RT 160

 

Capítulo 160: Batalla decisiva (parte 3)

Rompiendo el cerco.

 

 

Wang Amao no tenía ni medio cobre que ver con la Técnica de Traspaso de Almas. Era un ladrón de tumbas desafortunado que llevaba casi un mes atrapado en aquel lugar sin luz ni cielo. El encierro le había dejado la mente hecha trizas, y hablaba de forma incoherente. Al principio no quería que Lu Zhui lo descubriera; se limitaba a espiar a través de la rendija del ataúd. Pero, sin querer, hizo ruido. Al ver que Lu Zhui ya había desenvainado la espada, no tuvo más remedio que armarse de valor, salir reptando y tratar de hacerse pasar por un fantasma para asustarlo.

 

—Tú siéntate primero —dijo Lu Zhui—. Cálmate un poco y escúchame.

 

Wang Amao se dejó caer junto a la hoguera. Seguía sollozando sin parar y se golpeaba el pecho.

—Es que tengo miedo.

 

Lu Zhui torció la boca.

—Para alguien que se atrevió a venir a robar la Tumba Mingyue, no veo por dónde te falta valor.

 

—A mí me engañaron —Wang Amao se enjugó las lágrimas—. Me dijeron que esta era la tumba de un príncipe, que ya la habían saqueado setenta u ochenta veces. Yo pensé que podía entrar a dar una vuelta, a ver si encontraba algo que otros hubieran pasado por alto. Pero apenas entré, caí en una trampa y… y ya no pude salir.

 

—¿Y siendo ladrón de tumbas no sabías lo que era la Tumba Mingyue? —preguntó Lu Zhui.

 

—¡Pues no lo sabía! —Wang Amao volvió a alterarse. Tartamudeó un buen rato antes de lograr explicarse. Antes había sido un rufián de una aldea; luego se hizo discípulo de un ladrón de tumbas retirado. Un año después, creyéndose ya con cierta habilidad, buscó por su cuenta una banda de saqueadores. Pero sus propios compañeros se burlaron de él: lo empujaron a una cueva y, sin darse cuenta, activó un mecanismo y cayó hasta allí abajo.

 

—Cuando ya estaba dentro, me di cuenta de que esto era la Tumba Mingyue. Tú piensa… la Tumba Mingyue… —Wang Amao temblaba mientras lloraba—. ¿Es este un lugar donde pueda entrar un ser humano? ¿Eh?

 

—¿Y de dónde sacaste que este lugar era la Tumba Mingyue? —insistió Lu Zhui.

 

—Ahí delante —Wang Amao extendió un dedo—. Más adelante hay unos dibujos, cuentan la vida de la familia Lu. —Y añadió—: También hay una talla de jade del dueño de la tumba y se parece bastante a ti. ¿Tú… tú de verdad no eres un fantasma?

 

—Si fuera un fantasma, ¿crees que estaría atrapado aquí? —Lu Zhui le dio un golpecito con la vaina de la espada Qingfeng—. Ahora tú y yo somos compañeros de desgracia. Anda, entrégame tus cosas.

 

—¿Qué cosas? —preguntó Wang Amao, desconcertado.

 

—Las herramientas. Viniste a robar una tumba, ¿no trajiste ni pala ni martillo? —dijo Lu Zhui.

 

—Sí, sí, sí —Wang Amao por fin entendió. Se apresuró a sacar un fardo del interior del ataúd. Al desplegarlo, apareció un juego completo de herramientas, incluso una perla marina para iluminar.

 

—Nada mal —lo elogió Lu Zhui—. Con esto deberíamos poder encontrar la salida.

 

—Tú lo has dicho —Wang Amao rompió a llorar de nuevo, la tristeza le brotaba como un manantial—. Llevo más de medio mes comiendo ratones. Ya casi me muero.

 

—¡Basta! —Lu Zhui levantó la mano—. Vamos. Llévame a ver ese lugar.

 

Wang Amao asintió y condujo a Lu Zhui por un pasadizo estrecho y oscuro.

—Es aquí —anunció.

 

Ante ellos se abría una cueva grisácea, como excavada a toda prisa. Dentro había biombos de madera apilados sin orden, rollos de pergamino cubiertos de polvo y una escultura de jade del tamaño de una persona, que emitía un tenue resplandor verdoso en la penumbra. El tallado era minucioso: túnica imperial con bordados de pitón, cinturón de jade, y unos rasgos que, en efecto, se parecían un poco a los de Lu Zhui.

 

¿Así que esta era la estatua del dueño del Palacio Lu? Lu Zhui echó otro vistazo. En los biombos estaban grabadas la historia de la familia Lu y el proceso de excavación de la Tumba Mingyue. En los pergaminos se veían mapas de montañas y ríos de distintas regiones, seguramente valiosos ajuares funerarios. Pero aquella cámara funeraria era demasiado rudimentaria.

 

—Oye, di algo —al ver que él guardaba silencio, Wang Amao empezó a inquietarse.

 

—Mírate… ni siquiera has entrado a otras tumbas. Si no, podrías ayudarme —Lu Zhui chasqueó la lengua.

 

—…He leído libros y escuchado historias —Wang Amao se dio un golpe en el pecho—. ¡La tumba del Primer Emperador Qin la robó mi maestro!

 

—Tu maestro sí que sabe presumir —Lu Zhui pasó los dedos por la escultura de jade—. Entonces dime, ¿por qué pondría el dueño del Palacio Lu su estatua en una cámara tan destartalada?

 

Wang Amao murmuró:

—A lo mejor antes no estaba tan destartalada. Con los años… pues se habrá venido abajo.

 

—Imposible —dijo Lu Zhui—. Esta tumba no se derrumbó. Es que nunca la terminaron de excavar.

 

—¿No la terminaron? Entonces es que no les dio tiempo —respondió Wang Amao sin pensar.

 

Lu Zhui: “…”

 

Wang Amao, nervioso:

—¿Por qué te quedas callado otra vez?

 

—Claro, no les dio tiempo —Lu Zhui, tras aquella frase casual, por fin lo entendió. Si la familia Lu terminó derrotada, debió de haber caos por todas partes. Los ajuares funerarios preparados a última hora solo pudieron arrastrarse hasta la tumba y apilarse donde fuera.

 

—Entonces aquí no hay salida. Es casi seguro que es un callejón sin salida —dijo Lu Zhui—. Cuando caíste, ¿dónde aterrizaste? Llévame a ver.

 

—No lo sé —se lamentó Wang Amao—. Me desmayé al caer. Cuando desperté estaba todo oscuro. Tenía miedo, así que corrí a ciegas. No sé cuántos días estuve corriendo hasta que encontré un poco de luz aquí. Me quedé a vivir… Tú, tú tienes que salvarme.

 

—Hermano, yo soy un erudito y tú un ladrón de tumbas. Ahora que estamos atrapados juntos, ¿no debería ser yo quien dependa de ti? —Lu Zhui le dio una palmada en el hombro—. Que un erudito espere que lo salves… eso sí que sería una vergüenza para tu linaje.

 

Wang Amao no se lo creyó:

—¿A quién quieres engañar? ¿Qué erudito lleva una espada tan larga?

 

—Bien, soy un erudito que sabe artes marciales, y tú un ladrón de tumbas —dijo Lu Zhui—. Así que deberías salvarme tú.

 

—¡Anda ya! —refunfuñó Wang Amao—. Ojalá pudiera salvarte. Tan fino y blanco… si te vendieran, seguro que valdrías mucha plata.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Bueno, bueno, ven conmigo —Wang Amao, viendo que tampoco podía contar con él, agitó la mano con frustración. Miró durante un buen rato la historia de la excavación de la tumba, sin entender nada. Al volver la cabeza, vio a Lu Zhui con una expresión tan sincera que no tuvo más remedio que girarse de nuevo y exprimir la memoria en busca de algo que su maestro hubiera dicho. Tras media varilla de incienso de esfuerzo, recordó un par de historias. Entonces pasó la mano por todo el biombo y exclamó, encantado—: ¡Hay un mecanismo!

 

Lu Zhui se tensó:

—¡Espera!

 

Pero ya era tarde. De los bordes del biombo salió una lluvia de agujas. Lu Zhui tiró de Wang Amao, giró en el aire y solo escuchó el silbido de las agujas pasando junto a su oreja. Al caer, varias agujas plateadas habían quedado clavadas en el borde de su túnica.

 

Wang Amao quedó petrificado, las piernas le temblaban. De no ser porque Lu Zhui lo sostenía, habría caído al suelo.

 

—Te dije que esperaras —Lu Zhui le dio unas palmaditas en el hombro—. Pero lo hiciste bien. Considera que has ganado méritos.

 

—¡Es demasiado aterrador! —sollozó Wang Amao.

 

Lu Zhui volvió al biombo. Si solo se trataba de registrar fechas, artesanos y materiales usados para excavar la Tumba Mingyue, no tenía sentido colocar un mecanismo tan mortal. A menos que… dentro del biombo hubiera otro secreto.

 

Imitando a Wang Amao, introdujo la mano en el mecanismo.

 

—¡No lo presiones! —Wang Amao rodó por el suelo y se pegó a la pared, sin atreverse a moverse.

 

—Ven a ver —dijo Lu Zhui.

 

Wang Amao, en cambio, le gritó:

—¡VEN TÚ! ¡RÁPIDO, VEN Y AGÁCHATE!

 

¿Acaso quiere que lo maten?

 

—Este biombo tiene dos capas —dijo Lu Zhui.

 

—¿Y qué hay en la de abajo? —preguntó Wang Amao.

 

Lu Zhui sonrió.

—El mapa de la Tumba Mingyue.

 

Wang Amao se quedó pasmado unos instantes. Cuando por fin entendió lo que significaban esas palabras, la alegría lo inundó por completo. Corrió dando saltitos hasta colocarse al lado de Lu Zhui.

—¡Hay un mapa, hay un mapa! ¿Entonces podremos salir?

 

—¿Sabes leerlo? —preguntó Lu Zhui.

 

Wang Amao lo examinó con toda la concentración de la que era capaz. Tras un largo rato, se desplomó.

—No lo entiendo.

 

—Yo sí —dijo Lu Zhui.

 

Para Wang Amao, aquello fue como escuchar música celestial. Se dejó caer de rodillas con un “puf”, llorando a mares.

—¡Si logramos salir, te llamaré “padre”!

 

—No, gracias. Ya tengo un hijo —respondió Lu Zhui, sin apartar la vista del mapa. En efecto, coincidía casi por completo con la distribución que él mismo había deducido antes. La única diferencia era un extraño estanque de cocodrilos excavado bajo el Salón del Reposo.

 

—Aquí es donde caíste tú —señaló Lu Zhui un punto del mapa—. Era una puerta oculta para transportar objetos al interior de la tumba.

 

—¿Vamos a buscar ese lugar? —Wang Amao estaba eufórico.

 

—Lo más probable —explicó Lu Zhui— es que el grupo encargado del transporte no pudiera regresar después de salir. La cueva quedó abierta y tú, entrando a lo tonto, activaste el mecanismo y convertiste la salida en una puerta de muerte.

 

—¿Puerta de muerte…? —Wang Amao sintió que la desesperación le subía por la espalda.

 

—Y este lugar —Lu Zhui señaló el centro del mapa, retrocediendo dos pasos— es la cámara principal de la Tumba Mingyue. No hables. Déjame mirar.

 

Wang Amao asintió repetidas veces y cerró la boca con fuerza.

 

Lu Zhui frunció el ceño. Sus ojos no se apartaban del mapa. Las líneas entrecruzadas parecían elevarse del biombo, reordenándose en su mente hasta formar una estructura completa y precisa. Bajo aquella complejidad, el estanque de cocodrilos, que parecía un añadido innecesario, resultaba ser la última barrera de defensa. Incluso si alguien lograba entrar en la cámara principal, al intentar huir con los tesoros sería perturbado por la Formación de Atracción de Almas y desviado hacia el estanque.

 

En otras palabras: En el fondo del estanque debía de haber un camino que conectaba con la cámara principal.

 

—Wang Amao —dijo Lu Zhui con decisión—. Necesito que me ayudes.

 

—¿En qué? —preguntó él.

 

—¿Has aprendido algo de artes marciales? —preguntó Lu Zhui.

 

Wang Amao asintió con energía.

 

—¿Sabes que más adelante hay un estanque de cocodrilos?

 

—Sí, sí —Wang Amao tembló—. ¡Es la puerta del infierno! No se puede ir.

 

Lu Zhui lo miró.

 

Wang Amao tragó saliva.

—¿Quieres ir…?

 

—No yo —dijo Lu Zhui—. Nosotros.

 

Wang Amao casi se desmayó.

—¿Por qué…?

 

—Porque en el fondo del estanque podría haber un camino. Es nuestra única oportunidad.

 

—Pero… pero yo tengo miedo. Yo… yo… —Wang Amao temblaba como una hoja.

 

—No tienes que meterte al agua. Yo buscaré el camino. Pero necesito que me ayudes —Lu Zhui le sostuvo los hombros—. En vez de quedarnos aquí esperando la muerte, mejor intentarlo. Si logro salir, traeré gente a buscarte. Tú y yo vamos a vivir.

 

—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó Wang Amao, temblando.

 

Lu Zhui lo llevó de vuelta a su refugio y encendió otra antorcha.

—Primero, vamos a echar un vistazo.

 

Wang Amao aceptó, aunque las piernas le seguían temblando. Pero al ver la determinación de Lu Zhui, se obligó a seguirlo hasta el estanque.

 

A la luz del fuego, Lu Zhui por fin pudo ver el lugar con claridad. Un estanque profundo, de aguas ondulantes. En la orilla, decenas de enormes cocodrilos descansaban inmóviles. Las paredes de roca mostraban marcas de herramientas y había huecos estrechos que podían servir de escalones para trepar.

 

Wang Amao se escondió detrás de él.

—Ya lo vimos. Vámonos.

 

—Allí arriba —Lu Zhui señaló una roca sobresaliente—. ¿Puedes trepar hasta ahí?

 

—¿Yo? —Wang Amao negó con la cabeza—. No puedo.

 

—¡Mira bien! —ordenó Lu Zhui—. ¿Quieres salir o no?

 

Wang Amao sollozó un par de veces, levantó la antorcha y observó con más cuidado.

 

—Sí… sí puedo —admitió. En realidad había escalones naturales. Si no fuera por los cocodrilos, hasta un niño travieso podría subir. Y él era un ladrón de tumbas, al fin y al cabo.

 

—Bien. Lo único que tienes que hacer es subir y bajar sin matarte —dijo Lu Zhui—. Lo demás lo hago yo.

 

—¿Y qué vas a hacer tú? —preguntó Wang Amao.

 

—Matar a los cocodrilos.

 

—¿Matarlos? ¡Pero si hay un montón! —Wang Amao estaba horrorizado.

 

—No dije que los mataría a todos. Con tres o cinco basta —respondió Lu Zhui—. Anda, vuelve. Déjame esto a mí.

 

—Tú… tú ten cuidado —pidió Wang Amao.

 

Lu Zhui asintió, clavó la antorcha en una grieta y desenvainó la espada con una sola mano.

 

Wang Amao se escondió en un rincón seguro, pero no se fue. Observaba desde una rendija, temblando.

 

Lu Zhui respiró hondo. Su cuerpo se tensó de golpe. Saltó al aire y lanzó un tajo diagonal. La energía de la espada penetró en el agua y levantó una columna que salpicó hasta el techo.

 

Wang Amao quedó boquiabierto: «¡Eso solo lo había visto en los libros de cuentos!»

 

Los cocodrilos, enfurecidos, emergieron del agua mostrando sus fauces llenas de dientes. Querían despedazar al intruso. Lu Zhui aprovechó el momento, descendió como un rayo y clavó la espada Qingfeng en el cráneo duro como hierro de uno de ellos.

 

El cocodrilo rugió. El dolor le dio una fuerza descomunal. Se revolcó, levantando olas enormes. Su cola, cubierta de escamas, barrió el aire. Lu Zhui tuvo que soltar la espada y esquivar. El animal herido siguió retorciéndose, intentando volver al agua. Lu Zhui calculó el instante, se lanzó de nuevo, agarró la empuñadura con ambas manos y tiró con toda su fuerza. El gigantesco cocodrilo salió despedido por los aires. El cráneo se desprendió de la hoja y el cuerpo se estrelló contra la pared, haciéndose pedazos.

 

 

Wang Amao sintió que hasta el suelo bajo sus pies temblaba. Se apoyó en la pared de roca; las rodillas le volvieron a fallar.

 

Lu Zhui se acercó y remató al cocodrilo con dos estocadas más, poniendo fin a sus espasmos. Solo entonces se dejó caer contra la pared y soltó un leve suspiro.

 

—Gran héroe… —Wang Amao corrió hacia él; esta vez hasta el modo de llamarlo había cambiado.

 

—¿Por qué sigues aquí? —Lu Zhui le lanzó una mirada mientras movía la muñeca entumecida.

 

—Yo… yo solo estaba mirando —Wang Amao había querido decir que se quedaba para ayudar, pero luego recordó que no podía ayudar en nada. Se le encendieron las orejas y cambió de excusa.

 

Lu Zhui sonrió.

 

—Gracias. Ya que no te fuiste, piensa en cómo arrastrar este cocodrilo hasta la zona ventilada de más adelante.

 

Esta vez Wang Amao aceptó sin dudar. Trajo su fardo de ladrón de tumbas, juntó unas tablas de ataúd y, en poco tiempo, armó una carretilla improvisada.

 

Lu Zhui juntó las manos en señal de respeto.

—Admirable.

 

Wang Amao soltó una risita orgullosa.

—En este oficio todos sabemos hacer esto. No vaya a ser que encuentres un tesoro y luego no puedas sacarlo.

 

Lu Zhui curvó los labios y se sentó a descansar apoyado en la pared. Wang Amao, por su parte, ató el cocodrilo a la carretilla y, con mucho esfuerzo, lo arrastró hasta un espacio abierto.

 

***

 

Mientras tanto, del lado de Xiao Lan, Kong Kong Miaoshou llevaba horas buscando. Su expresión había pasado de la desgana inicial a una gravedad absoluta: por fin comprendía la seriedad del problema. Aquello era realmente una puerta de muerte, una trampa sin solución.

 

—Anciano… —probó Xiao Lan.

 

Kong Kong Miaoshou estaba algo alterado. Murmuró:

—Yo… de verdad no es que no quiera salvarlos, nietecito. Es que esto parece un camino sin salida.

 

Xiao Lan frunció el ceño con fuerza.

 

La boticaria soltó una risa amarga.

 

—Ya lo dije, es un callejón sin salida. Si un pequeño espíritu entra, ¿cómo va a dejarlo salir el Rey Yama? —Luego miró a Tao Yu’er—. Dama Tao, no se esfuerce. No sirve de nada.

 

Nadie le prestó atención. Tao Yu’er observó el mapa en silencio. Tras un momento, preguntó de pronto:

—Sobre la tumba de la Dama de Jade Blanco… ¿a dónde lleva ese pasadizo?

 

—A una antigua sala de torturas —respondió Xiao Lan.

 

—¿Sala de torturas? —Tao Yu’er dijo—. Vamos. Quiero verla.

 

Xiao Lan asintió sin hacer preguntas y la condujo directamente a la tumba de la Dama de Jade Blanco. Los demás los siguieron. Tao Yu’er no mostró el menor interés por los murales de la dama; avanzó con pasos rápidos por el pasadizo hasta detenerse ante el ejército de tigres de hierro.

 

Hasta entonces solo habían oído hablar de él por boca de Xiao Lan y Lu Zhui, pero nadie lo había visto. Al tenerlo frente a frente, Kong Kong Miaoshou levantó la antorcha y exclamó:

—¡Qué maravilla!

 

—¿Por qué ha venido aquí, señora Tao? —preguntó Lu Wuming.

 

—Hay un rumor —explicó ella—. El dueño del Palacio Lu estaba obsesionado con la Dama de Jade Blanco, tanto que quería poseer incluso su alma. Por eso, a través de su tumba debería poder encontrarse la entrada a la cámara principal. Mingyu ya había deducido esto antes. —Señaló hacia el fondo—. Esa sala de torturas es solo un disfraz. Detrás del ejército de tigres debe de haber otro camino.

 

—¿Un camino hacia la cámara principal? —preguntó Xiao Lan—. ¿Podremos encontrar a Mingyu?

 

—El pasaje bajo el Salón del Reposo debería conducir a la cámara principal —dijo Tao Yu’er—. Si este también lleva allí, al menos estaremos más cerca de ella.

 

—Bien —asintió Xiao Lan—. Iré a ver.

 

—¿Tú? ¿Solo? —Kong Kong Miaoshou se alarmó y lo agarró del brazo—. ¡Una sola de estas bestias puede matar a decenas de personas! ¿Cómo vas a cruzar entre cientos, miles de ellas?

 

—No pienso atravesarlas de frente —Xiao Lan alzó la vista hacia lo alto de la pared—. Voy a trepar por arriba.

 

***

 

Afuera de la Tumba Mingyue, Ah Liu estaba inquieto, incapaz de quedarse quieto.

 

—Deja de dar vueltas —gruñó Yue Dadao—. Me mareas.

 

—¿Tú crees que ya habrán rescatado a mi padre? —Ah Liu se dejó caer al suelo—. Si no, debería entrar a ver.

 

—Si tu maestro no te ha llamado, no sirve de nada que vayas —Yue Dadao tiró de su manga—. Además, tu padre te ordenó quedarte aquí. Dijo que a quien salga, lo mates.

 

—La tumba ya se derrumbó. ¿Quién va a salir? —refunfuñó Ah Liu, suspirando con frustración.

 

Yue Dadao jugueteaba con una brizna de hierba, igual de preocupada.

 

***

 

Lu Zhui pasó toda la noche matando tres cocodrilos. Luego, junto con Wang Amao, los cortó en pedazos y los ensartó con cuerdas gruesas, extendiéndolos como si fueran carne para secar. Exhausto, cayó rendido. En aquel lugar sin día ni noche, daba igual: se durmió en la oscuridad y despertó en la misma oscuridad.

 

La hoguera chisporroteaba mientras asaba la carne de cocodrilo. Aunque seguía siendo dura y con un olor fuerte, ninguno de los dos se quejó. Comieron en silencio un buen trozo cada uno y sintieron cómo les volvía la fuerza.

 

—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Wang Amao.

 

Lu Zhui sacó del fardo un cincel de hierro y un clavo grueso como un brazo.

 

—Voy a poner unos anclajes en la pared para colgar la carne.

 

—¿Y luego? —Wang Amao seguía sin entender.

 

—Luego, cuando los cocodrilos huelan la sangre, vendrán a la orilla, pero no podrán alcanzarla —explicó Lu Zhui—. Yo aprovecharé para sumergirme y buscar el camino. Tú te quedarás arriba. Si ves que alguno pierde la paciencia y quiere volver al agua, le tiras un pedazo de carne. ¿Entendido?

 

Wang Amao lo pensó un momento y asintió.

—Sí.

 

—No te preocupes —dijo Lu Zhui—. Si no encuentro nada, volveré a salir y pensaremos en otra cosa. Si encuentro la salida, regresaré a buscarte. Tienes que vivir. Somos amigos ya. Cuando salgamos, te invitaré a un buen vino.

 

Wang Amao sonrió, mostrando los dientes por primera vez.

—Eso suena bien.

 

Lu Zhui le apretó el hombro con fuerza, luego se incorporó y comenzó a trepar por la pared, clavando los anclajes uno por uno.

 

El sonido metálico resonaba en la cueva. Wang Amao lo observaba desde abajo. Por primera vez comprendió que una persona podía vivir así: incluso atrapado en aquel infierno, incluso sin salida, aun así, podía… ¿Cómo describirlo?

 

No encontraba las palabras, pero sentía que era algo admirable. Se frotó los ojos con la manga y trepó también para ayudar.

 

Lu Zhui sonrió.

—¿Ya no tienes miedo?

 

Wang Amao, con el martillo en la mano, golpeaba la pared de roca con tanta fuerza que hacía temblar toda la cueva.

 

Pasó otro día. Los clavos de acero estaban listos, y los trozos de carne colgaban en su sitio. Tras un buen descanso y una comida abundante, Lu Zhui pidió a Wang Amao unas cuantas bombas fétidas.

 

—Aléjate un poco —le advirtió.

 

—¿Para qué quieres reventar esas cosas? —Wang Amao frunció la nariz—. ¡Apestan a muerto!

 

—Estoy cubierto de sangre y no tengo ropa para cambiarme. Solo puedo usar esto para ahuyentar a los cocodrilos. Si no, en cuanto entre al agua me despedazarán.

 

Wang Amao se tapó la boca y la nariz de inmediato.

 

Lu Zhui envolvió las bombas con su propia ropa y las aplastó con una mano. Un hedor insoportable se extendió por toda la cueva. Wang Amao hizo una mueca de horror, casi vomita.

 

Lu Zhui contuvo la respiración.

—Ve.

 

Wang Amao obedeció. Trepó por la pared como pudo y, con un cuchillo, abrió un tajo en uno de los trozos de carne. La piel seca se rompió y la sangre rancia empezó a gotear. Los cocodrilos acudieron en masa, amontonándose unos sobre otros, abriendo sus fauces hacia lo alto.

 

Era la primera vez que Wang Amao veía tantos cocodrilos con la boca abierta justo bajo sus pies. Apretó la cuerda que llevaba atada a la cintura y sintió un calor repentino en la entrepierna. Pero, por suerte, logró contenerse y no caer sentado del susto.

 

Aprovechando ese momento, Lu Zhui se lanzó al agua con un “puf”. El hedor cubría el olor a sangre, así que los cocodrilos más lejanos no se acercaron. Él contuvo el aliento y avanzó a tientas bajo el agua, cada músculo en tensión, sin sentir ya el frío que le calaba los huesos.

 

La cueva era enorme, el estanque profundo, y cientos de cocodrilos acechaban. En las paredes, las antorchas ardían como estrellas, iluminando todo. Y en medio de esa claridad, Wang Amao estaba solo, de pie sobre la pared, con la cuerda en la cintura y un cuchillo en la mano, como un héroe solitario de leyenda. Pero por dentro estaba muerto de miedo. No podía ver qué ocurría bajo el agua; solo podía seguir las instrucciones de Lu Zhui: si algún cocodrilo perdía la paciencia y quería marcharse, debía lanzar un trozo de carne para ganar tiempo.

 

Durante media hora, Lu Zhui salió a tomar aire tres o cuatro veces. Pero la última vez que se sumergió… no volvió a aparecer.

 

Las antorchas empezaron a apagarse una a una. La luz retrocedía, la oscuridad avanzaba. La carne se había acabado. Los cocodrilos, saciados, dieron media vuelta y se hundieron lentamente en el agua.

 

Wang Amao permaneció sentado en la pared un largo rato antes de bajar. Caminó de regreso arrastrando las piernas.

 

—Debe de haber encontrado el camino… —Se dijo para consolarse. Sentado dentro del ataúd oscuro, mirando los trozos de carne que Lu Zhui le había dejado, sintió que aquellos días habían sido como un sueño.

 

A lo lejos, se oía el rumor del agua.

 

Lu Zhui, exhausto, emergió del estanque y avanzó tambaleándose por el pasadizo. Bajo el agua había encontrado un anillo oculto; al tirar de él, una corriente brutal lo arrastró por un túnel. Se golpeó la cabeza y perdió el sentido. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando despertó.

 

Estaba helado, dolorido, con las extremidades entumecidas. Ya no podía pensar. Solo avanzaba por puro instinto, un paso rígido tras otro.

 

El mundo era solo oscuridad. Anhelaba una luz.

 

****

 

Xiao Lan avanzaba pegado al techo de la cueva, con guantes de hilos de plata y ganchos en muñecas y tobillos, como un gecko. Lu Wuming lo seguía. Los demás observaban con el corazón en la garganta mientras sus siluetas se perdían en la oscuridad.

 

Nadie sabía cuántos tigres de hierro había. Nadie sabía si al final del camino habría otra salida.

 

—Señor —susurró Xiao Lan—. Hay mecanismos adelante.

 

—Cambiemos de lugar —dijo Lu Wuming.

 

—No hace falta. Solo tenga cuidado —respondió Xiao Lan—. Sígame y no toque nada.

 

Lu Wuming asintió. Avanzaron aún más despacio. Bajo ellos, el ejército de tigres de hierro observaba en silencio a los primeros intrusos en siglos, con rostros fríos y sin vida.

 

****

 

Ante los ojos de Lu Zhui apareció un resplandor tenue.

 

Su corazón dio un vuelco. Se incorporó como pudo y avanzó hacia la luz. Si no se equivocaba, ese debía ser el camino principal hacia la entrada de la tumba. El viento le golpeó el rostro. La ropa húmeda se le pegaba al cuerpo como una armadura pesada. Apretó la espada Qingfeng y no bajó la guardia hasta asegurarse de que no había ruidos extraños afuera. Entonces asomó la cabeza.

 

Y vio un escenario demasiado familiar: los muñecos de madera con lágrimas de sangre en los ojos.

 

El vello se le erizó. Recordó las pesadillas de su infancia.

 

Y en ese instante, los muñecos se levantaron lentamente, como si alguien les hubiera devuelto la vida.

 

***

 

Xiao Lan cayó al suelo. Estaba empapado en sudor. Lu Wuming también jadeaba. Ambos miraron hacia atrás, hacia el imponente ejército de tigres de hierro, con una mezcla de alivio y terror.

 

—Aquí sí hay un camino —Xiao Lan desplegó el mapa—. Según las marcas de mi madre, si existe una salida, debemos ir hacia el norte.

 

No había terminado de hablar cuando el suelo empezó a temblar. Ambos pensaron lo mismo: «¿Acaso el ejército de tigres ha cobrado vida?»

 

Pero al mirar atrás, las figuras de hierro seguían inmóviles.

 

—¡MINGYU! —un mal presentimiento le atravesó el pecho. Xiao Lan salió corriendo hacia el norte.


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