RT 146

  

Capítulo 146: Resurrección.

Dos vidas.

 

—Médico divino Ye… —Lu Wuming empujó suavemente a Ye Jin con el codo, lleno de preocupación. Tao Yu’er le había enseñado a Lu Zhui varios métodos de formación, eso él lo sabía. Pero “esto”… este espectáculo de “chamán callejero”, murmurando palabras misteriosas y gesticulando como si hubiera tomado la medicina equivocada, era demasiado impactante. Más que un ritual, parecía… que había “comido algo raro”.

 

Ye Jin también estaba angustiado.

«¿Por qué me empujas? Yo tampoco sé qué está haciendo.»

 

Yang Qingfeng, nervioso, dijo con cautela:

—Ehm… Xiao Mingyu…

 

Lu Zhui extendió un dedo y preguntó con solemnidad:

—¿Lo vio, señor?

 

Apenas dijo eso, los otros tres se sobresaltaron.

 

«¿Ver qué?»

 

No habían visto absolutamente nada.

 

***

 

Afuera del patio, Ji Hao observaba cada movimiento de Lu Zhui. Las llamas de las velas parpadeaban en el viento nocturno, distorsionando la realidad. El farol rojo bajo el alero se balanceaba sin descanso, como una flor demoníaca abriéndose sobre un estanque oscuro. Sus pétalos se desplegaban capa por capa, su centro brillaba, y luego una bruma azulada parecía elevarla, flotando hacia él, deteniéndose a pocos pasos, justo en la punta de sus dedos.

 

Lu Zhui hablaba de la Linterna de Loto Rojo.

 

Hablaba de la Tumba Mingyue.

 

La sangre de Ji Hao se calentó. En su pecho, miles de pequeñas manos invisibles lo arañaban, dejándolo mareado, entumecido, febril. En ese instante, en sus ojos no existía nada más que esa “Linterna de Loto Rojo” flotante… y Lu Zhui. El resto del mundo se apagó. Quería escuchar cada palabra que salía de su boca, pero por más que afinara el oído, era inútil.

 

Una vela en la mano de Lu Zhui brilló y se apagó intermitente. Él volvió a mirar hacia los arbustos oscuros, parpadeó rápido, como si estuviera dando una señal… o coqueteando.

 

***

 

Lu Wuming por fin notó la presencia de Xiao Lan. Entre la risa y el alivio, entendió la situación: uno actuando como un espíritu errante, el otro escondido en las sombras. Claramente tenían un plan.

 

«¿Pero por qué no avisar antes? Casi me da un infarto pensando que estaba poseído.»

 

Xiao Lan apretó el extremo del látigo Wujin. Sus ojos no se apartaban de Lu Zhui. No podía ver lo que ocurría fuera del patio; solo podía esperar una señal, una mirada, un gesto.

 

Lu Wuming estaba sorprendido. Sabía que Xiao Lan era hábil, pero no imaginaba que pudiera ocultarse bajo sus narices sin dejar rastro, ni siquiera una respiración audible.

 

Ye Jin también había captado la situación. Sostenía su pequeño frasco blanco, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

 

Solo Yang Qingfeng seguía completamente perdido, honesto y angustiado:

Xiao Mingyu, mírame un momento. Ven, sé bueno, haz caso.

 

De pronto, Lu Zhui golpeó con fuerza la mesa de piedra. La palma lanzó una ráfaga que apagó todas las velas al instante. Al mismo tiempo, el farol rojo bajo el alero tembló unas cuantas veces y cayó al suelo sin hacer ruido.

 

El patio quedó sumido en la oscuridad.

 

Afuera del patio se escuchó un grito desgarrador.

 

En el instante en que su mirada se cruzó con la de Lu Zhui, Xiao Lan saltó, apoyó un pie en el muro y, con un giro, barrió el aire con el látigo Wijun. La sombra negra que se lanzaba hacia él quedó atrapada, estrangulada por el hierro del látigo y aprovechando la inercia, Xiao Lan la arrojó por los aires. El cuerpo chocó de lleno contra un tronco.

 

El dolor devolvió la lucidez a Ji Hao. Antes de que llegara el siguiente golpe, comprendió que había caído en una trampa: era un ardid de Lu Mingyu. Había montado una formación extraña, obligándolo a fijar toda su atención en él, hundiéndolo paso a paso sin que lo notara.

 

Rodó por el suelo, esquivando por un pelo el látigo Wujin y se puso en pie tambaleándose. Su cabello estaba desordenado, revelando media cara borrosa: siniestra, envejecida de un modo que no correspondía a su edad… y al mismo tiempo demasiado joven.

 

—Ay, madre mía… —Yang Qingfeng se llevó la mano al pecho—. Ese grito casi me mata del susto.

 

—¿Está bien, señor? —preguntó Lu Zhui.

 

—¿Qué me va a pasar? —Yang Qingfeng agitó la mano, aún confundido—. Pero dime, ¿cómo sabías que vendría esta noche?

 

—No lo sabía. Fue casualidad —respondió Lu Zhui, mirando hacia afuera—. Lástima que mis artes no son tan buenas. Si hubiera sido la dama Tao, ese Fu habría quedado aturdido mucho más tiempo.

 

—Está a punto de perder —dijo Yang Qingfeng.

 

Ye Jin guardó con calma su frasquito blanco. Con dos contra uno, y con semejante diferencia de nivel, no parecía que hiciera falta que él interviniera.

 

Xiao Lan y Lu Wuming cerraron el paso a Ji Hao por delante y por detrás. El choque de armas resonaba sin cesar. Xiao Lan esquivó una ráfaga de palma y, por alguna razón, sintió algo extraño: comparado con la última vez, el estilo del Devorador de Oro había cambiado. Había algo… familiar.

 

Era el kungfú de Kong Kong Miaoshou.

 

Y también el de Ji Hao.

 

La sombra volvió a lanzarse hacia él. Sin tiempo para pensar, Xiao Lan extendió la mano como una garra y atrapó la garganta del enemigo con fuerza de tenaza. Se oyó un crujido de huesos. El cuerpo de Ji Hao se aflojó y cayó al pie del árbol, incapaz de moverse.

 

Ye Jin fue el primero en correr hacia él. Después de todo, era un monstruo de cientos de años; tenía curiosidad.

 

—Buen trabajo, padre —dijo Lu Zhui.

 

Lu Wuming negó con la cabeza.

—La próxima vez que pase algo así, avisa antes. Estuve a punto de traer un balde de sangre de perro negro para echártela encima.

 

Lu Zhui miró a Xiao Lan y sonrió.

—Mn.

 

—Así que el monstruo Devorador de Oro era tan joven… —Ye Jin se agachó, se puso unos guantes de hilos de oro y palpó el rostro de Ji Hao, intentando distinguir si era una máscara o si realmente había usado artes malignas para ocupar un cuerpo y rejuvenecerlo.

 

—Lord Ye, tenga cuidado —advirtió Yang Qingfeng—. Con estas cosas tan siniestras, nunca se sabe qué trucos pueden quedar.

 

Ye Jin retiró la mano de inmediato y se escondió detrás de Yang Qingfeng.

«Pues átalo tú, y luego yo sigo tocando.»

 

Xiao Lan se acercó y lo volteó.

 

Ji Hao tenía los ojos entreabiertos; en sus pupilas turbias no quedaba rastro de vida. Parecía más un cadáver que respiraba, que un ser humano.

 

Xiao Lan lo registró de arriba abajo, pero no encontró el muñeco de brujería.

 

La garganta de Ji Hao estaba seca y rota. Se sostuvo como pudo y logró incorporarse.

 

Su visión era borrosa, los ojos cubiertos de sangre. Todo su cuerpo estaba tan débil que cualquier movimiento le provocaba un dolor insoportable, pero su mente seguía lúcida. Sabía perfectamente en qué situación se encontraba. Forzó los párpados, como si mirara a Xiao Lan, pero su mirada se clavó en Lu Zhui, a unos pasos de distancia.

 

Jamás habría imaginado que perdería de una forma tan ligera como una pluma, tan ridícula. En una noche de viento y lluvia, por culpa de una formación absurda, había caído en la locura, perdido la razón y se había entregado él mismo a la trampa.

 

El pecho le subía y bajaba con violencia. Toda su rabia se volcó sobre Lu Zhui.

 

¿Por qué tenía que existir alguien así?

 

¿Por qué alguien podía poseer la Tumba Mingyue, aquello que él había deseado toda su vida, y aun así interponerse en su camino una y otra vez?

 

Sus manos huesudas se clavaron en la tierra. Las uñas se rompieron contra las piedras, dejando rastros de sangre. El dolor lo mantenía despierto… y también lo encendía.

 

Xiao Lan se interpuso, bloqueando esa mirada llena de odio.

 

—¿Dónde está? —preguntó con frialdad.

 

Ji Hao abrió la boca, pero no dijo nada. No podía hablar.

 

Y justo cuando la rabia alcanzó su punto máximo, el dolor desapareció de golpe. Algo reptaba bajo su piel: enredaderas oscuras trepaban por sus venas, y tentáculos negros emergían, aferrándose a cada tendón y cada hueso.

 

Era una fuerza que no le pertenecía.

 

Un alma que no era la suya.

 

Aquello que siempre había temido… Ahora lo deseaba. Nunca había tenido un pensamiento tan demente: quería que Fu despertara. Anhelaba que Fu despertara.

 

Porque era su única salida.

 

—¡CUIDADO! —gritó Lu Zhui.

 

Lu Wuming tiró de Xiao Lan, apartándolo del árbol justo a tiempo. Una fuerza invisible estalló como un vendaval, arrancando hojas secas y lanzándolas por el aire.

 

En el último instante antes de perder la conciencia, Ji Hao no alcanzó a entender si esta vez había perdido… o ganado.

 

Fu estiró los músculos, incorporándose lentamente. Una risa ronca salió de su garganta. Sus ojos se clavaron en Lu Zhui, como un depredador que por fin encuentra a su presa.

 

Nadie podía explicar cómo un hombre moribundo, apenas consciente un momento antes, podía revivir en un parpadeo. Su cuerpo, que debería estar inerte, parecía poseído por un demonio. Ignoraba las heridas causadas por el látigo Wujin. Sus ojos ardían con un fuego espectral; su expresión y su cuerpo eran igual de rígidos.

 

—Qué cosa más maldita —se estremeció Yang Qingfeng—. ¿Se convirtió en fantasma después de morir?

 

Xiao Lan colocó a Lu Zhui detrás de él, con la mirada helada fija en el monstruo.

 

Este era el verdadero Fu.

 

El que habían visto en la Tumba Mingyue.

 

El que habían enfrentado en Huishuang.

 

Ese, y no el hombre de antes.

 

En su mente surgió una idea audaz, casi herética.

 

Dentro del cuerpo del monstruo Devorador de Oro… vivían dos almas.

 

Una era Ji Hao.

 

La otra, Fu.

 

—Viene con malas intenciones —susurró Lu Zhui—. Mantente alerta.

 

Xiao Lan apretó el mango del látigo y se lanzó al ataque con una velocidad imposible de seguir. Comparado con Ji Hao, este ser era la clave para desentrañar todos los secretos.

 

—¿Qué está pasando? —preguntó Yang Qingfeng, horrorizado.

 

Lu Zhui pensó un instante.

—¿Ha oído hablar, señor, de “tomar prestado un cuerpo para volver a la vida”?

 

Yang Qingfeng miró al ser que luchaba con Xiao Lan. Sus movimientos no tenían nada que ver con los de antes. No era un hombre. Era un monstruo. Y un escalofrío le recorrió la espalda. En las historias de su juventud, las que hablaban de almas que regresaban, siempre eran doncellas delicadas… nunca un bruto musculoso como este.

 

Un sonido de hojas agitadas surgió del matorral. Ye Jin encendió un yesquero para iluminar.

 

—¿UNA SERPIENTE VENENOSA? —gritó Yang Qingfeng.

 

Xiao Lan descendió de un salto y, antes de que una serpiente negra emergiera, tomó a Lu Zhui en brazos y lo apartó.

 


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