RT 147

  


Capítulo 147: Gritar a todo pulmón.

El espíritu del petardo que cayó del cielo.

 

Como si hubieran volcado un nido entero de serpientes, el matorral no dejaba de agitarse. Negras, blancas, rojas: todas se alzaban con el cuerpo erguido, los ojos fijos como los de un tigre, los colmillos brillando con un resplandor venenoso.

 

Fue entonces cuando Ye Jin comprendió, de golpe, de dónde venía esa sensación extraña que había tenido las noches anteriores, cuando salía al patio a recoger hierbas: esa sensación de estar siendo vigilado por un fantasma.

 

Alguien había estado criando criaturas venenosas en los alrededores de la residencia… y él no lo había notado.

 

«Si esto se supiera en el Jianghu… si llegara a oídos de la gente en la Mansión del Suroeste… ¿dónde quedaría mi reputación? ¿Dónde quedaría mi reputación? ¡¿Dónde quedaría mi reputación?!»

 

Pensarlo lo llenó de furia. Los ojos se le afilaron. Se remangó, listo para esparcir veneno y borrar testigos.

 

Xiao Lan dejó a Lu Zhui en el suelo.

—Ten cuidado.

 

—Estoy bien —Lu Zhui le dio una palmada—. Ve a ayudar a médico divino Ye.

 

Una nube de polvo medicinal se extendió por el aire. Lu Wuming tuvo que retroceder dos pasos. Fu, en cambio, parecía no verse afectado en absoluto. No solo no evitó el veneno: avanzó de frente, con los brazos extendidos, las mangas rotas, la silueta negra idéntica a la del murciélago vampiro dorado de la Tumba Mingyue. Todo él despedía un hedor fétido y salvaje.

 

El látigo Wujin silbó en la noche. Las púas se clavaron en la carne: más afiladas que los colmillos de una serpiente. Con una fuerza brutal, Xiao Lan tiró del látigo y estrelló a Fu contra el suelo. Tras tantas invasiones y posesiones, parecía que en ese cuerpo ya no corría sangre, sino un líquido espeso y turbio que brotaba lentamente de las heridas, oscureciendo aún más las mangas.

 

Un instante después, la espada de Lu Wuming ya estaba apoyada en su cuello.

 

Fu no mostró miedo. Al contrario, soltó una risa ronca.

—Todavía no he vivido lo suficiente. Piénsalo bien, gran héroe Lu. Si clavas esa espada… alguien tendrá que acompañarme a la tumba.

 

Mientras hablaba, su mirada pasó por encima de Lu Wuming y se clavó directamente en Lu Zhui.

 

Lu Wuming: “…”

 

Las serpientes ya se habían dispersado. Lu Zhui quiso acercarse, pero Ye Jin lo detuvo. No sabía qué pretendía ese monstruo, pero si su objetivo era Lu Zhui, mejor mantenerlo lejos.

 

Fu continuó:

—¿No quiere saber, gran héroe Lu, lo que hice en la Tumba Mingyue?

 

—¿Qué era ese muñeco? —preguntó Lu Wuming.

 

—¿El muñeco…? —Fu se incorporó apoyándose en los brazos. En sus ojos brilló una luz calculadora—. El joven señorito Lu abrió la Tumba Mingyue una vez. ¿Nunca se lo contó, gran héroe Lu?

 

Lu Zhui frunció el ceño.

«¿Abrí la Tumba Mingyue?»

 

—¿Lo olvidaste? —Fu lo miró fijamente, con una sonrisa fría—. No importa. Si lo piensas con calma, lo recordarás. En lo más profundo de la tumba hay flores rojas, huesos blancos, ratas y reptiles… y muchos soldados de hierro. Sus armaduras brillan con un frío cortante, y hasta sus ojos parecen sangrar.

 

Aquellos autómatas eran enormes, cubiertos de armadura negra, con rostros pintados de tótems. Sus ojos eran de un rojo intenso; la pintura fresca goteaba como si fueran almas vengativas a las que les hubieran arrancado los ojos.

 

En aquel entonces, Lu Zhui era apenas un niño. El monstruo Devorador de Oro lo había asustado tanto que las piernas se le volvieron de agua. Corrió sin rumbo, rodó por un pasadizo y cayó en un foso oscuro… donde descubrió que estaba pisando montones de huesos podridos. El terror lo dejó paralizado en un rincón, incapaz de moverse.

 

Fu se agachó frente a él. Con una mano sucia, apartó los mechones de su frente, examinando aquel rostro infantil. A través de sus rasgos delicados, parecía ver la sombra de los antiguos miembros de la familia Lu.

 

—Tú eres el niño que la tía Fantasma capturó —dijo, levantándole la barbilla—. Eres de la familia Lu.

 

Lu Zhui cerró los ojos con fuerza, negándose a mirar al monstruo frente a él.

 

—Tú deberías haber sido el dueño de este lugar —continuó Fu, mirándolo y dijo palabra por palabra—. Esta Tumba Mingyue es tuya. Es de la familia Lu.

 

Lu Zhui retrocedió un poco más.

 

—¿Quieres recuperarla? —preguntó Fu—. Mata a todos los que te han humillado.

 

Lu Zhui negó con la cabeza.

 

Fu soltó una carcajada fría. Su palma recorrió la línea de su mandíbula y apretó su cuello delgado.

—Igual que tus antepasados. Todos unos inútiles.

 

Lu Zhui reunió valor.

—¡Xiao Lan!

 

Fu se quedó levemente aturdido y miró hacia atrás. En ese instante de distracción, Lu Zhui le propinó una patada y salió tambaleándose hacia el fondo del pasaje.

 

Fu maldijo y lo persiguió sin descanso. En lo profundo del foso, las flores rojas estaban en plena floración; el suelo húmedo y resbaladizo. Lu Zhui tropezó y cayó, rodando hacia adelante.

 

Su cabeza chocó con la pared. El sabor metálico de la sangre le llenó la boca. Aturdido, incapaz de distinguir qué ocurría, solo sintió que delante de él… se abría una puerta.

 

Y, de hecho, una puerta se abrió. La golpeó de lleno sin darse cuenta.

 

Luz y viento estallaron al mismo tiempo.

 

Fu quedó paralizado de asombro. Por un momento olvidó por completo la existencia de Lu Zhui. Solo podía mirar, con los ojos muy abiertos, el resplandor frente a él.

 

El suelo estaba cubierto de oro. Cajas rebosaban de jade y ágatas. Perlas marinas iluminaban el gran salón como si fuera de día. Cientos de linternas de loto rojo se alineaban a ambos lados, extendiéndose hasta el fondo del palacio.

 

Era una escena que solo existía en las leyendas.

 

El lugar que él había buscado durante siglos sin encontrarlo.

 

Pasó un largo rato antes de que Fu recuperara la compostura. Entonces volvió a mirar a Lu Zhui.

 

Había escuchado un rumor: solo un auténtico descendiente de la familia Lu podía abrir la Tumba Mingyue. Siempre lo había tomado por exageración. Nunca imaginó que Lu Zhui, sin esfuerzo alguno, pudiera encontrar la entrada que él no había logrado hallar en cientos de años.

 

Paso a paso, avanzó hacia el resplandeciente salón. La emoción y el odio se mezclaban en su pecho.

 

«El dueño de la mansión Lu…»

 

Si seguía avanzando, encontraría su lugar de descanso eterno.

 

Podría destruir sus huesos con sus propias manos.

 

Borrarlo del mundo.

 

Liberar para siempre a la Dama de Jade Blanco de su sombra.

 

Al verlo acercarse, Lu Zhui creyó que el monstruo iba a matarlo. Aunque estaba exhausto, intentó escapar. Apoyó la mano en el suelo, sin saber qué tocaba. Solo alcanzó a ver una sombra negra cayendo sobre él antes de perder el conocimiento.

 

Cuando despertó, ese recuerdo había desaparecido por completo. Si no fuera por las palabras de Fu esta noche, quizá nunca lo habría recordado.

 

—¿Mingyu? —Xiao Lan se colocó frente a él, bloqueando la mirada del monstruo—. ¿Estás bien?

 

Lu Zhui negó.

—Estoy bien.

 

Fu habló desde atrás, con voz hueca:

—Parece que el joven señorito Lu ha recordado viejas historias.

 

—Después de que me desmayé… ¿qué pasó? —preguntó Lu Zhui—. ¿Y ese muñeco? ¿Qué era?

 

—¿Quieres saberlo? —los ojos de Fu giraron hacia Lu Wuming—. Tengo una condición.

 

Lu Wuming soltó una carcajada fría.

—¿Tú crees que tienes derecho a negociar conmigo?

 

—Gran héroe Lu, ahí sí que se equivoca —dijo Fu, arrastrándose unos centímetros hacia atrás, como si fuera a contar un secreto—. Porque sí tengo una condición. 

 

Bajó la voz, susurrante y venenosa: 

—Ese muñeco… no tiene ojos.

 

El tono era tan siniestro que hasta Ye Jin sintió cómo se le erizaba la piel.

 

Al escuchar la palabra “ojos”, la mirada de Lu Zhui tembló apenas, como si algo lo hubiera sobresaltado. Xiao Lan lo vio, y una furia inexplicable le subió desde el pecho. Se giró y descargó un latigazo directo sobre el brazo derecho del monstruo, haciendo crujir el hueso bajo la piel.

—¡Si sigues con tus trucos, te despellejo vivo!

 

Fu, tomado por sorpresa, cayó de lado y tardó un buen rato en incorporarse.

 

—No creo en tus maldiciones —Xiao Lan desenvainó un puñal y lo clavó contra el árbol, inmovilizándolo—. A mi gente la salvo yo. Tú, criatura inmunda, no mereces ni pronunciar su nombre. ¿Y aún quieres negociar?

 

—¿No te preocupa que quede ciego? —preguntó Fu, limpiándose la sangre de la boca.

 

—Si queda ciego, lo cuidaré toda la vida —respondió Xiao Lan sin dudar—. Le daré de comer, lo vestiré, lo llevaré en brazos si hace falta. ¿Qué problema hay?

 

Miró de reojo a la persona bajo el árbol.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Entonces quiero una mansión enorme —dijo Lu Zhui—. Y escuchar música y canto todos los días.

 

Xiao Lan sonrió. Hundió el filo un poco más en la piel del monstruo.

—¿Oíste?

 

—¿Y si muere? —preguntó Fu.

 

—Aunque muera, tendré a la persona que amo a mi lado —Lu Zhui dio un paso adelante— Ya he probado lo dulce y lo amargo de esta vida. Morir en brazos de quien amo… sería un regalo del cielo. Tú, viejo solitario de mil años, no entenderías ese placer…

 

Y piensa bien: si mueres aquí esta noche, quién sabe si tu alma podrá volver a la Tumba Mingyue… o si podrás seguir vigilando a la Dama de Jade Blanco, protegiéndola de intrusos.

 

Al oír “Dama de Jade Blanco”, Fu abrió los ojos de par en par, como si lo hubieran despertado de un sueño profundo.

 

—¿Qué pasa? —Lu Zhui apoyó las manos en los hombros de Xiao Lan—. ¿Tanto tiempo fuera y ya olvidaste que alguien te espera en la tumba? Mira, este es mi amado. Tiene mal genio. Si yo quedo ciego, enfermo, mutilado o muerto… quizá se desquite con tu amada.

 

En los ojos de Fu ardió un fuego rojo. Era el color del odio.

 

—Te lo pregunto por última vez —dijo Xiao Lan, helado—. Ese muñeco… ¿qué es?

 

—Ese muñeco… es otro Lu Mingyu —respondió Fu—. Solo cuando Lu Mingyu muere… el muñeco vive.

 

Ye Jin lo miró, sorprendido. No por sus palabras, sino porque… esa voz, ese gesto… parecían de otra persona.

 

El rostro de Fu se retorció. Las venas de su frente se hincharon, como si algo dentro de él intentara salir… o como si él intentara contenerlo.

 

—Ya terminé de hablar —continuó él. Su rostro estaba rígido y extraño, como si tuviera media cara paralizada; incluso las palabras salían arrastradas, confusas—. ¿Alguna otra pregunta?

 

—¿Dónde está el muñeco? —preguntó Xiao Lan.

 

—Detrás de la Tumba Mingyue, en la gran cueva bajo la Sombra del Fantasma —respondió Ji Hao.

 

Fu apretó el puño y lo golpeó con fuerza contra su propio pecho.

 

Ji Hao no esquivó. No quería esquivar. No tenía adónde esquivar.

 

En medio de tantas invasiones y contraataques, había descubierto un método: uno que le permitiría ocupar por completo el alma de Fu, sin seguir desgastándose mutuamente.

 

Tenía cosas más importantes que hacer. Pero antes, debía provocar a Fu, obligarlo a matarlo.

 

Al ver su comportamiento extraño, Lu Zhui recordó aquel manual incompleto que había visto en el pasadizo lleno de dibujos: allí se describía con detalle esa técnica prohibida, contraria al cielo y a la razón.

 

La luz de la luna se desvanecía en el horizonte, dejando apenas un resplandor anaranjado detrás de las nubes.

 

Fu se limpió la sangre de la boca y se puso de pie lentamente.

 

—¡PADRE! —una voz gritó desde lo alto del muro, y alguien cayó dentro del patio con un estruendo.

 

—¡GRITA MÁS! —ordenó Lu Zhui sin pensarlo.

 

Ah Liu, que llevaba un fardo en la mano y no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando en el patio, escuchó a su padre decir “grita” y obedeció. Hundió el aire en el dantian, abrió el compás de piernas y soltó un “¡AOOOHHH!” que retumbó como un trueno.

 

El pecho de Ye Jin vibró. Los oídos le zumbaron.

«¿Qué es esto? ¿Un petardo que cobró vida?»


Comentarios