Capítulo
133: Frío.
Cambio
en el momento de la despedida.
Aunque Ye Jin era hombre del Jianghu, al fin y al cabo, había nacido príncipe y desde niño su shifu lo llevó al Valle Qionghua. Por eso no conocía a muchos veteranos del mundo marcial. Solo al escuchar a Shen Qianfeng entendió que Yang Qingfeng había sido un gran general de la corte imperial. Más tarde, descontento porque el difunto Emperador escuchaba a los traidores y perjudicaba a los leales, lo reprendió en plena corte ante todos los funcionarios. En tres días lo degradaron siete rangos, hasta convertirlo en un simple guardia de puerta.
—Así
que era el general Yang —dijo Ye Jin—. De niño escuché a las doncellas murmurar
que cierto gran general estaba a punto de sufrir un desastre. Ahora que lo
mencionas, lo recuerdo.
—Después
renunció y volvió a su tierra natal, viviendo como un hombre libre y
despreocupado —explicó Shen Qianfeng—. Ha viajado por montañas y ríos, al norte
en las tierras heladas, al este cruzando océanos. Cuando regresaba, solía
conversar toda la noche con mi padre. No te dejes engañar por lo excéntrico que
parece ahora; en realidad tiene una visión muy profunda. Me enseñó muchas
cosas.
Ye Jin
suspiró.
—Si mi
padre, el difunto Emperador, hubiera tenido la mente más clara en vida, la
corte imperial no estaría como está ahora. Primero Yun Duanhun, luego Yang
Qingfeng… los leales y capaces no se quedan, y en cambio los viejos zorros que
juegan con el poder se agrupan entre sí. No es raro que Chu Yuan esté ahora con
la cabeza hecha un lío.
—El
señor Yang dijo que simpatiza mucho con el segundo jefe Lu. Al enterarse de que
estaba en problemas, vino por su cuenta a la Mansión del Sol y la Luna —dijo
Shen Qianfeng—. Ya que tú también estás estudiando el antídoto, mañana pueden
discutirlo juntos. Cuantas más ideas, mejor.
Ye Jin
asintió y regresó con él a la habitación para descansar.
***
Fuera
de la ciudad de Yangzhi, cuatro o cinco caballos aguardaban en el camino de
montaña. No había antorchas, solo la luz de las estrellas.
Faltaba
un poco más de una hora para el amanecer, pero todo seguía en silencio. El guía
del grupo empezó a inquietarse, estirando el cuello para mirar hacia el final
del sendero.
Entonces
uno de los hombres pareció oír algo. Se puso de pie y gritó una frase en lengua
extranjera. Un instante después, un caballo castaño rojizo apareció galopando.
Sobre su lomo venía Yelü Xing.
—Segundo
príncipe —el guía tomó las riendas, pero se sobresaltó—. ¿Está herido?
—Unas
cuantas agujas de hoja de sauce, nada grave —Yelü Xing restó importancia—.
Vámonos. Salimos de la montaña.
—¿Salir
de la montaña? —el otro no entendió—. ¿A dónde vamos?
—De
vuelta al desierto —Yelü Xing alzó el látigo con una mano. El caballo relinchó
y se lanzó hacia adelante.
—Pero
la tumba Mingyue… —Los subordinados no alcanzaron a terminar la frase. Yelü
Xing ya había desaparecido en la curva del camino. No tuvieron más remedio que
montar y seguirlo a toda prisa.
Cuando
el polvo levantado por los cascos se disipó, la montaña volvió a quedar en
silencio, como si nada hubiera ocurrido.
***
En la
residencia del comandante, Lu Zhui estaba tumbado mirando el dosel de la cama,
como perdido en sus pensamientos.
Xiao
Lan extendió la mano y le cubrió los ojos.
Lu
Zhui se giró y se acercó aún más a él. Quizá por las heridas, quizá por el frío
de la noche, sentía un leve escalofrío.
Xiao
Lan apoyó una mano en su espalda y luego lo envolvió por completo entre sus
brazos. Inclinó la cabeza y besó su cabello suave, con una paciencia y una
ternura que solo tenía para una persona en esta vida.
Al
recuperar el calor, Lu Zhui rodeó su espalda firme con los brazos y, con los
ojos cerrados, lo besó con descaro.
El
roce de sus labios era lento y suave, capaz de transmitir un amor profundo sin
perder el control. Xiao Lan lo besaba como si fuera un tesoro frágil:
centímetro a centímetro, delineando sus hermosos ojos, su nariz recta y la
comisura sonriente de sus labios.
A
través de la fina ropa, aún podía sentir las cicatrices antiguas. Xiao Lan lo
estrechó más y dejó un beso húmedo detrás de su oreja, marcando un pequeño
rastro rojo.
Quería
cargar con todas sus heridas.
—¿En
qué piensas? —preguntó Lu Zhui, enredando un mechón de su cabello y tirando
suavemente.
—En el
futuro —respondió Xiao Lan—. Me gustaría hacerte un nido de algodón, ponerte
allí a tomar el sol, sin que tengas que pensar en nada ni hacer nada.
Lu
Zhui rio y asintió, apoyando la frente contra la suya antes de besarlo otra
vez, suave y cálido.
***
A la
mañana siguiente, un pájaro alzó el vuelo entre las montañas, su canto claro y
melodioso.
En la
cueva, Ji Hao abrió los ojos y respiró hondo el aire fresco.
Estos
días había estado concentrado en regular su qi y por fin logró reprimir por
completo la agitación del zhenqi; incluso el zumbido en los oídos había
disminuido bastante. En este mundo, cuanto más teme uno a la muerte, más evita
enfrentar la enfermedad y la realidad. Así que, tras mover un poco sus músculos
doloridos, Ji Hao empezó a consolarse a sí mismo: quizá el alma de Fu ya había
muerto del todo dentro de este cuerpo vacío. Tal vez no necesitaba vivir
aterrado a cada instante, escondido en esta cueva sin atreverse a salir.
Claro
que, si en ese momento hubiera tenido en sus manos aquel antiguo manual, habría
descubierto que la realidad no era tan alentadora. La invasión había vuelto a
fracasar, porque no había heredado esa obsesión casi demencial por la Dama de
Jade Blanco. En su corazón, lo único que seguía importando era la tumba Mingyue.
Y lo
más extraño era que los fragmentos de memoria que Fu había dejado en su mente
también habían desaparecido por completo tras esta sesión de sanación. Aquel
espíritu sucio y envejecido parecía haber renunciado definitivamente a este
cuerpo, resignándose a dispersarse con el viento entre cielo y tierra.
Era
algo malo, pero también algo bueno.
Ji Hao
se volvió para mirar detrás de sí: montones de oro y plata acumulados por Fu, y
una Linterna de Loto Rojo que emitía un tenue resplandor rojo.
Tantos
expertos del Jianghu se habían peleado por estas cosas, y al final habían caído
en sus manos con tanta facilidad. Era una oportunidad otorgada por el cielo;
nadie volvería a arrebatársela.
Se
envolvió en su túnica gris y se deslizó hacia la ciudad de Yangzhi como un
fantasma.
***
Detrás
de la oreja, Lu Zhui tenía la marca roja que Xiao Lan le había dejado. Al
levantarse, no tuvo más remedio que soltar el cabello, atándolo de forma floja
detrás de la cabeza. Unos mechones sueltos le caían sobre la mejilla, y con esa
ropa blanca tan ligera, el elegante joven de días atrás se había transformado
en… un melancólico y desaliñado: “bello enfermo”.
La
pequeña sirvienta se inclinó hacia Tie Yanyan y le susurró todo:
—El
joven maestro Lu hoy no se recogió el cabello. Está enfermizo… y luce más
guapo.
Tie
Yanyan retorció el pañuelo con desesperación.
«¿Cuándo
podré salir de este maldito Pabellón Xiú?»
El
joven maestro Mingyu no tenía idea de que su aspecto de ese día estaba
provocando suspiros en todas las doncellas de la residencia del comandante. Él
seguía moliendo tinta, escogió un buen papel de xuan con motas doradas y
pensó en estirar un poco las manos escribiendo unos caracteres. El pincel era
un regalo de Xiao Lan, la tinta también. En estos días fríos y ventosos, nadie
sabía de dónde sacaba Xiao Lan tiempo para tantas pequeñas atenciones: hoy trenzaba
un pajarito, mañana compraba un colgante… siempre con algún detallito.
A Lu
Zhui le gustaban sus regalos, y también esas pequeñas travesuras infantiles. La
luz de la mañana calentaba el ambiente, y el pincel se deslizaba lentamente
sobre el papel. Su ánimo se aquietó, como si solo existiera ese pequeño mundo
sobre la mesa.
Su
caligrafía no era inferior a la de Wen Liunian; años de artes marciales le
daban a sus trazos una fuerza que la gente común no podía imitar. Era como la
espada de la familia Lu: amplia, desbordada, indómita, con una belleza áspera y
salvaje… muy distinta a su propio temperamento.
Xiao
Lan lo rodeó por detrás y cubrió suavemente sus manos.
Lu
Zhui sonrió.
—¿Ya
hablaste con mi padre?
—Sí
—respondió Xiao Lan—. ¿Por qué te dio por escribir?
—No
tengo nada que hacer, y no me dejaste acompañarte —Lu Zhui escribió dos caracteres
guiados por él—. Estás copiando mi estilo.
—Hmm…
sí se parece un poco —Xiao Lan detuvo la mano.
—Tonto,
si yo te enseñé —dijo Lu Zhui—. De niño eras un desastre, no querías estudiar
ni escribir, solo aceptabas aprender conmigo.
—Dices
eso como si fueras mucho mayor que yo —Xiao Lan apoyó la barbilla en su
hombro—. ¿Estás cansado? Si lo estás, descansa.
—¿Crees
que soy tan frágil? —Lu Zhui dejó el pincel—. Cuando estábamos en el Acantilado
Chaomu, con fiebre y dolor de cabeza, aun así escribí cientos de pareados.
—¿Había
tantas casas en el acantilado? —Xiao Lan se sorprendió.
—Claro
que no. Los vendía en la ciudad —Lu Zhui se rio—. Aunque nos llamaran bandidos,
cuando no había dinero no podíamos salir a robar de verdad. Justo era fin de
año, así que pensé en vender pareados.
En
aquel entonces, Wen Liunian aún no había sido trasladado. La ciudad de Cangmang
estaba en ruinas: calles con baches, techos derrumbados, la gente sin nada para
comer. ¿Cómo iban a gastar dinero en pareados? Incluso las familias un poco más
acomodadas, al ver esos trazos salvajes y enmarañados, incapaces de distinguir
“Que los años traigan longevidad” o “Que la primavera llene el mundo de
bendiciones”, tampoco querían comprarlos. Los miraban con desdén.
—Perdí
un montón —Lu Zhui suspiró—. El papel rojo me costó una fortuna.
Xiao
Lan no sabía si reír o abrazarlo más fuerte. Lo estrechó y lo meció un poco.
—¿Cuándo
vuelves a la tumba Mingyue? —preguntó Lu Zhui.
—Ahora
mismo —Xiao Lan lo giró hacia él—. Cuídate bien. Quédate tranquilo en la
Mansión del Sol y la Luna esperándome.
—Tú
también —dijo Lu Zhui—. No te lastimes.
Solo
esas pocas palabras, pero contenían demasiada preocupación y demasiada pena. Él
había sufrido muchas heridas, y sabía bien lo que dolían; por eso deseaba que
la persona que amaba regresara sana y salva. Aunque fallara la misión, aunque
todo se viniera abajo, con tal de que no resultara herido.
Xiao
Lan lo miró a los ojos, pasó una mano por su pálida mejilla y se inclinó para
besarlo.
Su
pequeño Mingyu era la persona más cálida del mundo, y también la más dulce.
Lu
Zhui hizo un poco de fuerza y lo apartó.
—Ya
deberías irte.
Xiao
Lan le acomodó bien la capa.
—¿Tienes
frío?
Lu
Zhui negó y señaló el cielo.
—Hay
un solazo. ¿Qué frío?
Xiao
Lan tomó su mano entre las suyas.
—Si mi
padre te ve… —Lu Zhui tiró con fuerza para soltarla—. No molestes. Vete ya.
Xiao
Lan suspiró.
—¿Sabes
cómo tienes la cara ahora? No solo yo: ni un ciego se dejaría engañar.
Lu
Zhui: “…”
Xiao
Lan lo levantó en brazos sin previo aviso y entró a grandes pasos en la
habitación interior.
Lu
Zhui, sin más remedio, cedió. Se aferró a su ropa, mientras la vista se le
oscurecía un instante.
No
sabía de dónde venía ese frío repentino. Hacía apenas un momento estaba bien,
pero cuando notó la incomodidad, ya era tarde: una hoja de hielo, afilada y
penetrante, estalló dentro de su pecho, congelando buena parte de su sangre.


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