RT 127

   


Capítulo 127: Gente de las regiones occidentales.

Ven y ayúdame a leer el pequeño libro de cuentos.

 

 

Durante cientos de años, las artes de saqueo de tumbas de la familia Miaoshou habían alcanzado un nivel insuperable. Sus herramientas eran innumerables; cuando las alineó sobre la mesa, cada una era más fina y precisa que la anterior, brillando como un tesoro.

 

Xiao Lan tomó unas pinzas.

—¿Cuánto cree el anciano que tardaré en aprender?

 

—¿Aprender? —Kong Kong Miaoshou soltó una risita—. Este oficio no es sencillo. Dentro de una tumba hay mecanismos de todo tipo. Debes empezar por lo básico. Entrar es fácil; dominarlo, difícil. Si te descuidas… puedes acabar muerto. En un pasadizo oscuro, nadie vendrá a salvarte.

 

Xiao Lan asintió.

—Gracias.

 

—¿Y por qué quieres aprender de repente? —preguntó Kong Kong Miaoshou.

 

—Porque quiero abrir la Tumba Mingyue —respondió Xiao Lan.

 

Si antes Kong Kong Miaoshou estaba contento, ahora casi lloraba de alegría. Le temblaban las manos y los pies, como si fuera a desmayarse.

 

—Señor, ¿puede calmarse un poco? —preguntó Xiao Lan.

 

—¡Por fin te iluminaste! —Kong Kong Miaoshou empezó a dar vueltas por la habitación, luego arrastró una silla y se sentó frente a él, mirándolo con una sonrisa bobalicona.

 

Xiao Lan: “…”

 

—Mingyu también quiere abrir la tumba Mingyue —añadió Xiao Lan.

 

—¿Así que él te lo dijo? Bien, bien, da igual quién te convenció. ¡Lo importante es que quieras aprender! —Kong Kong Miaoshou le metió una pequeña daga plateada en la mano—. Prueba esta. La hice especialmente para ti. Corta un cabello al vuelo. Nada puede resistirla.

 

Y eso era solo el principio. Tenía tantas cosas que quería enseñarle a Xiao Lan, antes de que la vista le fallara o las manos le temblaran. Si pudiera, aprendería la técnica de Fu para traspasar almas y meterle todo su conocimiento de golpe.

 

—¿Y el anillo de nieve? —preguntó Xiao Lan de pronto.

 

—¡Bah! eso puede esperar —dijo Kong Kong Miaoshou—. Ya vi dónde lo guarda esa vieja bruja. Cuando quiera, lo tomo con un dedo. No hay prisa.

 

Xiao Lan asintió y tomó el libro que le entregaba: pergamino de piel de oveja, antiguo y gastado. Sabía poco de mecanismos, pero con el anciano Miaoshou como maestro, su punto de partida era más alto que el de cualquiera. No sería tan difícil.

 

***

 

En la Ciudad Yangzhi, Lu Zhui también estaba leyendo un libro viejo.

 

Tie Yanyan se sentaba frente a él, retorciendo un pañuelo, entre nerviosa y emocionada. No se atrevía a mirar, pero tampoco quería perder la oportunidad. «Total, ya no me voy a casar» pensó. «Si no lo miro ahora, es como perder dinero.»

 

Mientras ella dudaba, Lu Zhui cerró el libro y sonrió.

—Gracias, señorita Tie.

 

—No, no, no hay de qué. Lo compré al azar. Yo no lo entiendo, pero sabía que a usted le gustaría —dijo Tie Yanyan, y luego preguntó con curiosidad—: ¿Qué dice?

 

—Cuenta una historia de hace muchos años —respondió Lu Zhui.

 

—Ah… solo un cuento popular —Tie Yanyan se desinfló un poco—. Pensé que sería algo importante. En boca de los cuentacuentos, hasta un libro roto parece valioso.

 

Pero de pronto se puso tensa. 

«¿Y si es un libro de historias… de “esas historias”?»

 

«Ay no, qué vergüenza. ¿Por qué no pensé en eso antes? Me va a dar algo.»

 

—¿Quiere escucharlo? —preguntó Lu Zhui.

 

—¿Puedo? —Tie Yanyan asintió rápido—. Sí, claro.

 

—Hace muchos, muchos años, había una joven. Era muy hermosa —dijo Lu Zhui, cerrando el libro—. Era una época de guerra. Cuando tenía diecisiete años, unos soldados bravucones llegaron a su aldea y se la llevaron.

 

Tie Yanyan frunció el ceño.

 

—Al principio la trataron bien —continuó Lu Zhui—. Le dieron una buena casa, incluso le enseñaron artes marciales y a leer.

 

—¿Por qué eran tan buenos con ella? —preguntó Tie Yanyan.

 

—Porque querían usarla para matar —respondió Lu Zhui—. Ella perdió su nombre y se convirtió en una sombra. La sombra de la Dama de Jade Blanco.

 

Tie Yanyan abrió los ojos de par en par.

—¿A quién debía matar?

 

—A quienes esos soldados querían atraer a su bando, pero no podían —dijo Lu Zhui—. Nadie se preocupaba por la vida de la muchacha. Si cumplía la misión, podía volver a su vida cómoda. Si fallaba y moría afuera… solo era una sombra.

 

—¿No podía huir? —la voz de Tie Yanyan tembló.

 

—La envenenaron. Si no tomaba el antídoto a tiempo, moriría —explicó Lu Zhui—. La gente quiere vivir. Si hubiera querido morir, no habría aceptado esas misiones sucias.

 

—¿Y al final? ¿Se liberó? —preguntó Tie Yanyan, casi en un susurro.

 

—Su alma se dispersó en el campo de batalla. Eso también es una forma de liberación —dijo Lu Zhui.

 

Tie Yanyan bajó la cabeza, apretando el pañuelo.

—Si hubiera sabido que era una historia tan triste, no se la habría dado al joven maestro Lu. Yo solo quería… alegrarlo un poco.

 

—Es triste, sí —sonrió Lu Zhui—. Pero para mí es muy útil. Confirma algunas sospechas que tenía. Gracias.

 

—¿De verdad? —Tie Yanyan agitó la mano—. Si le gusta, me alegro. Total, no costó casi nada.

 

—¿Dónde lo compró? —preguntó Lu Zhui.

 

—En la librería Mohai, al oeste de la ciudad. Es la más grande de aquí. Muy fácil de encontrar.

 

Lu Zhui asintió.

—Debo ir a verla. Quizá encuentre más cosas.

 

—¿Ya se va? —Tie Yanyan se entristeció un poco.

«Tan guapo…»

 

—Aún es temprano. Podemos charlar un rato —Lu Zhui se sirvió té y sonrió—. Escuché al monje Faci decir que la señorita quiere elegir esposo.

 

Yie Yanyan: “…”

 

Tie Yanyan casi saltó de la silla. Su cara se puso roja como una granada. Recordó sus tonterías de “quiero casarme con alguien como el joven maestro Lu” y deseó poder enterrarse viva.

 

«¡Ese monje gordo! ¡Es un chismoso!»

 

—Perdone mi atrevimiento —dijo Lu Zhui, ofreciéndole una taza de té—. Pero hay algo que quiero decir. Cuando una mujer se casa, debe elegir a alguien que la trate bien, de corazón. No solo a alguien guapo. ¿Sí?

 

Tie Yanyan asintió torpemente.

 

—No es vergonzoso querer casarse conmigo —añadió Lu Zhui con descaro elegante—. En la capital, mucha gente quiere casarse conmigo.

 

Tie Yanyan soltó una risita.

—¿De verdad?

 

—De verdad —dijo Lu Zhui—. Pero esta cara mía solo sirve para mirar. No es buen augurio. De ella salen dos tipos de hombres: libertinos frívolos… o villanos crueles y astutos.

 

Tie Yanyan recordó al hombre del jardín.

 

—Aléjese de él —dijo Lu Zhui suavemente—. ¿Lo sabe?

 

Tie Yanyan se sobresaltó.

 

—¿El joven maestro Lu sabe de quién estoy pensando?

 

Lu Zhui asintió.

 

 

—Lo recordaré —dijo Tie Yanyan tras dudar un instante.

 

—Entonces me retiro —Lu Zhui se levantó—. Señorita Tie, descanse temprano.

 

Tie Yanyan lo siguió con la mirada hasta que desapareció, quedándose absorta junto a la ventana.

 

—Señorita, señorita —la sirvienta la empujó suavemente—. El joven maestro Lu ya se fue.

 

—¿Cómo puede adivinar incluso lo que estoy pensando? —murmuró Tie Yanyan, desanimada—. Tan guapo, tan elegante, tan listo… sabe de letras, sabe de armas. Después de conocer a un hombre así… ¿con quién más podría casarme?

 

Sentía que iba a quedarse en ese Pabellón Xiú toda la vida.

 

—Hay muchos hombres buenos —la sirvienta le cubrió los ojos con la mano—. Usted no los ha encontrado. Cuando los encuentre, en tres días se olvida del joven maestro Lu.

 

Tie Yanyan se dejó caer hacia atrás, aún abatida.

«Quiero casarme…»

 

***

 

Lu Zhui, disfrazado de un sencillo erudito, caminó solo por las calles hasta la librería Mohai. El sol ya se escondía; la ciudad estaba animada. Los puestos callejeros hervían fideos, y el aroma de los aderezos flotaba por todas partes.

 

Compró una brocheta de tofu apestoso y se la comió mientras caminaba.

 

El elegante joven maestro Mingyu jamás admitiría que le gustaba esa cosa que apestaba a diez li de distancia. Pero disfrazado… podía comer cuanto quisiera. Con chile, con cilantro, como más le gustara. Nadie lo reconocería.

 

El dueño de la librería se tapó la nariz.

—Ay, por favor…

 

Lu Zhui tragó el último bocado, se sacudió la ropa y entró.

 

El librero estaba atendiendo a otro cliente y solo lo saludó de pasada. Lu Zhui, encantado de que lo dejaran en paz, revisó los estantes uno por uno. Encontró muy pocos libros útiles; la mayoría eran novelas… de “esas” novelas.

 

«Qué costumbres tiene esta ciudad», pensó, chasqueando la lengua. Tomó uno al azar: con solo ver la ilustración de la portada, ya sabía qué clase de contenido tenía.

 

Estaba por devolverlo cuando el librero apareció detrás de él como un fantasma.

—¿El señor lo quiere comprar?

 

Lu Zhui negó con firmeza.

 

—Entonces déjemelo. El otro cliente lo quiere —el librero se lo arrebató y lo puso sobre una enorme pila en el mostrador.

 

Lu Zhui se sorprendió. Había visto gente comprar novelas… pero no tantas.

«¿No teme… morir de exceso de entusiasmo?»

 

—¿Ve? ¿Es suficiente? —el librero bajó la voz, sonriente—. También tengo cosas más… “intensas”.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Suficiente —dijo el otro cliente.

 

La voz lo sorprendió. 

«¿Ese acento… del occidente?»

 

Desde que Guli Khan fue derrotado, casi no se veían occidentales en el Gran Chu. Incluso los de los países aliados como el Reino Qijue, apenas llegaban a la capital. ¿Qué hacía uno en Yangzhi?

 

El hombre pareció sentir su mirada y se volvió ligeramente.

 

Cabello negro, nariz alta, ojos grises profundos. Un mestizo entre la gente de las Llanuras Centrales y las Regiones Occidentales. Sus ojos eran grises: como un buitre… o un halcón.

 

—¿El joven también quiere comprar? —preguntó el hombre.

 

—¿Yo? No, no. No puedo pagarlo —Lu Zhui levantó el pulgar—. ¡Qué rico es usted!

 

El hombre lo examinó de arriba abajo. Luego dijo:

—Ayúdame con algo.

 

—¿Con qué? —preguntó Lu Zhui.

 

El hombre señaló la montaña de libros en el mostrador.

—Pareces un erudito. Ven a la posada y léemelos.

 

Lu Zhui: “…”


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