Capítulo
161: Rescate.
La
tumba Mingyue fue abierta.
Las hojas brillantes surgieron de entre los dedos de aquellos muñecos de madera. Sus cabezas se giraron con rigidez, todas a la vez, clavando la mirada en la dirección de Lu Zhui. En las cuencas vacías de sus ojos había objetos duros y resecos: alguna vez fueron ojos humanos, vivos, capaces de llorar. Ahora ya no podían derramar ni una sola lágrima.
Lu Zhui retrocedió dos pasos, con la
intención de volver al pasadizo. Pero los muñecos eran más rápidos. Sus pies
parecían deslizarse sobre rieles; en un parpadeo, la punta de una hoja silbó
frente a su rostro.
Lu Zhui desvió el golpe con un barrido
de espada y cortó al muñeco en dos. El cuerpo pesado cayó de lado y bloqueó la
entrada del pasadizo. Más muñecos avanzaron como una marea. Lu Zhui estaba
exhausto; no tenía fuerzas para enfrentarse a esas criaturas grotescas. Con su
último aliento, apretó los dientes, abrió un camino a golpes y usó su ligereza
para escapar, tratando de dejar atrás el estruendo aterrador que lo perseguía.
Era como volver a su infancia: huir
aterrado por ese mismo pasadizo. Los muñecos se detuvieron al final de los
rieles, y el cuerpo entumecido de Lu Zhui recuperó un poco de calor. El dolor
se volvió nítido: aquellas hojas le habían dejado heridas de todas las
profundidades y la sangre empapaba su ropa.
Su resistencia estaba al límite. Sentía
que las piernas dejaban de responder, pesadas como estacas que pronto quedarían
clavadas en el suelo. Avanzó tambaleándose unos pasos más antes de desplomarse.
La espada Qingfeng cayó con un “clang”, levantando polvo.
El tiempo se volvió un río inmóvil. No
había sonido alguno. Solo las perlas nocturnas del techo emitían una luz tenue.
En esa confusión, Lu Zhui cerró los ojos, pero se obligó a abrirlos. La vista
se le nublaba. Alzó la mano para frotarse los ojos, pero la palma estaba tan
cubierta de sangre y tierra que no distinguía su color. La limpió torpemente en
una columna de piedra… y activó otro mecanismo. El suelo volvió a temblar.
Lu Zhui maldijo en silencio. Apretó la
empuñadura de Qingfeng. No sabía qué saldría esta vez, pero fuera lo que fuera,
ya no tenía fuerzas para enfrentarlo.
Una luz dorada inundó el corredor.
La vista se le oscureció, pero aun así
alcanzó a distinguir la puerta que acababa de abrirse: la misma puerta de sus
recuerdos infantiles. Tras ella, un salón deslumbrante, excesivo, con hileras
de Linternas de Loto Rojo ardiendo con un brillo abrasador.
La sangre goteaba de la espada, una gota
tras otra. Lu Zhui se dejó caer contra la columna. Ni siquiera podía arrancarse
un trozo de tela para vendarse. Solo presionó la herida con la mano mientras la
visión se le volvía borrosa. Las Linterna de Loto Rojo ardían como una gota de
sangre cayendo en un océano.
«La Formación de Atracción de Almas», pensó. Fue su último pensamiento antes
de perder el conocimiento.
***
El látigo Wujin estalló en una lluvia de
astillas. Los muñecos mutilados crujían bajo sus pies, avanzando con terquedad
hacia los nuevos intrusos. Lu Wuming cortó de un tajo las cabezas de varios y
gritó a Xiao Lan:
—¡VE A BUSCAR A MINGYU! ¡DÉJAME ESTO A
MÍ!
Xiao Lan asintió y corrió hacia el
norte. Si antes tenía dudas, al ver aquellos muñecos destrozados supo con
certeza que Lu Zhui debía de estar atrapado en algún punto del corredor. Y, en
efecto, al doblar la esquina del fondo, vio a un hombre cubierto de sangre,
desplomado en el suelo. Un golpe sordo resonó en su mente. Tropezando, casi
cayéndose, llegó hasta él y lo sostuvo entre los brazos.
—¡MINGYU!
Lu Zhui mantenía los ojos fuertemente
cerrados. Todo su cuerpo estaba helado, y su rostro, tan pálido como el papel.
Xiao Lan le tomó la muñeca llena de heridas: bajo sus dedos, el pulso era más
fino que un hilo de telaraña, intermitente, como si pudiera extinguirse en
cualquier momento.
—Aguanta —murmuró Xiao Lan.
Sacó un frasco de medicinas, le abrió la
boca y le hizo tragar una píldora. Luego rasgó un trozo de tela limpia de su
propia ropa y vendó las heridas más profundas, aquellas que aún seguían manando
sangre. En ese momento llegó Lu Wuming. Al ver a su hijo cubierto de sangre e
inconsciente, sintió que el corazón se le vaciaba. Guardó la espada con un
gesto brusco y se apresuró hacia ellos.
—¿Cómo está Mingyu? —su voz era ronca.
—Ha perdido demasiada sangre. Tenemos
que volver cuanto antes —Xiao Lan envolvió a Lu Zhui con su propia capa.
Lu Wuming lo sujetó por el hombro.
—Para volver hay que atravesar el
ejército de tigres de hierro. Llevando a Mingyu no podrás. Será mejor quedarnos
aquí. Yo regresaré solo a buscar al médico divino Ye.
—Solo el viaje de ida y vuelta le tomará
día y medio —Xiao Lan cargó a Lu Zhui en brazos—. Mingyu no puede esperar
tanto. Voy a intentar desmontar el mecanismo.
—¿Desmontar el mecanismo del ejército de
tigres? —Lu Wuming se sobresaltó, luego negó con la cabeza—. Sé que estás
ansioso, pero no puedes perder la calma.
—Al menos déjeme intentarlo —dijo Xiao
Lan, mirando al herido en sus brazos—. Confíe en mí, señor.
Lu Wuming suspiró. Pero al ver su
determinación, terminó asintiendo. Los tres emprendieron el camino de regreso
sin mirar siquiera el salón dorado a sus espaldas. En ese momento, ni montañas
de perlas ni mares de oro valían tanto como una cama, un cuenco de sopa
caliente y medicinas.
La formación de muñecos ya estaba
destruida; solo quedaba el ejército de tigres de hierro. Xiao Lan entregó a Lu
Zhui a Lu Wuming, tomó el látigo Wujin y su mirada se volvió tan feroz como la
de un lobo. No tenía otra opción: debía abrirse paso.
Lu Wuming colocó una mano sobre el pecho
de su hijo y le infundió un hilo de energía interna para proteger temporalmente
su corazón debilitado. No se atrevió a mirar más ese rostro tan pálido. Solo
subió la capa para cubrirlo mejor, protegiéndolo del último soplo de aire frío.
El látigo Wujin silbó en el aire.
Flexible y duro como una serpiente viva, esquivó a los demás tigres y se
enroscó en el que estaba más a la derecha. Xiao Lan tiró con fuerza y lo
levantó del suelo, estrellándolo contra la pared del corredor.
La armadura de hierro frío quedó
abollada. Los mecanismos internos crujieron. El tigre, enfurecido, alzó la cola
y se lanzó sobre él. El látigo volvió a abrir sus “colmillos”. Xiao Lan no
quería reducirlo a chatarra, así que luchó con paciencia, esquivando la mayoría
de los ataques. Tras cientos de intercambios, el tigre volvió a embestir. Xiao
Lan aprovechó el instante, sujetó su cabeza helada con una mano y la torció con
fuerza, partiéndolo en dos.
El tigre quedó inmóvil, reducido a un
montón de metal inútil.
—Señor, regrese primero —dijo Xiao Lan.
Lu Wuming asintió. El tiempo era
crítico. Si Xiao Lan lograba desmontar el mecanismo, perfecto; si no, él al
menos podría traer medicinas cuanto antes. Acomodó a Lu Zhui y volvió a trepar
por el techo como un gecko, usando la hoja de su arma para engancharse en las
grietas.
Xiao Lan se sentó junto a Lu Zhui y sacó
de su manga un juego de herramientas finas: un regalo de Kong Kong Miaoshou.
Aunque el tigre estaba partido en dos, la ruptura era solo externa; los
mecanismos internos seguían intactos. Xiao Lan comenzó a desmontarlos con
extremo cuidado. Cientos de engranajes encajaban unos con otros, y pese a los
siglos, seguían brillantes y precisos.
Fue retirando pieza por pieza y
colocándolas en el suelo. Nunca en su vida había estado tan tenso… ni tan
sereno. Una hora después, tenía la espalda empapada en sudor frío, pero no
apartó la vista del interior del tigre. Frunció el ceño, observó un largo rato
y finalmente, con unas pinzas, extrajo un pequeño engranaje.
El mecanismo emitió un leve chasquido,
como si algo dentro se hubiera tensado en sentido contrario. Xiao Lan probó a
girar las patas del tigre de hierro: no se movieron ni un ápice.
En su inconsciencia, Lu Zhui dejó
escapar un gemido bajo.
—Tranquilo —Xiao Lan le dio unas
palmaditas, se incorporó y regresó al frente del ejército de tigres. Lanzó el
látigo y arrastró hacia sí a otro de ellos. Esta vez no le partió el cuello: lo
dejó embestir con toda su fuerza. Cuando estuvo a punto de alcanzarlo, Xiao Lan
saltó y apoyó un pie justo tres cun por detrás de la nuca metálica.
Los engranajes volvieron a encajar en
sentido inverso. El tigre quedó inmóvil, convertido en un simple adorno.
Xiao Lan por fin soltó un suspiro,
aunque no se permitió bajar la guardia. Probó con tres o cuatro tigres más.
Cuando confirmó que la posición era correcta, avanzó entre el ejército y activó
el mecanismo del primero de la fila.
Uno tras otro, los engranajes fueron
encajando. Xiao Lan alcanzó pronto a Lu Wuming. Al verlo desmontar el
mecanismo, Lu Wuming sintió un alivio inmenso y cayó a su lado. Con dos
personas trabajando, la velocidad aumentó mucho. Al otro extremo del ejército,
los demás esperaban con impaciencia. Fue Tao Yu’er quien lo vio primero; empujó
a Kong Kong Miaoshou.
—Mira, ¿allá no hay movimiento?
—¿Qué movimiento? —Kong Kong Miaoshou se
frotó los ojos y se puso de puntillas. Tras un momento, dio una palmada en el
muslo, eufórico—. ¡Sí, sí! Están desmontando el mecanismo. Parece Lu Wuming.
—¿Y Lan’er? —Tao Yu’er sintió que el
corazón se le encogía. Cuando Lu Wuming se acercó lo suficiente, preguntó en
voz alta—: ¿Cómo va todo?
—Lan’er volvió a buscar a Mingyu
—respondió Lu Wuming—. ¿Dónde está Lord Ye?
—En el Salón del Reposo, vigilando a esa
vieja bruja —dijo Tao Yu’er—. ¿Quién está herido?
—Mingyu —Lu Wuming activó el último
mecanismo—. Manda preparar medicinas, agua caliente y algo de comida.
—Sí, sí, sí. Con tal de que lo hayan
encontrado —Tao Yu’er salió corriendo.
Kong Kong Miaoshou agarró a Lu Wuming
del brazo.
—¿Quién desmontó el mecanismo? ¿Fue
Lan’er?
—Sí.
El rostro de Kong Kong Miaoshou se llenó
de asombro. Abrió la boca, pero no logró decir nada. Solo pudo llorar de
alegría, frotándose las manos mientras daba vueltas, orgulloso como un gallo.
Un momento después, Xiao Lan regresó
cargando a Lu Zhui. Kong Kong Miaoshou corrió hacia él.
—¿Cómo desmontaste el mecanismo?
—Se lo contaré luego, anciano —respondió
Xiao Lan sin detenerse, y se dirigió al Salón del Loto Rojo. Kong Kong Miaoshou
se quedó allí sentado, mirando a los tigres de hierro con una sonrisa boba,
maravillado.
Ye Jin ya esperaba en el Salón del Loto
Rojo. Aunque estaba preparado, al ver a Lu Zhui medio muerto sintió que la
cabeza le daba vueltas. Quiso regañarlo: «¿Por qué cada vez que se lastima
lo hace con semejante dedicación? ¿No puede volver con un par de rasguños y ya?»
Los sirvientes sacaron dos palanganas
llenas de ropa ensangrentada. Tao Yu’er, desde fuera, sintió que las piernas le
flaqueaban. Aunque no era creyente, murmuró un par de “Amitabha” en
silencio, rogando por un poco de misericordia divina. Ah Liu y Yue Dadao
llegaron corriendo para informar que varios discípulos de la Tumba Mingyue habían
intentado escapar con joyas, pero ya estaban atrapados en la montaña trasera.
—El anciano Yang está vigilando.
Nosotros volvimos primero. ¿El joven maestro Lu está bien? —preguntó Yue Dadao.
—Está bien. Lord Ye lo está atendiendo
—Tao Yu’er le dio unas palmaditas—. Hablen bajo, no molesten.
—Mn —Yue Dadao estaba preocupado, pero
no podía hacer nada más. Se quedó junto a Ah Liu, esperando.
Una hora después, Lu Zhui estaba vendado
de pies a cabeza. Tras tomar la medicina, su pulso empezó a estabilizarse. Sus
pestañas temblaron, como si quisiera abrir los ojos, pero los párpados le
pesaban como si estuvieran cosidos.
—Ya estás a salvo. Duerme —Xiao Lan le
sostuvo la mano.
Los labios de Lu Zhui se movieron. Su
voz era apenas un murmullo.
—¿Qué dices? —Xiao Lan acercó el oído.
—Bajo el Salón del Reposo… —Lu Zhui
habló entrecortado—. El estanque de cocodrilos… allí hay alguien atrapado.
—¿Quién? —preguntó Xiao Lan.
—Wang Amao… —murmuró Lu Zhui, y antes de
terminar, volvió a desmayarse.
Ye Jin frunció el ceño.
—¿Dijo… Wang Amao?
Xiao Lan negó con la cabeza.
—No lo conozco.
—Sea quien sea ese tal “Amao”, primero
dejemos descansar al segundo jefe Lu —dijo Ye Jin, mirando a Lu Zhui—. Hablemos
afuera.


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