RT 162

 

Capítulo 162: Elección.

¿Qué pasará si mi temperamento se vuelve muy malo en el futuro?

 

 

—¿Mingyu está bien? —en cuanto vio salir a Ye Jin y a Xiao Lan, Tao Yu’er se apresuró a preguntar.

 

—Solo son heridas superficiales, nada grave —Ye Jin miró a Lu Wuming, pero vaciló.

 

—¿Y además de las heridas superficiales? —preguntó Lu Wuming.

 

—El Hehuan gu… —respondió Ye Jin—. Para ser sincero, la situación no es buena.

 

Quizá porque el cuerpo de Lu Zhui estaba demasiado debilitado, tras esta experiencia de vida o muerte los insectos gu, que ya estaban inquietos, comenzaron a reproducirse y extenderse de nuevo. La Reina Hormiga Negra era como una sombra densa que envolvía a Lu Zhui por completo, imposible de disipar.

 

—Y hay otra cosa —Ye Jin dudó un instante antes de continuar—. Los ojos del segundo jefe Lu parecen haber sido afectados. Es posible que no pueda volver a ver.

 

El puño de Lu Wuming se cerró de golpe.

 

—¿No hay algún remedio…? —empezó a decir, pero se detuvo. Si lo hubiera, Ye Jin no estaría hablando así.

 

Tao Yu’er tampoco dijo nada; solo miró a su hijo con preocupación. Tras un momento de silencio, Xiao Lan dijo:

—Voy al Salón del Reposo.

 

Tao Yu’er asintió. Todos recordaron al instante aquel muñeco horrendo: el cuerpo sucio, las cuencas vacías, la presencia repulsiva.

 

La boticaria, con su vestido rojo convertido en harapos embarrados, yacía en el suelo, apenas respirando. Aun así, sus ojos seguían llenos de burla cuando vio a Xiao Lan.

 

—¿Qué pasa? Con esa cara llena de mal presagio… ¿el joven maestro Xiao aún no ha encontrado a su pobre enamorado?

 

—¿Qué es esto? —Xiao Lan arrojó un muñeco de madera frente a ella.

 

—Un muñeco —la boticaria soltó una risita—. El muñeco de madera de Lu Mingyu. ¿Lo sacaste de manos de Fu?

 

—¿Para qué sirve? —preguntó Xiao Lan.

 

—Fu quería usarlo para reemplazar a Lu Mingyu y abrir la Tumba Mingyue —la boticaria negó con la cabeza—. Ese idiota…

 

—Fu quería arrancarle los ojos a Mingyu —continuó Xiao Lan—. Dijo que así el muñeco podría “vivir”.

 

—Quizá —respondió la boticaria con indiferencia—. ¿Quién sabe?

 

—¿Quizá? —Xiao Lan se agachó frente a ella.

 

La boticaria lo miró fijamente. Poco a poco entendió. Una sonrisa siniestra se extendió por su rostro.

 

—¿Qué pasa? ¿Los ojos de Lu Mingyu están mal?

 

—Si Fu quería sus ojos, no habría permitido que le pasara nada —dijo Xiao Lan—. Fuiste tú.

 

—Sí, fui yo —la boticaria no lo negó; creyendo que Lu Zhui ya no tenía salvación, su sonrisa se volvió aún más venenosa—. Cuantos más Hehuan gu se acumulen, más se meterán en su cabeza. Que se quede ciego es solo cuestión de tiempo.

 

Ella no podía oponerse abiertamente a Fu, pero tampoco quería que él usara el muñeco para entrar en la tumba. Así que solo podía destruir lentamente los ojos de Lu Zhui.

 

El rostro de Xiao Lan se oscureció.

 

—Resígnate —la boticaria avanzó dos pasos arrastrándose, su voz como la de un espectro del infierno—. Tu enamorado morirá rápido… o vivirá peor que muerto. Entre las dos, la primera es hasta más amable.

 

Un bofetón resonó con fuerza. Tao Yu’er, furiosa, gritó:

—¡VIEJA BRUJA! ¡NO TIENES CORAZÓN!

 

La boticaria escupió sangre, pero sus ojos seguían llenos de veneno.

—Si puedo arrastrar a Lu Mingyu conmigo al infierno, no pierdo nada.

 

—El médico divino Ye te busca —dijo Tao Yu’er.

 

Xiao Lan asintió y salió del Salón del Reposo. La boticaria clavó los ojos en Tao Yu’er.

 

—¿De qué vas? Tú también estás podrida por dentro. Seguro que no puedes esperar para abrir la tumba.

 

—¿Crees que todos son como tú, incapaces de despertar de sus errores? —Tao Yu’er la miró desde arriba—. Te diré la verdad: Lan’er ya encontró a Mingyu.

 

—¿Y qué? Encontrarlo no cambia nada. Igual morirá —la boticaria soltó una risa ronca. La sangre manó de su pecho, sus manos huesudas arañaron la tierra, su cuerpo se convulsionó… y murió.

 

Tao Yu’er llamó a los guardias. Arrastraron aquel cadáver repugnante fuera de la tumba y lo quemaron hasta las cenizas.

 

***

 

Lu Zhui durmió mucho tiempo. Sentía como si hubiera tenido un sueño interminable: desde Jiangnan hasta Wang Cheng, luego al Acantilado Chaomu. Mucha gente, muchos asuntos, como una roca aplastándole el pecho.

 

—Mingyu… —Xiao Lan tomó su mano, que se movía sin control—. Despierta.

 

La voz era como una cuerda lanzada a un ahogado. Lu Zhui luchó por salir del sueño. La ropa interior estaba empapada en sudor frío, el cabello húmedo. Su pecho subía y bajaba con violencia antes de calmarse. Miró la oscuridad frente a él y preguntó en voz ronca:

—¿Qué hora es?

 

Xiao Lan dudó un instante.

—Mediodía.

 

Lu Zhui se quedó quieto.

—¿De día?

 

—Sí —Xiao Lan tomó su mano y la posó sobre sus ojos vendados—. El médico divino Ye dijo que tus ojos deben descansar. Por eso están vendados. Si puedes evitar mirar, mejor no lo hagas por ahora.

 

Los dedos de Lu Zhui se encogieron ligeramente. No dijo nada. Ya sospechaba la verdad: desde la ciudad Huahua había escuchado a Fu hablar del muñeco. Pero una cosa era imaginarlo… y otra despertar en una oscuridad real. El miedo y la inquietud lo envolvieron.

 

—Dime primero si te duele algo más —preguntó Xiao Lan.

 

—Estoy bien —Lu Zhui se incorporó con esfuerzo—. ¿Dónde estamos? ¿Aún en la Tumba Mingyue?

 

—Estamos en la escuela de artes marciales del tío Cao. La tumba es demasiado húmeda para recuperarse —explicó Xiao Lan—. La boticaria murió. Ya retiramos los explosivos. Los discípulos están bajo custodia. El ejército imperial vigila la Cresta Fuhun. Todo va según lo planeado. Cuando te encontré, la puerta hacia la cámara principal ya estaba abierta, pero el señor Lu dijo que esperáramos a que despertaras.

 

—¿Esperar a que yo despierte para qué? Si el ejército imperial ya llegó, que se lleven los ajuares cuanto antes. No conviene dejar que esto se alargue —Lu Zhui tosió dos veces—. Quiero un poco de agua.

 

Xiao Lan se levantó, sirvió agua tibia y se la colocó en las manos.

—Despacio.

 

—…Espera —Lu Zhui apenas había bebido un par de sorbos cuando recordó algo—. ¿Sacaron a Wang Amao?

 

—¿Quién es Wang Amao? —preguntó Xiao Lan.

 

Lu Zhui se sobresaltó.

—¿Nadie fue a buscarlo?

 

Xiao Lan guardó silencio: «¿Así que sí existía tal persona?»

 

—Bajo el Salón del Reposo hay un estanque de cocodrilos. Cuando caí, encontré allí a un ladrón de tumbas atrapado —dijo Lu Zhui con urgencia—. Si no fuera por él, yo tampoco habría salido… ¿Cuántos días estuve inconsciente?

 

—Cinco días. Habla con calma —respondió Xiao Lan—. Cuando termines de explicarlo, iré a buscarlo de inmediato.

 

—Cinco… —Lu Zhui soltó un suspiro de alivio—. No es tanto. Ese pobre hombre debe de seguir allí, desesperado, comiendo carne de cocodrilo.

 

Hizo un esfuerzo por resumir lo ocurrido. Xiao Lan escuchó y asintió.

—El estanque de cocodrilos… otros no podrán cruzarlo. Yo iré personalmente.

 

—Habla con el médico divino Ye. A ver si tiene alguna droga para adormecer a los cocodrilos, o al menos alejarlos un poco —dijo Lu Zhui—. Y tú… ten cuidado.

 

—No te preocupes —Xiao Lan colocó un cojín detrás de su espalda—. Voy a buscar al señor Lu.

 

Lu Zhui asintió, sosteniendo la taza entre las manos. Su mente seguía revuelta. Se obligó a calmarse y ordenó los asuntos uno por uno: la tumba ya estaba abierta, solo faltaba que los soldados transportaran los ajuares; Wang Amao sería rescatado por Xiao Lan y los demás; y cuando todo eso terminara… el mayor problema sería su propia vista.

 

Llevó la mano a las vendas, dudando si quitárselas para probar. Al final, la dejó caer. Conocía a Ye Jin y conocía a Xiao Lan: si realmente pudiera ver, no lo habrían vendado así mientras dormía, sin dejar ni una rendija.

 

Soltó una risa amarga y pensó, con una claridad que dolía, en cómo viviría un ciego el resto de su vida.

 

La puerta se abrió con un “chirrido”. Lu Wuming entró y se sentó junto a la cama.

—¿Por qué tienes el agua fría? Te la cambio.

 

—No quiero más —Lu Zhui le pasó la taza—. ¿Xiao Lan fue a rescatar a Wang Amao?

 

—El médico divino Ye le dio un frasco de droga. Ah Liu también fue con él —Lu Wuming le metió la mano bajo las mantas—. ¿Sigues mareado?

 

—He dormido demasiado. La cabeza está un poco pesada —dijo Lu Zhui—. Si me siento un rato, se me pasa.

 

Lu Wuming asintió. Miró las vendas que cubrían los ojos de su hijo; tenía tantas palabras atoradas en la garganta que no sabía por dónde empezar. Al final fue Lu Zhui quien sonrió primero.

 

—Así también está bien. Puedo descansar un tiempo.

 

—Hijo… ¿y si volvemos a casa? —preguntó Lu Wuming—. Lo de la Tumba Mingyue ya terminó. Volvamos a ver a tu madre.

 

Lu Zhui apretó los labios sin responder. Recordó lo que Xiao Lan le había dicho antes: cuando todo terminara, volverían juntos a Wang Cheng… y luego… irían al noroeste.

 

—No pienses en eso ahora —Lu Wuming le dio unas palmaditas—. Está bien, hablemos de otra cosa.

 

—¿De qué? —Lu Zhui se acurrucó bajo las mantas—. Tengo hambre.

 

—El médico divino Ye dijo que los primeros días debes cuidar el estómago. La dama Tao preparó un poco de congee —dijo Lu Wuming—. Si no te gusta, le pido a Dadao que haga otro.

 

Tao Yu’er entró con el cuenco en la mano.

—¿Y tú por qué andas hablando a mis espaldas?

 

—¿Qué dije yo? —refunfuñó Lu Wuming—. Mi hijo come lo que yo diga.

 

Tao Yu’er bufó, se sentó junto a la cama y sopló el congee antes de acercarle la cuchara.

—No le hagas caso a tu padre. Come despacio.

 

Lu Zhui tragó un bocado obediente.

—Está muy bueno. Gracias, señora.

 

—Si te gusta, te preparo otro cuenco. Y por la noche te haré unos fideos con caldo de gallina vieja, para que recuperes fuerzas.

 

—Está bien —respondió Lu Zhui.

 

Al verlo sonreír por fin, Lu Wuming sintió que el pecho se le aflojaba un poco. Se quedó de pie, observando cómo su hijo comía, pero las palabras de Ye Jin seguían martillándole la mente: «La situación no es buena.»

 

No sabía qué tan “no buena” era. Cuando preguntó, Ye Jin solo respondió que no habría peligro de muerte y que los ojos “mejorarían”. En teoría era una buena noticia, pero algo en su corazón no encontraba paz. No sabía qué más podía hacer para que todo ese sufrimiento terminara de una vez.

 

Con la comida caliente en el estómago, el cuerpo de Lu Zhui se sintió más ligero. Bostezó, somnoliento.

 

—Ese Wang Amao que Lan’er fue a rescatar… ¿quién es? —preguntó Tao Yu’er, intentando mantenerlo despierto un poco más. Pero Lu Zhui solo murmuró unas palabras incoherentes antes de que la respiración se le volviera profunda y regular. Se quedó dormido con la cabeza ladeada.

 

—Ha perdido mucha sangre. Es normal —dijo Lu Wuming.

 

«Ojalá solo fuera eso», pensó Tao Yu’er. Lo acomodó con cuidado, tocó su mejilla pálida con el dorso de la mano y suspiró. No sabía cuándo volvería a tener color.

 

***

 

Al caer la tarde, Xiao Lan y Ah Liu regresaron a la escuela de artes marciales con Wang Amao. Por primera vez en su vida, Wang Amao fue tratado como un señorito de novela: lo bañaron siete u ocho veces, lo sentaron ante una mesa llena de platos y lo atendieron como a un invitado noble. Aturdido, sentado en el patio, suspiraba emocionado y preguntaba una y otra vez cuándo podría ver a su benefactor.

 

—Mi padre está herido. Quédate aquí tranquilo —dijo Ah Liu al entrar, dejándole una bandeja de bocadillos—. En unos días podrás verlo.

 

—¿Herido? ¿Está muy grave? —preguntó Wang Amao, alarmado.

 

—No, ya está mejor —Ah Liu dejó los bocadillos sobre la mesa—. Si necesitas algo, búscame. Me llamo Ah Liu.

 

—Sí, sí, sí. Eh… Ah Liu, gran héroe… —Wang Amao se rascó la cabeza—. Ese otro héroe… ¿cómo debo llamarlo?

 

—El que vino conmigo se llama Xiao Lan —respondió Ah Liu—. Y el que mató cocodrilos contigo es mi padre, Lu Zhui.

 

—¿Lu… Lu… Lu Zhui? —Wang Amao sintió que el nombre le sonaba muchísimo. Pensó un largo rato y de pronto se dio una palmada en el muslo. ¡Con razón se parecía a la escultura de jade! ¡Era el mismísimo dueño de la Tumba Mingyue, el famoso joven maestro Mingyu!

 

Feliz hasta el delirio, quiso seguir preguntando, pero al levantar la vista Ah Liu ya no estaba. Se quedó solo, riéndose como un tonto, convencido de que su vida se había vuelto una leyenda.

 

****

 

Xiao Lan sostuvo a Lu Zhui entre los brazos y dejó un beso en su frente.

—¿Qué cenaste?

 

—Fideos en caldo de gallina —respondió Lu Zhui, apoyado en su pecho—. Y pastel de osmanthus, y pastelitos de pasta de dátil.

 

—¿Comiste tanto? —Xiao Lan frunció el ceño y deslizó la mano bajo su ropa para palparle el vientre—. ¿No estás demasiado lleno?

 

—¿Lleno de qué? —murmuró Lu Zhui—. Yo quería comer tortitas de frijol mungo, pero la señora Tao no me dejó. Al final solo me dio un terrón de azúcar para chupar.

 

Xiao Lan no pudo evitar reír.

—No culpes a mi madre. Échale la cuenta al médico divino Ye. Él dijo que, aunque puedas comer siete u ocho veces, solo te está permitido llenarte hasta seis décimas.

 

Lu Zhui asintió y siguió acurrucado en su pecho. La noche era tranquila, las mantas suaves, la Tumba Mingyue ya no era una sombra sobre su cabeza. En la cabecera colgaba un saquito aromático; el aire era dulce y agradable. Era justo el tipo de paz que había deseado durante tanto tiempo. Sin embargo… su mano se movió sola, buscando las vendas sobre sus ojos.

 

Xiao Lan le sujetó la muñeca.

—Quieto.

 

—Al final tendrás que mantenerme tú —suspiró Lu Zhui—. Como ves, como mucho, no sé estarme quieto y encima soy como un viejo que necesita salir a caminar todos los días. Te va a doler la cabeza conmigo.

 

—No pienses tonterías —Xiao Lan le pellizcó suavemente la barbilla—. Claro que voy a mantenerte. Además, el médico divino Ye dijo que tiene forma de curarte los ojos.

 

Lu Zhui emitió un leve sonido, sin creerlo del todo.

 

—¿Quieres dormir? —preguntó Xiao Lan—. Ya casi son las once de la noche.

 

—Mn —Lu Zhui respondió con desgana, perdido en sus pensamientos.

 

—No pasa nada —Xiao Lan le acarició el cabello, la voz baja y firme—. Estoy aquí.

 

Lu Zhui escondió el rostro en su cuello. Pasó un largo rato antes de que preguntara, de pronto:

—¿Y si me vuelvo de mal genio?

 

—¿Qué tan mal? —Xiao Lan siguió su juego—. Aunque te pongas insoportable, igual te aguanto. Si quemas la casa, mañana te compro otra para que sigas haciendo berrinche.

 

Lu Zhui le mordió el cuello entre risas.

—El que va a quemar la casa eres tú.

 

—¿Ves? No eres tan terrible —Xiao Lan también sonrió—. No le des más vueltas. Por lo menos este mes, haz caso a Lord Ye, ¿sí?

 

Lu Zhui respiró hondo.

—Mn.

 

—Duerme —Xiao Lan lo arropó bien—. Mañana por la mañana voy a la zona oeste de la ciudad a comprarte tortitas fritas azucaradas.

 

Afuera, la luna brillaba silenciosa. La noche era fresca como el agua.

 

***

 

Wang Amao llevaba tres o cinco días viviendo en la escuela de artes marciales y aún no había visto a Lu Zhui. Aburrido, salió a pasear. En cuanto puso un pie en la calle, escuchó en todas partes —en las esquinas, en las casas de té, en las tabernas— a la gente hablando de la Tumba Mingyue.

 

—Dicen que fue gente de la familia Lu quien entregó la tumba al gobierno —contaba un joven bajo un árbol, gesticulando con entusiasmo.

 

A su alrededor, los vecinos murmuraban maravillados. Todos se preguntaban cuántas montañas de oro y plata habría dentro para que la corte movilizara a miles de soldados desde Yuanzhou. La Cresta Fuhun estaba cubierto de tropas, tan lejos como alcanzaba la vista.

 

Aunque todos hablaban con envidia, los habitantes sabían bien que, por muchas montañas de oro que hubiera en la tumba, nada de eso tenía que ver con ellos. Que el ejército imperial hubiera llegado era, de hecho, una buena noticia: tener una “montaña de oro” visible desde la ciudad siempre había sido inquietante. Temían que cualquier día apareciera una banda de forajidos o sectas del Jianghu y se mataran entre ellos en plena calle. Ahora que la corte imperial se lo llevaba todo, por fin podrían vivir tranquilos.

 

Mientras todos mencionaban al joven maestro Lu, Wang Amao tragaba saliva entre la multitud. Le picaban las ganas de contar su aventura en el estanque de cocodrilos, pero al final se contuvo.

 

«Ahora soy medio hombre del Jianghu» se dijo «hay que aprender a guardar secretos.»

 

Paseó feliz hasta que cayó la noche, compró dos bolsas de pastelitos y regresó al salón de artes marciales. Apenas entró, Ah Liu lo llamó: Lu Zhui quería verlo.

 

—Sí, sí, sí —Wang Amao sonrió de oreja a oreja y lo siguió con los pastelitos en la mano. Antes de entrar al patio, Ah Liu lo sujetó del brazo.

 

—Mi padre tiene los ojos heridos. No hagas escándalo.

 

—¿El joven maestro está herido de los ojos? —Wang Amao se sorprendió y sintió pena. «Con lo bonitos que eran esos ojos…»—. ¿Es grave?

 

—No mucho. Pero sé prudente. No preguntes lo que no debes —advirtió Ah Liu.

 

Wang Amao asintió repetidas veces, se arregló la ropa y entró al pequeño patio.

 

Lu Zhui no estaba en la cama. Vestido con un grueso abrigo de invierno, estaba sentado bajo el corredor tomando té. Sus ojos seguían cubiertos por una venda blanca. Xiao Lan estaba a su lado calentando agua.

 

—Joven maestro —saludó Wang Amao con una sonrisa nerviosa.

 

—Llegaste —Lu Zhui sonrió—. Me dijeron que fuiste a pasear por la ciudad. ¿Te divertiste?

 

—Es muy animado afuera —Wang Amao se sentó frente a él—. Todos hablan de la Tumba Mingyue. Dicen que el joven maestro Lu tiene una habilidad increíble, que derrotó a miles de soldados fantasma.

 

Lu Zhui le tendió una taza de té.

—Soy yo quien debe darte las gracias.

 

—¿A mí? Sin usted, yo estaría encerrado en esa tumba para siempre —Wang Amao se rascó la cabeza. Quiso preguntar por su salud, pero recordó la advertencia de Ah Liu y no encontró palabras.

 

—¿Y ahora? ¿Quieres volver a casa? —preguntó Lu Zhui.

 

—No volveré. Estoy solo en el mundo. Mis parientes me consideran una vergüenza. Hace años que no me hablan —Wang Amao bajó la mirada, avergonzado.

 

—Si no tienes a dónde ir, ve al Acantilado Chaomu. Busca a Lin Wei —dijo Lu Zhui—. No es un lugar rico, pero hay muchos hermanos juntos. Nunca te faltará comida ni ropa.

 

—¿Yo? —Wang Amao abrió los ojos—. ¿Yo también puedo ser un héroe?

 

Lu Zhui rio.

—No es una secta del Jianghu ni salen grandes héroes de allí. Pero se vive bien. Es un buen sitio.

 

—Sí, sí, sí. Iré. ¿Y usted vendrá conmigo? —preguntó Wang Amao.

 

—Tengo otros asuntos —respondió Lu Zhui—. Mañana Ah Liu te dará dinero para el viaje y una carta. Ve a Cangmang y busca al magistrado prefectoral. La gente del Acantilado Chaomu bajará a recogerte.

 

—Gracias, joven maestro Lu —Wang Amao estaba tan feliz que no sabía qué hacer con las manos.

 

—Ve a descansar. Te debo un buen vino, pero el médico no me deja beber. Tendrá que ser más adelante.

 

—Yo espero, yo espero —dijo Wang Amao—. Cuídese, joven maestro Lu.

 

Lu Zhui llamó a Ah Liu para que lo acompañara de vuelta. Luego se estiró y murmuró hacia Xiao Lan:

—Me duele la espalda.

 

—Aún estás herido. ¿Quién te manda a sentarte aquí afuera? —Xiao Lan lo ayudó a levantarse—. Ya tomaste suficiente té. ¿Volvemos a la habitación?

 

—Hoy el médico divino Ye te llamó afuera. ¿Qué te dijo? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan lo llevó de vuelta a la cama y lo sentó.

—¿No estabas dormido?

 

—Estaba fingiendo.

 

Xiao Lan rio mientras le desabrochaba la ropa.

—¿Para qué fingir? Lord Ye no dijo nada grave. Solo que llegó otra carta de la corte imperial.

 

—¿Del Emperador Chu o del ministro Wen? —preguntó Lu Zhui.

 

—Del Emperador Chu —respondió Xiao Lan sin ocultarlo—. Nos ordena a mi shifu y a mí viajar a Wang Cheng. Lo que sospechábamos era cierto: Yelü Xing, del Reino Xilan, ha unido a las tribus del desierto. Ya es una amenaza real.

 

Lu Zhui frunció ligeramente el ceño.

—¿Entonces vas a ir?

 

—¿Tú qué crees? —Xiao Lan le pellizcó la mejilla—. Aunque el cielo se caiga, primero espero a que tú te recuperes.

 

—¿Y yo cuándo…? Mmm—. Lu Zhui intentó echarse hacia atrás, pero Xiao Lan le sostuvo la nuca y el beso se volvió aún más profundo y enredado.

 

—Te lo conté todo sin ocultarte nada. No me eches ahora —Xiao Lan le dio un golpecito en el pecho—. Deja lo del noroeste a un lado y recupérate bien, ¿sí?

 

Lu Zhui dudó.

—¿Entonces no vas?

 

—Ya veremos más adelante. Por ahora tengo que quedarme contigo —Xiao Lan le tomó ambas manos—. Ya entregaste la Tumba Mingyue al gobierno. No me entregues a mí también, ¿hmm?

 

Lu Zhui sonrió y le acarició la mejilla.

—¿Y el anciano Yang?

 

—Mi shifu y yo ya lo hablamos. Él regresará primero a Wang Cheng —explicó Xiao Lan—. El Emperador Chu quiere verlo más a él que a mí. Guerreros hay muchos; generales, pocos. Mi shifu dijo que irá al noroeste a ayudar al general He Xiao. Cuando tú estés mejor, yo iré a Wang Cheng. No hay prisa.

 

—Tú no eres un guerrero cualquiera —Lu Zhui apoyó las manos en sus hombros.

 

—No —dijo Xiao Lan—. Soy un guerrero apuesto.

 

Lu Zhui se rio y lo empujó suavemente. Después de lavarse, volvió a meterse bajo las mantas. Quería seguir hablando del noroeste, pero el sueño lo envolvió como una ola. La mente se le nubló; no quería decir ni una palabra más. En la oscuridad, escondió el rostro en el pecho de Xiao Lan. En esos pocos días, podía sentirlo: dormía más, se cansaba más, incluso el té más fuerte no le hacía efecto.

 

No sabía qué significaba eso. No quería pensarlo.

 

La mano de Xiao Lan le acariciaba la espalda con suavidad infinita. La media vela roja en la cabecera proyectaba una luz tenue sobre su rostro dormido. Sus labios seguían sin color. Y quizá era imaginación, pero Xiao Lan sentía que aquel cabello negro y brillante ahora estaba algo seco, apagado, sin la suavidad de antes.

 

En sueños, Lu Zhui dejó escapar un gemido bajo. El corazón de Xiao Lan se apretó, un dolor leve pero punzante, como arañazos de un gato, dejando líneas finas y sangrantes. Lo abrazó con más fuerza. Cuánto deseaba que, como habían dicho antes, pudieran volver juntos a Feiliu, en Jiangnan: plantar flores, cuidar el jardín, beber té, tocar el qin, olvidar todas las preocupaciones. Incluso si Lu Zhui no volvía a ver, mientras estuviera sano, eso ya sería un final feliz.

 

Besos pequeños y silenciosos cayeron sobre su cabello impregnado de olor a medicinas. Xiao Lan cerró los ojos, escuchó su respiración tranquila y sintió un nudo amargo en el pecho. «Si el augurio de “nueve muertes y una vida” ya se cumplió… ¿podrá mi pequeño Mingyu vivir bien a partir de ahora, como cualquier persona, libre y sin preocupaciones?»

 

***

 

Los ajuares funerarios de la Tumba Mingyue fueron sacados por partes, escoltados por tropas hasta la tesorería imperial. Solo las riquezas acumuladas por la tía Fantasma y la boticaria llenaron un convoy entero. La montaña de oro del salón principal también fue trasladada. En cuanto a la parte más profunda de la tumba, Lu Wuming aún no había usado las Linternas de Loto Rojo para abrirla. Tal vez por un poco de egoísmo: sentía que esa era una tarea que debía dejarle a Lu Zhui.

 

Aunque la corte imperial no puso objeciones —al fin y al cabo, que la familia Lu entregara voluntariamente una montaña de oro ya era mérito suficiente como para recompensarlos con honores— tampoco podían exigirles que desenterraran hasta el fondo la tumba de sus antepasados. Los enviados del Reino Nuyue, aunque no encontraron la estatua de la Dama de Jade Blanco, recibieron inesperadamente un edicto de Chu Yuan convocándolos al Palacio Imperial para discutir asuntos de comercio entre ambos países. También era un buen resultado.

 

Todo avanzaba hacia el mejor desenlace… salvo el cuerpo de Lu Zhui.

 

En apenas un mes, había pasado de estar relativamente animado a no poder siquiera bajar de la cama. Permanecía envuelto en mantas, a ratos inconsciente, a ratos despierto, con los dedos débiles y sin fuerza, el cuerpo entero blando como algodón mojado.

 

Ye Jin caminaba en círculos por la cabaña de medicinas, con las manos a la espalda. Finalmente apretó los dientes y abrió la puerta de golpe.

 

En el patio estaban todos: Xiao Lan, Lu Wuming, Tao Yu’er, Ah Liu, Yue Dadao. Todos lo miraban. Nadie hablaba.

 

—Puedo curar al segundo jefe Lu —dijo Ye Jin, cerrando el puño.

 

El silencio siguió intacto. Todos esperaban la siguiente frase.

 

—El Hehuan gu no puede ser eliminado —Ye Jin miró a Xiao Lan, tomó aire y continuó—. Solo si él te olvida…

 

Tao Yu’er palideció.

—Eso…

 

—Si olvida a la persona que ama, incluso con la Reina Hormiga Negra dentro, los insectos Gu del cuerpo del segundo jefe Lu no podrán sobrevivir mucho tiempo. En un año, a lo sumo, morirán todos —explicó Ye Jin—. Para entonces, también podré extraer los gu de tu cuerpo.

 

—¿Y después? —preguntó Xiao Lan—. ¿Podrá recuperar la memoria?

 

—No puedo asegurarlo —respondió Ye Jin—. Tal vez, como tú, la recupere con el tiempo… o tal vez, como Qiu Zichen, la pierda para siempre.

 

—¿No hay otra forma? —preguntó Tao Yu’er con urgencia.

 

Ye Jin negó con la cabeza.

 

—…Acepto —dijo Xiao Lan tras un largo silencio—. Mientras el Lord Ye pueda salvarlo, lo que sea está bien.

 

Lu Wuming quiso decir algo, pero no encontró palabras. Era la única salida. No había elección.

 

Yue Dadao se dio la vuelta para limpiarse las lágrimas. Ah Liu la rodeó con un brazo, sin decir nada.

 

—No podemos retrasarlo. Dentro de tres días —dijo Ye Jin mirando a Xiao Lan—. Y hasta que los gu mueran por completo, lo mejor es… que no se vean. El amor es impredecible. Si no lo olvida del todo, sufrirá más.

 

Xiao Lan asintió.

—Está bien.

 

—Voy a prepararlo todo —Ye Jin suspiró y volvió a su habitación.

 

Lu Wuming puso una mano en el hombro de Xiao Lan y apretó con fuerza.

 

—No pasa nada —dijo Xiao Lan con voz ronca—. Voy a ver si Mingyu despertó.

 

***

 

Lu Zhui estaba recostado contra la cabecera, cabeceando bajo el sol. El día estaba hermoso; seguramente el cielo era de un azul profundo, con nubes blancas empujadas por el viento, cambiando de forma.

 

Xiao Lan le tomó la mano.

—¿Por qué no me llamaste cuando despertaste?

 

—No desperté del todo —Lu Zhui apoyó la cabeza en su hombro—. Quería tomar un poco de sol.

 

Xiao Lan lo envolvió bien con un manto grueso, lo cargó y lo llevó al diván del patio.

 

—Qué agradable —Lu Zhui respiró hondo, entrelazó sus dedos con los de él y se quedó un rato en silencio. Luego se inclinó para rodearle la cintura.

 

—¿Qué pasa? —Xiao Lan le rascó suavemente detrás de la oreja.

 

—Cuando vayas al noroeste… mira por mí el sol poniente sobre el río —dijo Lu Zhui, con los ojos cerrados en la oscuridad—. Y… págale por mí el vino que le debo a Wang Amao.

 

Xiao Lan lo abrazó con fuerza.

—No digas tonterías.

 

Lu Zhui escondió el rostro en su pecho y no volvió a hablar.

 

—No te va a pasar nada —Xiao Lan lo estrechó aún más. Quiso decir algo más, consolarlo, pero sentía el corazón desgarrado, como si una hoja afilada lo partiera en dos. No sabía cómo ocultar la aspereza de su voz. Al final solo bajó la cabeza y dejó un beso suave en sus labios fríos.

 

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