Capítulo
142: Tesoros.
El
accidente en la tumba.
Ye Jin agitó la mano frente a él.
—¿Te quedaste tonto?
—Este veneno frío me ha atacado
intermitentemente durante años. Ya lo había aceptado como una enfermedad
incurable. No pensé que, medio dormido, me tragaría el antídoto, así como así
—Lu Zhui lo miró con admiración—. Lord Ye sí que hace honor a su fama.
—No es mérito solo mío. Si quieres
agradecer, agradece a Xiao Lan —dijo Ye Jin—. Él encontró la Escarcha Nublada,
y él encontró el antídoto. Yo solo imité lo que hizo.
Lu Zhui sonrió.
—Aun así, Lord Ye también tiene gran
mérito. Tendré que preparar un buen regalo de agradecimiento.
—El regalo puede esperar —Ye Jin le dio
una palmada en el pecho—. Reposa medio mes más. Con el veneno frío resuelto,
será mucho más fácil tratar el Hehuan Gu. Tu cuerpo es complicado, sí, pero
paso a paso, todo se puede recuperar.
—Bien —asintió Lu Zhui.
—Y otra cosa —continuó Ye Jin—. Ese gu
que crio la boticaria con sangre… tiene un aspecto rarísimo. No sé qué es.
—Si ni el médico divino Ye lo reconoce,
debe ser realmente raro —dijo Lu Zhui—. ¿Puedo ayudar en algo?
—Cuando el segundo jefe Lu abra la Tumba
Mingyue, déjame entrar a echar un vistazo —dijo Ye Jin—. Ese lugar tan lúgubre
debe tener muchas cosas interesantes.
—Eso déjemelo a mí —respondió Lu Zhui
sin dudar.
—¿Y Xiao Lan? —Ye Jin miró hacia
afuera—. ¿No está?
Lu Zhui rio.
—Si estuviera aquí, y usted entrara como
acaba de entrar… habría problemas.
Ye Jin: “…”
«No entiendo nada. Estoy muy calmado.»
—Está en la habitación del señor Yang
—explicó Lu Zhui, abrazando la almohada—. Haciendo la ceremonia de shifu y
discípulo.
«¿Shifu?» Ye Jin no entendía.
Lu Zhui le contó lo de la carta y
añadió:
—Es una buena oportunidad. Cambiar de
vida también está bien.
—¿De veras? —Ye Jin se sorprendió, pero
luego lo pensó mejor. Tenía sentido. La corte imperial llevaba tiempo sin
generales. Xiao Lan era joven, fuerte, hábil, y además era de Lu Zhui. Que el Emperador
Chu quisiera verlo era lo más normal del mundo.
—¿Qué piensa Lord Ye? —Lu Zhui lo pinchó
con el dedo.
—Sorprendido, sí, pero comprensible
—dijo Ye Jin—. El Emperador Chu ya quiso reclutar a Qianfeng, y también a
Shaoyu. Cuando Lord Wen estaba en Shuzhong, intentó convencerlos muchas veces.
Nunca lo logró. Si Xiao Lan quiere intentarlo, salga bien o no, el Emperador Chu
estará encantado.
—Ojalá todo vaya bien —Lu Zhui se
recostó—. Además, yo también quiero ver el noroeste.
Mientras hablaban, Xiao Lan abrió la
puerta. Al ver a Ye Jin sentado junto a la cama, se sobresaltó, casi creyendo
que Lu Zhui estaba enfermo otra vez.
—Estoy bien —Lu Zhui adivinó su
pensamiento y sonrió—. Muy bien.
Xiao Lan soltó el aire.
—Médico divino Ye.
—Entonces no los molesto —dijo Ye Jin,
levantándose. Dio dos pasos y volvió la cabeza para advertir—: Descansa más. No
porque el veneno frío esté resuelto vas a ponerte a celebrar… es fácil que pase
algo.
«Claro que yo no tengo experiencia en ese
tipo de cosas.»
Xiao Lan lo acompañó hasta la puerta, le
dio las gracias y regresó a la habitación. Apenas se sentó al borde de la cama,
un brazo lo rodeó del cuello. Lu Zhui sonrió.
—Adivina.
—¿Adivinar? —al verlo tan radiante, Xiao
Lan se relajó y lo tomó en brazos, inclinándose para provocarlo—. A ver… ¿estás
embarazado?
—¿Qué embarazado ni qué nada? —Lu Zhui
le pellizcó la mejilla—. Estoy bien. El médico divino Ye me quitó el veneno
frío.
—¿Tan rápido? —Xiao Lan se alegró de
verdad.
—Ni idea. Pero si es el mejor médico del
mundo, no va a decir tonterías —dijo Lu Zhui—. Además, dijo que todo fue
gracias a ti.
—¿Yo qué mérito tengo? —Xiao Lan le tomó
la muñeca—. Mañana iré a agradecerle como corresponde.
—Es maravilloso —Lu Zhui apoyó la
barbilla en su hombro y soltó un largo suspiro—. Parece un sueño. Ese dolor
helado hasta los huesos, esas noches sin dormir… parecían tan recientes. Y
ahora, medio dormido, me dan una pastilla y… ¿ya?
Era demasiado bueno para ser verdad. Y
por eso mismo, inquietante. Solo al recordar el “está curado” de Ye Jin, firme
como un golpe de martillo, su corazón se calmaba.
No era un sueño.
De verdad… estaba bien.
Xiao Lan lo escuchó murmurar,
encontrándolo adorable. No lo interrumpió. Solo lo abrazó, respondiendo de vez
en cuando con un “mm”. Cuando Lu Zhui se quedó callado, casi dormido, lo
sacudió suavemente.
—Mingyu.
—¿Mm? —Lu Zhui abrió los ojos.
—¿Lord Ye solo habló del veneno frío?
—Xiao Lan bajó la cabeza, rozando su mejilla con la suya. Era un contacto
familiar, cálido.
—¿Qué más iba a decir? —preguntó Lu
Zhui.
—¿Y qué hay del Hehuan Gu? —preguntó
Xiao Lan.
Lu Zhui pensó un momento y suspiró.
—Ese no tiene cura. Ocho, diez, veinte
años… habrá que aguantar.
Xiao Lan le pellizcó la cintura.
—No digas tonterías.
—No dije tonterías —Lu Zhui se echó
hacia atrás riendo. Xiao Lan lo atrapó rápido, poniendo la mano detrás de su
cabeza para que no se golpeara.
—¿Qué haces? Te vas a hacer un chichón.
—El médico divino Ye dijo que primero
descanse unos días, y luego hablamos del Hehuan gu —explicó Lu Zhui—. Hoy
estaba cansado, así que no pregunté más. Pero por su cara, no parece algo
complicado.
Si era así, entonces las buenas noticias
venían una tras otra. Xiao Lan se inclinó y rozó la comisura de sus labios.
—Recupérate pronto.
—Claro que quiero recuperarme pronto —Lu
Zhui se acurrucó en su pecho—. Siete emociones, seis deseos… cosas normales de
la vida. Esta vez perdí mucho.
Xiao Lan lo abrazó con un brazo, la voz
ronca.
—Primero engorda un poco. Eso también
sirve.
Lu Zhui rio, se incorporó para quitarle
la túnica, y los dos se metieron juntos bajo la manta. En la luz tenue del
amanecer, volvieron a dormirse.
El mundo podía esperar.
Primero, dormir bien.
En la montaña trasera de la Tumba Mingyue,
Yue Dadao tomaba el sol mientras preguntaba:
—¿Cuándo volverán mi shifu y el joven maestro
Lu?
—¿Volver para qué? —Ah Liu, abrazando
las rodillas, estaba sentado a su lado con un puñado de flores silvestres—. Esa
tumba es oscura y terrorífica. Ojalá no vuelvan nunca.
—Ay, qué tonto eres —Yue Dadao le dio un
codazo—. Cuando el joven maestro Lu vuelva, significará que ya está curado. Y
si él está sano, ¿qué importa la Tumba Mingyue? Hasta podría darle la vuelta
como si fuera una mesa.
Tao Yu’er, que estaba detrás, soltó una
risita y le pasó un cuenco pequeño.
—Niña tonta. Si el joven Mingyu es tan
bueno en todo, Ah Liu se pondrá celoso.
—Ah Liu también es bueno —respondió Yue
Dadao—. Si no fuera bueno, no me casaría con él.
Ah Liu se sintió orgulloso, las mejillas
sonrojadas y los ojos brillantes.
—Qué descaro. Hablas de casarte más que
de comer —Tao Yu’er le pellizcó la mejilla—. Esta noche iré a la Tumba Mingyue.
Ustedes dos no se muevan de aquí, ¿entendido?
—¿La señora va a la tumba? —Yue Dadao se
sorprendió—. Pero…
—Tranquila. Le prometí a Mingyu y a
Lan’er que sé lo que debo hacer —dijo Tao Yu’er—. Pero ya ha pasado un tiempo
desde que Lan’er salió. Debo ir a ver cómo están las cosas allí dentro.
—¿Será peligroso? —Yue Dadao le tomó la
mano—. Si es peligroso, no vaya. El anciano Miaoshou está allí. Si algo pasara,
él nos avisaría.
—No confío en él. Hace tres días que no
aparece —dijo Tao Yu¿er—. Hagan caso.
—Entonces tenga mucho cuidado —dijo Yue
Dadao—. Debe volver antes del amanecer. Si no vuelve, Ah Liu y yo iremos a
buscarla.
—¿Eso es preocupación o amenaza? —rio
Tao Yu’er—. No se preocupen. Sé lo que hago.
Yue Dadao asintió, aunque a
regañadientes, y soltó su mano. Miró hacia la Tumba Mingyue a lo lejos.
Nubes densas.
Oscuridad profunda.
Un lugar donde la luz del sol nunca
llegaba.
El cielo se oscureció poco a poco.
Una figura negra avanzaba por la
montaña, deteniéndose de vez en cuando. De lejos parecía un fantasma, una
sombra entre la niebla.
Nadie sabía cuán profunda era la
habilidad de Tao Yu’er en el arte de las formaciones. Combinada con el mapa que
Lu Zhui había deducido a partir de la Formación de Añoranza, aquel
complejo funerario, inexpugnable durante cientos de años, se convertía ante sus
ojos en un montón de tumbas rotas y llenas de agujeros. Entraba y salía como si
fuera su propio patio.
La tumba no estaba caótica pese a la
ausencia de Xiao Lan. Seguía igual de silenciosa y muerta. Tao Yu’er revisó
primero el Gran Salón del Loto Rojo, pero no encontró rastro de Kong Kong
Miaoshou.
«Inútil como siempre.»
Tao Yu’er bufó con desprecio y se
dirigió a lo más profundo.
Los pasadizos se cruzaban como un
laberinto. Había zonas donde ni los discípulos de la tumba se atrevían a
entrar. El suelo estaba húmedo, cubierto de musgo, y el aire tenía un olor
tenue a sangre y podredumbre que mareaba.
Tao Yu’er pasó un dedo por la pared. El
agua se deslizó formando un rastro húmedo que cayó al suelo en un pequeño hilo.
«Con razón esa vieja bruja quiere salir
de aquí. Si no se van pronto, la tumba no aguantará mucho más.»
Tras cruzar un pasaje estrecho y oscuro,
vio un resplandor débil más adelante. Tao Yu’er frunció el ceño. Pensó en darse
la vuelta, pero dudó.
«Aquí debería ser un callejón sin
salida. ¿Quién vendría a este lugar húmedo y apestoso?»
Tras pensarlo un instante, decidió
investigar.
Había luz.
Y… cadenas.
Más adelante, el aire tenía un olor más
fuerte a sangre.
Era una sala de tortura. En un poste de
madera, encadenado, había un anciano de cabello blanco, la cabeza gacha.
Aunque no se le veía la cara, era
evidente quién era.
Tao Yu’er miró sus manos ensangrentadas
y suspiró profundamente. Le levantó la barbilla.
—¿Estás bien?
Kong Kong Miaoshou tosió, pálido, con
sangre en la comisura de los labios.
—Lan’er no debería haberte dejado hacer
lo que quisieras aquí dentro —dijo Tao Yu’er, cortando las cadenas de un
golpe—. Vamos. Te sacaré primero.
—Espera… —Kong Kong Miaoshou reunió
fuerzas, hablando entrecortado—. Ve al Pozo de las Tres Tías… dejé algo allí…


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