Capítulo
93: Sobornos
La noche de la víspera de Año Nuevo, el banquete estaba lleno de música y danza.
Tras
los discursos de felicitación, los enviados de los distintos países comenzaron
a presentar memoriales y a ofrecer espectáculos.
Lin
Yan miraba entretenidísimo. La mano se le fue sola hacia la copa. ¿En un día
tan bueno no podía beber un par de tragos? Pero antes de que sus dedos tocaran
el borde, Qi Zhen le apartó la mano de un manotazo.
Lin
Yan retiró la mano con fastidio y, al girar la cabeza, vio a la pequeña
princesa de Huihu mirando a Qi Zhen.
Entrecerró
los ojos.
«Tal
como lo imaginé: la princesita está interesada en Qi Zhen.»
Era
normal. Hoy era la única oportunidad para que las bellezas extranjeras se
acercaran al Emperador. Y aquella princesa tenía más ventaja que las demás.
Mientras
pensaba en ello, Lin Yan comía con aparente despreocupación, aunque en realidad
observaba a la princesa con atención.
Qi
Zhen, que lo vigilaba de reojo, murmuró con voz grave:
—¿Te
parece bonita?
—Esa
pequeña princesa no se parece mucho a los huihures —comentó Lin Yan.
Los
huihures solían ser robustos.
Pero
la princesa parecía un conejito, toda suave y delicada.
—Su
madre era de Jiangnan —explicó Qi Zhen.
Lin
Yan lo entendió de inmediato y, fingiendo indiferencia, añadió:
—Es
bastante bonita. ¿Tú qué piensas?
El
rostro de Qi Zhen se ensombreció.
—A
mí no me parece bonita. No la mires.
Al
oírlo, Lin Yan se alegró en secreto. Tranquilo ya, volvió a concentrarse en la
comida. Cuando encontraba algo rico, incluso lo ponía en el cuenco de Qi Zhen.
Al
poco rato, la princesa subió a ofrecer una danza.
Lin
Yan estaba ocupado peleándose con las espinas del pescado y no se dio cuenta de
las miradas insistentes de la princesa.
Qi
Zhen sí lo vio. Sus ojos se volvieron fríos como el hielo. Quería detener la
danza y mandarla a bajar de inmediato. Pero cuanto más lo hiciera, más llamaría
la atención.
Así
que tomó un trozo de pescado y se lo pasó a Lin Yan para que se lo limpiara.
Lin
Yan refunfuñó:
—¿No
tienes manos? ¿O es que sabe mejor si yo le quito las espinas?
—Sí.
Lin
Yan no esperaba una respuesta tan directa. Intentó levantar la cabeza para
mirarlo, pero Qi Zhen le sujetó la nuca.
—Solo
esta vez. Rápido, esposa.
Lin
Yan soltó una risita boba y cedió:
—Está
bien, está bien. ¿Qué puedo hacer si adoro a mi marido? Mi marido es tan guapo
y me quiere tanto que… si me pide sacar espinas de un huevo duro, también lo
hago.
Al
oírlo, Qi Zhen dejó de conformarse con mirarlo de reojo y giró la cabeza por
completo, observándolo mientras bajaba la vista para limpiarle el pescado.
Quería
que lo alimentara.
Quería
besarlo.
La
princesa terminó su danza antes de que Lin Yan terminara de quitar las espinas.
Lin
Yan le dio a Qi Zhen el trozo que había limpiado y bajó la cabeza para limpiar
el siguiente.
Qi
Zhen no comió. Solo lo miraba. Mirarlo le hacía sentir el corazón cómodo,
feliz.
En
el banquete, todos estaban atentos a cada gesto del Emperador. Que Qi Zhen
mirara así, sin disimulo alguno, al bello joven a su lado no pasó
desapercibido. Enseguida comenzaron los murmullos.
—¿Ese
es el joven que dicen que ha recibido el favor imperial estos días?
—La
verdad es que sí es hermoso.
—¿Y
cómo no iba a serlo, si no, para recibir favor?
—Por
lo que se ve, no es como dicen los rumores, que Su Majestad no lo quiere.
«Los
ojos del Emperador no se apartaban de él. ¿Eso parecía desagrado?»
El
enviado de Ye Qin avanzó y se arrodilló para presentar su tributo.
Qi
Zhen por fin retiró la mirada y se volvió hacia el enviado de Ye Qin.
—El
Reino Ye Qin es rico en perlas y tesoros. A ojos se Zhen, son realmente
buenos.
El
enviado sonrió.
—Que
Su Majestad los considere dignos es nuestra fortuna.
Qi
Zhen desmenuzó el pescado en su cuenco, comiéndolo a pequeños bocados, con una
indiferencia casi lánguida.
—Zhen
imagina que muchos en la corte imperial ya los han visto. Temo que Zhen es
el último.
Apenas
dijo esto, todos quedaron atónitos.
El
enviado de Ye Qin sudó frío; cayó al suelo completamente postrado, temblando.
Qi
Zhen terminó el último trozo de pescado y, al ver que a Lin Yan le gustaba,
tomó dos pedazos más y los puso en su cuenco para que les quitara las espinas.
—¿Quiénes
los han visto? ¿Lo dices tú o lo digo yo?
La
frase, sin tono ni emoción, bastó para que toda la sala se levantara y se
arrodillara. El despliegue fue tan grande que Lin Yan ni se atrevió a bajar los
palillos.
Al
parecer, él era el único que había venido a comer.
Qi
Zhen puso el pescado limpio en su cuenco y añadió dos bocados de verduras.
La
pequeña olla burbujeaba. Era el único sonido en todo el salón.
—Tú
come.
En
cuanto terminó de hablar, un joven eunuco se arrastró hasta el centro del
salón, sacó de su túnica exterior una enorme perla y golpeó la frente contra el
suelo.
—¡Pido
a Su Majestad que perdone mi crimen!
Qi
Zhen no reaccionó.
Pero
donde hay uno, hay dos. Pronto apareció un segundo ofreciendo una perla. Luego
un tercero…
Más
de una decena de personas, arrodilladas en toda la sala.
La
mayoría eran sirvientes del palacio, aunque también había algunos jóvenes de la
familia imperial.
La
voz de Qi Zhen fue tranquila:
—El
caso de Song Ming, castigado por traición, aún está fresco. Y ustedes tienen
bastante valor. Pero el Reino Ye Qin tiene aún más: se atreven a secuestrar en el
Gran Qi y a sobornar a nuestros funcionarios. ¿Qué pretenden?
El
enviado de Ye Qin tembló.
—Su
Majestad, solo deseábamos acercarnos a usted, por eso ofrecimos algunos
obsequios. No había otra intención.
Qi
Zhen parecía impaciente.
—Las
explicaciones que las dé el Rey de Ye Qin. En cuanto a los demás, aceptar
sobornos se juzga según la ley del reino y las normas del palacio. Les perdonaré
la vida.
Todos
golpearon la frente contra el suelo para agradecer la gracia imperial.
Xu
Fuquan respondió:
—Sí,
Majestad.
—Que
alguien se lleve a todos los implicados del salón.
Después
de semejante escena, aunque la música siguió y la danza continuó, nadie se
atrevió a tener pensamientos indebidos. Los enviados extranjeros se comportaron
con absoluta corrección hasta el final del banquete.
De
regreso, Lin Yan miraba a Qi Zhen con ojos llenos de estrellitas, tanto que Qi
Zhen empezó a sentir calor en la cara.
—Su
Majestad estuvo tan apuesto… Sin desatar la furia del trueno, hizo que todos
obedecieran.
Qi
Zhen le apretó la mano.
—Llevo
poco en el trono y la mayoría de los presentes son parientes de la familia
imperial. No es fácil manejarlos y cada uno tiene sus propios intereses. Hoy
aproveché la mano de Ye Qin para darles un aviso. Que sepan a quién deben
seguir. —Hizo una breve pausa—. Lin Yan, no me tengas miedo. Tú y yo no somos
soberano y ministro. No debes sentir reverencia hacia mí, ni inclinarte ante
mí. Quédate como estás ahora. Así estás bien.
Lin
Yan sonrió.
—¿Incluso
puedo ser descarado en la cama del dragón?
—Puedes.
—¿Y
en otros lugares también?
—También.
Lin
Yan se rio.
—Entonces
me voy a descontrolar.
Qi
Zhen lo miró sonreír y quiso sonreír también.
—Bien.
Pero
al día siguiente, Lin Yan rompió su promesa.
Tras
la víspera de Año Nuevo, no había reunión en la corte imperial.
Qi
Zhen abrazó a Lin Yan y durmieron hasta tarde. De pronto, a Lin Yan se le
antojó un boniato asado. Xu Fuquan se lo consiguió y ambos se agacharon en el
suelo para asarlo, con las manos manchadas de hollín.
No
esperaban que la pequeña princesa de Huihu pasara por el jardín imperial
justo en ese momento.
Sus
miradas se cruzaron.
La
incomodidad fue absoluta.
La
incomodidad fue absoluta.
Lin
Yan, para salvarle la dignidad a Qi Zhen, se apresuró a sacudirle la ropa,
limpiarle las manos y, además, se apartó un poco, explicando:
—Princesa,
no se ría. Fui yo quien quiso comer esto.
El
rostro de Qi Zhen se oscureció al instante.
***
«¿Mantener
distancia conmigo delante de una mujer que te admira?»
«¿Qué
se supone que significa eso?»

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