Capítulo
134: Una Linterna de Loto Rojo.
Haz lo
que quieras.
Aunque estaba envuelto en gruesas mantas, no lograba expulsar las oleadas de frío que seguían brotando sin descanso. En pocos instantes, los labios de Lu Zhui ya se habían puesto lívidos, los dedos se le entumecían, y con cada respiración la sangre parecía congelarse capa tras capa.
Xiao
Lan apoyó la palma en su pecho y murmuró:
—Estoy
aquí. No tengas miedo.
Lu
Zhui respiraba con dificultad, la boca entreabierta. Lo miró a los ojos y
parpadeó con todas sus fuerzas.
No
tenía miedo.
El qi
verdadero y los meridianos se entrelazaron, abriendo de nuevo los puntos
bloqueados. El hielo que le oprimía el corazón empezó por fin a derretirse.
Cuando los demás llegaron tras recibir la noticia, Xiao Lan ya había terminado
de tratarlo y le limpiaba con una toalla tibia el sudor frío de la frente.
—¿Qué
ha pasado? —Lu Wuming se sentó de inmediato junto a la cama y le tomó la mano—.
¡Mingyu!
—Padre…
—la voz de Lu Zhui era áspera—. Estoy bien.
Lu
Wuming le tomó el pulso. Era débil y lento, pero al menos no había rastro de
energía maligna descontrolada. El corazón no parecía dañado; era simplemente la
debilidad tras un ataque severo.
Xiao
Lan sirvió una taza de té caliente y, con una cucharita, se la dio para
humedecerle la garganta.
—Dormiré
y ya —Lu Zhui agitó la mano—. Es una vieja dolencia. No se preocupen.
Dormir
una noche solo haría que el veneno frío volviera a esconderse. Podía reaparecer
en cualquier momento. Todos en la habitación lo sabían, pero nadie lo dijo.
Solo Xiao Lan le acomodó las mantas y habló en voz baja:
—Sé
bueno. Duerme un poco.
El
dolor del ataque le había consumido demasiada energía. Esta vez, Lu Zhui se
durmió muy rápido… o más bien, se desmayó con suavidad. En ese mundo oscuro y
dulce, sus manos y pies, antes helados como cuchillas de hielo, por fin
empezaron a calentarse. El sueño se volvió más profundo y tranquilo.
Xiao
Lan le envolvió los pies con una mantita, añadió otra capa de cobijas y salió
de la habitación sin hacer ruido.
Lu
Wuming lo esperaba en el patio.
—¿Qué
opinas?
—Cuando
estuvimos en la Montaña Qingcang, Mingyu también sufrió un ataque, pero fue
leve. Solo sintió frío y necesitó abrigarse más —explicó Xiao Lan—. Pero según
lo que vimos hoy, el peor escenario es que el veneno frío esté empezando a
extenderse.
El
rostro de Lu Wuming se volvió ceniciento. No dijo nada.
—Pero
Mingyu es un artista marcial. Su base no es tan débil —continuó Xiao Lan—. Si
descansa unos días y vamos cuanto antes a la Mansión del Sol y la Luna, con el médico
divino Ye allí, la situación mejorará mucho.
—¿Y
tú? —preguntó Lu Wuming.
—Me
quedaré aquí —respondió Xiao Lan—. Necesito averiguar qué veneno es exactamente
el que lo afecta.
Lu
Wuming observó al muchacho frente a él. Aunque aún le quedaban dudas, no tenía
otra opción. Ya no era el maestro poderoso de antaño, capaz de mover montañas
con una orden. Cao Xü, su viejo subordinado, no era más que el jefe de un
pequeño clan. En tiempos tan turbulentos, debía escoltar a su hijo al sur para
buscar tratamiento, investigar el origen del veneno y vigilar la tumba Mingyue.
Aunque tuviera tres cabezas y seis brazos, no podría con todo.
—Señor,
confíe en mí —le
dijo Xiao Lan.
Lu
Wuming le dio unas palmadas en el hombro y suspiró.
—Entonces
este lío te lo dejo a ti.
Xiao
Lan asintió.
—No
defraudaré al señor.
«Tampoco
defraudaré a la persona que amo.»
Más
tarde, Yao Xiaotao también vino corriendo a visitar a Lu Zhui. Incluso había
comprado una enorme olla de sopa de pollo en la taberna, que su esposo cargó
durante todo el camino.
—Señorita
Yao —Lu Zhui, que ya había tomado la medicina, estaba recostado contra el
cabecero con un calentador entre los brazos, bostezando. Quizá por la luz de la
lámpara, su rostro ya no parecía tan pálido como durante el día.
—¿Está
bien, joven maestro Lu? —preguntó Yao Xiaotao, preocupada—. Cuando el jefe Cao
me lo contó, casi me muero del susto.
—Estoy
bien. Yo tengo buena suerte —sonrió Lu Zhui—. Pensaba ir esta noche a visitar
al tío Cao y a todos ustedes, pero al final fue al revés: ahora ustedes vienen
a ver a este pobre enfermo.
—¿Nos
buscaba por algo? —preguntó Yao Xiaotao.
—Para
despedirme —dijo Lu Zhui.
Shu
Yiyong, que había cargado la olla de sopa todo el camino y estaba de mal humor,
se quedó helado.
—¿Despedirse?
¿El joven Mingyu se va?
—Lamento
mucho esto —Lu Zhui se incorporó un poco—. El veneno frío volvió a atacarme y
no puedo aguantar más. Debo regresar a la Mansión de Sol y la Luna.
Shu
Yiyong quedó sin palabras.
Si
realmente estaba enfermo, no podía objetar. Pero ¿por qué justo ahora? Y si él
se iba, ¿cómo iban a cooperar las dos facciones? ¿Y qué harían con la tumba Mingyue?
—Aunque
yo me vaya, no abandonaré el asunto de la tumba Mingyue —continuó Lu Zhui—. En
adelante, pueden discutirlo con Xiao Lan.
—¿Xiao
Lan? ¿Es… el otro joven maestro muy… bueno? —preguntó Yao Xiaotao.
Iba a
decir “muy guapo”, pero al ver a su marido con la olla en brazos, decidió
tragarse la mitad de la frase.
Shu
Yiyong no sabía si reír o llorar.
—Sí
—asintió Lu Zhui—. Él conoce la tumba Mingyue mejor que yo, y su identidad es
más conveniente. No retrasará nada.
Al oír
“no retrasará nada”, el rostro de Shu Yiyong se relajó mucho. Incluso pensó que
quizá era mejor que Lu Zhui se fuera… así su esposa dejaría de suspirar por él
todos los días.
Antes
no lo había notado, pero ahora que su hijo se marchaba, Lu Wuming descubrió que
había mucha más gente encariñada con él de lo que imaginaba.
Tras
despedir a Yao Xiaotao, llegó Tie Yanyan, luego el grupo de la cueva. Y al día
siguiente, antes de partir, Tao Yu’er llegó con Ah Liu y Yue Dadao. Tomó la
mano de Lu Zhui y suspiró.
—Apenas
llevas unos días fuera, ¿cómo es que ya estás más delgado?
—Mejor
así —dijo Lu Zhui—. Inspira ternura.
—Tonterías
—Tao Yu’er tomó el cuenco de medicina y empezó a darle cucharadas—. No deberías
haber venido a la tumba Mignyue. Si te hubieras quedado en la Mansión del Sol y
la Luna recuperándote, quizá ya estarías sano. Cuando vuelvas, tendrás que
calmarte y cuidarte de verdad.
—Está
bien —dijo Lu Zhui—. Qué amargo.
—La
buena medicina siempre es amarga —rio Tao Yu’er—. Con razón a Lan’er le gustas.
Esa carita como un gatito.
—Estos
días usted también sufrió en la cueva —Lu Zhui se incorporó un poco. Aunque era
amplia, no dejaba de ser una cueva. Cuando soplaba el viento por la noche, todo
alrededor lloraba como un lamento.
—Con
Dadao acompañándome, ¿cómo iba a sufrir? Me encanta —dijo Tao Yu’er con
emoción—. Todo lo que quise tener de joven y no pude, ella lo tiene. Solo verla
me alegra.
—¿Y Ah
Liu? ¿No le gusta? —preguntó Lu Zhui.
Tao Yu’er
bromeó:
—Se
pasa el día arrastrando a Dadao de un lado a otro. Claro que me molesta. Pero
si lo echo, ¿quién cocina? Así que me lo quedo.
Lu
Zhui rio con ella, escuchando sus historias triviales: lo que había pasado en
la cueva, dónde habían florecido las plantas, dónde habían salido frutos, qué
trampa atrapó un conejo durante tres días antes de rescatarlo.
Una
cosa tras otra, interminables.
Tao Yu’er
se secó las lágrimas con la manga, pero seguía sonriendo.
La
habitación quedó en silencio.
Lu
Zhui no dijo nada. Seguía recostado de lado, como si aún esperara escuchar más
historias.
Tao Yu’er
suspiró.
—¿Verdad
que dejaste a todos conmigo a propósito?
Lu
Zhui no lo negó.
—Estos
días… son muy buenos.
Tao Yu’er
lo miró, un poco perdida.
«Sí.
Muy buenos.»
Tener
una hija atenta, un yerno no muy espabilado, una familia que en la montaña lava
arroz, cocina, conversa de cosas cotidianas… y siempre con el sol cayendo sobre
los hombros, la llanura dorada brillando en fragmentos, las nubes suaves como
algodón.
Una
vida de inmortales no sería mejor que eso.
Era
como volver a los días justo después de casarse: hogar, hijo, armonía. Pero si
lo pensaba bien, no era lo mismo. Entonces tenía el corazón oprimido por mil
asuntos; cada vez que recordaba la Linterna del Loto Rojo y la tumba Mingyue,
despertaba en mitad de la noche empapada en sudor frío.
¿Y
ahora?
El
maestro Tao Xin hacía tiempo que había fallecido, y Wunianya ya no tenía nada
que ver con ella. En este mundo, nadie podía obligarla a nada.
¿Para
qué seguir pensando en la tumba Mingyue?
A
diferencia de los demás, su objetivo nunca fue un tesoro raro ni un manual
marcial. Ella solo quería obtener la Linterna del Loto Rojo, abrir la
tumba y demostrarle a su maestro y a sus compañeros que no era indecisa, que no
era una inútil.
Pero
¿tenía sentido esa búsqueda?
Perdió
a su esposo, abandonó cruelmente a su único hijo, desperdició más de diez años
de su mejor juventud, ocultando su nombre, tragando amargura… ¿solo para que un
maestro muerto y unos compañeros que jamás se preocuparon por ella vieran con
sus propios ojos que había abierto la tumba Mingyue?
Quizá
había estado loca durante décadas.
—Señora
—Lu Zhui abrazó una almohada—. Cuando Ah Liu y Dadao vuelvan, seguro se casan.
Y cuando tengan hijos… ¿cómo deben llamarla? ¿Bisabuela? ¿Abuela?
Solo
de pensarlo se angustiaba.
—Tonto
—Tao Yu’er se secó las lágrimas y lo atrajo a su pecho, dándole unas palmaditas
como cuando era niño—. Ya lo sabes, ¿verdad? Lo que pasó en la Ciudad
Huishuang.
Ella
misma había difundido el rumor: que Lu Zhui era más importante que la Linterna
del Loto Rojo, para atraer a Lu Wuming y forzar a que salieran más secretos
de la tumba Mingyue.
Lu
Zhui negó.
—No sé
nada.
—Tengo
algo que darte —dijo Tao Yu’er.
—¿Qué
cosa? —Lu Zhui se incorporó.
Tao Yu’er
abrió la caja de comida. Dentro no había comida, sino una Linterna de Loto Rojo,
la misma que le había arrebatado a Fei Ling y que siempre llevaba consigo.
Lu
Zhui no se sorprendió. Sonrió.
—Gracias,
señora.
—¿Y la
otra? —preguntó Tao Yu’er.
—Está
en manos de Fu. La conseguiré tarde o temprano —respondió Lu Zhui.
—No
tú. Lan’er. También debes dejar que él haga cosas —dijo Tao Yu’er—. Si lo
consientes demasiado, luego te va a pisotear.
Lu
Zhui rio.
—Está
bien.
—¿Cuándo
piensas destruir la tumba Mingyue? —preguntó ella.
Pero
Lu Zhui negó.
—Quiero
abrirla.
Tao Yu’er
se quedó helada. Había estado en la montaña y no sabía que el plan había
cambiado.
Los
ojos de Lu Zhui brillaban. Le contó todo lo que tenía en mente.
Cuando
terminó, Tao Yu’er lo miró con una mezcla de emoción y desconcierto.
—Señora
—dijo Lu Zhui—. Puedo lograrlo.
—Claro
que puedes —Tao Yu’er le tomó la mano y la apretó con fuerza.
Años
empuñando la espada habían dejado callos finos en sus dedos. Y quizá por el
veneno frío, estaban más helados de lo normal. Pero esas manos delgadas
parecían contener una fuerza inmensa, una fuerza que, junto con la luz joven de
sus ojos, se extendía hacia la vasta llanura, sembrando en el mundo incontables
llamas que no podían extinguirse.
Así es
como debe vivir una persona: incluso si la desgracia la arrasó, seguir siendo
buena y valiente, sabia y firme, con una fe imposible de destruir.
Como
una luz cálida.
—Tú y
Lan’er hagan lo que quieran hacer —dijo Tao Yu’er—. Si el cielo se cae, yo lo
sostendré por ustedes.
Lu
Zhui negó.
—El
cielo no se caerá.
«No
solo no se caerá: algún día, las nubes se disiparán y la luz brillará por miles
de li.»


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