RT 144

  

Capítulo 144: Te acompaño a donde quieras.

Pero siempre me están emparejando.

 

Era obra de la boticaria. Quizá porque había probado tantos venenos y medicinas en el cuerpo de Lu Zhui —tantos que ni ella misma podía recordarlos todos— había decidido registrar cada uno: qué era, cuándo lo usó, dónde, qué tipo de tóxico. Desde más de veinte años atrás, hasta cuando Lu Zhui cumplió diecinueve.

 

Una a una, las finas sedas se desplegaban, llenas de dibujos y anotaciones apretadas. Kong Kong Miaoshou preguntó:

—¿Y qué pasa con ese tal veneno Hehuan Gu? ¿Por qué no se puede disipar todavía?

 

—También fue obra de esa vieja bruja —respondió Tao Yu’er.

 

Tras la pérdida de memoria de Xiao Lan, Lu Zhui había irrumpido solo en la Formación de Espejismo Floral para intentar recuperarlo. Pero, superado en número, exhausto y cubierto de heridas, cayó en manos de la tía Fantasma.

 

—¿Qué piensa hacer con él? —preguntó la boticaria, mirando al muchacho inconsciente en la celda.

 

—Que Lan’er lo mate —respondió la tía Fantasma, con voz helada.

 

—El joven maestro Xiao acaba de perder sus recuerdos. No sabemos si podrá recuperarlos en el futuro. No conviene arriesgarse a que se encuentren ahora —negó la boticaria.

 

—¿Y qué propones? —preguntó la tía Fantasma.

 

—Sería mejor plantar el veneno Hehuan Gu y cortar de raíz cualquier posibilidad de que esa relación vuelva a surgir —dijo la boticaria.

 

—¿Qué clase de veneno es ese, que puede lograr algo así? —preguntó la tía Fantasma— Nunca te oí mencionarlo antes.

 

—Con un veneno común de afecto no bastaría —la boticaria abrió la palma—. Mire esto, tía.

 

Un escarabajo negro reptaba inquieto. Si se observaba de cerca, en su lomo se distinguían vetas rojizas, y un tenue olor a hierro oxidado se extendía en el aire. Era una criatura espantosa.

 

—Lo crie con sangre. Se llama Reina Hormiga Negra —explicó la boticaria—. Aunque no tiene nada que ver con las hormigas; solo le puse ese nombre.

 

—¿Y para qué sirve? —preguntó la tía Fantasma.

 

—Si se introduce la Reina Hormiga Negra junto con el veneno Hehuan Gu en el cuerpo de Lu Mingyu, ambos se alimentarán mutuamente. En el futuro, ni aunque Hua Tuo renaciera podría eliminarlos por completo —dijo la boticaria—. Nunca lo he usado antes. Esta es una buena oportunidad para probarlo. Si su vida es corta y no sobrevive… será solo una muerte más. Para usted y para mí no supone ninguna pérdida.

 

A la tía Fantasma no le interesaban demasiado los venenos extraños de la boticaria, ni le importaba la vida o muerte de Lu Zhui. Solo le preocupaba una cosa: si esa criatura tan extraña podría perjudicar a Xiao Lan.

 

—El joven maestro Xiao ya olvidó por completo el pasado. Este veneno no le afectará —dijo la boticaria—. Y, aun en el peor de los casos, si algún día recupera la memoria y ambos vuelven a quererse con locura, será la Reina Hormiga Negra en el cuerpo de Lu Mingyu la que actúe primero. En unos meses morirá. Y muerto él, el veneno Hehuan Gu en el joven maestro Xiao desaparecerá. A lo sumo sufrirá un poco.

 

La tía Fantasma seguía dudando.

 

La boticaria murmuró:

—Tía, no puede permitirse ser blanda otra vez. No deje que otro miembro de la familia Lu escape.

 

—Está bien. Te lo dejo a ti —dijo la tía Fantasma—. Solo quiero que Lan’er esté bien.

 

La boticaria asintió y se llevó al inconsciente Lu Zhui a la choza de medicinas.

 

Y fue entonces cuando el veneno Hehuan Gu quedó profundamente enterrado en su sangre.

 

—Aquí está todo bien detallado. Llévalo cuanto antes al médico divino Ye —dijo Yue Dadao, metiendo el rollo de seda en manos de Ah Liu—. No vaya a retrasarse nada importante.

 

—Voy de inmediato —Ah Liu lo guardó en el pecho y dijo a Tao Yu’er—: Le dejo esto a usted, señora. Por lo que vi hace un momento, la gente de la Tumba Mingyue seguramente enviará hombres a registrar la montaña.

 

—Sé cómo manejarlo. Si no queda más remedio, siempre podemos ir a la residencia del comandante en la ciudad Yangzhi —respondió Tao Yu’er—. Ve. Toma el caballo más rápido, ni un instante de demora.

 

Ah Liu asintió. Apretó la mano de Yue Dadao y murmuró:

—Cuídate mucho.

 

Yue Dadao se quedó en la entrada de la cueva, mirando cómo se alejaba a galope. La preocupación no se disipaba: temía por él, y también por Lu Zhui.

 

Todos eran buenas personas… ¿por qué ninguno podía vivir en paz?

 

Tao Yu’er calentó agua y comenzó a recolocar los huesos de los dedos de Kong Kong Miaoshou. La boticaria había sido realmente cruel: sabía que lo que más hace un ladrón de tumbas es excavar pasadizos y abrir mecanismos, así que le destruyó por completo las manos. En adelante, no solo no podría hacer trabajos delicados; incluso comer con palillos le costaría un mundo.

 

—¿Vas a llorar otra vez? —preguntó Tao Yu’er.

 

Kong Kong Miaoshou miró sus manos hinchadas, deformes, manchadas de sangre. Se encogió bajo las mantas sin decir palabra. La garganta estaba seca, los ojos secos; todo él parecía un árbol viejo sin agua. Si antes aún podía sostener unas pocas hojas verdes, después de este desastre había quedado pelado, desnudo, irreconocible para cualquiera que lo viera.

 

—Míralo por el lado bueno. Quizá el cielo quiere que por fin te detengas —se burló Tao Yu’er, y luego suspiró—. En tu vida has perturbado el descanso de tantos muertos… Con todas las maldades que has hecho, morir aplastado por un mecanismo no sería injusto. Al final solo perdiste las manos. No saliste tan mal librado.

 

Kong Kong Miaoshou actuó como si no hubiera oído nada. Sus ojos turbios seguían fijos en el techo, como los de un pez muerto.

 

—Y ni se te ocurra poner tus ideas sobre Lan’er —lo advirtió Tao Yu’er.

 

Los ojos de Kong Kong Miaoshou temblaron apenas.

 

—Si lo haces, te mato —dijo Tao Yu’er, tomando el barreño de agua y saliendo de la cueva.

 

Mucho después, Kong Kong Miaoshou volvió a llorar entre gemidos. No tenía lágrimas y en realidad tampoco muchas ganas de llorar, pero ya que estaba acostado sin nada que hacer, dejar salir un poco de desesperación quizá haría que el tiempo pasara más rápido.

 

En la ciudad Huanhua, los demás quedaron atónitos al saber que el veneno de frío de Lu Zhui había sido eliminado. Pero sorpresa o no, nadie se atrevía a cuestionar la habilidad del médico divino Ye.

 

Lu Wuming le tomó el pulso y volvió a preguntar:

—¿De verdad estás bien?

 

—Estoy bien —respondió Lu Zhui—. Lord Ye dijo que en unos días intentará quitarme los otros venenos.

 

Lu Wuming soltó un largo suspiro, casi emocionado hasta las lágrimas. Le apretó la mano con fuerza.

—Bien, bien… si el veneno se fue, todo está bien.

 

Xiao Lan entró con un cuenco de medicina.

—Señor Lu.

 

—¿Es para Mingyu? —preguntó Lu Wuming.

 

—Sí —respondió Xiao Lan—. El médico divino Ye la acaba de preparar. Dijo que debe tomarse caliente.

 

—Has trabajado duro —Lu Wuming le dio una palmada en el hombro, por una vez amable.

 

Xiao Lan sonrió.

—No es molestia. Es lo que debo hacer.

 

—Debo ir a agradecerle al médico divino Ye —dijo Lu Wuming—. Vigila que Mingyu tome la medicina.

 

Xiao Lan asintió. Cuando el anciano se marchó, sopló el cuenco para enfriarlo un poco y se lo acercó a Lu Zhui.

—Tómatelo de un trago.

 

—Es amarga —dijo Lu Zhui.

 

Xiao Lan se sentó frente a él.

—Lo dulce se llama sopa de lirio blanco con semillas de loto.

 

—Dulces de fruta —Lu Zhui extendió la mano.

 

—No hay —respondió Xiao Lan.

 

—Sí hay —Lu Zhui golpeó la mesa con los nudillos—. Rápido, o no me tomo la medicina.

 

Xiao Lan sonrió. No se sabía de dónde había sacado un pequeño paquetito de papel; al abrirlo, aparecieron unas cuantas nueces confitadas.

—Ya sabía que ibas a hacerme rabiar.

 

Los ojos de Lu Zhui se movieron ligeramente.

—Esto…

 

—¿Qué pasa? —Xiao Lan se acercó y se sentó a su lado—. ¿De verdad quieres dulces de fruta? Tendría que ir a comprarlos por la tarde.

 

—Cuando estábamos en la Tumba Mingyue, siempre hacías que la cocina preparara esto para mí —Lu Zhui tomó una pieza—. Al verlo otra vez, pensé que habías recordado algo.

 

—¿Ah, sí? —Xiao Lan le dio la medicina—. Parece que te he vuelto a decepcionar.

 

Decepción no era exactamente la palabra. Lu Zhui agarró el cuenco con ambas manos, frunció el ceño y se lo bebió de un trago.

—Así también está bien. Al fin y al cabo, tengas o no memoria, igual te gusto.

 

Xiao Lan le metió una nuez confitada en la boca.

—Sí. Me gustas. Solo me gustas tú. ¿Estás cansado? Te llevo a dormir un rato.

 

—No quiero dormir —Lu Zhui apoyó la mejilla en una mano—. Con lo bonito que está el día, mejor charlamos afuera.

 

—¿De qué quieres hablar? —preguntó Xiao Lan.

 

—¿Quién decide el tema antes de conversar? —Lu Zhui le dio un golpecito en la frente—. ¿Qué eres, un erudito en un concurso de poesía? ¿O un candidato en el examen imperial?

 

—Con esa lengua afilada, nunca te gano —Xiao Lan siguió dándole dulces—. Hablando de exámenes imperiales, Lord Wen Liunian escribió hace poco diciendo que es una lástima que no quieras ser funcionario. Que, si quisieras, seguro sacarías el primer puesto.

 

—No es tan fácil sacar el primer puesto. El Lord Wen exagera, y tú te lo crees —la piedra del banco estaba fría, así que Lu Zhui se acomodó en su regazo, buscando una postura cómoda—. Así estoy bien.

 

Xiao Lan le acomodó el cabello.

—¿Aun así quieres ir al noroeste?

 

—Por supuesto —respondió Lu Zhui—. Solo he visto en los libros el humo solitario del desierto y el sol cayendo sobre el río. Antes quería ir con el Gran Jefe Zhao, pero antes de que pudiera mencionarlo, Lord Wen fue trasladado a la ciudad de Cangmang. Luego vino todo ese caos de batallas y bodas, y toda la familia terminó mudándose a la capital. ¿Quién iba a tener tiempo para viajar conmigo al oeste?

 

—Mejor —Xiao Lan le pellizcó la nariz—. No quiero que nadie más te acompañe.

 

Lu Zhui apoyó la cabeza en su pecho.

 

—Si el Emperador Chu supiera que Lord Yang está dispuesto a enseñarte, estaría muy contento.

 

—Hablas mucho del Emperador Chu —observó Xiao Lan.

 

—Es un buen soberano, y una buena persona —dijo Lu Zhui—. Cuando lo conozcas, entenderás lo que digo.

 

—Le manda codillos a Lord Wen cada dos por tres. Suena bien —bromeó Xiao Lan—. ¿Y tú? Además de té y juegos de té, ¿no aprovechaste para pedirle algo más valioso?

 

—Sí —respondió Lu Zhui—. El Emperador Chu quería reclutarme para la corte imperial. Además de regalarme tesoros sin parar, también me propuso varios matrimonios.

 

Xiao Lan: “…”

 

—Ni lo menciones —Lu Zhui se incorporó de golpe, con expresión horrorizada—. En la corte hay un tal “Venerable Lord Liu” que, no hace otra cosa que arreglar matrimonios. Como una adivina parlanchina. Se sentaba en Shanhaiju todo el día y no había forma de echarlo.

 

Xiao Lan le estiró las mejillas, divertido.

—Parece que en esa corte no falta gente. ¿Con quién querían casarte? Dímelos uno por uno.

 

—Son muchos —Lu Zhui alzó una ceja—. Además, he salvado a varias cortesanas. Ahora, cuando voy al Salón de Cantos a escuchar música, ni siquiera me cobran. ¿Qué tal? ¿No sientes que, al olvidarme todos estos años, has salido perdiendo muchísimo?

 


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