Capítulo
126: Mechón de Pelo.
Gran
Tesoro.
De
regreso en la residencia del Primer Ministro, Wen Liunian seguía con el ceño
fruncido. Se acuclilló junto al estanque, mirando a las carpas, sin ganas de
comer ni beber.
—¿Qué
te dio de comer el Emperador Chu esta vez? —preguntó Zhao Yue.
Wen
Liunian suspiró profundamente.
—Nada.
Zhao
Yue no le creyó ni un poco. Cada vez que Wen Liunian volvía del palacio
imperial, venía con el estómago lleno de manjares, dulces y frutas, y luego se
quejaba de dolor de barriga. Lo había regañado muchas veces, sin éxito. A saber,
qué afición extraña tenía el Emperador.
—De
verdad no comí —Wen Liunian se dejó caer sentado en el suelo—. Tengo
preocupaciones.
—¿Preocupaciones?
—Zhao Yue sonrió—. ¿Otra vez hiciste enojar a algún viejo funcionario y quieres
que te acompañe a disculparte?
Wen
Liunian: “…”
«No,
no, esta vez no.»
—Habla
—dijo Zhao Yue, dándole una palmada en la espalda.
—Es
por el Segundo Jefe Lu —dijo Wen Liunian.
Zhao
Yue frunció el ceño.
—¿Qué
pasó con Lu Zhui?
—Él no
hizo nada. Es el Emperador Chu… El Emperador le echó el ojo —Wen Liunian puso
cara de tragedia—. Dice que no hay buenos generales en la corte imperial y
quiere saber cuándo vuelve el Segundo Jefe Lu.
—No.
Tienes que convencer al Emperador Chu de que abandone esa idea —Zhao Yue negó
rotundamente—. Él no quiere cargos oficiales y está enfermo. Si no regresa
pronto, yo mismo pensaba ir a la Tumba Mingyue a buscarlo. Con esa tos que
parece que va a escupir sangre… ¿cómo va a comandar un ejército?
—Eso
mismo dije yo. Pero el Emperador Chu dijo que, si el Segundo Jefe Lu no sirve,
Xiao Lan también sirve —respondió Wen Liunian.
Zhao
Yue no sabía si reír o enfadarse. «De Lu Zhui, al menos, el Emperador Chu lo
había visto en un banquete y sabía quién era. ¿Pero Xiao Lan? Ni él mismo lo
conoce. ¿Y solo porque tiene buena técnica marcial ya quieren hacerlo general?»
—No lo
pondrá al mando de miles de soldados de inmediato —explicó Wen Liunian,
adivinando su pensamiento—. El Emperador Chu solo quiere observarlo primero.
¿Qué opinas?
—No
conocemos bien a Xiao Lan. ¿Qué podemos opinar? —Zhao Yue suspiró—. Enviemos
una carta primero. Si él quiere, bien. No podemos decidir por él.
—…Está
bien —Wen Liunian lo pensó—. La Tumba Mingyue tarde o temprano será demolida.
Cuando eso pase, Xiao Lan no tendrá nada que hacer. Si quiere servir al país,
no estaría mal.
—Vamos,
comamos primero —dijo Zhao Yue—. Después tengo algo que decirte.
Wen
Liunian se levantó, se sacudió la ropa y lo siguió.
***
En
otro lugar, Lu Zhui se despidió de Xiao Lan y cabalgó de vuelta a la Ciudad
Yangzhi.
Era el
atardecer. El cielo tenía pocas estrellas y una luna fina. La montaña estaba
silenciosa, la hierba brillaba bajo la luz tenue. El viento agitaba los pastos
plateados, y detrás de él se levantaba un enjambre de luciérnagas, como un
cuadro viviente.
Lu
Zhui nunca había pensado que un paisaje otoñal tan común pudiera ser tan
hermoso. Claro que quizá era porque la persona en su corazón era demasiado
buena y el futuro que habían prometido, era demasiado hermoso. Así, todo lo que
veía parecía maravilloso.
El
caballo voló como una flecha, llevándolo de vuelta a la Ciudad Yangzhi junto
con la luz del amanecer.
En el
patio, Lu Wuming frunció el ceño.
—Mírate,
lleno de tierra. ¿No podías sacudirte un poco?
Lu
Zhui ató el caballo al árbol y sonrió.
—Tengo
hambre.
Las
palabras que Lu Wuming iba a decir se le quedaron atoradas. Lo mandó a bañarse
y él mismo fue a la cocina a prepararle comida.
—Lord
Wen envió una carta para ti —le dijo mientras Lu Zhui comía.
—Debe
ser por lo de la Tumba Mingyue —respondió Lu Zhui, mordiendo un bollo.
—¿La
Tumba Mingyue? —Lu Wuming se disgustó—. Ese es asunto de la familia Lu. ¿Qué
tiene que ver con otros?
—Padre
—Lu Zhui dejó los palillos—. Tengo algo que decir.
Pero
Lu Wuming dijo:
—Come
primero.
Lu
Zhui sonrió.
—Está
bien.
Y
siguió comiendo sus gachas, tranquilo.
Los
pájaros del árbol alzaron el vuelo, dejando tras de sí un silencio profundo,
tan incierto como el ánimo de Lu Wuming. Desde que llegó aquella carta, había
tenido una sospecha vaga, aunque se consolaba pensando que quizá se trataba de
otro asunto. Al fin y al cabo, Lu Zhui había vivido muchos años en Wang Cheng;
su vida no giraba únicamente en torno a la Tumba Mingyue.
Pero
ahora que lo oía mencionarlo por iniciativa propia, su intuición se confirmó
aún más: quienes tenían los ojos puestos en la tumba Mingyue no eran solo los
del Jianghu.
Lu
Zhui dejó el cuenco.
—Ya
terminé.
Lu
Wuming lo miró sin hablar, con ganas de suspirar.
—Años
de guerra han vaciado el tesoro imperial —dijo Lu Zhui—. Pero el Emperador Chu no
ha exigido nada. Solo pidió a Lord Wen que insinuara el asunto una vez. Si
realmente hay un tesoro, enterrado no sirve de nada. Sacarlo podría mejorar la
vida del pueblo.
—¿Y tú
qué piensas? —preguntó Lu Wuming.
—Antes
no estaba de acuerdo. Solo quería cumplir su orden y destruir la tumba Mingyue
—respondió Lu Zhui—. Por eso rechacé a Lord Wen y nunca mencioné nada a nadie.
—Entonces
sigue así —dijo Lu Wuming.
—Padre
—Lu Zhui lo miró de frente—. ¿Puedo abrir la Tumba Mingyue?
El
rostro de Lu Wuming se ensombreció al instante.
—El
Emperador Chu solo quiere oro y plata —continuó Lu Zhui—. Pero yo quiero más.
Esta vez encontré los tigres de hierro.
—¿Y
qué con eso? —replicó Lu Wuming.
—Esa
tumba no es solo el mausoleo de los Lu —dijo Lu Zhui—. Es el reflejo de una era
entera.
—¡Disparates!
—Lu Wuming se levantó.
—La
tumba fue construida durante años. Guarda los tesoros más valiosos de aquel
tiempo: no solo oro y plata, sino técnicas mecánicas, mapas hidráulicos,
herbarios, métodos agrícolas… incluso caligrafía y música. Todo lo que un Emperador
debía llevarse consigo al morir.
La
guerra arrasó con el país entero. Si algo sobrevivió, solo pudo ser dentro de
la Tumba Mingyue.
Lu
Wuming se marchó agitando sus mangas.
Lu
Zhui exhaló hondo. Ya esperaba ese resultado, así que no estaba realmente
decepcionado.
«Poco
a poco.»
La
carta de Wen Liunian era un fajo grueso. Las primeras páginas estaban llenas de
consejos sobre comida, ropa y salud. Solo en la última mencionaba la tumba
Mingyue, de forma vaga, diciendo que, si al destruirla aparecía plata, que por
favor no la destruyera.
Lu
Zhui no pudo evitar reír. Podía imaginar perfectamente la cara de sufrimiento
de Lord Wen al escribirla después de ser interrogado por el Emperador Chu.
El
monje Faci pasó por la puerta del patio, sonriendo.
—Joven
maestro Mingyu.
—¿El
monje se marcha? —preguntó Lu Zhui, sorprendido.
—Debo
viajar lejos a visitar a mi shifu —dijo Faci, levantando su fardo—. Y qué
coincidencia, justo hoy regresa el joven maestro Mingyu. Aún puedo verlo una
vez más.
—¿Quiere
tomar una taza de té? —invitó Lu Zhui.
—Por
supuesto —Faci se sentó frente a él—. El té del joven maestro Mingyu siempre es
bueno. Hay que aprovechar.
Lu
Zhui calentó agua de pozo y la vertió lentamente en la tetera de barro.
Faci
negó con la cabeza.
—Con
el corazón inquieto, el té pierde aroma. En vez de desperdiciarlo, mejor
regáleme esas hojas.
—Si al
monje le gustan, lléveselas —dijo Lu Zhui sin dudar—. Pero debe ayudarme con
algo.
Faci
guardó el té en la manga, encantado.
—Diga,
joven maestro.
—¿Podría
leerme la suerte? —preguntó Lu Zhui.
Faci
se puso serio.
—Leer
la suerte… acorta la vida.
—¿La
tuya o la mía? —preguntó Lu Zhui.
—De
ambos —respondió el monje Faci.
Lu
Zhui: “…”
—El
éxito depende del hombre, no del cielo —Faci bajó la voz—. Además, en todo el
Gran Chu… ¿cuántos jóvenes como el joven señor Mingyu puede haber? El cielo no
sería tan cruel como para llevárselo. Si desea hacer algo, hágalo. Todo será
correcto.
—¿Todo
lo que quiero hacer es correcto? —Lu Zhui sonrió y negó con la cabeza—. Le
pregunto con sinceridad. ¿Cómo puede contestar con tanta ligereza?
—Este
humilde monje también responde con sinceridad —Faci se puso de pie—. Si algún
día necesita ayuda, solo dígalo.
—¿Con
solo decirlo vendrá a ayudarme? —preguntó Lu Zhui.
Faci
tosió dos veces.
—Si lo
dice, este humilde monje recitará un Sutra por usted, deseándole que
encuentre pronto a alguien que sí pueda ayudarlo.
Lu
Zhui extendió la mano.
—Devuélvame
el té.
Por
supuesto, Faci no pensaba devolverlo. Se cubrió la manga con firmeza y, en
cambio, le entregó a la fuerza un pequeño fardo de tela, asegurando que era un
“gran tesoro”, antes de salir corriendo. Para ser tan gordito, desapareció
sorprendentemente rápido.
«Dentro
del fardo había un mechón de… ¿pelo? ¿lana?»
Lu
Zhui lo levantó con unas pinzas: medía lo que un dedo, blanco como la nieve,
con algunas hebras doradas mezcladas.
Lu
Zhui: “…”
No
parecía un buen regalo.
***
En la
Tumba Mingyue, Xiao Lan hojeaba un libro al azar. Kong Kong Miaoshou daba
vueltas a su alrededor, tres o cuatro veces, hasta que no pudo contenerse:
—Lu
Mingyu, oye, Lu Mingyu… estos días, ¿qué han estado haciendo tú y él?
—¿De
verdad quiere saberlo? —preguntó Xiao Lan.
Kong
Kong Miaoshou: “…”
Xiao
Lan sonrió.
—Lo
quiero. Él me quiere. ¿Qué más podríamos hacer?
A Kong
Kong Miaoshou se le erizó la piel entera. Si no fuera porque estaban en la
Tumba Mingyue, habría gritado.
—Ya
basta —Xiao Lan cerró el libro—. Hablemos de algo serio.
—¿Qué
cosa seria? — Kong Kong Miaoshou por fin dejó de dar vueltas y se sentó.
—¿Qué
ha estado haciendo mi madre últimamente? —preguntó Xiao Lan—. ¿Por qué no ha
habido ningún movimiento?
—¿Y no
es bueno que no haya movimiento? —Kong Kong Miaoshou negó con la cabeza—.
¿Quieres que arme un escándalo?
Xiao
Lan golpeó la mesa con los dedos.
—No la
conozco bien —dijo Kong Kong Miaoshou—, pero esta vez que salí a verla, parecía
vivir bastante cómoda. Solo quedan ella, la muchacha y Ah Liu. La cueva está
tan arreglada que parece casa de terrateniente. Nada que ver con una secta
malvada.
Xiao
Lan: “…”
—Seguro
fue idea de Lu Mingyu —continuó Kong Kong Miaoshou—. La muchacha consiguió
sedas y agujas de quién sabe dónde, y se pasa el día pegada a tu madre para
aprender a coser. Le hace la pelota sin parar. Las dos pasan el día bordando,
tomando el sol y charlando. Parece que ya olvidaron por completo la Tumba
Mingyue. Puede que hasta te hayan olvidado a ti.
—¿Así?
—Xiao Lan soltó una risa—. Mejor.
—Al
final, no deja de ser una mujer —dijo Kong Kong Miaoshou con desdén—. No puedes
contar con ella.
Xiao
Lan no respondió a eso. En cambio, dijo:
—Señor,
enséñeme técnicas de mecanismos.
Los
ojos de Kong Kong Miaoshou brillaron.
—¿Quieres
aprender?
Xiao
Lan asintió.
—Quiero
aprender.
—Bien,
bien, bien. Si quieres aprender, perfecto — Kong Kong Miaoshou estaba tan feliz
que casi se atraganta con su propia saliva. Se frotó las manos, sin saber por
dónde empezar.
«Si
ahora quiere aprender mecanismos, quizá algún día quiera tener hijos. No hay
que apresurarlo. Paso a paso.»
—No
hace falta esperar a volver al Mar del Norte —dijo Xiao Lan—. Quiero aprender
ahora.
—Como
gustes —Kong Kong Miaoshou se levantó de un golpe—. Espera aquí. Iré a buscar
las herramientas.


Comentarios
Publicar un comentario
Deja tu opinión ❤️