzándole un gran arco dorado.

 

Yelü Xing lo atrapó con firmeza, sacó tres flechas del carcaj con la mano izquierda, tensó el arco hasta formar una luna llena y, cerrando un ojo para apuntar, disparó hacia Xiao Lan.

 

Era el mejor arquero de todo el desierto. Cientos de lobos salvajes y águilas doradas habían caído bajo sus flechas. Las puntas afiladas desgarraron la fría noche una vez más, ansiosas por sentir el calor de la sangre.

 

El silbido cortante del viento llegó desde atrás. Las orejas de Xiao Lan se estremecieron apenas y su cuerpo se agachó de golpe. Las tres flechas rozaron su espalda y pasaron volando, atravesando la garganta de varios jinetes de Xilan.

 

Xiao Lan no le dio a Yelü Xing la oportunidad de disparar una segunda vez. Ni siquiera conservó su caballo: apoyó la punta del pie sobre las cabezas de los soldados como si fueran suelo firme y, con un impulso, se lanzó directamente hasta colocarse frente a Yelü Xing. El látigo Wujin volvió a abrir sus colmillos, barriendo la arena amarillenta del aire y dejando una grieta visible en su estela.

 

Yelü Xing levantó su espada para bloquear. No resultó herido, pero el brazo se le entumeció por completo. En su interior, un sobresalto: no entendía por qué la habilidad de Xiao Lan había aumentado de forma tan extraña, o si quizá, en su enfrentamiento anterior, Xiao Lan ni siquiera había usado toda su fuerza.

 

Antes de que pudiera aclarar sus dudas, otra palma de Xiao Lan ya estaba a punto de golpearle el rostro. Huda Khan lanzó un látigo que se enroscó alrededor de la cintura de Yelü Xing y lo arrancó del lomo del caballo. Con una orden suya, varias decenas de arqueros —que ya estaban preparados— avanzaron en formación, rodeando a Xiao Lan por completo.

 

Las afiladas flechas cruzaron el aire bajo la luz del fuego, entrelazándose en una red mortal tan densa que no dejaba espacio para respirar. Pero Xiao Lan no saltó para esquivarlas. En cambio, montó de un movimiento al Feisha Honjiao que había quedado sin jinete. Con la mano derecha tomó una larga espada del cinturón de un soldado de Xilan y, con un golpe cargado de fuerza interna, cortó todas las flechas en pleno vuelo. El caballo Feisha Hongjiao, irritado, pateó con las patas traseras, intentando sacudirse al intruso; pero una fuerza enorme tiró de su crin y recibió un golpe seco en la cabeza. Aturdido, con la mente hecha un torbellino, terminó por lanzarse hacia adelante a toda velocidad, sin rumbo.

 

Yelü Xing gritó algo. El caballo no lo entendió; Xiao Lan tampoco. Pero, aun así, ambos pudieron sentir la furia desesperada contenida en ese grito.

 

A lo lejos comenzaron a escucharse voces: era el ejército del Gran Chu que llegaba como refuerzo. Las antorchas se extendían por el horizonte, tiñendo de rojo medio cielo.

 

Xiao Lan desmontó de un salto y entregó el Feisha Hongjiao a un oficial:

—Cuídalo bien.

 

Aquel oficial, un hombre de rostro rojo, se encendió aún más de emoción, hasta parecerse al mismísimo Guan Er’Ye. Soltó una carcajada orgullosa:

—¡El joven héroe Xiao es realmente extraordinario! Este caballo es un tesoro del Reino de Xilan. Cuando Yelü Xing regrese, seguro vomitará sangre por la ira.


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