RT 141

  


Capítulo 141: Aprendizaje.

¿Se ha calmado el veneno frío?

 

 

Después de la cena, Yang Qingfeng dejó los palillos y se limpió la boca, abatido.

 

—Joven maestro Lu, si tienes algo que pedirme, dímelo de una vez. No sigas llenándome el cuenco. —Tenía pollo, pato y pescado amontonados; sentía que los próximos tres días solo podría comer gachas con encurtidos.

 

Lu Zhui sonrió:

—Jeje.

 

Lu Wuming, sentado enfrente, observaba divertido.

«Ese Wen Liunian de la capital realmente no lo educó bien. ¿Cuándo aprendió este mocoso a poner esa cara de pillo?»

 

A Yang Qingfeng se le erizaron los pelos de la nuca. Sin darse cuenta, se escondió detrás de Xiao Lan.

 

Xiao Lan: “…”

 

—Vamos, señor, hablemos afuera —Lu Zhui lo tomó del brazo con entusiasmo y lo arrastró fuera, dejándolo sin escapatoria.

 

En la habitación quedaron solo Lu Wuming y Xiao Lan, mirándose fijamente.

 

El aire se volvió denso.

 

Tras un momento, Lu Wuming preguntó:

—¿Qué demonios están tramando ustedes dos?

 

—Para ser sincero —dijo Xiao Lan—, hace unos días Lord Wen Liunian envió una carta a la Tumba Mingyue.

 

«¿Otra vez ese Wen?»

 

Lu Wuming frunció el ceño. Wen Liunian era un buen hombre, sí… pero una carta de un buen hombre no significaba necesariamente buenas noticias.

 

Xiao Lan le explicó el contenido de la carta y añadió:

—Mingyu dijo que el señor Yang Qingfeng fue un gran general en el noroeste, invencible en batalla. Por eso quiere pedirle que le enseñe algo de estrategia militar.

 

Lu Wuming guardó silencio. Su primera reacción fue rechazar la idea de que se involucraran con la corte imperial. Pero el joven frente a él no era su hijo; no tenía derecho a impedirle nada. Y si Xiao Lan iba al campo de batalla… era casi seguro dónde aparecería Lu Zhui.

 

Xiao Lan tanteó:

—¿Señor?

 

Lu Wuming salió de sus pensamientos y suspiró.

—Ir a la guerra, entrar al gobierno… nada de eso es un juego. Debes pensarlo bien.

 

—No sé si en el futuro me quedaré en la corte imperial —respondió Xiao Lan—. Pero la propuesta de Lord Wen… sí quiero aceptarla. Es una vida completamente distinta. No como esos veinte años en el Gran Salón del Loto Rojo, que parecía grandioso, pero era una jaula. Esto es vasto, libre, ardiente. Cielos altos, ríos interminables… quiero verlo con mis propios ojos.

 

Lu Wuming no dijo nada más. Volvió a hundirse en sus pensamientos.

 

Recordó las palabras de Tao Yu’er: «Los jóvenes tienen sus propios caminos.»

 

Él, que había vivido una vida aparentemente gloriosa, pero en realidad llena de frustraciones, ¿qué autoridad tenía para guiar a dos jóvenes con sueños más grandes y corazones más amplios?

 

Pero una cosa era la razón… y otra, el sentimiento.

 

En el campo de batalla no solo hay gloria y sangre caliente; también hay muerte y despedidas. Lu Wuming no podía estar tranquilo. Tampoco quería dejarlo ir.

 

Xiao Lan sirvió una copa de vino y la colocó suavemente frente a él.

 

Lu Wuming suspiró hondo y se la bebió de un trago.

 

Afuera, Yang Qingfeng exclamó sorprendido:

—¡¿Xiao Lan?!

 

—Claro —Lu Zhui le masajeaba los hombros—. Señor, ¿qué le parece?

 

—Es tu enamorado. ¿Cómo podría decir algo malo? —replicó Yang Qingfeng.

 

—No puede —dijo Lu Zhui con total naturalidad.

«Quien diga algo malo, lo golpeo.»

 

—Entonces… ¿el señor acepta? —preguntó Lu Zhui.

 

—¿Y tú estás seguro de que él es mi discípulo predestinado? —Yang Qingfeng le agarró la mano.

 

—Segurísimo —Lu Zhui se sentó a su lado—. Mire: buen carácter, buena habilidad, buena apariencia, alto, apuesto, elegante. Si ni así está satisfecho, ¿qué más quiere?

 

Yang Qingfeng soltó una risa.

—Vaya que sabes elogiar.

 

—Entonces… ¿acepta? —insistió Lu Zhui.

 

Yang Qingfeng no respondió.

 

—¿Por qué no? —Lu Zhui no entendía—. Señor, lleva días diciendo que quiere un discípulo. Ahora que el discípulo viene solo, ¿por qué duda?

 

—No es duda —murmuró Yang Qingfeng—. Es que… estoy nervioso.

 

Lu Zhui: “… ¡Pff!”

 

Había hablado tanto de tener un discípulo, pero ahora que realmente aparecía uno, no sabía qué hacer. Había dejado el Jianghu hacía años, el ejército aún más. Era mayor, a veces se confundía, y cuanto más pensaba, más defectos encontraba en sí mismo. Temía enseñar mal.

 

—Señor, ha pasado media vida en campaña. Aunque solo enseñe migajas, ya es más que suficiente —dijo Lu Zhui—. ¿Qué hay que temer?

 

—Bah, exageras —Yang Qingfeng sonrió con amargura.

 

«¿Exagerar? Si era la pura verdad.»

 

Lu Zhui lo levantó del escalón y lo arrastró de vuelta al comedor. Si los dos de adentro no se habían peleado todavía, significaba que la conversación iba bien. Con cielo, tierra y personas alineadas, lo mejor era cerrar el asunto del discípulo cuanto antes.

 

Al verlos entrar, Lu Wuming levantó la cabeza. Él y Yang Qingfeng intercambiaron una mirada, ambos con la misma expresión de “además de venderme, tengo que ayudar a contar el dinero”.

 

Xiao Lan se puso de pie.

 

Lu Zhui pellizcó a Yang Qingfeng por detrás: «Mire, mire su discípulo. ¿Alto? ¿Guapo? ¿Perfecto?»

 

Yang Qingfeng apartó la mano de su cintura y le dijo a Xiao Lan:

—Ven conmigo.

 

—Sí —Xiao Lan no preguntó nada y lo siguió a la habitación contigua.

 

Lu Zhui se quedó sonriendo.

—Padre.

 

—Vienes a contármelo tú mismo, no. Vas y se lo dices a ese mocoso de apellido Xiao —refunfuñó Lu Wuming—. ¿Qué, no temes que lo golpee?

 

—¿Por qué lo golpearía? Padre no es un hombre vulgar ni irracional —Lu Zhui arrastró una silla y se sentó—. Padre, adivine: ¿qué va a hacer el señor Yang con Xiao Lan en la otra habitación?

 

—Darle un regalo —respondió Lu Wuming.

 

—¿Qué regalo?

 

—Ganjiang y Moye.

 

Lu Zhui: “…”

 

No había dónde ponerlas, así que mejor regalarlas.

 

En la habitación contigua, Yang Qingfeng dijo:

—Estas dos espadas, quédatelas.

 

—Gracias, señor —respondió Xiao Lan.

 

Al verlo abrazar esos dos enormes estuches tallados, Yang Qingfeng sintió que el alma le volvía al cuerpo. Ya que el discípulo había visto la vergüenza del maestro estafado, mejor entregarle las espadas y no verlas nunca más. Así también se ahorraba buscar otro regalo.

 

—¿El señor realmente quiere aceptarme como discípulo? —preguntó Xiao Lan.

 

—Si no quisiera, ese Xiao Mingyu ya me habría afeitado la otra ceja —refunfuñó Yang Qingfeng.

 

La mirada de Xiao Lan cayó, inevitablemente, sobre la media ceja restante.

 

—¡QUÉ MIRAS! —estalló Yang Qingfeng.

 

Xiao Lan: “…”

 

Xiao Lan apartó la vista con calma, recordando el pequeño paquetito de Lu Zhui.

«Con razón se veía tan familiar…»

 

—Tienes buen carácter, gran habilidad, y si quieres ser discípulo de este viejo confundido, claro que puedes —Yang Qingfeng le dio una palmada en el hombro.

 

—Gracias, shifu —dijo Xiao Lan.

 

—No soy quisquilloso. No hace falta ceremonia de rodillas. Ya me llamaste “shifu”, así que te enseñaré todo lo que sé —Yang Qingfeng se dio un golpecito en la barriga—. Pero el regalo de iniciación no puede faltar.

 

—Este discípulo irá a prepararlo —dijo Xiao Lan.

 

«¿Prepararlo? ¿Qué vas a preparar si ya sé lo que quiero?»

 

Yang Qingfeng lo tomó del brazo y señaló su media ceja:

—Ve a buscarme la otra mitad.

 

Xiao Lan: “…”

 

Yang Qingfeng se sentó muy recto, con aire solemne.

 

—¿Solo eso? —preguntó Xiao Lan.

 

—Eso —respondió Yang Qingfeng.

 

—Espere un momento, shifu.

 

—¿Eh? —Yang Qingfeng parpadeó, confundido.

 

«Solo quería ponerlo en aprietos, hacerle pasar un mal rato. ¿Qué tiene de especial una ceja?»

 

Pero unos minutos después, Xiao Lan regresó… con la media ceja dorada en la mano.

 

Lu Zhui asomó medio rostro por la rendija de la puerta, mirando con extrema cautela.

 

Yan Qingfeng: “…”

 

Hubo un largo silencio.

 

Y luego, caos absoluto.

 

El joven maestro Mingyu, por una vez, terminó corriendo por todo el patio con las manos en la cabeza, perseguido por un Yang Qingfeng furioso. Xiao Lan no sabía si reír o intervenir. Lu Wuming se apoyó en la puerta, disfrutando del espectáculo. Hasta Ye Jin abrió la ventana, intrigado por el alboroto, preguntándose por qué aquello sonaba más animado que el Año Nuevo.

 

En el pequeño patio, la luz cálida iluminaba a toda la familia, riendo, peleando, haciendo un desastre encantador.

 

En la oscuridad, Ji Hao cerró los ojos. A lo lejos, escuchaba esas risas estridentes. A su lado, algo reptaba entre la hierba.

 

****

 

En Wang Cheng, Wen Liunian preguntó:

—¿No hubo respuesta?

 

—No, Su Excelencia —respondió el mensajero—. El joven maestro de la Tumba Mingyue dijo que debía discutirlo con el joven maestro Lu. No podía dar una respuesta aún, así que regresé.

 

«¿Eso significa que sí?»

 

Cuando el mensajero se fue, Wen Liunian se levantó, se puso el uniforme y se preparó para entrar al palacio imperial.

 

—¿A estas horas? —Zhao Yue lo agarró del brazo—. ¿No vas a cenar? ¿No puedes esperar a mañana después de la reunión matutina de la corte?

 

—¿Cenar qué? Voy al palacio a sacarle cosas al Emperador Chu —dijo Wen Liunian, sacudiéndose la ropa—. Dicen que ahora tienen sopa de “nidos de golondrina” del sur.

 

Zhao Yue: “…”

«¡Qué bien informado estás!»

 

—Pero Lu Zhui aún no respondió —insistió Zhao Yue.

 

—No entiendes —dijo Wen Liunian—. Si Xiao Lan no quisiera, lo habría rechazado de inmediato. Si dice que debe discutirlo, es porque quiere ir. Y si él quiere ir, ¿cómo va a detenerlo el segundo jefe Lu?

 

Zhao Yue negó con la cabeza.

—Al menos espera la respuesta de Lu Zhui.

 

Wen Liunian lo pensó.

—Bueno, está bien.

 

Y acto seguido siguió subiendo al palanquín.

 

Zhao Yue: “…”

 

Wen Liunian, muy serio:

—Ya me cambié de ropa. Si no como nido de golondrina, pierdo dinero.

 

La razón de Lu Zhui también era muy convincente.

 

Si ya habían entregado el regalo de iniciación, no aprender más cosas sería una pérdida.

 

Yang Qingfeng, envuelto en su manta, recostado en la cama, le contaba historias de guerra a Xiao Lan: desde su primera batalla, la Batalla de Songyun, hasta la gran victoria del Río Huhe. Cuando se entusiasmaba, era como si volviera a ser joven, montado a caballo, espada en mano, de pie contra el viento, al frente de miles de soldados.

 

Un viejo y un joven, con la misma luz en los ojos.

 

Ninguno durmió. No querían dormir.

 

En el herbolario, la pequeña llama de la vela temblaba. Ye Jin tampoco había dormido.

 

Al amanecer, Lu Zhui aún soñaba cuando la puerta se abrió de golpe. El médico divino se dejó caer en la cama, levantó la manta y dijo:

—Arriba, arriba.

 

Lu Zhui se estiró y bostezó.

 

Ye Jin, más rápido que un rayo, le metió algo en la boca. Era ácido. Muy ácido. Y se derretía al instante. Ni siquiera podía escupirlo.

 

Lu Zhui despertó de inmediato, con el rostro contraído.

—¡¿Qué demonios es esto?!

 

—El antídoto del veneno frío —dijo Ye Jin.

 

Lu Zhui: “…”

 

Estupefacto, palideció un poco.

 

—¿Ya está? ¿Eso fue todo?

 

—¿O es que te gustó y quieres otro? —preguntó Ye Jin.

 

Lu Zhui lo miró con una devoción absoluta.

«Por algo es un médico divino.»

 

Ni diagnóstico, ni preguntas, ni tomar el pulso. Entra, levanta la manta, mete la medicina. Ni para un resfriado había visto un tratamiento así.

 

¿Pero… de verdad ya estaba curado?


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