Capítulo
159: Batalla decisiva (parte 2)
Soy el
ancestro de la familia Lu.
A su alrededor todo era oscuridad. El
viento silbaba en sus oídos. Lu Zhui no sabía dónde había caído; solo pudo
confiar en sus reflejos como artista marcial. En el instante en que tocó
tierra, rodó hacia un lado… y aun así cayó con un directo al agua.
Era un estanque profundo. El agua estaba
tan fría que cortaba la piel. La ropa empapada se le pegaba al cuerpo,
dificultando cada movimiento. A duras penas logró nadar hasta la orilla y,
arrastrando la espada Qingfeng, se dejó caer sentado. No había alcanzado a
recuperar el aliento cuando sintió que el suelo bajo él… se movía.
Un impacto brutal golpeó su brazo
derecho. Por suerte, Lu Zhui ya estaba alerta y se ladeó a tiempo; de lo
contrario, aquel golpe le habría pulverizado los huesos. Sus ojos, ya adaptados
a la penumbra, no distinguían bien el lugar, pero sí vio cómo, alrededor, una
tras otra, pequeñas luces rojas se encendían. Como las que la boticaria había
visto en la ilusión de su formación… pero estas no eran ilusiones.
Eran ojos.
En la orilla del estanque se agazapaban
decenas de cocodrilos gigantes, cubiertos de escamas como armaduras de hierro,
cuerpos pesados, pero sorprendentemente ágiles. Sin tiempo para pensar, Lu Zhui
blandió la espada y cortó la cola que se abalanzaba sobre él. La sangre salpicó
el aire, espesa y fétida, y el olor volvió a la manada aún más frenética.
Abrieron las fauces y se lanzaron a devorar al cocodrilo herido, agitando el
agua en un torbellino.
Lu Zhui aprovechó para correr hacia la
distancia. No sabía adónde conducía el camino, pero debía alejarse de esas
bestias antes de pensar en cómo salir. El suelo era irregular, lleno de hoyos,
húmedo y resbaladizo. Tropezó varias veces, pero siguió avanzando. Tras casi
media hora de carrera torpe, por fin vio un tenue resplandor.
Era luz filtrándose por una grieta en la
bóveda. Muy débil, pero suficiente para que Lu Zhui sintiera alivio. Exhausto,
se dejó caer en el suelo para descansar un momento.
La cinta roja de la boticaria le había
dejado una marca en la cintura. Aunque la ropa amortiguó el golpe, la piel se
había desgarrado y sangraba. El agua sucia del estanque había irritado la
herida, como si le hubieran echado sal. Pronto se le pondría morada e hinchada.
Miró hacia arriba. Las grietas eran
estrechas, la más ancha apenas del grosor de un brazo. Aunque lograra trepar,
no podría salir de ese infierno.
«Esto es lo que llaman pedir ayuda al
cielo y que el cielo no responda; pedir ayuda a la tierra y que la tierra no
escuche.»
Lu Zhui suspiró. Se arrepentía de haber
bajado la guardia. Y no sabía cómo estarían Xiao Lan y Ye Jin.
En el Salón del Reposo, Xiao Lan palpó
el suelo con cuidado, buscando el mecanismo. No encontró nada. Al ver la
sonrisa burlona de la boticaria, la rabia se le subió a la cabeza. De un
puñetazo le rompió las costillas.
—¿Vas a hablar o no?
—Ya lo dije: no lo sé —respondió la boticaria—.
Es una puerta de muerte. Aunque tengas habilidades celestiales, no podrás
abrirla.
Xiao Lan la agarró por el cuello de la
ropa como si fuera un trapo viejo y salió del salón arrastrándola.
—¡Ayoo! —Ye Jin se sobresaltó.
«¿Así de fácil sales por la puerta?»
El guardia, al ver abrirse la puerta, se
preparó para recibir a la boticaria con reverencias… pero quien salió fue Xiao
Lan. Y la boticaria, que hacía poco era una belleza deslumbrante, ahora estaba
hinchada, amoratada, casi sin vida, como si le hubieran pulverizado los huesos.
Por coincidencia, ese guardia era el
mismo que días atrás había visto a la boticaria matar a la tía Fantasma. Esta
vez, ya tenía experiencia en desastres. Se arrodilló de inmediato, llorando:
—¡Joven maestro Xiao, por fin vengó a la
tía!
—Llama a todos los jefes de las
sub-sedes. ¡Que vengan ya! —ordenó Xiao Lan con voz helada—. Y manda gente a
vigilar la salida de la tumba. Si se escapa una mosca, te corto la cabeza.
—Sí, sí, sí —el guardia salió corriendo.
Xiao Lan le entregó una placa a Ye Jin.
—Por favor, Lord Ye, avise a los de
afuera. Que esperen en la entrada de la Bahía de la Luna. Y que mi madre venga
con el anciano Miaoshou. Lo antes posible.
—Ten cuidado —dijo Ye Jin—. El segundo
jefe Lu estará bien.
Xiao Lan asintió y arrastró de nuevo a
la boticaria al salón.
La tumba Mingyue volvió al caos. Algunos
discípulos quisieron huir, pero les dijeron que el joven maestro Xiao había
dado la orden: quien se fuera, perdería la cabeza. Tuvieron que quedarse
temblando, consolándose entre ellos: «Si la tía Fantasma murió a manos de la
boticaria y la boticaria muere a manos del joven maestro Xiao… entonces nadie
puede matar al joven maestro Xiao. Ya estamos seguros.»
La boticaria, incapaz de hablar por la
presión en su garganta, se encogió en el suelo, riendo con malicia. Xiao Lan,
furioso, le dio otro latigazo. En la puerta, todos se arrodillaron:
—¡El joven maestro Xiao es invencible!
—Ustedes —Xiao Lan señaló la montaña de
oro—. ¿Quién puede abrir este mecanismo?
Todos se postraron aún más. Nadie
respondió.
¿Quién demonios sabía que aquí había un
mecanismo? Nunca lo habían oído. Mucho menos sabían abrirlo.
****
Lu Zhui se sentó y analizó su situación.
La herida de la cintura dolía, pero era superficial. El aire era fresco, así
que no moriría asfixiado. Si tenía hambre… bueno, el estanque de cocodrilos
podía servir de comida. Asqueroso, sí, pero no moriría de inanición.
Solo le faltaba… fuego.
Aún le quedaban en la manga dos pequeñas
piedras de fuego. Lu Zhui se incorporó con esfuerzo, decidido a buscar otro
camino, a ver si encontraba alguna cámara funeraria o ajuar mortuorio de donde
sacar tablones o madera.
El terreno, comparado con el estanque de
cocodrilos, estaba mucho más seco. Buscó el punto más iluminado y, con
piedrecillas, dibujó en el suelo un mapa aproximado de la Tumba Mingyue. Según
la disposición de la Formación de Actracción de Almas, bajo el Salón del Reposo
debía haber un pasadizo oculto. Pero jamás imaginó que sería tan intrincado,
con túneles cruzándose en todas direcciones… e incluso un estanque de
cocodrilos.
Con tanta agua enterrada bajo tierra, no
era raro que la tumba llevara años filtrándose. Pero si esos cocodrilos eran
salvajes o alguien los había colocado allí para impedir la entrada de intrusos…
eso aún no podía saberlo. Mientras avanzaba, Lu Zhui escuchaba con atención el
viento, cada músculo en tensión, preparado para cualquier monstruo que pudiera
abalanzarse desde la oscuridad.
Por suerte, el camino era relativamente
transitable. Aparte de algunos ratones chillando, no había otras criaturas.
Apartó con la espada las gruesas telarañas y, efectivamente, encontró una
cámara funeraria. Había una mesa de ofrendas y platos de porcelana; las
ofrendas hacía tiempo que se habían reducido a polvo.
—Perdonen la ofensa —murmuró Lu Zhui, y
de una patada redujo la mesa a astillas para encender una fogata.
La luz disipó la oscuridad… y también la
inquietud. A la luz del fuego examinó la cámara: era extremadamente simple. El
ataúd era descomunal, lo bastante grande para que cupieran decenas de personas.
Seguramente era la tumba de los sirvientes sacrificados para acompañar al
difunto.
—Disculpen, de verdad —suspiró Lu Zhui.
Sus antepasados habían muerto; él ahora perturbaba su descanso. Pensarlo así le
hacía sentir vergüenza ante las almas de la tumba.
Se acurrucó junto al fuego, apoyando la
barbilla en las rodillas. Pero en cuanto se quedaba quieto, la herida de la
cintura volvía a palpitar, cada vez más dolorosa. No quería dar un paso más.
«¿Y si espero a que Xiao Lan venga a
rescatarme?»
El pensamiento apenas apareció cuando Lu
Zhui soltó una risa.
Siempre había sido él quien corría hacia
el peligro. Y ahora, atrapado, sin salida, con heridas y frío… le nacía una
pereza dulce, un deseo de dejarse salvar.
¿Qué había dicho antes? “La vida cómoda
envejece a la gente”. Pues sí que era cierto.
«¿Qué demonios es este lugar?»
Cuando ya había descansado lo
suficiente, tomó una antorcha improvisada y se dispuso a seguir explorando.
Pero apenas dio dos pasos cuando, detrás de él, algo sonó dentro del ataúd.
En un sitio tan oscuro y siniestro,
aquello no era solo terror: era puro escalofrío.
Lu Zhui se detuvo en seco.
El sonido continuó: crac… crac…
La tapa del ataúd parecía moverse,
empujada desde dentro.
Lu Zhui apretó la espada Qingfeng con
una mano. En sus ojos brilló una mezcla de alerta y ferocidad.
***
Afuera, en la Tumba Mingyue.
—¿Mingyu cayó en un mecanismo? —Lu
Wuming se sobresaltó.
—Sí —respondió Ye Jin—. Esa vieja bruja
tenía mil trucos. La derrotamos, pero aun así nos tendió una trampa. Qué
vergüenza ante ustedes.
—¿Y qué esperan? ¡A rescatarlo! —Tao Yu’er
dio un pisotón.
Kong Kong Miaoshou estaba sentado a un
lado, rígido, negándose a moverse: «El que cayó fue el hijo de la familia
Lu, no mi nieto. Yo no voy.»
—¡Viejo inútil! —Tao Yu’er lo agarró del
brazo y lo levantó a la fuerza—. Te lo digo: si sigues con tus tonterías,
olvídate de que Lan’er aprenda tu maldita técnica de Mano Vacía.
—Lan’er la aprenderá si quiere. ¿Qué
puedes hacer tú? —refunfuñó Kong Kong Miashou, aunque sabía perfectamente que
el hijo de la familia Lu no podía morir. Si moría, su nieto jamás volvería a
verlo y mucho menos heredaría su legado. Así que, a regañadientes, entró a la
tumba con ella.
—Si van a entrar, mejor disimulen —dijo
Ye Jin.
Lu Wuming asintió. No sabían si los
discípulos de la tumba obedecían ya a Xiao Lan o no. Mejor evitar que fueran
reconocidos.
Los discípulos no conocían a Ye Jin,
pero al verlo con la placa de Xiao Lan, no se atrevieron a detenerlo. Y al
reconocer a la mujer de mediana edad como la antigua dama Tao, se convencieron
de que todos eran gente del joven maestro Xiao. Su actitud se volvió aún más
respetuosa.
Xiao Lan seguía en el Salón del Reposo.
Al verlos, avanzó.
—Señor.
—¿Cómo va? —preguntó Lu Wuming.
—No encuentro la entrada —dijo Xiao Lan,
mirando a Kong Kong Miaoshou—. Dependo de usted, anciano.
—No dependas de mí. Yo tampoco… tampoco
sé si puedo encontrarla —refunfuñó el anciano, pisando losas una por una,
avanzando con desesperante lentitud.
Tao Yu’er estaba al borde de la
impaciencia, pero Ye Jin la sujetó.
—Señora, calma. Esto no se puede
apresurar.
Kong Kong Miaoshou la miró de reojo: «Si
tienes tanta prisa, hazlo tú misma.»
Xiao Lan le dio unas palmaditas en el
hombro a su madre.
—Madre.
Lu Wuming, mientras tanto, miraba a la boticaria
tirada en un rincón, con una expresión oscura.
La boticaria tenía sangre en los labios
y una sonrisa escalofriante.
—Los antepasados de la familia Lu llevan
siglos durmiendo. Yo soy buena persona… les envío un descendiente para que
charlen un rato. ¿Qué? ¿Tampoco se puede?
****
En la cámara funeraria, Lu Zhui creyó
que se había quedado sordo.
—¿Qué dijiste que eres?
El hombre que acababa de salir del
ataúd, con voz chillona y postura arrogante, declaró:
—¡Yo soy el Hijo del Cielo del Gran Reino
Yao, Lu Zhifeng!
Lu Zhifeng: el antepasado de la familia
Lu. El dueño original de la mansión Lu.
Y “Gran Reino Yao” era el nombre de
aquel efímero y malogrado imperio.
Lu Zhui: “…”
Por un instante pensó si acaso su
ancestro también habría practicado la Técnica de traspaso del Alma. Pero
desechó la idea enseguida. Aquel tipo, con su aire lunático y afeminado… si ese
era su antepasado, era demasiado vergonzoso. No quería reconocerlo.
—Si sabes lo que te conviene,
arrodíllate ahora mismo, golpea la cabeza contra el suelo y llámame “ancestro”
—ordenó el hombre—. Cuando recupere el trono, te nombraré príncipe herede… ¡AAH!
Lu Zhui le plantó un pie en el pecho y
acercó la antorcha a su rostro mugriento.
—Deja de hacerte el espíritu inmortal.
¿Quién demonios eres?
El calor abrasador le quemó la piel. El
hombre chilló, aspiró aire y rompió a llorar.
—¡Su Majestad, perdóneme! ¡Soy Wang
Amao!
Lu Zhui: “…”
«Preguntar o no preguntar daba igual. ¿Y
quién diablos es Wang Amao?»


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