Capítulo
121: Reunión Privada.
Mejor
dame un beso y me lo dices.
La
boticaria salió del salón de medicinas, bastante infeliz en su corazón. Nunca
le había gustado que la interrumpieran en momentos así; solo por consideración
a la tía Fantasma había logrado reprimir a la fuerza su descontento.
—Tía,
joven maestro Xiao ¿me buscaban por algo?
—Lan’er
dice que, en estos días, al circular su energía, se siente incómodo, como si su
“meridiano del corazón” hubiera sufrido daño —respondió la tía Fantasma—.
¿Acaso queda algún rastro de veneno sin limpiar?
—No
debería —la boticaria tomó el pulso de Xiao Lan y negó con la cabeza—. El joven
maestro fue herido en la cabeza, no en los meridianos del corazón. Lo más
probable es que esté agotado. Con descanso será suficiente.
—Ya le
dije que no era nada. Es la tía quien no se queda tranquila —dijo Xiao Lan—.
Disculpe la molestia.
—Si no
hay otra cosa, regresaré primero —dijo la boticaria. Y sin esperar a que la tía
Fantasma respondiera, cerró la puerta de la choza con un gesto seco.
—La
boticaria parece de mal humor últimamente —comentó cautelosamente Xiao Lan.
—Ese
es su carácter, así ha sido por décadas —respondió la tía Fantasma—. Quizá
tenga algún asunto que la atormente y por eso está tan fría y distante. Se le
pasará con el tiempo.
—El
veneno en mi cuerpo… —Xiao Lan volvió a preguntar—. Recuerdo que el día que
desperté, la tía dijo que había sido obra de Lu Zhui.
Por un
instante, la tía Fantasma entró en pánico. En realidad, no quería escuchar ese
nombre en boca de Xiao Lan.
—¿Dónde
está él? —preguntó Xiao Lan.
—¿Para
qué quieres saberlo? —la tía Fantasma negó con la cabeza—. Ese sujeto no tiene
poca habilidad marcial. Si pudo herirte una vez, puede hacerlo una segunda.
—¿No
es la tía quien está preocupada por los restos de veneno en mi cuerpo? Si él
fue quien me envenenó, es natural que quiera preguntar un par de cosas —dijo
Xiao Lan—. Aunque, por cómo lo dice la tía, “parece que está un poco demasiado
nerviosa”.
—No
quiero que vuelvas a salir herido —respondió la tía Fantasma—. Los de la
familia Lu son famosos por sus artimañas. Si sales de la tumba Mingyue ahora,
quién sabe qué historia suya terminarás creyendo.
—Tía
me habla como si yo fuera un tonto —protestó Xiao Lan.
—Comparado
con ese Lu Mingyu, sí lo eres —dijo la tía Fantasma mientras se internaba en el
profundo pasillo—. Solo recuerda una cosa: él es tu enemigo. Eso basta.
Xiao
Lan asintió, observando cómo su figura se perdía en la oscuridad. Luego sonrió
para sí y regresó al Gran Salón del Loto Rojo.
***
Dos
días después, ya entrada la noche, los pasillos de la tumba Mingyue se habían
sumido en un silencio profundo.
Xiao
Lan, recostado con un brazo bajo la cabeza, miraba distraído el dosel de seda
sobre su cama. Entonces, a sus oídos llegó un leve sonido de pasos. No venía de
fuera de la puerta, sino… del subsuelo.
Como
un pequeño conejo, o algún otro animal diminuto, avanzando con extremo cuidado.
Xiao
Lan: “…”
Lu
Zhui empujó la losa que estaba sobre su cabeza. Ni se movió.
«¿Acaso
recordé mal la posición?»
Sintió
cierta duda. Miró la marca que había dejado antes; no parecía equivocada.
Así
que tomó aire, levantó ambos brazos sobre la cabeza, adoptó postura de caballo
y empujó con todas sus fuerzas.
Y empujó
al vacío…
Xiao
Lan estaba agachado a un lado, sosteniendo la losa en la mano, mirándolo con
una sonrisa.
El
joven maestro Mingyu sintió que su gesto heroico había sido ridículo, igual que
los charlatanes que vendían píldoras para la fortaleza en la calle.
Se
incorporó con calma, se sacudió la ropa y extendió una mano.
—Sácame
de aquí.
Xiao
Lan lo sacó del túnel y, acercándose a su oído, murmuró:
—Esa
postura te quedaba bastante bien.
Lu
Zhui lo apartó de un manotazo.
—¿Cómo
supiste que venía?
—Te escuché
—respondió Xiao Lan—. Este pasadizo está justo bajo mi cama. Si corres de un
lado a otro ahí abajo, te escucharé.
—Estos
días he averiguado muchas cosas. Temía que Ahun no pudiera explicarlo bien, así
que vine yo mismo —dijo Lu Zhui—. Además, quiero ir a ver esa cámara funeraria.
—¿La
herida sigue doliendo? —Xiao Lan tomó su rostro sucio entre ambas manos.
—No es
grave. No he olvidado lo que dijo Lord Ye: debo regresar antes de tres meses
—Lu Zhui le dio unas palmaditas—. No te preocupes.
Con
esa expresión tan segura, incluso resultaba adorable. Xiao Lan se inclinó para
besarlo, pero Lu Zhui giró la cabeza para esquivarlo.
—Primero
tráeme agua caliente —dijo, con la cara llena de polvo.
Llegó
el agua. La tina estaba detrás del biombo. Xiao Lan se sentó a la mesa, apoyó
la cabeza en una mano y cerró los ojos, escuchando el sonido tenue del agua.
Mirar, claro que podía mirar; pero si lo hacía, dudaba mucho que pudiera
mantener la compostura de un sabio ascético. Y aunque él lograra comportarse
como un caballero, el otro… probablemente no. Comparado con él, Lu Zhui parecía
no tomarse en serio ese cuerpo enfermo y envenenado.
Lu
Zhui salió envuelto en una prenda ligera y, como si fuera su propio cuarto, se
metió directamente bajo las mantas.
—Ven.
Xiao
Lan tomó una toalla grande y comenzó a secarle el cabello.
—La
tumba está algo húmeda estos días. ¿Tienes frío?
—No
—respondió Lu Zhui—. Ya hablé con mi padre. Le dije que estaría afuera por tres
días, que no se preocupe.
—¿Y
luego? —preguntó Xiao Lan—. ¿El venerable anciano Lu volverá a fruncir el
bigote y a mirarme como si fuera un gamberro?
Lu
Zhui se echó a reír.
—¿Qué gamberro
es como tú?
—No te
muevas —Xiao Lan le pellizcó la nariz—. Si sigues molestando, me voy a dormir
al suelo.
Lu
Zhui guardó silencio.
Xiao
Lan lo envolvió bien con la manta y luego con la colcha, temeroso de que se
resfriara.
—Si
algún día nos quedamos sin dinero —murmuró Lu Zhui—, podrías ir a la prefectura
de Jiaxing a buscar trabajo envolviendo zongzi. Tienes buena mano.
Xiao
Lan lo abrazó, riendo en voz baja.
—Te
extrañé.
—Solo
han pasado tres o cinco días —Lu Zhui, incapaz de moverse, decidió no hacerlo—.
Aunque… yo también te extrañé. Día y noche.
Xiao
Lan se inclinó y dejó un beso en sus labios.
Lu
Zhui se acomodó, rodeó su cuello con un brazo y, con una voz ronca y lánguida, una
que solo usaba con su amante, murmuró:
—Estoy
cansado…
—Duerme
—Xiao Lan apagó la lámpara de la mesa—. Aquí es tranquilo y seguro. Nadie te
molestará.
Lu
Zhui respondió con un murmullo y se acurrucó por completo en su pecho. El
aliento a su lado era familiar y agradable; el brazo en su cintura, cálido y
firme. Antes de dormirse, ya estaba soñando algo hermoso.
Xiao
Lan le dio suaves palmadas en la espalda. Cuando su respiración se volvió
estable, lo soltó con cuidado, subió la colcha y lo arropó.
En la
cabecera quedó solo media pulgada de vela roja, con una mecha fina. Las
lágrimas de cera se acumulaban como flores, derramando luz.
Xiao
Lan alisó su cabello negro con los dedos, mechón por mechón. El cabello de Lu
Zhui era un poco más largo que el suyo, tan suave como agua corriente. Tomó una
hebra, la entrelazó con la suya y les hizo un pequeño nudo.
Un
gesto infantil, casi ridículo, pero su corazón tembló, leve y dulcemente: “Nudo
de cabellos, unión de por vida.”
Al
pensar en esas palabras, en ese rito, una alegría cálida lo inundó.
Lu
Zhui era hermoso bajo la luz de la vela. El resplandor tembloroso daba color a
sus mejillas; incluso dormido, sus labios parecían sonreír. Bajo el cuello
ligeramente abierto, su cuerpo era bello y flexible, un sabor que solo Xiao Lan
conocía.
Soltó
el mechón; el cabello cayó entre sus dedos, esparciéndose sobre la almohada.
En un
sueño fino como un hilo, Lu Zhui se negaba a despertar, dejando que esos besos
diminutos cayeran en sus sienes y en sus labios.
Quería
dormir mucho, mucho tiempo. Dormir cinco años, diez años. Dormir hasta que
ambos envejecieran, encorvados y de cabellos blancos.
Fue
una noche muy larga, y también muy corta.
—Pequeño
tonto —dijo Xiao Lan.
Lu
Zhui apretó los labios.
—Mmm…
—Es
hora de levantarse —Xiao Lan acarició su mejilla—. ¿Tienes hambre?
Lu
Zhui negó con la cabeza y, con los ojos aún cerrados, frotó la cara contra su
pecho.
—¿Ya
amaneció?
—Es
por la tarde —suspiró Xiao Lan—. ¿Cuánto te has agotado estos días para
terminar así?
—¿Por
la tarde? —Lu Zhui por fin abrió los ojos. Pasó un buen rato antes de decir— Estos dos días casi no he dormido.
—¿No
has dormido? —Xiao Lan lo sostuvo por los hombros—. ¿Y el anciano Lu lo
permitió?
—Mi
padre no puede controlarme —Lu Zhui se estiró perezosamente—. Quien sí puede,
no quería salir de la Tumba Mingyue.
Xiao
Lan le subió la ropa, cubriendo sus hombros desnudos.
—¿Sabes
cuánta gente en Wang Cheng quiere verme? —preguntó Lu Zhui con desgana.
Xiao
Lan le dio una palmada suave en la cintura.
—¡Basta!
—De
verdad estoy cansado —Lu Zhui se incorporó, aun bostezando—. Si no era correr
por los senderos de la montaña, era quedarme dormido apoyado en la pared de una
cueva. Anoche, por fin toqué una cama.
—¿Qué
estabas haciendo? —preguntó Xiao Lan, desconcertado—. ¿En las montañas? ¿En la Bahía
de la Luna?
—En el
Reino Nuyue —respondió Lu Zhui—. El día que me enviaste la carta, justo
coincidió con que la gente de Nuyue vino a buscarme.
—¿Fueron
a la residencia del comandante? —preguntó Xiao Lan.
—Sí.
¿Recuerdas a la muchachita que encontramos en la Ciudad Huishuang? —dijo Lu
Zhui—. Xiaotao, la hija del anciano Yao del taller de tofu.
—Claro
que la recuerdo. ¿Qué pasa, es gente del Reino Nuyue? —Xiao Lan se sorprendió.
—Más o
menos. Se casó con un hombre de Nuyue. Y ese reino… tiene una relación bastante
enrevesada con la Tumba Mingyue y la Dama de Jade Blanco —Lu Zhui extendió los
brazos para que Xiao Lan lo ayudara a vestirse.
Comenzó
con la historia de Shu Yun y terminó con sus propias conjeturas sobre la Dama
de Jade Blanco. Explicó todo de forma general y añadió:
—Por
eso quiero volver a ver esa cámara funeraria. Hay cosas que, si solo las
adivino desde fuera, nunca tendrán respuesta.
—¿Tan
extraño? —Xiao Lan reflexionó un momento—. Aunque, bien visto, también tiene
sentido.
—A
veces quisiera volver a aquella época y ver con mis propios ojos cuál fue la
verdad —suspiró Lu Zhui—. Estar aquí adivinando una y otra vez… me duele la
cabeza.
—Con
guerras por todas partes, no te permitiría volver —Xiao Lan le pellizcó la
mejilla—. Si quieres saber lo que pasó, es sencillo. El cielo te dejó un
testigo vivo.
—¿Fu?
—Lu Zhui negó con la cabeza—. Mi padre lleva tiempo enviando gente a buscarlo.
La señora Tao y Ah Liu también lo buscan. Pero es como si hubiera desaparecido.
—Yo
tampoco lo encontré. El anciano Miaoshou lo menciona todos los días, dice que
seguro ya murió —comentó Xiao Lan—. Pero no es de los que mueren tan fácil.
—Hierba
mala, nunca muere… —asintió Lu Zhui.
—Pero
esa supuesta estatua de jade… yo no la vi en la tumba —dijo Xiao Lan—. Aunque
aquel día cayó una perla del templo derrumbado. ¿Quieres que se la muestre a
Shu Yiyong?
—Ya se
lo dije. La próxima vez la llevamos. Pero lo más probable es que no sepan nada.
Los antepasados de la familia Shu nunca mencionaron ninguna perla. No debería
haber sido cosa suya —Lu Zhui frunció el ceño.
La Bahía
de la Luna era un terreno muy elevado, un lugar donde el dragón se enroscaba y
el agua fluía, emanando nubes auspiciosas: un sitio con destino imperial. Solo
había un punto bajo, rodeado de árboles antiguos, donde nunca entraba la luz
del sol. Su fengshui era sombrío.
Para
contener esa energía funesta, el señor de la familia Lu mandó construir un
templo allí. Shu Yun fue uno de los artesanos. Pero justo cuando el templo
quedó terminado, antes de que pudieran instalar a la deidad, el enemigo llegó a
las puertas de la ciudad y nadie pudo ocuparse de ese lugar.
—Ese
templo quedó vacío mucho tiempo —explicó Lu Zhui—. Al final, cuando Shu Yun
supo que la Dama de Jade Blanco había muerto en el campo de batalla, sin dejar
restos de su cuerpo y que solo sus ropas habían sido enterradas en la Tumba
Mingyue, se afligió tanto que aprovechó una oportunidad para colocar la estatua
de jade en el templo, con la esperanza de llamar su alma.
—¿Y no
temía que alguien la robara? —preguntó Xiao Lan.
—Para
entonces, de los artesanos que construyeron el templo, solo quedaba Shu Yun.
Los demás habían sido envenenados por el señor de la familia Lu —dijo Lu Zhui—.
Y la familia Lu ya había caído. El señor de la casa había desaparecido. Nadie
sabía dónde estaba.
Para
poder llevar el alma de su amada de vuelta a la isla, Shu Yun dejó la estatua
en la Bahía de la Luna, esperando que la dueña de la tumba entendiera su
intención. Aunque la familia Lu cayó, el caos continuó. En tiempos de guerra,
una vez que uno se marchaba, volver a la Bahía de la Luna se volvía casi
imposible.
—Muchos
años después, ya anciano, Shu Yun envió gente a buscar la estatua —continuó Lu
Zhui—. Dicen que preguntaron durante mucho tiempo y al final obtuvieron una
pista incierta: que la estatua de la Dama de Jade Blanco había sido llevada a
la Tumba Mingyue por gente de la familia Lu.
—Así
que solo es un “dicen” —dijo Xiao Lan—. No es una pista real.
—Algo
es mejor que nada —Lu Zhui bajó de la cama—. Vamos. Revisemos primero la cámara
funeraria de la Dama de Jade Blanco.
Los
sirvientes trajeron el desayuno. Todo era claro y ligero. Lu Zhui mordió un
bollo.
—No lo
diría, pero vives bastante bien estando solo.
—¿Quieres
que viva de forma más ruda? ¿Comer carne a mordiscos y beber vino a tazones?
—Xiao Lan lo miró sonriendo mientras comía—. También puedo hacerlo. Cuando nos
casemos, los meses impares me comporto como un erudito; los pares, como un
bandido. Dime qué estilo te gusta más.
—¡Qué
lengua suelta eres! —Lu Zhui se limpió la boca—. Vámonos.
—¿Así
nada más? —Xiao Lan lo hizo sentarse frente al espejo—. Ni para visitar
parientes se va tan desaliñado.
—Si tú
me guías, ¿qué voy a temer? —dijo Lu Zhui con total convicción.
Xiao
Lan tomó un peine y le arregló el cabello.
—Puede
que los demás no te reconozcan, pero al menos arréglate un poco. Para que yo te
vea.
«Para
que tú me veas, menos tendría que arreglarme… Si ya me has visto con la ropa
hecha un desastre.»
Lu
Zhui salió con las manos a la espalda, con un aire de pícaro que recordaba a
Lord Wen Liunian de la capital.
La
cámara de la Dama de Jade Blanco estaba vacía desde que la limpiaron; los
guardias habían sido retirados. El camino era completamente libre.
Lu
Zhui se detuvo en lo alto de la plataforma.
—¿Aquí?
Xiao
Lan extendió la mano.
—Agárrate
fuerte.
Lu
Zhui obedeció.
Xiao
Lan volvió a activar el mecanismo y, tomándolo de la mano, saltó con él hacia
el interior.
El
mural seguía igual. Los huesos, también.
Lu
Zhui sostenía la perla luminosa mientras observaba uno por uno los murales,
hasta detenerse frente al que mostraba un gran navío con alas desplegadas.
—Shu
Yiyong dijo que esto era la promesa que el antepasado Shu le hizo a la Dama de
Jade Blanco.
—¿Una
promesa? —Xiao Lan se colocó a su lado—. ¿Qué clase de promesa?
—En
aquel entonces, la guerra ardía por todas partes. Dondequiera que miraras,
había destellos de cuchillas y sangre. Para la gente común, no existía ni un
palmo de tierra que pudiera llamarse refugio —explicó Lu Zhui—. El antepasado
Shu le prometió a la Dama de Jade Blanco construir un barco capaz de volar,
cargado de grano, seda, ganado y buen vino, para que ella pudiera vivir sin
preocupaciones.
Xiao
Lan lo rodeó por la cintura y ambos alzaron la vista.
Era un
barco que agotaba toda la imaginación posible: dorado, magnífico, vívido. Cada
detalle estaba impregnado del esfuerzo del pintor y representaba el sueño
inalcanzable de aquella época.
—Shu
Yun no podía construir algo así —dijo Lu Zhui, recorriendo el mural con los
dedos sin tocarlo—. Pero podía pintarlo. Al menos mientras lo pintaba, debió
sentirse en paz.
—Por
eso, incluso después de fundar el Reino Nuyue, seguía obsesionado con este
barco. Se lo mencionó a mucha gente y así comenzaron a circular rumores sobre
un navío gigante con alas de hierro —dijo Xiao Lan—. Tener un sueño tampoco
está mal.
—Y
estos huesos… ¿de verdad son de Fu? —Lu Zhui se agachó—. Shu Yun lo expulsó.
Después desapareció. Nadie se preocupó por su vida o muerte.
—No lo
toques —advirtió Xiao Lan.
Lu
Zhui retiró la mano.
—Sea
quien sea, al final no es más que un esqueleto —dijo Xiao Lan—. Ahora solo
quiero encontrar a los vivos.
—Si te
apresuras, solo causarás caos. ¿Qué te inquieta? Ya me hice una lectura a mí
mismo: viviré mucho tiempo —respondió Lu Zhui—. No te preocupes.
—¿Desde
cuándo sabes leer la fortuna? —Xiao Lan no sabía si reír o llorar.
Lu
Zhui se sostuvo del brazo de Xiao Lan y comenzó a trepar hacia otro pasadizo
oculto en la pared. De reojo, sin embargo, alcanzó a ver un par de ojos.
Lu
Zhui: “…”
Eran
ojos en la pared.
Lu
Zhui suspiró aliviado. Volvió a enfundar la espada Qingfeng, que ya había
desenvainado. Por un momento pensó que era un fantasma.
—¿También
hay un mural aquí? —Xiao Lan se sorprendió.
En un
rincón junto al pasadizo, había pintada una figura humana: ropa harapienta,
postura humilde, arrodillado, mirando con devoción a la Dama de Jade Blanco.
—¿Es
Fu? —preguntó Lu Zhui.
Xiao
Lan asintió.
—Es
distinto al mural de enfrente. El trazo, la profundidad, la tinta… no parecen
obra de la misma mano —dijo Lu Zhui—. Uno es del maestro, el otro del
discípulo.
—Así
que este lo pintó Shu Yun y el del rincón lo pintó Fu —dijo Xiao Lan—. Se
colocó a sí mismo en la posición más baja.
—En
aquel entonces, no solo admiraba a la Dama de Jade Blanco. También admiraba a
Shu Yun —dijo Lu Zhui—. Por eso no destruyó la figura del hombre en los murales
y además se colocó aquí, en este rincón, arrodillado por mil años.
—Odiaba
a la familia Lu —dijo Xiao Lan.
—Y con
razón. Tanto con la Dama de Jade Blanco, a quien veneraba, como con su maestro
Shu Yun, los antepasados de mi familia nunca mostraron compasión. Solo los
trataron como herramientas —dijo Lu Zhui—. Aunque sea mi linaje, no puedo negar
que él fue el causante de esta tragedia.
—Una
pregunta más —dijo Xiao Lan.
Lu
Zhui asintió.
—Dime.
—¿Para
qué construyó Shu Yun este pasadizo? —preguntó Xiao Lan, desconcertado.
Lu
Zhui se llevó las manos a la espalda.
—Adivina.
Xiao
Lan sonrió.
—No
voy a adivinar. Con esa cara, seguro ya tienes la respuesta. Si me equivoco, te
vas a burlar de mí. Mejor dame un beso y me lo dices.
—Puede
ser —Lu Zhui giró el rostro, ofreciéndoselo.
Xiao
Lan acababa de tomarle la barbilla cuando Lu Zhui frunció el ceño.
—Espera.


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