Capítulo
114: Contrataque.
¿Quién
ocupa a quién?
—Joven maestro Xiao.
Un discípulo lo llamó desde el otro
extremo.
Xiao Lan descendió del estrado y vio
que, al lado izquierdo de la cámara funeraria, la cueva de donde antes habían
salido los murciélagos ya había sido limpiada por completo. Era un agujero
negro de un pie cuadrado; ni siquiera el adulto más delgado podría atravesarlo,
aunque un niño de cuatro o cinco años quizá podría intentarlo.
—Han trabajado duro —dijo Xiao Lan—. Por
hoy basta; continuaremos mañana.
Los discípulos respondieron al unísono
y, tras recoger sus herramientas, abandonaron la cámara. Cuando todo quedó en
silencio, Xiao Lan probó a empujar con la mano la pared de piedra cercana al
agujero. No se movió ni un ápice; no parecía esconder ningún mecanismo.
«Entonces, ¿Fu podía entrar y salir por
aquí porque dominaba alguna técnica para encoger los huesos?»
Xiao Lan volvió a mirar el estrado
vacío.
Una vez retirados todos los restos, la
densa aura de muerte que impregnaba la cámara había desaparecido sin dejar
rastro, volviéndose igual a las demás salas de la tumba Mingyue. No sabía si
tenía relación con la destrucción de la formación. Planeaba esperar a que Kong
Kong Miaoshou regresara para explorar juntos el pasadizo oculto.
Todo había avanzado, con dificultad,
pero de manera aceptable. El único punto dudoso era el paradero de Fu. Estaba
tan obsesionado con la Dama de Jade Blanco, tan dispuesto a arriesgar la vida
por una simple Daga Mariposa de Jade Blanco y había trabajado tanto para criar
aquella bandada de murciélagos, que Xiao Lan esperaba un movimiento mayor. Pero
ahora que la tumba había sido destruida por completo, y ni siquiera quedaban
los restos de la Dama de Jade Blanco, él había desaparecido sin dejar huella,
como si jamás hubiera estado allí.
«¿Acaso… ocurrió algo con el cuerpo de
Ji Hao que ocupaba, igual que con aquel Liu Cheng?»
Xiao Lan frunció el ceño. No le
preocupaba si Fu vivía o moría, pero si realmente había muerto, entonces los
recuerdos que Lu Zhui le arrebató en la Tumba Mingyue, así como aquel muñeco de
brujería tan siniestra, quedarían sin respuesta para siempre. Solo por eso,
debía conservarle la vida… por ahora.
Xiao Lan llamó a un grupo de discípulos
y ordenó que se turnaran para vigilar la cámara durante doce horas,
especialmente el pasadizo oculto. Cualquier anomalía, por mínima que fuera,
debía ser reportada de inmediato. Él, por su parte, regresó al Gran Salón del
Loto Rojo para ver si Kong Kong Miaoshou había vuelto.
La habitación estaba silenciosa, sin una
sola sombra.
«¿Otra vez se fue?»
Xiao Lan suspiró, se sirvió una taza de
té frío y bebió. Ese ayudante suyo, en verdad, no era nada confiable.
Pasó la noche, y la Tumba Mingyue
permaneció en absoluto silencio. Ni rastro de Fu; ni siquiera un murciélago.
En realidad, Xiao Lan no estaba del todo
equivocado: Fu había desaparecido porque el cuerpo de Ji Hao había empezado a
fallar. Pero, a diferencia de Liu Cheng, no se trataba de un rechazo… sino de
una «devoración completa».
Días atrás, tras romper accidentalmente
el féretro de jade de la Dama de Blanco, Fu había regresado apresurado al
pasadizo, pensando en buscar más sedas suaves para envolver bien el ataúd. Pero
antes de salir de la montaña, sus extremidades comenzaron a volverse débiles,
como si una fuerza desconocida —espesa como la resina más pegajosa— inundara
sus brazos y piernas, fijándolo al suelo. Incluso levantar un pie se volvió un
lujo inalcanzable.
Como si de pronto hubiera comprendido
algo en medio de la confusión, un terror inmenso le subió al pecho. Quedó allí,
petrificado, escuchando en la quietud de la montaña aquel otro ruido que surgía
desde el fondo de su alma: al principio un zumbido tenue, como moscas
revoloteando, como si alguien le rascara el corazón con un pequeño cepillo,
irritándolo hasta volverlo ansioso y desesperado. Quería expulsar aquella
sensación extraña, quería girarse y huir, pero estaba atrapado en una
pesadilla, jadeando con la boca abierta, sin poder mover un solo músculo.
Luego, el sonido se volvió nítido: un
llanto o quizá una risa; agudo, impaciente, desbordado. Era la explosión de
algo reprimido durante demasiado tiempo, un torrente de lava ardiente que
envolvía su corazón, triturando la entumecida sensación anterior con un dolor
abrasador.
La sangre se filtró por la comisura de
los labios de Fu. Cayó de rodillas con estrépito y los ojos muy abiertos.
Recordaba esa voz. Meses atrás, su dueño
había suplicado entre convulsiones, rogándole por una oportunidad para vivir.
¿Y qué hacía él entonces?
Sostenía un cuchillo, trazando líneas
excitadas sobre aquel cuerpo joven, deleitándose en el rostro retorcido por el
dolor, embriagado por la perfección de su huésped, temblando de placer, incapaz
de detenerse.
Creyó que ese cuerpo le duraría mucho
tiempo.
Pero ahora, el dueño original había
regresado sin aviso.
Ji Hao reía sin freno, su voz convertida
en cuchillas que desgarraban el alma envejecida y mutilada de Fu, arrancándola
pedazo a pedazo y arrojándola al viento de la montaña.
Fu cerró los ojos y tragó, con
renuencia, su último aliento.
Al mismo tiempo, Ji Hao despertó por
completo. Se estiró como quien sale de un largo sueño y, de pie junto al
arroyo, contempló su propio rostro.
Tras los brebajes con los que Fu lo
había manipulado, aquel rostro joven ya mostraba cierto desgaste; había finas
arrugas alrededor de los ojos. Pero Ji Hao no se entristeció. En realidad, en
ese instante estaba casi eufórico, con la mente ocupada por un solo
pensamiento: por fin había llegado a la Tumba Mingyue.
Ese lugar que tantas veces había visto
en sueños estaba ahora a sus espaldas, verde, frondoso, al alcance de la mano.
«¿Y anciano Kong Kong Miaoshou…?»
«¡¿Y qué con él?!»
«Sin su ayuda, siempre seré el mejor
saqueador de tumbas del mundo.»
En cierto modo, incluso le agradecía a
Fu: gracias a aquella invasión, se había llevado el veneno cadavérico que ya lo
estaba consumiendo y le había dejado un cuerpo lleno de artes siniestras, la
habilidad de moverse libremente por la Tumba Mingyue y un puñado de recuerdos
dispersos.
Ji Hao sacudió el polvo de sus mangas,
entró en una cueva cercana para recoger la plata que Fu había escondido allí y
luego bajó la montaña.
Ciudad Yangzhi, residencia del
comandante.
—Si no fue Tie Yanyan —dijo Lu Wuming,
desconcertado—, ¿entonces quién te envenenó? Y encima con un veneno tan burdo,
como si temieran que no lo notaras. Cuando revisamos el plato, el polvo estaba
esparcido por el borde… parecía una mala broma.
—No lo sé —Lu Zhui apoyó la cabeza en
una mano—. Pero si el otro lo hizo tan evidente, fingir que no lo notamos sería
demasiado forzado.
—¿Y entonces? —preguntó Lu Wuming.
—Vamos —Lu Zhui se levantó, estirando
los músculos doloridos—. Ya es hora. Busquemos al comandante Tie.
Lu Wuming suspiró por dentro y le
acomodó un mechón de cabello.
—Hablas con tanta calma que no parece
que hayan intentado envenenado… más bien parece que te hubieran dado un dulce.
—¿Acaso padre quiere verme angustiado?
—Lu Zhui negó con una sonrisa—. Esto no es nada, apenas un pequeño
rompecabezas. Padre ha atravesado montañas de cuchillas y mares de fuego; ¿cómo
es que ahora parece más preocupado que yo?
Lu Wuming quiso decir algo más, pero Lu
Zhui lo interrumpió y lo arrastró fuera de la habitación.
Tie Heng estaba en su estudio revisando
asuntos militares. Apenas terminó de leer el último informe y se disponía a
bostezar, el mayordomo anunció desde la puerta que el gran héroe Lu y el joven maestro
Mingyu habían llegado.
—Que pasen —Tie Heng se levantó de
inmediato y abrió él mismo la puerta para recibirlos.
—Disculpe la molestia, comandante —dijo
Lu Zhui—. Solo es un asunto menor; hablaremos y nos iremos.
—El joven maestro Lu es demasiado
cortés. Yo ya había terminado mis asuntos —Tie Heng ordenó servir té de
flores—. ¿A qué se debe su visita?
—Seré directo, comandante; no se enoje
—dijo Lu Zhui—. Hoy la señorita Tie envió un plato de frutas confitadas… y
alguien le puso Cresta Roja de Grulla.
Tie Heng quedó petrificado.
—¿Qué?
—Pero el veneno no tiene nada que ver
con la señorita —añadió Lu Zhui.
Tie Heng sintió un estruendo en la
cabeza, como tambores golpeando sin descanso. Aquello de enviar comida lo había
escuchado durante el día, y en su corazón aún quedaba un poco de alegría: quizá
la fiesta de compromiso no era un sueño tan lejano. Pero antes de que pudiera
disfrutar un solo día de esa ilusión, por la noche le llegaba semejante
noticia, tan absurda que lo dejó boquiabierto.
—Es culpa mía por haber malcriado a mi
hija —dijo Tie Heng, poniéndose de pie para inclinarse, con el rostro lleno de
pesar.
—Ya lo dije: no tiene nada que ver con
la señorita —Lu Zhui lo sostuvo del brazo—. Alguien está moviéndose en las
sombras.
—Pero… —Tie Heng no sabía qué decir.
Sabía que su hija no quería casarse; eso
lo tenía claro. Una muchacha que ni siquiera podía tocar el guqin sin
que sonara como lamentos de fantasmas, ¿cómo iba a enviar dulces por iniciativa
propia? Eso solo podía significar que había gato encerrado.
Al verlo tan sumido en la angustia,
incapaz de escuchar palabra alguna, Lu Zhui no sabía si reír o suspirar. Al
parecer, los padres del mundo, por muy sabios y serenos que sean, en cuanto se
trata de los asuntos de sus hijos… se vuelven un manojo de nervios.
Lu Wuming lo empujó suavemente para que
se sentara.
Tie Heng seguía murmurando:
—Esta misma noche voy a ponerle cerrojo
a ese pabellón Xiú.
A Lu Zhui le tomó un buen rato lograr
que escuchara la explicación completa.
Entonces Tie Heng volvió a
sobresaltarse:
—¿Alguien quiere secuestrar a Yanyan?
—La señorita no ha sufrido ningún daño
—dijo Lu Zhui.
—Esta niña… ¿cómo no me dijo nada? —Tie
Heng estaba mareado, suspirando una y otra vez. La había consentido demasiado,
y ahora, incluso en un momento así, seguía actuando a su antojo.
Lu Zhui le acercó una taza de té.
—Quizá la señorita Tie no quiso
preocupar al comandante, por eso lo ocultó.
—Ha estado a punto de cometer un grave
error… —Tie Heng aún temblaba de miedo—. No se preocupen, daré la orden de
investigar a fondo. Quiero saber quién puso veneno en esas frutas confitadas.
—Si investigamos así, quizá no
encontremos nada en poco tiempo —dijo Lu Zhui—. Mejor seguir el juego del
culpable. Esas frutas las envió la señorita Tie; si yo descubro que tienen
veneno, lo lógico sería ir directamente a confrontar al comandante Tie.
—¿El joven maestro Lu quiere decir…?
—preguntó Tie Heng con cautela.
—La señorita Tie ya aceptó ayudarme a
montar una escena —dijo Lu Zhui—. El comandante solo debe fingir estar furioso e
ir al Pabellón Xiú a interrogarla.
—Bien —asintió Tie Heng—. Iré de
inmediato.
Así que todos los sirvientes del jardín
vieron a su comandante avanzar con el rostro negro como una nube de tormenta,
los ojos tan sombríos que parecía que iba a llover, camino al patio trasero
donde estaba el pabellón Xiú.
«Seguramente la señorita ha causado otro
desastre.»
«¡Qué dolor de cabeza!»
—¡Señorita, señorita! —la pequeña sirvienta
se asomó por la ventana—. ¡El amo viene!
—¡Cof! —Tie Yanyan aclaró la garganta,
preparándose para llorar y gritar a la primera señal. La sirvienta tomó un
plato, lista para estrellarlo contra el suelo en el momento oportuno.
Dos muchachas criadas en el interior del
hogar, enfrentándose por primera vez a lo que llamaban “asuntos del Jianghu”,
no podían evitar cierta… emoción. Sentían que, de pronto, también eran
heroínas, listas para castigar el mal y blandir la espada.
Tie Heng abrió la puerta.
La sirvienta dejó caer el plato con un
estruendo que hizo saltar a Lu Zhui, que esperaba en el patio.
—¡Ay! —Tie Yanyan le dio un codazo—. ¡Te
adelantaste! ¡Qué torpe!
Glosario:
1.
Cresta
Roja de Grulla o “hétǐnghóng”: Aunque el nombre suena poético, en la
ficción wuxia funciona como un veneno clásico, muy conocido en novelas de artes
marciales, suele ser rápido y mortal, asociado a traiciones, complots o pruebas
de lealtad. Su nombre proviene de la imagen de la cresta roja de la grulla, un
símbolo de elegancia y longevidad, lo que crea un contraste irónico: un veneno
mortal con un nombre bello.


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