Capítulo
163: Sonido del guqin.
El
nuevo guardia se ha ido de nuevo.
El sol salía y se ponía, el viento venía
y se iba. El tiempo corría como agua entre los dedos; tres días pasaron en un
abrir y cerrar de ojos. Aquella noche, la luna era clara como el jade, bañando
el jardín y las plantas en una luz plateada.
Una ráfaga de viento otoñal barrió el
patio, haciendo crujir las hojas secas.
Lu Zhui se encogió dentro de las mantas,
metiendo también la barbilla.
—¿Tienes frío? —preguntó Xiao Lan en voz
baja.
—No —Lu Zhui pensó un momento—. Solo que
al oír el viento… siento que debo envolverme bien.
Xiao Lan sonrió y le rozó la mejilla con
los nudillos.
—Dormiste todo el día. Ahora sí estás
despierto. En la cocina han mantenido el caldo de gallina caliente. ¿Quieres
comer algo?
—No tengo hambre —Lu Zhui apoyó la
cabeza en su pecho y bostezó, casi murmurando para sí mismo—. En esta época, en
el Acantilado Chaomu hay montones de azofaifos silvestres. Rojos y verdes. Los
dulces sirven para acompañar el vino, los ácidos para lanzárselos a alguien.
Xiao Lan le envolvió la mano entre las
suyas.
—¿Extrañas a tus hermanos?
—No sé qué me pasa —Lu Zhui suspiró,
frustrado—. Cuanto menos puedo moverme, más ganas tengo de ir a todas partes.
De oeste a este, de sur a norte, en esos
días había recorrido en su mente todos los ríos y montañas del Gran Chu: las
peonías de Luocheng, la nieve pesada de Songcheng, las aguas de Yangzhou, las
montañas de Zhouzhou. Descubrió que aún había demasiados lugares que no había
visto. Pero la venda blanca frente a sus ojos era como un muro grueso que
separaba el bullicioso mundo exterior, dejándole solo una niebla impenetrable.
Por más que deseara mirar, no podía atravesarla.
Xiao Lan lo abrazó con fuerza.
Lu Zhui apoyó la barbilla en su hombro.
—Hoy dormí ocho horas.
—Antes andabas de un lado a otro,
comiendo al aire libre y durmiendo donde podías. Ahora estás recuperando lo
perdido —dijo Xiao Lan.
Al oír la ronquera y el cansancio en su
voz, Lu Zhui sonrió. Tanteó hasta encontrar su rostro y le sostuvo las
mejillas, como si fuera él quien debiera consolarlo.
—Estoy bien.
Xiao Lan tomó esa mano delgada y la
llevó a sus labios. Sus ojos estaban enrojecidos, la garganta se le movió, pero
no pudo decir nada. Los recuerdos pasaron por su mente como caballos
desbocados: dulces y dolorosos, mezclados, desgarrando su corazón.
—Ve al noroeste —dijo Lu Zhui.
Xiao Lan respiró hondo, forzando una
sonrisa.
—Pero si dijimos que iríamos juntos.
Lu Zhui negó con la cabeza y lo abrazó
por los hombros. No sabía exactamente qué había dicho Ye Jin, pero sí sabía que
su cuerpo empeoraba. Ayer durmió seis horas, hoy ocho. Quizá pronto dormiría
sin despertar.
Nunca había sido pesimista, ni se
quejaba del destino. Pero algunas palabras, si no las decía ahora, quizá ya no
tendría oportunidad. Si su cuerpo no podía seguir, quería que Xiao Lan fuera al
noroeste. Quería que tuviera algo que hacer, algo que lo mantuviera en pie.
Incluso si la guerra era cruel, era mejor que quedarse solo frente a una tumba
nueva, ahogándose en vino y tristeza.
—Prométemelo —dijo Lu Zhui en la
oscuridad, obstinado.
—Está bien. Te prometo que iré al
noroeste —Xiao Lan apretó su mano, la voz rota—. Pero tú prométeme que vas a
cuidarte. Nada de pensamientos raros.
Lu Zhui levantó un poco la cabeza. Sus
labios estaban secos.
El aroma de las medicinas se extendía
entre sus dientes, con un amargor tenue. Para Xiao Lan, ese era el sabor de
todos los recuerdos de aquel beso. Sus lenguas se entrelazaban con una mezcla
de desesperación y delicadeza. La venda blanca cayó sobre las sábanas. Lu Zhui
abrió los ojos con inquietud: como era de esperar, solo encontró oscuridad
absoluta.
Xiao Lan besó cada rastro húmedo de su
rostro, hasta llegar a las pestañas que temblaban ligeramente.
—No tengas miedo —susurró.
Lu Zhui escondió el rostro en su pecho,
aferrándose a las sábanas con los dedos.
Una ráfaga de viento otoñal se coló por
la ventana y apagó la vela de la cabecera, dejando la habitación sumida en una
negrura que no se disipaba.
***
A la mañana siguiente, el cielo estaba
cubierto por una neblina pesada. Las nubes ocultaban el sol, dejando pasar
apenas unos hilos de luz débil. La habitación estaba oscura. Lu Zhui dormía
profundamente entre las mantas. Xiao Lan se quedó sentado a su lado durante
mucho tiempo, hasta que escuchó voces en el patio: era Ye Jin. Se levantó para
salir, pero antes de cruzar la puerta volvió la cabeza para mirar una vez más
al hombre dormido en la cama.
—¿Cómo está? —preguntó Ye Jin al verlo
salir.
—Bien. Sigue dormido —respondió Xiao
Lan—. ¿Cuándo empezamos?
—Todo está preparado —dijo Ye Jin.
Xiao Lan se quedó quieto un instante,
como si algo dentro de él se rompiera, pero enseguida recuperó la compostura y
se hizo a un lado.
—Entonces, médico divino Ye, adelante.
Lu Wuming se acercó, le dio una palmada
en el hombro y entró a ver a Lu Zhui. Al comprobar que dormía plácidamente,
salió de nuevo.
—¿Cuánto tardará?
—Un día —respondió Ye Jin, tomando el
paquete de medicinas que Ah Liu le entregaba. Luego miró a Xiao Lan.
—Lo sé —dijo Xiao Lan—. Cuando Mingyu
despierte, partiré hacia el noroeste. No lo veré.
—¿Vas al noroeste? —Lu Wuming se
sorprendió, pero enseguida comprendió. Era una buena decisión: tener una tarea,
una responsabilidad, era mejor que pasar un año entero escondido, consumiéndose
en silencio.
—Como mucho estarán separados un año
—dijo Ye Jin para consolarlo—. Después de ese año, ven a la Mansión del Sol y la
Luna. Yo mismo te sacaré los gu restantes.
Xiao Lan asintió.
—Lo recordaré. Gracias, Lord Ye.
—Y después podrás ir a buscar al joven
maestro Lu —añadió Yue Dadao, intentando sonar alegre—. Si recuerda, perfecto.
Si no recuerda… pues vuelves a decirle todas esas palabras bonitas. Igual será
un romance que todos envidien.
Los demás rieron suavemente, forzando un
poco la ligereza del ambiente, disipando, aunque fuera un poco la nube de
tristeza.
—Voy a entrar —dijo Ye Jin.
Xiao Lan asintió. Un “gracias” se le
quedó atorado en la garganta. La acidez le subió al pecho y a los ojos. Cerró
el puño con tanta fuerza que los tendones se marcaron, conteniendo como podía
la oleada de emociones.
Ye Jin entró en la habitación. Tao Yu’er
suspiró y le dijo a Xiao Lan:
—Seguro que no dormiste en toda la
noche. Ve a descansar un rato.
Xiao Lan respondió, pero no volvió a su
cuarto. Se sentó bajo el corredor, apoyado en la columna, guardando silencio
frente a la puerta cerrada… y frente a la persona que estaba detrás de ella.
Cuando las nubes se disiparon, el sol
empezó a asomar. En la cocina se elevaba el humo del desayuno. Los sirvientes
trajeron comida, pero nadie tenía apetito. Solo Yue Dadao llevó un cuenco de
congee y unos platos ligeros a Ye Jin, sin atreverse a hablar ni a mirar
demasiado, retirándose enseguida.
Xiao Lan sintió que aquel era el día más
largo de su vida. Tan largo que repasó todos sus recuerdos, desde la infancia
hasta la víspera: las palabras que Lu Zhui había dicho, las cosas que había
hecho, lo que le gustaba comer, lo que le gustaba vestir. Todos esos
fragmentos, tan pequeños y precisos, formaban un pasado vivo y palpitante.
Cuando una persona olvida, siempre queda
otra que recuerda.
Apoyado en la columna de madera, Xiao
Lan pensó en qué historia contaría primero cuando, dentro de un año, volvieran
a encontrarse. ¿La promesa de vida y muerte en la Tumba Mingyue? ¿La visita apresurada
a Wang Cheng? ¿O esta despedida silenciosa en el pequeño patio del salón de
artes marciales? Pensó en muchas cosas, pero ninguna le pareció suficiente.
Incluso una sola sonrisa de Lu Zhui, una sola queja, quería grabarla en su
memoria para siempre, tan nítida como el primer día, incluso cuando fuera viejo
y encorvado, con el cabello blanco.
El sol fue hundiéndose hacia el oeste.
Ye Jin cubrió a Lu Zhui con las mantas y soltó un largo suspiro. La
concentración prolongada lo había mareado; apoyó la mano en el borde de la cama
y descansó un buen rato antes de salir.
—¿Cómo está? —todos se abalanzaron sobre
él.
—Todo salió bien —dijo Ye Jin—. Mañana
al mediodía el segundo jefe Lu despertará. Pero sus ojos tardarán tres o cinco
meses en recuperarse.
—Muchas gracias, médico divino Ye —Lu
Wuming soltó el aire que llevaba atrapado en el pecho. Sus manos, apretadas
todo el día, estaban empapadas de sudor frío.
—No hay de qué —respondió Ye Jin—. Al
despertar puede estar algo confundido. Perderá recuerdos y eso lo pondrá
ansioso, pero no es grave. No se preocupen demasiado.
—¿Y Lan’er? ¿Debe evitarlo desde ahora?
—preguntó Tao Yu’er.
—Lo mejor es que sí —dijo Ye Jin.
Xiao Lan asintió.
—Está bien.
—Lord Ye, vaya a descansar —dijo Tao Yu’er—.
Preparé caldo de gallina. Haré que lo lleven enseguida.
—Gracias, señora —Ye Jin se frotó las
sienes—. Me retiro.
Ah Liu y Yue Dadao lo acompañaron hasta
su alojamiento, esperaron a que comiera y luego regresaron al patio. Allí
encontraron a Xiao Lan aún bajo el corredor, mirando la ventana tallada que
permanecía cerrada. Lu Wuming y Tao Yu’er, bajo el árbol, suspiraron sin saber
cómo consolarlo.
Las estrellas fueron llenando el cielo.
La medianoche trajo un viento frío. Yue Dadao acompañó a Tao Yu’er de regreso a
descansar. Xiao Lan se volvió.
—Señor, vuelva usted también. Yo me
quedaré aquí esta noche. Mañana regresaré al Salón del Loto Rojo.
—No cargues tanto en el corazón —le dijo
Lu Wuming—. Al final, solo será un año.
Xiao Lan asintió.
—Lo sé.
—Ir al noroeste te hará bien. Mingyu
siempre quiso ir. Ahora podrás ver por él —añadió Lu Wuming—. Y si te cansas,
vuelve a descansar un poco. No vayas a enfermarte tú antes de que él se
recupere.
Xiao Lan aceptó. Hizo que Ah Liu
acompañara a Lu Wuming de vuelta, pero él no entró en la habitación. Aunque Ye
Jin había dicho que Lu Zhui no despertaría hasta el día siguiente, no quiso
arriesgarse. Permaneció sentado bajo el corredor, acompañando al hombre dormido
al otro lado de la puerta. El viento otoñal silbaba entre las vigas. Así pasó
la noche y la mañana.
Cuando Ye Jin llegó al mediodía, Xiao
Lan por fin se levantó y se alejó… pero no demasiado. Se sentó en el tejado
cercano, mirando los aleros grises azulados. En su palma, una pequeña flor de
jade rojo estaba tan caliente de tanto frotarla que parecía quemarle la piel.
Dentro de la habitación, Ye Jin giró
lentamente una aguja de plata y la extrajo de la coronilla de Lu Zhui,
dejándola en una bandeja. Los demás estaban en silencio, casi sin respirar. Yue
Dadao, impaciente pero temerosa de interrumpir, se ponía de puntillas para
mirar entre las cortinas, preguntándose por qué el joven maestro Lu aún no
abría los ojos.
Frente a él se extendía una llanura de
nieve interminable, tan blanca y espesa como mantas apiladas, cubriendo cielo y
tierra. La luz del sol se reflejaba en ella con un brillo deslumbrante, tan
vacío que hacía doler el corazón. A Lu Zhui no le gustaba aquel lugar; aceleró
el paso, deseando atravesar cuanto antes ese desierto blanco y encontrar algún
otro color, aunque fuera el negro desnudo de una roca pelada. Cualquier cosa
era mejor que aquel blanco absoluto.
Quizá caminó demasiado rápido. Su pie
resbaló y cayó hacia adelante. En el sobresalto gritó un nombre… pero olvidó
cuál era. Y en ese mismo instante despertó sobresaltado, incorporándose en la
cama, el pecho agitándose, la espalda empapada de sudor.
—Mingyu —Lu Wuming se sentó de inmediato
a su lado—. ¿Cómo te sientes?
Lu Zhui frunció el ceño. Aún no había
escapado del todo de la pesadilla. Intentó abrir los ojos… pero pronto
comprendió que era inútil. Todo era negro. Un negro absoluto, opuesto al blanco
del sueño.
—Ya pasó —Lu Wuming le dio unas palmadas
en la mano—. No tengas miedo.
Había voces alrededor, demasiado ruido.
Lu Zhui escondió el rostro entre las rodillas. Tardó un buen rato en recuperar
el aliento. Las voces le resultaban familiares, pero no podía recordar a quién
pertenecían. En su mente parecía haber cientos de garras diminutas arañando,
intentando sacar algo del fondo de su memoria… pero todas fallaban. Solo
dejaban un hormigueo incómodo, casi doloroso.
La sensación era insoportable.
Retrocedió un poco, temblando, respirando hondo para calmar la ansiedad que le
subía por el pecho.
—Mingyu —Lu Wuming hizo callar a los
demás con un gesto y continuó—. No tengas miedo. Estoy aquí. Soy tu padre.
Lu Zhui no respondió. No recordaba. No
recordaba nada.
—Te golpeaste la cabeza. El médico dijo
que podrías haber perdido la memoria —explicó Lu Wuming, observando su
expresión—. No importa si no recuerdas. Primero tranquilízate. No te apresures.
—¿Yo… perdí la memoria? —Lu Zhui levantó
la mano para frotarse los ojos, pero alguien le sujetó la muñeca. Lu Wuming
añadió—: No solo eso. Tus ojos también están heridos. El médico dijo que
tardarán tres o cinco meses en recuperarse.
Lu Zhui quedó aturdido. ¿Se había
golpeado la cabeza? ¿Se había quedado ciego? Era demasiado absurdo. Abrió la
boca para protestar, pero no encontró palabras. Había personas, había cosas…
como arena fina flotando en su mente. Pero cuando intentaba atraparlas, sus
manos quedaban vacías.
La inquietud volvió a apoderarse de él.
Quiso retroceder, esconderse, pero sentía que las personas a su alrededor
estaban genuinamente preocupadas por él. Así que permaneció sentado, inmóvil,
mirando la oscuridad sin saber qué hacer.
—No pasa nada. Con el tiempo lo
recordarás —intervino Ah Liu.
Esa voz también le sonaba familiar. Lu
Zhui tanteó:
—¿Tú eres…?
—¿Yo? —Ah Liu respondió enseguida—.
Padre, soy yo, Ah Liu. Tu hijo.
Lu Zhui: “…”
—¡Ayoo! —Yue Dadao le dio un pellizco—.
¿Qué hijo ni qué nada? ¿Quieres asustar al joven maestro Lu?
—¿Hijo? —Lu Zhui frunció el ceño,
confundido, y dirigió su mirada vacía hacia donde estaba Lu Wuming, como
esperando una explicación.
—Ah Liu antes era un bandido que se
adueñó de una montaña —explicó Lu Wuming—. Cuando fuiste a eliminar a la banda,
hiciste un trato con él: quien perdiera sería el hijo del otro. Y tú ganaste.
Ah Liu soltó una risita.
—Padre.
Lu Zhui también rio.
—¿Así de simple?
—Así de simple. Ah, y también está la
señorita Yue —añadió Ah Liu—. Es mi futura esposa.
—Joven maestro Lu —Yue Dadao dio un paso
al frente—. Cuando tus ojos sanen lo verás: Ah Liu es mucho más grande que tú.
No tiene ni un poco de “hijo”.
Su voz era clara, alegre, casi traviesa.
Y con ese tono, la ansiedad que oprimía el pecho de Lu Zhui empezó a aflojar.
Preguntó:
—¿Y por qué me golpeé la cabeza?
—Fue un accidente durante un combate —Lu
Wuming suspiró—. Culpa mía. Fui demasiado brusco y te dejé así.
«Vaya excusa», pensó Lu Zhui. Se frotó el entrecejo,
como si pudiera sacar algún recuerdo escondido.
***
Tao Yu’er saltó al tejado y se sentó
junto a Xiao Lan.
—Mingyu debe haber despertado ya.
—¿No vas a verlo? —preguntó Xiao Lan.
—Más tarde —respondió la dama Tao—. Si
tú estás aquí solo, ¿cómo no va a acompañarte tu madre? No voy a dejarte aquí
abandonado.
—Estoy bien —Xiao Lan forzó una
sonrisa—. Con que Mingyu haya despertado, ya estoy tranquilo.
—Un año pasa volando —dijo Tao Yu’er—.
¿De verdad irás al noroeste?
—Mn —respondió Xiao Lan—. Ya lo había
hablado con Mingyu. Él quiere que vaya. Y yo también quiero ir.
No solo por el país o la guerra; también
porque así el tiempo pasaría más rápido.
—Si ya lo decidiste, está bien —dijo Tao
Yu’er—. Estos días no he tenido tiempo de contarte algo. En unos diez días
terminarán de trasladar los tesoros de la Tumba Mingyue. Pero el ejército
imperial no se retirará todavía.
—¿Por qué? —preguntó Xiao Lan.
—Es lo que quiere el médico divino Ye… y
también el Emperador Chu —explicó Tao Yu’er—. Aunque ya sacaron la montaña de
oro, solo han entrado al salón principal. La cámara funeraria verdadera ni
siquiera la han visto. Lu Wuming tiene su propio motivo: sabe que Mingyu
aprecia la historia que guarda esa tumba y quiere que sea él quien abra la
cámara principal. Por eso decidieron sellarla por ahora.
—¿Y para evitar que los del Jianghu vengan
a causar problemas, dejaron al ejército imperial? —dedujo Xiao Lan.
—Exacto. Y para la corte imperial es un
negocio redondo. Aunque tuvieran que vigilar un año, o tres, o cinco, les
conviene —dijo Tao Yu’er—. Todo lo que aún queda dentro acabará en el Tesoro Imperial.
Incluso si la familia Lu no lo pidiera, el Emperador Chi igual enviaría tropas
a custodiar la Cresta Fuhun.
Xiao Lan asintió.
—Es lo mejor.
—Así que no te preocupes. Dentro de un
año volverás y abrirás la verdadera Tumba Mingyue junto a Mingyu —dijo Tao Yu’er—.
Y si la guerra en el noroeste no ha terminado, te lo llevas contigo. Que pelee,
que recite poesía, que beba vino. Con el cielo alto y la tierra vasta, que haga
lo que quiera. Eso sí es vivir libre.
Xiao Lan sonrió.
—Gracias, madre.
—Ay, hijo tonto —Tao Yu’er le apretó la
mano—. Pasar un poco de amargura ahora está bien. Así, lo dulce del futuro
sabrá mejor. ¿Entiendes?
—Sí —respondió Xiao Lan.
Y era verdad: no le temía al
sufrimiento. Mientras la persona que amaba pudiera vivir en paz, él soportaría
cualquier cosa con gusto.
Pasaron otros cinco días. El ánimo de Lu
Zhui ya se había calmado y empezaba a acostumbrarse tanto a la oscuridad frente
a sus ojos como a la blancura absoluta dentro de su mente. Se levantaba
temprano y se acostaba temprano; si había sol, se sentaba en el patio, y si
hacía viento o llovía, se acurrucaba bajo las mantas. Escuchaba a los demás
contarle historias del pasado: del Acantilado Chaomu, del restaurante Shanhaiju,
de la casamentera que rompió el umbral de la puerta en Wang Cheng, de las
disputas del Jianghu. A menudo, antes de que pudiera escuchar lo suficiente, ya
había llegado la noche.
Cuando llegaba la hora, tenía que
dormir. Si no, el médico divino Ye aparecía… y era muy severo. Todos parecían
temerle.
—¿Tiene la cara azul y colmillos?
—preguntó Lu Zhui en voz baja.
—¿Qué dices? El médico divino Ye es muy
guapo y puro —Yue Dadao casi se echó a reír mientras lo arropaba—. A dormir.
Lu Zhui obedeció, aunque se durmió lleno
de dudas.
Cada noche, Xiao Lan venía a verlo desde
la ventana. La cortina de la cama solo dejaba ver una silueta borrosa, aun así,
con solo pensar que el cuerpo de Lu Zhui mejoraba día a día, él se sentía
satisfecho y en paz.
***
Un mes después, Ye Jin preparó su
equipaje para regresar a la Mansión del Sol y la Luna. Lu Wuming quería
llevarse a Lu Zhui con él, comprar una casita en la ciudad de Qianye y seguir
allí la recuperación, más cerca del médico. Pero Lu Zhui no quería dejar
Yangzhi. No sabía por qué, pero sentía que ese lugar era importante para él,
aunque no pudiera recordarlo.
—No importa —dijo Ye Jin—. Ya dejé todas
las recetas. Mientras sigan las instrucciones, estará bien. Si al segundo jefe
Lu le gusta este lugar, que se quede.
—Muy bien —respondió Lu Wuming—. Esta
vez, mi hijo y yo le debemos demasiado al médico divino Ye.
—Somos como una familia, no hace falta
tanta cortesía —dijo Ye Jin—. Además, la corte ha estado en guerra en el Mar
del Este y ahora Nanyang también está inestable. Gracias a esta fortuna que
entró al Tesoro Imperial, no solo yo: hasta el Emperador Chu debería agradecer
personalmente a la familia Lu.
—Cuando Mingyu se recupere, lo llevaré a
la Mansión del Sol y la Luna para agradecerle en persona —dijo Lu Wuming.
—Entonces prepararé buen licor para
recibirlos —sonrió Ye Jin.
Lu Zhui estaba medio recostado en el
diván bajo el árbol, escuchando el sonido de las hojas secas caer: una, dos,
tres, cuatro.
Luego, un pie cayó con fuerza,
aplastando las hojas.
Lu Zhui lanzó una semilla de pino hacia
ese lado.
—Molestas.
—¿Molesto yo? —Ah Liu lo ayudó a
incorporarse—. Padre, es hora de comer.
—¿Viste a alguien en el camino?
—preguntó Lu Zhui.
—¿Alguien? Sirvientas, criados, tías…
todos son personas —Ah Liu le puso la cuchara en su mano.
—Me refiero a un experto marcial —dijo
Lu Zhui—. Últimamente siento que alguien vigila este patio.
Ah Liu se detuvo un instante.
—Sí, los guardias. Los nuevos.
—¿De verdad son guardias? —Lu Zhui
frunció el ceño—. Me parece que no quiere que lo descubra. Cada vez que
despierto de noche, se aleja enseguida.
—Aquí todos los guardias son así —Ah Liu
le acercó un muslo de pollo a la boca.
—¿En serio? —Lu Zhui seguía sin creerlo
del todo.
Ah Liu cambió de tema con rapidez y lo
arrastró a discutir durante media tarde si, cuando celebraran la boda en el
Acantilado Chaomu, debían colgar telas rojas por toda la montaña o incluso
cubrir de rojo las calles de Cangmang.
Lu Zhui no tenía ningún interés.
Bostezó.
—Qué derroche para casarte. ¿El
Acantilado Chaomu es tan rico?
—Muy rico —Ah Liu lo vio terminar la
comida, le dio agua para enjuagarse la boca, lo ayudó a caminar dos vueltas por
el patio y luego lo metió en la cama para su siesta obligatoria.
Lu Zhui pensó que su vida ociosa era
digna de un terrateniente rico. Ah Liu, en cambio, estaba con el corazón en la
garganta. En cuanto él se durmió, salió corriendo hacia la casa de enfrente,
subió al tejado y dijo:
—Creo que mi padre te descubrió.
Xiao Lan se sobresaltó.
—¿Qué?
—No que te recuerde —aclaró Ah Liu—.
Solo que notó que alguien lo vigila. Me preguntó quién era. Le dije que era un
guardia. Más o menos lo engañé.
Xiao Lan: “…”
—Ya te lo dije —intervino Tao Yu’er—.
Mingyu es listo, ágil, con artes marciales altas. Ahora que no puede ver, su
oído es aún más agudo. Pero tú insististe en venir cada noche.
Xiao Lan guardó silencio. Tras un
momento, dijo:
—Iré a Wang Cheng.
—¿Lo pensaste bien? —preguntó Tao Yu’er.
—Mn —respondió Xiao Lan—. Mingyu mejora
cada día. Puede que pronto vea. Es momento de irme.
—Bien —dijo Tao Yu’er—. Busca otra cosa
en qué ocuparte. Así tendrás menos preocupaciones.
«Si sigue vigilando desde el tejado,
tarde o temprano lo descubrirán.»
Lu Wuming, al enterarse, fue a verlo al
atardecer con una jarra de vino. Bebieron juntos en el pabellón hasta quedar
borrachos.
Yang Qingfeng había partido hacia Wang
Cheng un mes antes. Kong Kong Miaoshou seguía encerrado en la tumba Mingyue,
obsesionado con los mecanismos. Ni la luz del sol veía. Decía que guardaría el
tesoro para Xiao Lan y que cuando él regresara del noroeste, desmontarían la
tumba juntos. Tao Yu’er se quedó en Yangzhi para cuidar de Lu Zhui y con Yue
Dadao allí, no estaría sola.
Antes de partir, Xiao Lan miró por
última vez a Lu Zhui desde lejos. Las hojas amarillas caían. Bajo el árbol,
vestido de blanco, con los ojos cubiertos por una gasa, sus manos seguían
tocando las cuerdas del guqin. La melodía era amplia y majestuosa, como un
desierto interminable bajo un cielo azul y despejado.
El viento otoñal levantó polvo y nubló
la vista. Xiao Lan sintió un escozor en los ojos. Dio media vuelta, azotó las
riendas y salió disparado como una flecha, cruzando la calle vacía, atravesando
la imponente puerta de la ciudad. El caballo galopó sin detenerse. Yangzhi se
hizo pequeña a sus espaldas, hasta desaparecer. Pero la melodía del guqin
siguió resonando, persistente, acompañándolo en innumerables noches por venir.
***
—¿Ese guardia ya se fue? —preguntó Lu
Zhui, escuchando.
—Se fue —respondió Ah Liu.
Lu Zhui sonrió y no dijo nada más.
Volvió a tocar una melodía suave, ya no grandiosa, sino delicada y elegante,
como los sauces de marzo en Jiangnan, con hojas tiernas y copos verdes flotando
en el aire.
***
Cuanto más avanzaba hacia el norte, más
frío hacía. Cuando Xiao Lan llegó a Wang Cheng, los árboles estaban desnudos y
los niños llevaban abrigos acolchados, apretando monedas mientras esperaban
comprar batatas asadas.
Era la hora de la cena. La mejor posada
de la ciudad estaba llena. El cartel de Shanhaiju colgaba sobre la
puerta, con faroles rojos a ambos lados iluminando un ambiente cálido y
festivo.
—Buenas noches, joven maestro —el mesero
lo recibió con una sonrisa—. ¿Desea cenar?
Xiao Lan asintió.
—¿Hay mesas?
—Sí, sí, claro —el mesero tomó las
riendas del caballo y lo condujo al segundo piso, junto a la ventana—. ¿Es
usted de fuera? ¿Quiere probar nuestros platos más famosos?
—Pollo estofado con ginkgo, costillas
agridulces y ñame dorado —dijo Xiao Lan—. Y saltea unas verduras. Añade un poco
de cecina.
El mesero se quedó pasmado por un
instante. Luego, comprendiendo, asintió con entusiasmo y salió corriendo… pero
no hacia la cocina. Se metió directo en un salón privado del segundo piso.
—¡Jefe! ¡Jefe!
—¿Qué pasa? —preguntó Zhao Yue, dejando
los palillos.
—Llegó un cliente que pidió exactamente
los platos favoritos del segundo jefe Lu. Ni uno menos. ¿Será conocido suyo?
Wen Liunian dejó caer el trozo de pato
asado, se limpió la boca y preguntó:
—¿Es guapo, alto, con un látigo de
hierro negro en la cintura?
El mesero asintió rápidamente.
—¿Xiao Lan está aquí? —preguntó Zhao
Yue.
—Ya era hora —dijo Wen Liunian,
acomodándose las mangas para parecer más presentable.
Cuando supieron del estado de Lu Zhui,
él y Zhao Yue habían querido ir a Yangzhi a buscarlo. Pero Yang Qingfeng les
dijo que Xiao Lan pronto vendría a Wang Cheng, así que se quedaron. Era mejor
para recibirlo y llevarlo ante el Emperador Chu. Después de tanta espera, por
fin había llegado.


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