RT 125

   

Capítulo 125: Hace falta un buen General.

¿Por qué toda tu gente está enferma?

 

 

El interior hueco de la madera emitió un sonido “susurrante”, como si fuera un tubo largo y estrecho lleno de insectos reptando.

 

Un momento después, Xiao Lan preguntó:

—¿Te dan miedo los insectos?

 

—No… solo que… —Lu Zhui se estremeció y la piel se le erizó—. ¿Lo atrapaste?

 

—Entonces cierra los ojos —Xiao Lan sonrió—. Si no te gustan estas cosas, no los mires. Ya lo tengo.

 

Lu Zhui obedeció… pero no resistió la tentación de abrir una rendija.

 

Un escarabajo enorme se aferraba al dedo de Xiao Lan, con patrones extraños en el lomo.

 

Lu Zhui: “…”

 

Había visto muchos insectos gu siguiendo a Ye Jin, pero los de la Tumba Mingyue eran otra cosa: parecían trozos de barro arrancados de un mural, arrojados al suelo y convertidos en criaturas vivas. Formas irregulares, colores irregulares.

 

—Hay muchos dentro. La boticaria no debería notarlo —Xiao Lan guardó el insecto gu en una bolsita de tela—. Mañana le pediré a Ahun que lo lleve a la Mansión del Sol y la Luna.

 

—Mn —asintió Lu Zhui.

 

—¿Seguimos buscando? —preguntó Xiao Lan—. O, como dije antes, ¿traemos gente y excavamos a plena luz?

 

Lu Zhui lo pensó.

—Si se excava, hay que tener cuidado. Puede haber armas ocultas.

 

Xiao Lan asintió.

—Está bien.

 

Aunque no encontraron la salida, no se podía decir que volvieran con las manos vacías: al menos habían conseguido un insecto gu.

 

Lu Zhui caminaba pensando.

 

Nunca hablaba de su veneno, pero era una espina clavada. Si podía arrancarla pronto, mejor.

«Si querían pasar una vida juntos, primero había que seguir vivos.»

 

—Mañana me iré —dijo Lu Zhui—. Cuídate.

 

Xiao Lan se lavó las manos tres veces antes de responder:

—¿Ya está bien?

 

Lu Zhui rio.

 

—No soy como Lord Wen. Si aparece una cucaracha en su habitación, manda a hervir todas las sábanas tres o cuatro veces.

 

—Envidio a ese Primer Ministro —Xiao Lan le sostuvo los hombros—. Cada vez que lo mencionas, sonríes. Debiste pasarlo muy bien en Wang Cheng y en el Acantilado Chaomu.

 

—Pero entonces no estabas tú —dijo Lu Zhui—. Estaba yo solo, cuidando el restaurante Shanhaiju… por libre que fuera, no tenía gracia.

 

El Acantilado Chaomu era lo más parecido al Jiangnan en verano y otoño. Cuando llegaba la temporada de lluvias, la montaña se llenaba de bruma blanca, como un paraíso inmortal. A mitad del camino había un pabellón antiguo, torcido, con la pintura roja descascarada, dejando ver la madera oscura.

 

Zhao Yue, al ver que Lu Zhui iba allí a sentarse cada dos por tres, quiso mandar a repararlo, pero fue rechazado.

 

—El Gran Jefe no entiende… —Lu Zhui cerró los ojos, escuchando la lluvia—. Hay cosas que solo tienen encanto cuando están viejas.

 

—Sí que tiene encanto —Zhao Yue lo tomó de la muñeca y lo sacó del pabellón—. Pero si sigues poniéndote poético, tendré que venir con los hermanos a desenterrarte de los escombros.

 

Apenas lo dijo, el pabellón, incapaz de soportar más viento y lluvia, se desplomó con estrépito.

 

Lu Zhui: “…”

 

Luego, con toda la dignidad posible, dijo:

—Aunque se haya caído, sigue teniendo más encanto que ese pabellón nuevo tuyo, ¡rojo y verde chillón!

 

Zhao Yue lo envolvió con un manto, lo cargó al hombro y se lo llevó de vuelta a la guarida de los bandidos.

 

Era claramente un hombre que practicaba artes marciales, pero vaya uno a saber de dónde había sacado esos hábitos de erudito.

 

Con lo bien que se estaba en la fortaleza y él empeñado en irse a media montaña a escuchar la lluvia. Si enfermaba al volver, Wang Jian estaría detrás de él regañándolo durante días.

 

El pabellón había desaparecido, pero no pasó mucho tiempo antes de que Lu Zhui encontrara una cueva para seguir tocando el guqin, quemando incienso y escuchando la lluvia, sin importarle la humedad. Y seguía tosiendo como un fuelle roto.

 

Zhao Yue estuvo a punto de morirse de la rabia.

 

—El Segundo Jefe Lu parece disfrutar escondiéndose —comentó el Tercer Jefe, Wang Jian.

 

—No es una doncella de familia noble. ¿Qué teme que le secuestren? —Zhao Yue tenía dolor de cabeza.

 

Lu Zhui, bajo una sombrilla de papel aceitado, no escuchaba nada. Solo dejaba a los dos un perfil etéreo mientras se alejaba.

 

Le gustaba estar solo, oculto en la bruma y la lluvia, cerrar los ojos y recordar Jiangnan.

 

Quería volver, pero no se atrevía. No sabía si aún tenía fuerzas o suerte suficiente, para enfrentarse otra vez a un amante que había perdido la memoria. No temía morir… pero sí temía morir a manos de Xiao Lan.

 

En su juventud, lleno de vigor, ya había escapado por poco de la muerte cuando enfrentó el cerco de la Tumba Mingyue. ¿Cómo podría regresar ahora, con un cuerpo enfermo?

 

Lu Zhui rara vez mostraba confusión ante otros, pero en esto… sí estaba perdido.

 

Por suerte Zhao Yue era bueno. Wang Jian era bueno. Los hermanos del Acantilado Chaomu eran buenos. Y luego llegaron Wen Liunian, Ye Jin, Ah Liu, Lin Wei… todos buenos con él. Como si el cielo, compadecido de sus veinte años de soledad y sufrimiento, por fin le hubiera concedido un poco de paz, de familia y de afecto.

 

Como dijo Xiao Lan, aquellos días fueron felices, pero también difíciles. Cada día estaba empapado de añoranza. Sobre todo, en las noches silenciosas: al cerrar los ojos, siempre veía a la misma persona.

 

—¿En qué piensas? —Xiao Lan agitó una mano frente a él.

 

—Hace un momento pensaba en el Acantilado Chaomu. Ahora pienso en el restaurante Shanhaiju —respondió Lu Zhui—. Lástima que la última vez que fuiste a Wang Cheng ni siquiera comiste pato asado.

 

Xiao Lan le tapó la boca.

—No lo menciones.

 

—¿Aún te molesta ese corte? —Lu Zhui sonrió—. Yo no me enojé.

 

—Yo sí me enojo —Xiao Lan lo abrazó y lo sentó en la cama. Su pulgar acarició el cuello blanco—. La piel ya sanó, no queda cicatriz. Pero cuando recuerdo la sangre cayendo… aún me arrepiento.

 

—El cocinero del pato asado en el restaurante Shanhaiju fue contratado por mi hermano mayor Zhao a un precio altísimo, de un restaurante centenario de la Wang Cheng —Lu Zhui se acomodó en su pecho—. Cocina muy bien. Fue culpa suya que Lord Wen no obtuviera el primer puesto en los exámenes imperial; solo quedó tercero.

 

Xiao Lan rara vez lo oía hablar del pasado. Al verlo tan animado, le tomó la mano y lo dejó seguir.

 

—La próxima vez que volvamos, iremos a comer —dijo Lu Zhui—. La capital es enorme y bulliciosa. Cuando llegan embajadas, toda la calle se llena de rojo y dorado. Por la noche, las linternas iluminan medio cielo.

 

Xiao Lan sonrió.

—Mn.

 

—¿Y el Palacio Imperial? ¿Quieres ir? —los ojos de Lu Zhui brillaban.

 

—¿Y se puede entrar, así como así? —preguntó Xiao Lan.

 

—Otros no. Pero nosotros podemos colarnos con Lord Wen —Lu Zhui estaba encantado—. Cada vez que iba al palacio imperial, lograba sacarle al Emperador Chu buen té y vino. Es un negocio redondo.

 

Xiao Lan le tomó la barbilla y lo besó.

 

—El Emperador Chu no es como dicen los rumores —añadió Lu Zhui—. Cuando está solo con los suyos, no tiene nada de imponente. Y Wen Liunian lo saca de quicio cada dos por tres.

 

A miles de li de distancia, en el despacho imperial, Wen Liunian estornudó, con la nariz roja.

 

—¿Te resfriaste, querido funcionario Wen? —preguntó el Emperador Chu Yuan, apoyando la cabeza en una mano mientras revisaba memoriales con la otra.

 

—Una corriente fría entró por la puerta —respondió Wen Liunian—. Ya pasó.

 

—¿Qué opinas de esto? —Chu Yuan llamó a Sixi y le entregó un memorial.

 

—¿He Xiao? —Wen Liunian frunció el ceño—. ¿Qué ocurre ahora en el oeste?

 

Chu Yuan soltó una risa fría.

—Esos bárbaros no saben quedarse quietos. Los restos de los bandidos Hu y los antiguos seguidores de Guli Khan se han unido. Llevan meses hostigando nuestra frontera.

 

El Gran Chu era fuerte, pero ellos eran como cucarachas: atacaban y desaparecían en el desierto. Si estallaba una guerra, la frontera, que por fin había recuperado la paz, volvería a arder. Y los que sufrirían serían los civiles.

 

—Dime —ordenó Chu Yuan—. ¿Debemos luchar?

 

—Majestad, el mar aún no está estabilizado. Si ahora atacamos el oeste, temo que no sea prudente —Wen Liunian dudó un instante y añadió con cautela—: Además… aunque el Gran Chu tiene muchos soldados, nos faltan buenos generales.

 

En tantos años, solo había surgido un “Dios de la Guerra” como Shen Qianfan. A él se sumaban Xue Huaiyue y unos pocos jóvenes comandantes, cada uno defendiendo una región distinta. No había forma de sacar a otro para dirigir un ejército hacia el desierto occidental.

 

He Xiao era descendiente del General del Oeste, He Pingwei. Tras la muerte del viejo general en la frontera, él heredó el sello de mando y continuó la obra de su padre. Pero, aunque era leal y honrado, carecía de estrategia. En todos estos años, ni méritos ni errores: no era un talento militar extraordinario.

 

—Querido funcionario Wen —Chu Yuan golpeó la mesa con los dedos.

 

Wen Liunian puso cara de tragedia.

—¿Sí…?

 

—¿Cuándo regresa Lu Zhui? —Chu Yuan se levantó.

 

—Majestad, con el debido respeto… el Segundo Jefe Lu no es adecuado —dijo Wen Liunian—. Tiene talento, sí, pero su cuerpo no da para más. Siempre está herido o enfermo. Cuando llueve ni siquiera puede salir. Enviarlo al desierto sería mandarlo a morir.

 

—¿Sigue en la Tumba Mingyue? —preguntó Chu Yuan.

 

Wen Liunian asintió.

 

—¿Y qué hay de Xiao Lan? —insistió Chu Yuan.

 

Wen Liunian estuvo a punto de llorar. Con ese interrogatorio, parecía que el siguiente en ser enviado a la guerra sería él mismo.

 

Chu Yuan le dio unas palmaditas en el hombro.

—Mi querido funcionario Wen es el Primer Ministro del Gran Chu. Debe estar de parte Zhen.

 

—S-sí… —respondió Wen Liunian, resignado.

 

—Háblame del joven maestro Xiao de la Tumba Mingyue —dijo Chu Yuan—. Xiao Jin* dice que es bueno.

(N.t.: pequeño Jin= Ye Jin)

—Es fuerte, y si al Segundo Jefe Lu le gusta, su carácter no debe ser malo —respondió Wen Liunian—. Pero… también está enfermo.

 

Chu Yuan se llevó una mano a la frente.

—¿Por qué toda tu gente está enferma?

 

«¿Y yo qué culpa tengo?» Los ojos del inocente Wen Liunian se llenaron de tristeza.

 

—¿Qué enfermedad tiene? —preguntó Chu Yuan.

 

—Amnesia —respondió Wen Liunian.

 

—La amnesia no cuenta como enfermedad —dijo Chu Yuan con firmeza.

 

Wen Liunian: “…”

«Sí cuenta.»

 

—¿Cuándo regresará? —preguntó Chu Yuan.

 

—Al menos debe resolver lo de la Tumba Mingyue —dijo Wen Liunian.

 

Zhen los esperará —Chu Yuan volvió a sentarse tras el escritorio imperial—. Y los cientos de ciudades en la frontera… también esperarán…

 

Wen Liunian quedó petrificado.

 

«No puede presionarme así. Además, ese Xiao Lan ni siquiera me conoce. ¿No sería mejor que todos lo discutiéramos otra vez…?»

 

***

 

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