Mad For Love 94

   



Capítulo 94: Lin Yan empapado en vinagre.

 

La pequeña princesa miró a Lin Yan. Él aún tenía una mancha negra de carbón en la punta de la nariz y ella lo encontró realmente adorable. Bajó la cabeza y, sin poder contenerse, soltó una risita.

 

Esa risa hizo que Qi Zhen frunciera el ceño, mirándola fijamente.

 

Su Qingqing era demasiado atractivo para su propio bien.

 

Si una simple criada o un eunuco lo miraban a escondidas, aún podía tolerarlo. Pero si alguien se atrevía a tener otras intenciones, no pensaba perdonarlo.

 

Lin Yan sonrió con vergüenza.

 

Qi Zhen era el Emperador; no podía permitir que perdiera la dignidad frente a gente de otros países.

 

Lin Yan se sacudió las manos y, sin querer, vio a Qi Zhen mirando a la princesa.

 

Frunció el ceño: «¡Esa mujer había logrado captar la atención de Qi Zhen!»

 

«¿Y no que no era bonita? Pues bien que la miras cuando sonríe.»

 

A Lin Yan le subió la acidez al pecho.

 

La princesa preguntó:

—¿Entonces este boniato asado es del gusto del joven maestro Lin?

 

Lin Yan lo entendió todo al instante.

 

En su época en el mundo del espectáculo, había visto ese tipo de “acercamientos” miles de veces.

 

Estaba averiguando los gustos de Qi Zhen.

 

Iba a atacar.

 

—Sí, a mí me gusta —respondió Lin Yan.

 

—A Zhen le gusta —dijo Qi Zhen al mismo tiempo.

 

Lin Yan lo miró con sospecha: «¡¿Y tú qué haces metiéndote?!»

 

Qi Zhen también lo miró, con expresión tranquila, imposible de descifrar.

 

—Parece que a Su Majestad y al joven maestro Lin les gusta. ¿Podría darme uno? —preguntó la princesa.

 

—No —respondió Qi Zhen.

 

—Sí —respondió Lin Yan.

 

Otra vez, dos voces distintas.

 

Lin Yan ya se había agachado para recoger uno, cuando Qi Zhen lo detuvo con un solo llamado.

 

Se quedó congelado.

 

«¿Qué demonios está pasando aquí?»

 

Un simple boniato, nada más. Aun así, que un emperador fuera tan tacaño… suficiente para que la gente se riera de él.

 

Qi Zhen lo levantó de un tirón y le lanzó una mirada fría.

 

Lin Yan quedó aún más desconcertado. Bajó la voz:

—Es solo un boniato. Si no quieres darle el que tú asaste, dale el mío.

 

«¡Eso sí que no!»

 

La voz de Qi Zhen se volvió helada cuando se dirigió a la princesa:

—¿Tienes algo más que hacer?

 

La princesa entendió perfectamente el mensaje oculto. Lin Yan también. Qi Zhen quería echarla. Y aunque la princesa era una pobre víctima de su propio país, eso no borraba la enemistad entre Huihu y el Gran Qi.

 

Pero la princesa no era tonta. Apretó los labios, levantó la mirada hacia Lin Yan y dijo:

—Mi’er tiene, en efecto, algo más…

 

El rostro de Qi Zhen se oscureció aún más.

 

Lin Yan se alarmó: «¿Ni echándola se va?»

 

Sus intenciones hacia Qi Zhen eran más claras que el agua.

 

Lin Yan bufó por dentro: «Esta niñita… llena de ideas y con un valor enorme.»

 

—Habla —ordenó Qi Zhen.

 

La princesa guardó silencio un momento antes de decir:

—Con unas pocas palabras no podría explicarlo.

 

—Entonces resume —replicó Qi Zhen.

 

La princesa quedó atascada.

 

Lin Yan estaba encantado con la actitud de Qi Zhen: «¡Así es, así es! ¡A las que vienen a ofrecerse hay que mantenerlas fuera!»

 

La princesa hizo una reverencia.

—Antes de salir de casa, mi hermano el rey dijo que la guerra entre el Gran Qi y Huihu… en realidad fue provocada por nosotros…

 

Qi Zhen la interrumpió:

—Las disculpas no hacen falta.

 

La princesa volvió a quedarse sin palabras, pero se apresuró a añadir:

—No es solo para expresar arrepentimiento. También deseamos estrechar lazos con el Gran Qi.

 

Lin Yan lo entendió todo de golpe.

 

La princesa quería casarse.

 

—¿Y cómo piensas estrechar esos lazos? —preguntó Qi Zhen.

 

—Busquemos un lugar para hablar —intervino Lin Yan.

 

«Quiero ver qué trucos trae esta niña.»

 

—Hace un frío terrible. A la princesa no le afecta estar de pie, pero me preocupa que Su Majestad pase frío. Sus manos están un poco heladas —Lin Yan tomó la mano de Qi Zhen con total naturalidad: sin exagerar, sin timidez, sin pegajosidad. Un gesto fluido, íntimo, que parecía lo más normal del mundo.

 

Qi Zhen bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

 

La princesa codiciaba a Lin Yan, pero no podía tocarlo ni mostrar demasiado. Cada vez usaba a Qi Zhen como excusa, fingiendo indiferencia y eso había llevado a Lin Yan a malinterpretar la situación.

 

Pero ahora Lin Yan lo tomaba de la mano por iniciativa propia… y además decía algo así.

 

«Seguramente está bebiendo vinagre…» Qi Zhen lo observó, fingiendo calma, aunque los ojos de Lin Yan brillaban con una chispa de hostilidad.

 

Le daban ganas de reír. Viéndolo tan adorable, le picaba el corazón; quería atraerlo y besarlo. Pero, también quería ver más…

 

Ver qué más era capaz de hacer.

—Bien, volvamos entonces.

 

***

 

La princesa no estaba engañando a Qi Zhen. Si no fuera cierto, ni con cien vidas se atrevería a mentirle al Emperador.

 

El Reino Huihu había sido devastado por la guerra contra Qi Zhen. El país estaba debilitado, rodeado de enemigos, en pleno invierno y la situación era pésima. En esas circunstancias, la mejor opción era… Abrazarse a un muslo poderoso.

 

Ellos querían aferrarse al muslo del Gran Qi. Su postura era extremadamente humilde; incluso aceptar ser un estado vasallo era posible.

 

—Si Su Majestad está dispuesto a cooperar con nosotros, puedo quedarme aquí como rehén —dijo la princesa.

 

Lin Yan la miró de reojo, justo cuando ella también lo miraba.

 

La princesa tenía la mirada tranquila; solo lo observó un instante antes de apartar los ojos.

 

Ese instante fue como un chispazo.

 

«Cuando los rivales amorosos se encuentran, la sangre hierve.»

 

Eso es una gran verdad universal.

 

—La última vez que vinieron, no tenían intención de dejarte viva —dijo Qi Zhen—. ¿Quedarte aquí? ¿Para qué serviría?

 

La princesa se sonrojó de vergüenza.

—Mi tercer hermano no es igual que ellos.

 

Desde que descubrió las intenciones ocultas de la princesa, cuanto más la miraba Lin Yan, menos le gustaba. No pudo evitar atacarla:

 

—¿De verdad? No tienes pruebas. ¿Por qué deberíamos creerte? Y aunque te creyéramos, si te quedas en la capital, ¿qué impide que actúes como espía y envíes información al Reino Huihu? Te casarías con alguien de alto rango, ¿no? ¿Y si usas la posición interna para manipular a los funcionarios de la Corte Imperial?

 

Qi Zhen levantó la taza de té para ocultar la sonrisa que se escapaba por la comisura de los labios.

 

La princesa pensó un momento.

—El Gran Qi también puede enviar gente a ocupar cargos en Huihu. Mi’er no necesita casarse. Puede quedarse en palacio.

 

Qi Zhen frunció el ceño: «¿Quedarse en palacio?»

 

«¿Como rehén o para robarse a alguien?» Lin Yan ya no pudo seguir fingiendo. «Renunciar incluso al matrimonio con tal de quedarse en palacio… vaya descaro.»

 

«No puedo dejarlo pasar.»

 

—El palacio es pequeño. No hay sitio para ti.

 

La princesa Mi’er: “…”

 

Ella quería quedarse, pero no por Lin Yan. Sabía perfectamente que entre ellos no había posibilidad alguna. Quería quedarse por el Reino Huihu.

 

Pero si no la dejaban…

 

¿Qué podía hacer ahora?

 

Entonces Qi Zhen preguntó:

—¿Tienes hambre?

 

Lin Yan asintió. No había podido comer el boniato y llevaba rato hablando.

—Quiero comer “pollo”. El “pollo” es rico. ¿Su Majestad lo permite?

 

Qi Zhen entendió. Las orejas se le pusieron rojas. Lo miró, impotente ante su descaro.

«Estas cosas dímelas en privado, yo feliz… pero delante de otros…»

 

Lin Yan lo miró con ojos limpios:

—¿Qué sucede?

 

Qi Zhen no podía explicarle sin que la princesa entendiera. Así que solo asintió, esperando que no dijera nada más escandaloso.

 

Pero Lin Yan sonrió y agradeció:

—Gracias, Su Majestad. ¿Va a invitar a la princesa a comer? Si la invita, asegúrese de que el “pollo” sea solo mío.

 

Qi Zhen: “…”

 

—¿Al joven maestro Lin le gusta el pollo? —Preguntó la princesa Mi’er.

 

—Sí, me encanta.

 

Qi Zhen se llevó la mano a la frente: «Basta ya.»

 

La princesa ofreció:

—El pollo asado de Huihu tiene un sabor especial. Mi’er podría prepararlo para Su Majestad y el joven maestro Lin.

 

—No, gracias. Solo me gusta el “pollo” de Su Majestad. Nada se compara.

 

Debajo de la mesa, Qi Zhen le dio una patada.

 

Lin Yan lo miró, inocente:

—¿Por qué me patea Su Majestad?

 

Qi Zhen: “…”

«¡Para que cierres la boca!»


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