RT 158

 

Capítulo 158: Batalla decisiva (parte 1)

¿Adivinas qué hay debajo del mecanismo?

 

Poco después, el discípulo volvió a salir del túnel empujando el carrito, otra vez cargado de pesadas cajas de madera. Caminaba con dificultad.

 

—¿De verdad estás seguro? —Ye Jin seguía inquieto y volvió a preguntar.

 

—Sí —respondió Lu Zhui—. Créame, Lord Ye: colarnos en el Salón del Reposo no es lo difícil. Lo complicado será qué hacer una vez dentro. Y como no sabemos cómo está la situación ahí dentro, tendremos que improvisar sobre la marcha.

 

Ye Jin dudó, pero al ver que Xiao Lan parecía tranquilo, no tuvo más remedio que dejar que Lu Zhui siguiera adelante con su plan.

 

Había un tramo de pasadizo extremadamente estrecho. El carrito era muy pesado y un paso en falso podía hacerlo caer al abismo. El discípulo avanzaba conteniendo la respiración, cada paso medido con extremo cuidado. Cuando por fin atravesó la mayor parte del camino, se permitió levantar la manga para secarse el sudor.

 

Justo en ese instante, cuando la tela le cubrió los ojos, sintió que una sombra se abalanzaba sobre él. No alcanzó a ver qué era. Una fuerza brutal le golpeó el cuello y sus piernas cedieron. Cayó desmayado.

 

Xiao Lan sujetó el carrito con firmeza. Lu Zhui se apresuró a quitarle la ropa al discípulo, se la puso él mismo y se colocó una máscara de piel humana, transformándose en un hombre pálido y enclenque.

 

—¿Así nada más? —Ye Jin miró al hombre inconsciente y negó con la cabeza—. No se parece en nada.

 

—No hace falta que se parezca —dijo Lu Zhui—. No tenemos tiempo para fabricar otra máscara. Yo me encargaré de que todos los que me vean en el Salón del Reposo queden aturdidos dentro de la formación.

 

—¿Una formación? —Ye Jin por fin entendió, y se relajó un poco. Recordó aquella “muy, muy indecente” Formación de Añoranza en la Mansión del Sol y la Luna, y la confianza regresó. En cuestiones de formaciones, Lu Zhui era de fiar.

 

—Además, es el Salón del Reposo —añadió Lu Zhui, tomando el carrito de manos de Xiao Lan—. Un lugar construido para calmar almas siempre esconde misterios. Para nosotros, es una ventaja.

 

—¿Y nosotros? —preguntó Ye Jin—. ¿Cómo entramos?

 

—Primero debo echar un vistazo —dijo Lu Zhui—. Al menos ver cómo está todo dentro.

 

Xiao Lan frunció ligeramente el ceño.

 

—Tranquilo —le dijo Lu Zhui—. Sé lo que hago.

 

Xiao Lan dudó un instante, luego asintió.

—Ten cuidado.

 

Lu Zhui empujó el carrito hacia el Salón del Reposo. Al llegar a la entrada, dejó caer discretamente una horquilla de madera desde su manga y se la colocó en el cabello. Tenía incrustada una gema roja, brillante y redonda, imposible de ignorar.

 

—Tú… —el guardia quiso hacer la pregunta de rutina, pero al levantar la vista sintió que la visión se le nublaba. Todo a su alrededor parecía volverse irreal. Solo distinguía un punto rojo en medio de la confusión. Parpadeó, se frotó los ojos, intentando enfocar.

 

—Vengo a entregar cosas —dijo Lu Zhui en voz baja.

 

—Pasa —el guardia se hizo a un lado.

 

Lu Zhui asintió y entró empujando el carrito. La puerta se cerró con un estruendo. Solo entonces el guardia recuperó la claridad. Sacudió la cabeza, confundido.

 

«¿Había pasado algo?» No lo sabía. Solo sentía que se había quedado en blanco un momento.

 

Lu Zhui había entrado sin problemas.

 

Pero los dos que esperaban afuera no se relajaron. Al contrario, se tensaron aún más, sin apartar la vista de la pesada puerta, atentos a cualquier sonido.

 

Las ruedas del carrito chirriaron. Lu Zhui recorrió el salón con la mirada. El enorme vestíbulo estaba repleto de cajas apiladas y montones de oro y perlas se derramaban por el suelo. Bajo la luz de las lámparas, todo brillaba como un mar de fuego y luz, casi hipnótico.

 

Descargó las cajas una por una, colocándolas ordenadamente, pero su atención estaba fija en el centro del salón.

 

Allí se alzaba una montaña de oro puro, deslumbrante, excesiva, cubierta de jade y perlas. Cualquier persona del mundo se arrodillaría ante semejante riqueza. Y sobre esa montaña, reclinada de lado, había una mujer. Su figura era esbelta, su peinado alto, su vestido rojo como una llama del infierno. Con solo ver su espalda, uno sabía que al girarse sería una belleza incomparable.

 

La boticaria oyó el ruido detrás de ella, pero no se volvió. Seguía sosteniendo un espejo de bronce, acariciando sus sienes con los dedos, absorta en su propia imagen.

 

Lu Zhui sonrió para sí y salió empujando el carrito vacío.

 

El guardia seguía aturdido, mirando cómo Lu Zhui se alejaba, mientras pensaba confusamente si acaso habría pescado un resfriado y estaba con fiebre.

 

Lu Zhui empujó el carrito hasta un rincón oculto. Xiao Lan y Ye Jin ya lo esperaban allí.

 

—¿Cómo está adentro? —preguntó Xiao Lan.

 

—Sin problema —respondió Lu Zhui—. Solo está la boticaria, recostada sobre la montaña de oro, embelesada consigo misma. Oyó la puerta, pero ni siquiera se giró.

 

—¿Entramos los tres esta vez? —preguntó Xiao Lan.

 

—Sí —asintió Lu Zhui—. Si algo cambia, podemos escondernos detrás de las cajas y actuar según la situación. Solo síganme. El guardia no podrá verlos.

 

—Impresionante —dijo Ye Jin, y luego preguntó—. Pero ¿cómo vas a justificar que no llevas oro? Ese túnel no es el Salón del Reposo. ¿Funcionará tu ilusión?

 

—A estas alturas, ¿qué oro voy a cargar? —Lu Zhui empujó el carrito vacío—. Entramos así mismo.

 

Ye Jin se tocó la barbilla: «Pues sí… ¿qué oro? ¿Acaso vamos a trabajar gratis para esa vieja bruja?»

 

El guardia, aún mareado, abrió de nuevo la puerta del salón, preguntándose por qué sentía que el viento soplaba tan fuerte hoy.

 

Una sombra se deslizó dentro del Salón del Reposo. El guardia sintió un escalofrío y giró bruscamente para mirar, pero la puerta ya había caído con estrépito. La duda finalmente lo alcanzó, pero no se atrevió a entrar. Pegó la oreja a la puerta durante un buen rato. Como no oyó nada extraño, se tranquilizó un poco, convenciéndose de que quizá solo había sido una ilusión.

 

La boticaria, en cambio, sí se volvió con alerta.

 

Lu Zhui estaba de espaldas a ella, recolocando las cajas y empujándolas una por una, como si comprobara su estabilidad.

 

—¿Cuántas quedan? —preguntó la boticaria tras observarlo un momento.

 

—No muchas —respondió Lu Zhui, inclinándose. La luz no alcanzaba su rostro, oculto entre sombras y el cabello caído.

 

—“No muchas” no es una cifra —la boticaria descendió de la montaña de oro con un salto. Sus pies cayeron con firmeza. Solo ese movimiento bastaba para notar la profundidad de su fuerza interna.

 

—Siete… siete u ocho cajas —respondió Lu Zhui con voz ronca.

 

La boticaria no contestó. Avanzó hacia él, paso a paso. El rostro de Lu Zhui seguía oculto, inmóvil como una estatua.

 

Los zapatos bordados rojos avanzaban sobre el oro y el jade. La falda larga y lujosa arrastraba lingotes que rodaban con un sonido metálico, chocando con las joyas apiladas. El sonido resonaba claro en el vasto salón.

 

La boticaria no apartaba la vista de aquel punto rojo en su cabello. Sentía que ese color no debía existir en ese lugar. El camino parecía cubierto de oro, pero cada paso se hundía como en algodón. Y cuanto más se acercaba a la luz roja, más se convertía el algodón en fango, en un pantano que dificultaba avanzar.

 

Caminaba despacio… muy despacio. Una sensación extraña la envolvía, interminable. Sabía que debía detenerse, pero su cuerpo no obedecía. Era como las pesadillas que había sufrido tantas veces: la mente despierta, el cuerpo paralizado.

 

El punto rojo empezó a multiplicarse. Dos, tres, cuatro… incontables. El cielo era dorado, las estrellas rojas. Nada de eso pertenecía a este mundo.

 

«Debo detenerme. Tengo que detenerme.»

 

Una daga cayó en su mano. La boticaria alzó el brazo de golpe… y se apuñaló la palma izquierda.

 

La hoja atravesó la carne. La sangre negra brotó espesa. El dolor la devolvió a la lucidez. Se agachó de inmediato, esquivando el látigo Wujin que silbó sobre su cabeza.

 

Xiao Lan no le dio tiempo a hablar. Atacó de nuevo. A su lado, Lu Zhui desenvainó la espada: tres pies de filo azul que cortaron el aire, cercenando un mechón entero de su cabello.

 

La boticaria soltó una risa ronca, sin sorpresa, solo malicia.

—De Lan’er no hace falta decir nada. Y el otro… esa máscara tan fea solo puede ser de Lu Mingyu, ¿no?

 

Lu Zhui lanzó otra estocada al pecho. Ella la esquivó con un giro y añadió con burla:

—Con lo bonita que es tu cara, ¿para qué ponerte esa cosa horrenda? Y encima esa horquilla roja tan ridícula. Esa técnica de confusión mental… ¿te la enseñó Tao Yu’er?

 

Su tono era lánguido, pero sus ataques no lo eran. Sus manos eran garras de fantasma, las uñas azuladas brillaban como armas más afiladas que cualquier espada.

 

—Tu maestra, antes de morir, aún pensaba en que vengaras su deuda —se burló, acorralando a Xiao Lan contra la pared—. Pero resulta que volviste a la tumba por Lu Mingyu. ¿Así que nunca lo olvidaste?

 

—¿Te sorprende? —preguntó Xiao Lan.

 

—Para nada. El joven maestro Xiao siempre ha sido un sentimental. Ya lo sabía —la boticaria cayó al suelo con ligereza, los ojos llenos de veneno—. Mejor así. Total, no vivirán mucho. Vengan a morir de una vez.

 

Lu Zhui giró la muñeca y su espada rasgó su túnica, dejando al descubierto piel blanca.

 

Ye Jin: “…”

 

La boticaria soltó una carcajada. No solo no se cubrió, sino que sus movimientos se volvieron aún más feroces y lascivos. Ye Jin, viendo aquellas… “dos cosas” bajo el dudou, sintió que sus ojos ardían.

 

«Necesito volver a la Mansión del Sol y la Luna a lavarme la vista.»

 

Los ataques de Lu Zhui se volvieron más crueles. Su estilo parecía la espada Qingfeng de la familia Lu, pero no del todo. Era más libre, más salvaje. La boticaria recibió decenas de golpes y empezó a sorprenderse. Ella había visto a Lu Wuming luchar contra la tía Fantasma. La espada de la familia Lu nunca había sido tan… siniestra.

 

—¿Has practicado la Técnica de Traspaso del Alma? —por fin lo reconoció.

 

Lu Zhui no respondió. Solo ejecutó otra técnica de ese mismo estilo. Ya la había usado para engañar a Ji Hao una vez. Si funcionaba, ¿por qué no usarla de nuevo? En la guerra, todo vale.

 

La boticaria, sin embargo, tuvo otro pensamiento. De pronto ya no quería matar a Lu Zhui. En su momento, como parte del intercambio, Fu le había entregado un manual de la Técnica de Traspaso del Alma, pero era una copia reciente, no el antiguo texto original. Ella la había practicado, sí, pero siempre con desconfianza: no sabía si aquel viejo monstruo la había engañado, alterando a propósito una o dos fórmulas internas. Ahora que había otra persona que también la había aprendido, naturalmente debía conservarle la vida. No podía matarlo. No antes de preguntarle.

 

Decidida, lanzó una palma que apartó a Lu Zhui y se abalanzó sobre Xiao Lan. Esta vez ya no jugaba al gato y al ratón: cada golpe era mortal. Ye Jin, oculto en las sombras, observaba con asombro. Xiao Lan no era débil y con Lu Zhui a su lado, dos de los mejores expertos del Jianghu unidos… aun así, tras más de cien intercambios, no lograban acabar con esa vieja bruja. Era absurdo.

 

«Si ella escapa al mundo exterior, las sectas del Jianghu tendrían que perseguirla como antaño hicieron con la Secta Demoníaca. Y entonces, ¿Qué será de la Alianza del Mundo Marcial? ¿Cuándo descansará el líder de la Alianza Shen? ¿Cuándo comerá? ¡¿Quién alimentará a mi burro?!»

 

Pensando en ello, el médico divino Ye se levantó de golpe y se remangó.

 

Xiao Lan intercambió una mirada con él y, de pronto, lanzó una patada que envió a la boticaria volando por el suelo, casi con toda su fuerza.

 

—¡Tú! —La boticaria jamás imaginó que hubiera alguien escondido detrás de la montaña de oro. El sobresalto apenas le dio tiempo a abrir la boca cuando algo le fue arrojado encima: un líquido desconocido que le llenó la boca. Se incorporó tosiendo y escupiéndolo.

 

Lu Zhui aprovechó el instante. Descendió como un rayo y su espada atravesó su pecho izquierdo. La sensación no fue la de cortar carne, sino la de hundirse en algodón húmedo, podrido y sin vida.

 

Sangre negra brotó de su boca. La boticaria retrocedió dos pasos, mirando a los tres hombres frente a ella.

 

Xiao Lan la observaba con frialdad.

 

En medio del silencio absoluto, la boticaria volvió a sonreír, sin emitir sonido.

—¿Crees que ganaste?

 

—No sé si gané —respondió Xiao Lan—. Pero tú ya perdiste.

 

Un movimiento de muñeca y el látigo Wujin se enroscó como una serpiente alrededor de su garganta.

 

—Yo… yo no perdí —jadeó ella, con una expresión retorcida—. Tu amado pronto vendrá a acompañarme. En el inframundo, yo le pediré cuentas. Tu tía Fantasma también le pedirá cuentas. ¿No te da miedo?

 

—El antídoto para la Reina Hormiga Negra y el Hehuan Gu —dijo Xiao Lan, apretando el látigo—. Entrégalo.

 

—¿Y si no lo entrego? —preguntó la boticaria.

 

—Entonces tomaré este cuerpo tan hermoso —dijo Lu Zhui— y meteré tu alma en el cuerpo del anciano más feo que encuentre.

 

—¡Tsk! ¡tsk! El joven Mingyu sí que es listo. Sabe exactamente qué me asusta —la boticaria rio con malicia. Con esfuerzo, aflojó un poco el látigo en su cuello y añadió— Esta técnica de látigo… al principio la enseñé yo. ¿Lo recuerda el joven maestro Xiao?

 

—Nadie quiere conversar contigo —dijo Xiao Lan.

 

—¿Conversar? No converso. Solo te recuerdo algo —la boticaria habló despacio—. Te recuerdo que no eres el único que tiene un látigo…

 

Antes de que terminara la frase, una cinta roja salió disparada de su manga, se enroscó alrededor de Lu Zhui y lo lanzó por los aires, estrellándolo contra la montaña de oro.

 

Todo ocurrió en un parpadeo. Los lingotes y las joyas cayeron como una cascada, sepultándolo por completo.

 

—¡ESTÁS BUSCANDO LA MUERTE! —Ye Jin rugió, y de una palma dejó a la Médica al borde del colapso. Luego corrió a ayudar a Xiao Lan a retirar los lingotes. Pero al despejar la montaña…

 

No había nada.

 

Ni rastro de Lu Zhui.

 

Ni ropa.

 

¡Ni un hilo!

 

Los ojos de Xiao Lan se tiñeron de rojo. Sujetó a la boticaria por el cuello.

—Habla.

 

—El Salón del Reposo… es una puerta de muerte. Un mecanismo de muerte. Quien entra, no sale —la boticaria sonrió con aquella expresión espantosa—. Adivina, joven maestro Xiao… ¿Qué habrá debajo? ¿Una formación mortal? ¿Un montón de huesos? ¿Un manantial hirviente? ¿O un nido de insectos gu?

 

—¿No vas a hablar? —Ye Jin apoyó una daga en su mejilla.

 

—Ya lo dije. Es una puerta de muerte. Solo hay un camino: morir. Por eso se llama Salón del Reposo. Es donde el Rey Yama recoge a los espíritus. ¿Qué vida podría haber ahí? —La boticaria miró a Xiao Lan y volvió a reír—. Además, te mentí. La Reina Hormiga Negra y el Hehuan gu… no tienen antídoto. Que tu amado muera aquí es lo mejor. Si no, en unos meses, cuando sus órganos estén devorados, ¿cuánto sufrirá?

 

—Voy a desmontar el mecanismo —dijo Xiao Lan—. Vigílala.

 

—¡NO PODRÁS! —la boticaria estalló en carcajadas agudas.

 

Ye Jin le dio una patada en el pecho.

—¡Cállate de una vez!

 

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