RT 164

 

Capítulo 164: Sha Po Lang.

El joven maestro Lu no puede enamorarse.


Nota de Jin:

antes de continuar deseo aclarar el título, no encontré uno traducido al español que quede bien, así que, lo he dejado así y dejarles una explicación antes de iniciar la lectura de este capítulo.

殺破狼 (Shā Pò Láng) significa, de forma estricta, un conjunto de tres estrellas de la astrología china que, cuando aparecen juntas en un destino, anuncian cambio drástico, ruptura del orden y un destino turbulento pero lleno de potencial heroico.

Xiao Lan tiene el destino “Sha Po Lang”, significa que su vida está marcada por grandes pruebas, decisiones dolorosas y un camino que puede llevarlo tanto a la destrucción como a la grandeza.

 

*** Seguimos con la historia***

 

Los platos humeantes llegaron enseguida, pero quien los trajo no fue el mesero, sino un erudito de aspecto refinado. Wen Liunian tiró de una silla y se sentó frente a él, sonriendo con los ojos entrecerrados.

—Este joven héroe, ¿viene del sur?

 

—Usted debe de ser Lord Wen —Xiao Lan adivinó su identidad y asintió—. Me apellido Xiao.

 

—Así que realmente es el joven héroe Xiao —Wen Liunian se alegró de verdad—. Desde que el viejo general Yang regresó a Wang Cheng, A’Yue y yo hemos estado esperándolo. Hoy por fin lo tenemos aquí.

 

—¿Mi shifu ya partió al noroeste? —preguntó Xiao Lan.

 

—Salió hace más de medio mes —respondió Wen Liunian—. El Emperador Chu aprecia mucho al viejo general Yang.

 

—¿Cómo está Lu Zhui? —Zhao Yue le sirvió una copa de vino—. Hace unos días, el médico divino Ye envió una carta urgente explicando la situación. ¿Y ahora?

 

—Nada grave. Solo necesita descansar un año, quizá un poco más —dijo Xiao Lan—. En cuanto a si recuperará la memoria… aún no se sabe.

 

—Mientras esté vivo, todo está bien —dijo Wen Liunian con sinceridad—. Lo de la Tumba Mingyue fue un trabajo duro para ustedes dos.

 

—Sí. Mientras esté bien, todo está bien —Xiao Lan sonrió y apuró la copa de un trago.

 

***

 

Cuando terminaron de comer, los sirvientes de la residencia del primer ministro ya habían preparado un pequeño patio para él: tranquilo, elegante, con muros blancos y tejas negras. En las ramas desnudas frente a la ventana colgaban unas pocas hojas secas, dando un aire frío y sobrio. Wen Liunian abrió la puerta del patio.

 

—Este era el lugar donde vivía el segundo jefe Lu. Pero pasaba más de medio año en la taberna Shanhaiju, casi nunca volvía. Por ahora, joven héroe Xiao, quédese aquí.

 

Xiao Lan asintió.

—Gracias, Lord Wen.

 

—Somos una familia, no hace falta agradecer —sonrió Wen Liunian—. Debe de estar cansado del viaje. Descanse bien. No lo molesto más.

 

Xiao Lan lo vio alejarse antes de cerrar la puerta del patio. Miró el árbol seco en la esquina, la campanilla de madera bajo el alero, imaginando cómo habría vivido Lu Zhui allí. Su mirada se volvió suave sin darse cuenta.

 

Dentro de la casa, sobre la mesa del salón, había un juego de té de porcelana blanca. En la taza, unas ramas de bambú estaban pintadas con trazos finos. A un lado, en caligrafía vigorosa, se leía: «Apto para niebla, lluvia y viento; oculta aldeas sobre el agua, cubre pinos entre montañas».

 

El poema era antiguo, pero la letra era de Lu Zhui. Xiao Lan pasó los dedos por los trazos durante mucho tiempo antes de soltar la taza con suavidad.

 

***

 

En el palacio, en el Estudio Imperial.

 

—Sí —dijo Wen Liunian con una sonrisa radiante—. Xiao Lan ha llegado.

 

—Mi querido funcionario Wen ya lo vio. ¿Qué impresión le dio? —preguntó Chu Yuan desde detrás del escritorio imperial.

 

—¡Excelente! —respondió Wen Liunian con voz clara.

 

—Explíquese —dijo Chu Yuan—. ¿En qué sentido “excelente”?

 

—Apariencia imponente, porte distinguido —enumeró Wen Liunian—. Solo comió una cena en la taberna Shanhaiju y ya tenía a medio salón mirándolo de reojo. Incluso una casamentera parecía lista para pedir su mano en ese mismo instante.

 

—No estoy preguntando por su cara —Chu Yuan golpeó la mesa con disgusto—. Si sigues desviando el tema, esta noche te quedas en palacio comiendo pan de mijo.

 

«No, gracias.» Wen Liunian se rascó la mejilla, imperturbable.

 

—Fuera del aspecto… ¿no debería Su Majestad verlo con sus propios ojos? Este humilde funcionario no se atreve a asegurar nada.

 

—Ay, querido funcionario Wen… —Chu Yuan bajó del trono y le dio unas palmadas en el hombro—. El viejo Liu es un zorro, pero tú eres un zorrito completo. Mucho más escurridizo que él. Xiao Lan es prácticamente de tu familia, ¿y ni así puedes darme una pista?

 

—Ese joven héroe Xiao… el segundo jefe Lu dice que es bueno, el viejo general Yang dice que es bueno, el médico divino Ye dice que es bueno, incluso los enviados del Reino de Nuyue dijeron que era bueno. Si todos coinciden, debe ser realmente bueno —respondió Wen Liunian—. Pero Su Majestad quiere ponerlo al mando de tropas. Es un asunto delicado. Y como yo no lo conozco bien, no me atrevo a opinar a la ligera.

 

—Está bien. Iré contigo a tu residencia a verlo —dijo Chu Yuan.

 

—¿Su Majestad va a salir del palacio? —Wen Liunian casi se atragantó—. Eso… no parece muy apropiado.

 

«¿Un gobernante visitando personalmente a un hombre del Jianghu?»

 

—¿Qué tiene de inapropiado? La familia Lu entregó una montaña de oro. Aunque fuera a su casa a premiarlos en persona, no sería exagerado —dijo Chu Yuan en voz baja—. Además, el Venerable Lord Taifu vendrá más tarde. Necesito un pretexto para escapar un rato.

 

Wen Liunian entendió al instante.

—¿El funcionario Lord Tao quiere presionar otra vez para que Su Majestad elija consorte?

 

Chu Yuan volvió a palmearle el hombro.

—¿Lo ves? Prepara una litera discreta. Nada de alboroto. Que nadie se entere.

 

***

 

El palacio no estaba lejos de la residencia del Primer Ministro. Bastaba con salir por la Puerta Chongde y doblar la esquina. Xiao Lan estaba en el patio limpiando su látigo Wujin cuando vio a Wen Liunian entrar corriendo.

—Joven héroe Xiao, el Emperador Chu ha venido.

 

—¿El Emperador Chu? —Xiao Lan se sorprendió, se puso de pie y dejó el arma a un lado. Pensó que lo convocarían por la noche, no que el Emperador vendría a buscarlo personalmente.

 

—No hace falta tanta ceremonia —dijo Chu Yuan al entrar, haciendo un gesto con la mano—. Fuera del palacio no hay tantas reglas.

 

—Gracias, Su Majestad —respondió Xiao Lan. Había escuchado a Lu Zhui hablar de él: joven, capaz, decisivo. Y ahora que lo veía, incluso vestido de civil seguía irradiando nobleza y autoridad. Realmente tenía el porte de un Emperador.

 

Al mismo tiempo, la impresión de Chu Yuan sobre Xiao Lan también fue excelente. Tal como Wen Liunian había dicho: alto, apuesto, con buenos modales, ni arrogante ni servil, movimientos limpios y seguros. Tenía el aire de un héroe del Jianghu. Si realmente tenía talento para comandar tropas, sería una bendición para el Gran Chu.

 

—En el camino, mi querido funcionario Wen me contó que el segundo jefe Lu está bien. Me alegra —dijo Chu Yuan, sentándose en un banco de piedra—. Dentro de un año, le devolveré el vino que le debo.

 

Xiao Lan sonrió.

—¿Su Majestad le debe vino a Mingyu?

 

—Una partida de ajedrez por una jarra de vino. Y perdí —dijo Chu Yuan—. Entre mi querido funcionario Wen y él, uno me engaña para tomar té y el otro para beber vino. Entre los dos, soy invencible… pero perdiendo.

 

Wen Liunian casi se atraganta.

 

«¿Cómo que engañar?»

 

«Las apuestas se cumplen. Todos fuimos muy civilizados.»

 

—El segundo jefe Lu es uno de los jóvenes maestros más distinguidos de Wang Cheng —continuó Chu Yuan—. Han venido a pedir su mano más personas de las que puedo contar. El funcionario Liu Dajiong incluso le ofreció a sus tres hijas y ocho sobrinas, una por una. Aun así, ninguna prosperó. Casi muere de rabia.

 

—Mingyu me contó eso —dijo Xiao Lan—. Dijo que en esa época no se atrevía a volver a la residencia del primer ministro ni a la taberna Shanhaiju. Pasaba los días escondido en los burdeles.

 

Una estrategia… peculiar, pero efectiva.

 

Chu Yuan soltó una carcajada.

—En el Gran Chu hay leyes. Si un funcionario entra a un burdel sin motivo oficial, pierde el sombrero de funcionario. Ese es el único lugar al que el viejo Liu Dajiong no se atreve a ir.

 

Wen Liunian, con las manos en las mangas, observó cómo ambos conversaban con naturalidad. Poco a poco se relajó. Si ni tres hijas ni ocho sobrinas habían logrado conquistar al segundo jefe Lu, el hombre que él eligiera para él no podía ser malo.

 

Xiao Lan nunca había pisado un campo de batalla y sabía poco de estrategia militar, pero tenía una conducta recta, una visión amplia y una habilidad marcial sobresaliente. Cuanto más hablaba Chu Yuan con él, más satisfecho estaba. En los últimos años, el Gran Chu carecía de generales. El único gran general, Shen Qianfan, estaba tan sobrecargado que parecía dividido en cinco. La llegada de Xiao Lan era como una lluvia dulce en un desierto: quizá no creara un oasis, pero al menos aliviaría la sequía.

 

Conversaron desde la tarde hasta la puesta del sol. Cuando los sirvientes encendieron las lámparas, se dieron cuenta de que ya había pasado la hora de la cena.

 

—Majestad, es hora de regresar al palacio —susurró Wen Liunian.

 

—¿Qué pasa? ¿La residencia del Primer Ministro no puede darme de cenar? —bromeó Chu Yuan.

 

Wen Liunian se apresuró a decir:

—Este funcionario irá a ordenar que preparen la comida.

 

—No hace falta. Hoy ya hemos hablado suficiente —Chu Yuan se levantó—. Mañana, después de la corte matutina, tráeme al joven héroe Xiao al palacio.

 

Tras despedir al Emperador Chu y a Wen Liunian, Xiao Lan se recostó en el diván del patio, repasando en su mente todo lo conversado. No sentía frío. Si hubiera sido un año atrás, jamás habría imaginado que algún día se sentaría frente al Emperador Chu a conversar largamente. Ir a la guerra, proteger la frontera, servir al país… cosas que antes escuchaba como historias lejanas, ahora estaban a punto de convertirse en realidad. Y todo, absolutamente todo, tenía un origen: Lu Zhui.

 

Gracias a él, Xiao Lan había salido de aquella tumba oscura y silenciosa. Gracias a él, había descubierto que el mundo era vasto, que la vida no era solo custodiar tesoros enterrados, sino también hacer cosas que realmente importaban. Caballos, acero, viento y arena… servir al país sin arrepentimientos.

 

Al llegar a la puerta del palacio, Chu Yuan preguntó:

—¿Has calculado el destino de Xiao Lan, querido funcionario Wen?

 

Wen Liunian respondió en voz baja:

—Sha Po Lang.

 

En el fin del cielo, una estrella solitaria brilla alta; bajo ella, un océano de nubes sin límites.

 

***

 

Cuando la neblina matutina se disipó, Lu Zhui retiró capa por capa la venda blanca de sus ojos y los abrió lentamente.

 

Una cara enorme apareció de golpe frente a él: mejillas redondas, sonrisa de oreja a oreja, dientes blancos como la nieve.

 

—Sigo sin ver nada… —dijo Lu Zhui con absoluta calma.

 

Ah Liu se quedó petrificado. De un tirón volvió a ponerle la venda llena de medicinas y empezó a envolverle la cabeza.

—¡Rápido, cúbrete más rato!

 

Lu Zhui giró la cabeza para esquivarlo, le dio una palmada y sonrió.

—Te estoy tomando el pelo.

 

—¿E-estás… bien? —Ah Liu se iluminó de alegría y se acercó aún más—. ¿Padre puede verme?

 

—Con esa cara tan grande, aunque quisiera no verte, sería difícil —dijo Lu Zhui.

 

Ah Liu dio un salto, casi llorando de felicidad. Caminó por el patio tres o cuatro veces, sin saber qué hacer con tanta emoción, hasta que recordó que debía avisar a los demás. Salió corriendo… y chocó de lleno con Tao Yu’er.

 

—Pero bueno, tú… —Tao Yu’er retrocedió dos pasos, entregó el cuenco de medicina a Lu Wuming y se limpió las manos—. ¿Viste un fantasma?

 

—No, no, mi padre, mi padre… —Ah Liu se señaló los ojos, tartamudeando de alegría—. ¡Ya, ya puede ver!

 

—¿Los ojos de Mingyu están bien? —Tao Yu’er se alegró muchísimo y corrió hacia el patio. Lu Wuming la siguió.

 

Al abrir la puerta, vieron a Lu Zhui bajo el árbol, sonriendo. La venda estaba tirada en el suelo. Sus ojos, limpios y brillantes bajo la luz del sol, tenían ese toque pícaro en las esquinas.

 

—Dijimos que esperaríamos hasta el mediodía para quitarla. ¿Cómo es que no pudiste aguantar? —Tao Yu’er le tomó la mano, entre regaño y alegría, con un poco de preocupación—. ¿De verdad estás bien? ¿Puedes verme?

 

—Sí —asintió Lu Zhui—. Señora Tao.

 

Luego miró detrás de ella.

—Padre. Señorita Yue.

 

Aunque no recordaba nada, con solo escuchar las voces y sentir las presencias, podía reconocerlos casi sin error.

 

—¡Ayoo! ¡qué bien! —Tao Yu’er sonrió—. Entra, entra. El sol está fuerte, no vayas a lastimarte los ojos otra vez.

 

—¿Con este sol tan débil? —murmuró Ah Liu.

 

—¡Tú cállate! —Yue Dadao le pisó el pie y entró con los demás.

 

***

 

Recuperada la vista, Lu Zhui encontraba todo fascinante. Dio tres o cuatro vueltas por el patio, examinó una hoja, una piedra, incluso un gato, como si fueran tesoros. Los demás estaban felices, pero también nerviosos: temían que recordara algo relacionado con Xiao Lan. Pero, por fortuna, las medicinas y drogas del médico divino Ye eran eficaces. Aunque Lu Zhui veía bien y estaba rodeado de sus seres queridos, su mente seguía en blanco. No recordaba a Xiao Lan. No recordaba ninguna preocupación. Vivía tranquilo y despreocupado.

 

***

 

—Joven maestro Lu, ¿por qué siempre toca las mismas dos melodías? —preguntó Yue Dadao una tarde, sirviéndole té—. Ya tengo callos en los oídos.

 

Lu Zhui dejó de tocar.

—¿No te gustan?

 

—Sí me gustan, pero siempre son las mismas —Yue Dadao apoyó la barbilla en la mesa—. ¿Cómo se llaman?

 

—No tienen nombre. Las improvisé —respondió Lu Zhui—. Una es cielo vasto y tierra abierta. La otra, puente pequeño y agua corriente. Dos estados de ánimo distintos, dos lugares distintos.

 

—¿Y dónde es eso? —preguntó Yue Dadao. Pero apenas terminó la frase, se dio cuenta de que quizá no debía preguntar. Se tapó la boca de inmediato—. ¡No dije nada!

 

—¿Qué tiene de malo decirlo? —Lu Zhui sonrió—. No sé dónde es. Quizá uno está al norte y el otro al sur.

 

—Oh… —Yue Dadao asintió, y enseguida cambió de tema—. ¡Joven maestro Lu, tome té!

 

Lu Zhui levantó la taza. Observó las hojas de té que subían y bajaban en el líquido verde jade, pero su mente seguía en la frase que acababa de pronunciar.

 

«Uno al norte y el otro al sur…»

 

«Uno al norte y el otro al sur…»

 

«¿Dónde serían?»

 

***

 

Desde Wang Cheng hasta el desierto del norte, Xiao Lan cabalgó sin descanso. En poco más de un mes llegó a la frontera. La puerta de la ciudad, construida con piedra azul, se alzaba imponente. Las dos palabras “Yumen” estaban ya desgastadas por el viento y la arena, pero lejos de parecer ruinosas, tenían una belleza antigua y solemne.

 

Xiao Lan condujo su caballo por el bosque de álamos del desierto, buscando un puesto donde pasar la noche. El cielo empezaba a oscurecer. Quizá por la guerra, casi no había caravanas en el camino. De vez en cuando sonaba una campanilla de camello, pero sus dueños pasaban rápido, sin ganas de hablar con desconocidos.

 

—El mundo está revuelto. No hay negocio que prospere —suspiró la dueña del puesto de té, cubierta con un velo. Al ver a Xiao Lan, soltó una risita y preguntó—: ¿El joven héroe viene a beber?

 

—Un cuenco de fideos, un plato de carne de res y una jarra de vino caliente —dijo Xiao Lan, desmontando. El aire frío convertía su aliento humo.

 

La mujer asintió. Sus ojos almendrados brillaron con picardía. Preparó la comida rápidamente, pero no se marchó. Al contrario, se inclinó hacia él, casi pegándose.

 

—La noche es larga y solitaria. ¿No quiere el joven héroe alguien con quien beber?

 

Xiao Lan se apartó con naturalidad.

—Si yo pago el vino, ¿por qué habría de invitar a alguien gratis? Sería un mal negocio.

 

—Tacaño —la mujer tomó una copa y se sirvió ella misma—. En este desierto hay hombres que se arrodillan para pedirme que beba con ellos, y ni así les hago caso. Pero usted… usted sí que no sabe apreciar.

 

—Ya tengo pareja —dijo Xiao Lan.

 

—En este desierto inmenso, ¿a quién le importa si tienes pareja o no? —se burló ella.

 

Xiao Lan respondió con calma:

—Pero aparte de mi amado, no me interesa nadie más.

 

 

—¡Qué aburrido! —tras ser rechazada una y otra vez, la mujer del puesto perdió por fin el interés. Le lanzó una mirada de desdén, dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco y volvió a la cocina a limpiar platos.

 

Xiao Lan curvó apenas los labios. Cuando terminó de comer, se recostó contra el pilar de madera para descansar. Planeaba pasar la noche allí y continuar al día siguiente.

 

A medianoche, el viento y la arena se hicieron más intensos, tiñendo de amarillo el cielo azul oscuro. En medio de aquella confusión, a lo lejos comenzó a escucharse el galope de caballos. Xiao Lan cerró los ojos hasta una rendija y, sin mover un músculo, aferró el extremo del látigo Wujin.

 

Una tropa se acercó desde el horizonte. Lo que primero era solo una sombra negra se convirtió pronto en varias decenas de jinetes: caballería del desierto. Ataron los caballos de cualquier manera a las piedras frente al puesto y empezaron a hablar en lengua extranjera, riendo y gritando, claramente de buen humor. Uno de ellos golpeó la mesa con su gran sable, gritando algo que parecía una orden para que saliera el dueño. Pero por más que gritó, la puerta siguió cerrada, sin un solo sonido desde dentro, como si no hubiera nadie.

 

Uno de los soldados perdió la paciencia. De una patada abrió un agujero en la puerta de madera. Cuando iba a dar la segunda, por fin alguien abrió. La mujer del puesto salió bostezando. Ya no llevaba el vestido rojo, sino un grueso abrigo azul. Sonrió.

—Así que eran clientes. Pensé que eran bandidos.

 

Ella era del desierto, así que debía hablar la lengua local, pero por alguna razón insistía en usar el idioma de la llanura central.

 

Los jinetes no lo encontraron extraño. En tiempos de paz, los mercados fronterizos mezclaban lenguas; todos sabían un poco de ambas. Al verla despierta, le ordenaron preparar comida y vino, y juntaron varias mesas, riendo y golpeando los platos, sin preocuparse en absoluto por el hombre que dormía en un rincón.

 

Pronto, el aire se llenó del aroma de carne y licor. Xiao Lan seguía recostado, ojos cerrados, escuchando. Después de comer y beber, los soldados no se marcharon. Al contrario, empezaron a golpear la mesa, pidiendo que la mujer bailara para entretenerlos.

 

—Ay, señores, con esta ropa tan vieja no puedo bailar —rio ella desde detrás del fogón—. Mejor les traigo más carne de res.

 

Mientras hablaba, extendió la mano hacia el cuchillo de cocina, pero uno de los jinetes le agarró la muñeca y la arrojó sobre la mesa.

 

—¡Maldita mujer! —gruñó el líder, en un torpe idioma Han. Levantó la mano para abofetearla, pero un dolor agudo le atravesó la muñeca. Antes de entender qué había pasado, su cuerpo ya estaba en el aire. Describió una curva perfecta y cayó fuera del puesto como un saco de arena.

 

Xiao Lan sostenía el látigo Wujin, mirándolos con frialdad.

 

Los soldados por fin se dieron cuenta de su presencia. Enfurecidos, desenvainaron sus armas y se lanzaron sobre él. Pero no eran rival para Xiao Lan. En un abrir y cerrar de ojos, todos estaban rodando por el suelo, gimiendo, amontonados unos sobre otros en una escena casi ridícula.

 

—Largo —ordenó Xiao Lan, con una sola palabra.

 

Los jinetes se levantaron como pudieron, montaron a toda prisa y huyeron en desbandada. Xiao Lan guardó el arma y le dijo a la mujer del puesto:

—Señorita, será mejor que cambie de oficio.

 

—Este es mi único sustento —respondió ella, ajustándose el abrigo. Luego volvió a reír con picardía—. ¿Por qué no me toma por esposa, joven héroe? Si me casa, nadie volverá a molestarme.

 

Xiao Lan negó para sí. El cielo ya clareaba, así que se dispuso a marcharse. Antes de irse, recogió una placa de identificación que los soldados habían dejado caer y dejó un lingote de plata sobre la mesa.

 

La mujer lo observó alejarse, aun sonriendo. Recogió la plata y la lanzó al aire.

—Toma, crío. Para ti.

 

Un monito salió de entre las vasijas, abrazó el lingote con ambas manos, lo mordió y chilló satisfecho.

 

***

 

Xiao Lan pasó tres días solo en el desierto, experimentando en carne propia lo que era la vastedad del cielo y la tierra. Luego dio media vuelta, regresó a la frontera y golpeó el aldabón de bronce de la residencia del general.

 

—Joven héroe Xiao —al enterarse de su llegada, He Xiao vino personalmente desde el campamento militar—. ¡Un honor, un honor!

 

—El honor es mío, general —respondió Xiao Lan—. Antes de venir, Su Majestad me habló mucho de la guerra en el desierto. El ejército de la familia He en Yumen es realmente famoso.

 

—¡Lan’er! —Yang Qingfeng entró sonriendo al patio—. Por fin llegaste.

 

—Shifu —Xiao Lan se inclinó.

 

—Debes de estar cansado del viaje —Yang Qingfeng le dio unas palmadas en el hombro—. ¿Todo fue bien en el camino?

 

—Dentro del Gran Chu, sí. Pero antes de venir a la residencia del general, pasé dos o tres días en el desierto. Allí me encontré con un grupo de jinetes —dijo Xiao Lan—. Esta es su placa.

 

—Una placa del Reino Xilan —Yang Qingfeng frunció el ceño—. Últimamente están cada vez más insolentes. Roban, saquean, incendian… no hay maldad que no cometan. ¿Tuviste un enfrentamiento con ellos?

 

—En un puesto de té. Intentaron abusar de una mujer. Los espanté —respondió Xiao Lan.

 

—¿Una mujer? —He Xiao se sorprendió—. Estos meses, con tanta tormenta de arena, no hay ni fantasmas en el desierto. ¿De dónde salió una mujer?

 

Xiao Lan se quedó perplejo.

 

—Pero yo la vi. Tendría unos veinte años. Muy hermosa. Y su manera de hablar y comportarse era… bastante atrevida.

 

—¿Una mujer en pleno desierto, vendiendo licor en mitad de la noche, además seductora y descarada? —He Xiao lo miró con profunda compasión. A su lado, el vicecomandante Zhou Yao también frunció el ceño, preocupado. 

 

—Eso es ver fantasmas.

 

Xiao Lan: “…”

 

Yang Qingfeng intervino:

—A partir de ahora, debes tener más cuidado.

 

Xiao Lan asintió.

—Este discípulo lo recordará.

 

Pero recordarlo no bastó. Más tarde, Zhou Yao apareció con un grupo de sacerdotes taoístas —nadie sabía de dónde los había sacado— y le hicieron un ritual completo antes de dejarlo marchar.

 

Cubierto de ceniza de hierbas, Xiao Lan fue a buscar a su shifu.

 

Yang Qingfeng lo consoló:

—Con el tiempo lo entenderás. El vicecomandante Zhou es excelente en todo… salvo por un detalle: se mete en absolutamente todo. Comida, ropa, alojamiento, descanso… y ahora también exorcismos.

 

—No vengo a quejarme —Xiao Lan se sacudió la ceniza—. Quería preguntarle cómo está la situación en la frontera.

 

—Escaramuzas pequeñas, pero muy molestas —respondió Yang Qingfeng—. Yelü Xing es astuto. Sabe que el Reino Xilan tiene poca gente y no puede enfrentarse al ejército del Gran Chu, así que divide sus tropas en decenas de grupos. Se esconden en el desierto; es imposible encontrarlos. Cuando quiere atacar, envía mensajeros y los reúne. Aparecen y desaparecen como fantasmas.

 

—De haberlo sabido, cuando estuvo en Yangzhi lo habría matado —dijo Xiao Lan.

 

—Deja a Yelü Xing por ahora. Hablando de Yangzhi… ¿cómo está Mingyu? —preguntó Yang Qingfeng.

 

—Aunque perdió la memoria, quizá no sea algo malo —respondió Xiao Lan—. Al menos ya no lo atormentan las preocupaciones. Está bien.

 

Yang Qingfeng asintió.

—Si puedes verlo así, mejor aún. Ahora que estás en el noroeste, deja de lado los asuntos del corazón. Concéntrate en lo que tienes que hacer.

 

***

 

En la ciudad de Yangzhi, Lu Zhui paseaba sin nada que hacer. En el camino, ya le habían arrojado siete u ocho pañuelos perfumados: unos bordados con mandarines, otros con flores de loto.

 

Ah Liu estaba al borde del colapso.

—Padre, padre, volvamos ya.

 

—Dime —Lu Zhui se detuvo de pronto—. ¿Yo antes… tenía a alguien en el corazón?

 

Ah Liu quedó petrificado.

 

Si decía que no, ¿y si venía una casamentera y su padre aceptaba por impulso?

 

Si decía que sí, ¿dónde estaba esa persona?, ¿por qué no aparecía?, ¿cómo explicaba semejante enredo?

 

No podía inventar algo así.

 

—¿Usted qué cree? —preguntó Ah Liu con extremo cuidado.

 

—Con esa cara que has puesto, seguro que sí tenía —Lu Zhui lo miró fijamente—. Habla claro. ¿Quién dejó a quién?

 

—¡No, no, no! —Ah Liu agitó las manos. De pronto tuvo una idea—. Padre, su destino es malo. No puede tener enamorado. Tampoco puede casarse.

 

—¿Mi destino es malo? —Lu Zhui se sorprendió.

 

Ah Liu, con gravedad solemne:

—Nación bajo la estrella Sha Po Lang.

 

Lu Zhui le dio un puñetazo en el pecho.

—¡Estrella tu cabeza!

 

Ah Liu gimió de dolor.

—En resumen, en estos dos años, padre no puede enamorarse.

 

Justo entonces pasó un joven libertino. Ya le caía mal Lu Zhui desde antes. Al escuchar eso, soltó una carcajada:

—¿Y quién te crees? ¿Un inmortal que descendió al mundo terrenal y no puede enamorarse?

 

Lu Zhui: “…”

 

Ah Liu: “…”

 

Esa misma tarde, toda la ciudad sabía que el joven maestro Lu no podía enamorarse a la ligera.

 

—Esto suena igualito a la historia del joven maestro Shen del Palacio Perseguidor de las Sombras —comentó la gente, libro en mano.

 

—Igualito, igualito —dijo el librero, escupiendo saliva al hablar—. Son todos amigos inmortales, vienen del mismo sitio.

 

Las ventas del libro se dispararon.

 

***

 

El tiempo pasó rápido. En un abrir y cerrar de ojos, llegó la víspera del Año Nuevo.

 

Tao Yu’er le hizo a Lu Zhui un conjunto nuevo. No eligió el blanco habitual, sino brocado amarillo pálido con un cinturón azul. Brillante y elegante.

 

—El joven maestro Lu está guapísimo —dijo Yue Dadao.

 

Lu Zhui extendió papel rojo sobre la mesa y escribió más de diez pares de coplas. Además de pegarlas en su propia puerta, mandó a Ah Liu a repartir el resto. Los vecinos miraron la caligrafía —un torbellino de trazos cursivos— y no entendieron ni una palabra. Pero como era obra del joven maestro Lu, la aceptaron a regañadientes.

 

Ah Liu volvió corriendo, radiante.

—¡Padre, no lo vio! ¡Apenas las saqué, zas, se las pelearon!

 

—¿Sí? —Lu Zhui se remangó—. Entonces escribiré más.

 

—¡No, no, no! —Ah Liu casi se le erizó el cabello. Lo empujó hacia el salón—. ¡A tomar té!

 

***

 

En la frontera, los soldados del Gran Chu encendían fogatas y preparaban un cordero entero para la noche. No podían beber, pero comer juntos ya era celebrar el Año Nuevo.

 

Xiao Lan miraba a lo lejos desde la muralla.

—Es la primera vez que paso el Año Nuevo con tanta gente.

 

—Aunque sea Año Nuevo, no podemos bajar la guardia —suspiró Yang Qingfeng—. El Reino Xilan está demasiado silencioso últimamente. No es normal. Se avecina una tormenta.

 

Xiao Lan asintió.

—Lo sé.

 

En la distancia, el viento levantó arena amarilla. En lo profundo del desierto, Yelü Xing estaba sentado ante una mesa llena de informes.

 

—Su Alteza —un soldado se arrodilló—. Ya lo confirmamos. Solo está Xiao Lan. No hay rastro de Lu Zhui ni de Lu Mingyu.

 

—¿De verdad vino solo? —Yelü Xing se acarició la barbilla—. No debería ser así.

 

—¿Aun pensando en tu belleza perdida? —entró un hombre corpulento, riendo. Era su tío lejano, Hu Dahan.

 

—Tío, siempre burlándose de mí —Yelü Xing dejó el mapa—. ¿Está todo listo?

 

—Todo listo —los ojos de Hu Dahan brillaron con ferocidad—. Esta noche partimos. ¡Aniquilaremos al ejército del Gran Chu!


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