Capítulo
115: El Reino Nuyue.
Un
buen matrimonio.
Los sirvientes que pasaban junto al
pequeño patio, al oír desde el pabellón Xiú aquellas reprimendas veladas,
sintieron un leve escalofrío. Aunque el señor de la casa solía ser estricto con
la señorita, rara vez se enfadaba de verdad. Y ahora, además, lo hacía delante
de invitados. ¿Acaso habría cometido ella un error imperdonable?
Tie Yanyan, sin embargo, estaba
profundamente decepcionada. Tie Heng no le permitía hacer un berrinche, ni
llorar, ni siquiera patalear. Solo le permitía sentarse como un tronco al borde
de la cama y escuchar. Ni siquiera podía romper un plato.
Nada que ver con lo que decían los
libros de cuentos.
Se suponía que por fin podría vivir como
una heroína errante del Jianghu, pero al final solo la hacían quedarse quieta
para recibir una reprimenda.
«¡Qué aburrido!»
Tie Yanyan se tapó los oídos, indignada.
«Los hombres son todos unos mentirosos.
Y los guapos… los guapos son los peores mentirosos de todos.»
Pasó el tiempo que tarda en arder una
varilla de incienso antes de que Tie Heng bajara las escaleras con el rostro
sombrío. Llamó a los criados y ordenó rodear el pabellón Xiú, prohibiendo que
la señorita diera un solo paso fuera.
Lu Wuming se levantó y preguntó:
—¿Y bien?
—Les ruego disculpas, gran héroe Lu,
joven maestro Lu —Tie Heng suspiró una y otra vez—. Es culpa mía por no saber
educar a mi hija. Por eso ha causado semejante desastre.
En cuanto a qué desastre era ese, Tie
Heng no lo explicó. Pero al ver la expresión de los tres hombres, los
sirvientes podían imaginar que debía tratarse de algo muy grave.
Al investigar más a fondo, descubrieron
que la cocina de la mansión Tie era un ir y venir constante. A menudo, los
platos ya cortados quedaban servidos en bandejas sobre la mesa mientras el
cocinero se ocupaba de otras cosas. En esas condiciones, no solo era posible
envenenar una vez: diez o veinte veces también, sin dejar rastro alguno.
Lu Zhui tomó una pieza de fruta
confitada con unas delicadas pinzas de plata y la observó bajo la luz del sol.
—¿Qué se supone que vas a encontrar así?
—preguntó Lu Wuming, desconcertado.
—Anoche estuve pensando —respondió Lu
Zhui—. Si el veneno fue puesto de manera tan evidente, ¿no será que alguien
quería advertirnos de algo?
—¿Advertirnos de que hay un problema en
la residencia del comandante? —aventuró Lu Wuming.
—También podría ser que el problema esté
en la fruta confitada —sonrió Lu Zhui—. Si ya había sido envenenada una vez, y
luego alguien descubrió el asunto, pero no podía decirlo abiertamente, quizá
por eso arrojó encima un puñado de polvo blanco tan llamativo. A menos que
estuviera ciego, yo tenía que notarlo.
—Eso… —Lu Wuming dudó—. ¿No es demasiado
rebuscado?
—Solo es una conjetura —dijo Lu Zhui—.
Pero esta residencia ya estaba bajo vigilancia. Cualquier cosa puede pasar.
—Cao Xu investigó y no encontró nada
—dijo Lu Wuming—. No sabemos si esas personas se marcharon o si se escondieron
en un lugar más oculto.
—Lo más probable es que sigan
escondidos. Si no han hecho nada, ¿para qué irse? —Lu Zhui dejó la fruta
confitada—. ¿Padre sigue sin dejarme salir?
Lu Wuming negó con la cabeza, como ya
esperaba:
—Si ni siquiera Cao Xu pudo averiguar
nada, ¿para qué quieres meterte en medio? No puedes ir a ninguna parte.
Lu Zhui se levantó, se estiró y caminó
hacia la salida.
—¿A dónde vas? —preguntó Lu Wuming con
voz grave.
—A ver al monje Faci. Quiero charlar un
rato con él —respondió Lu Zhui entre bostezos—. Llevo demasiado tiempo sentado;
me duelen los huesos.
***
En la Tumba Mingyue, Xiao Lan observó al
anciano cubierto de polvo frente a él, como si acabara de salir arrastrándose
de la tierra. No sabía si reír o suspirar de alivio. Llevaba dos días
desaparecido; Xiao Lan casi creyó que había vuelto a meterse en problemas.
Estaba a punto de ir a buscarlo a la montaña cuando, inesperadamente, el
anciano regresó por su cuenta.
—¿De qué tumba te metiste a escarbar
esta vez? —preguntó Xiao Lan.
—Esta vez no —Kong Kong Miaoshou se
bebió de un trago dos jarras de té antes de hablar en tono misterioso—.
¿Recuerdas que te mencioné aquel pergamino pintado en el pasadizo secreto de la
tumba de la Dama de Jade Blanco?
—Por supuesto que lo recuerdo —asintió
Xiao Lan—. ¿Encontraste algo?
Los ojos de Kong Kong Miaoshou
brillaban; apretaba las manos con fuerza, tratando de contener la emoción.
—En el cuadro había un gran navío, con
dos alas de hierro, majestuoso, surcando las nubes. En ese momento ya me
resultó familiar, como si lo hubiera oído mencionar en alguna parte. Pero no
fue hasta anteanoche que lo recordé: ¡era un antiguo barco de guerra del Reino
Nuyue!
—¿Reino Nuyue? —Xiao Lan no había
escuchado ese nombre antes.
—Un país insular perdido en la
inmensidad del océano. Se dice que sus habitantes son expertos en construir
barcos y forjar metales, que aparecen y desaparecen como fantasmas, y que
durante cientos de años casi no han tenido contacto con el mundo exterior. Por
eso nadie sabe su ubicación exacta —explicó Kong Kong Miaoshou—. Pero yo los
vi. Justo anteanoche.
Aquella noche, después de que Xiao Lan
se marchara, Kong Kong Miaoshou estaba a punto de dormir cuando vio aparecer en
el sendero de la montaña a un grupo de personas. Sus pasos eran uniformes, nada
que ver con mercaderes viajando de noche.
Con la situación tan tensa últimamente,
Kong Kong Miaoshou desconfiaba de todo y de todos. Así que los siguió en
silencio, decidido a averiguar quiénes eran.
—¿Y eran gente del Reino Nuyue?
—preguntó Xiao Lan—. ¿Cómo lo supiste?
—Los escuché hablar. Decían que debían
llevarse la estatua de jade de la Dama de Jade Blanco de vuelta al Reino Nuyue,
para colocarla en un lugar adecuado. Por su tono, parecía que le tenían un
respeto enorme —respondió Kong Kong Miaoshou—. Los seguí dos días. Estuvieron
buscando algo en la montaña, no sé qué. Pero al final los perdí de vista.
—Un país insular perdido en el océano…
¿y aun así tiene relación con la Dama de Jade Blanco? —Xiao Lan le pasó una
taza de té caliente—. Si incluso usted los perdió, su qinggong debe de
ser notable.
—Quería seguir buscándolos, pero luego
pensé… pensé que tú… que te preocuparías, así que regresé —dijo Kong Kong
Miaoshou, con un tono entre molesto y avergonzado, incluso un poco
desorientado. Todavía no terminaba de aceptar que hubiera alguien en el mundo
que se preocupara por su vida o su muerte.
Xiao Lan sonrió.
—Gracias, señor.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Kong Kong
Miaoshou.
—Escribiré una carta para informarle a
Mingyu. Que él se encargue —respondió Xiao Lan—. Usted descanse un poco. Luego
iremos juntos a revisar de nuevo ese pasadizo secreto.
—¿Y no temes quedarte atrapado?
—preguntó Kong Kong Miaoshou.
—Si usted pudo salir, yo también
—respondió Xiao Lan.
—¿Y si vuelve a aparecer ese tigre de
hierro? —Kong Kong Miaoshou aún temblaba al recordarlo.
—No se preocupe. Sé lo que hago —Xiao
Lan alzó el mentón—. Vaya a dormir.
Kong Kong Miaoshou no dijo nada.
Como seguía sin moverse, Xiao Lan
terminó empujándolo hacia la habitación. Luego extendió el papel y escribió
todo lo referente Reino de Nuyue. Al salir de la tumba, entregó la carta a
Ahun.
Después de días esperando sin nada que
hacer, Ahun por fin tenía una tarea. Montó a caballo y salió disparado hacia la
ciudad de Yangzhi, más rápido incluso que Xiaohun.
Lu Zhui levantó ligeramente las
comisuras de sus labios.
Lu Wuming le dio un golpecito en la
cabeza.
—¿De qué te ríes tonto?
—Se llama conexión espiritual —Lu Zhui
le entregó la carta.
Lu Wuming la abrió y la leyó por encima.
Le dolió la cabeza.
—¿Cómo que ahora aparece también un
Reino Nuyue?
—Si está relacionado con la Dama de Jade
Blanco, entonces está relacionado con la Tumba Mingyue. Cuantos más hilos
sueltos aparezcan, más ventaja tenemos —dijo Lu Zhui—. Cuando estaba en la
capital acompañando a Lord Wen a secar libros, mencionó este Reino Nuyue. Dicen
que cuando se avecinan huracanes y olas gigantes, los habitantes suben a un
gran barco, cargan comida y ganado, despliegan las alas de hierro y surcan las
nubes en busca de un nuevo lugar donde vivir.
Lu Wuming negó con la cabeza.
—Ridículo.
—Es solo una leyenda. Por eso suena tan
extraña. Pero resulta que el país sí existe —Lu Zhui sonrió—. Al menos, cuando
volvamos a la capital, tendré una historia más que contar. Y de paso le robaré
a Lord Wen un poco de té Pu’Er y carne curada.
Lu Wuming guardó silencio.
«Si quieres comer, tu padre tiene plata
para comprarte. ¿Por qué siempre dices “robar” o “engañar”?»
Lu Zhui se puso las manos a la espalda
y, tarareando, fue a buscar al monje Faci.
«Reino Nuyue, Reino Nuyue…»
En una cueva de montaña, una joven mujer
suplicaba:
—¿Cuándo podremos entrar por fin a la
ciudad?
—Nuestra gente ya está dentro —respondió
el hombre al que sujetaba del brazo. Era un joven de unos veinte años,
corpulento, de rostro cuadrado y cejas espesas, con un porte vigoroso, el tipo
de apariencia recta y honesta que tanto agradaba a los mayores.
—Pero yo quiero ver al joven maestro Lu
—dijo la mujer.
El hombre la hizo sentarse sobre un
montón de hierba.
—Eres mi esposa. ¿Cómo puedes decir tan
abiertamente que quieres ver a otro hombre?
—¡Qué disparate! ¿Qué otro hombre? —la
mujer lo pellizcó—. Si no fuera por el joven maestro Lu, ¿de dónde habrías
sacado esposa?
El hombre le pasó una cantimplora.
—Llevas media hora hablando de él. Ya
debes tener la boca seca.
—El joven maestro Lu me salvó la vida.
En ese entonces no sabía quién era, solo pensé que era muy guapo —dijo la
mujer—. El hombre que estaba a su lado también era guapo. Los dos hacían buena
pareja.
El hombre negó con la cabeza y suspiró
profundamente.
—Mírate. Solo te falta babear. ¿Qué
clase de matrimonio he ido a conseguir?
—Solo quiero agradecerle —la mujer
abrazó sus rodillas—. No sabes lo aterrador que fue aquella noche.
—Cada vez que lo cuentas, te brillan los
ojos. No parece que te hayas asustado tanto —dijo el hombre—. Además, vinimos al
Gran Chu para encontrar la estatua de la Dama de Jade Blanco, no para ver al
joven maestro Mingyu.
—Pero no la encontraste —la mujer volvió
a tomarle del brazo—. Si no la encontraste, entonces únete al joven maestro Lu.
Eso fue lo que mis padres te dijeron antes de partir.
El hombre la miró con resignación.
—Eso sí lo recuerdas bien.
—No bebas vinagre sin motivo —la joven
mujer lo sacudió del brazo—. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo para que lo
entiendas? Solo quiero ir a darle las gracias, agradecerle que me salvara en la
ciudad Huishuang… y de paso ver si él y el otro joven héroe ya se han casado.
El hombre no sabía si enfadarse o reír.
—¿Y por qué no podrían casarse con una
joven heroína?
—Ay, ya te dije que no entiendes —la
mujer sonrió con deleite—. Es que se ven tan bien juntos… Con cualquiera más no
harían tan buena pareja.
El hombre se recostó sobre el mullido
cojín de piel, usando el brazo como almohada, agotado.
El día había empezado tan bien. Y ahora
tenía que escuchar por octingentésima vez: «¿Cuándo me llevarás a ver al
joven maestro Lu?»
Al verlo hacerse el muerto, la mujer
miró al cielo y le tiró del cabello.
Ella era, en su día, la muchacha más
bonita Huishuang: Yao Xiaotao [1], la hija del anciano Yao de la tienda de
tofu.
Después de que Lu Zhui la rescatara, los
tres de la familia viajaron día y noche para reunirse con el prometido en
tierras lejanas. Pero cuando por fin llegaron a Yunnan, los padres fueron
recibidos con la puerta cerrada… y con perros. Entre insultos y gritos,
entendieron lo ocurrido: alguien había llegado antes con la noticia de que la
familia Yao había ofendido a un gran villano y que Yao Xiaotao había quedado
desfigurada, convertida en un monstruo. El prometido no quería una esposa
“horrenda”, ni quería atraer desgracias a su casa, así que rompió el compromiso
sin el menor pudor.
La familia Yao, de carácter firme, no
pensó en aclarar la verdad. Al contrario: consideraron que era mejor descubrir
pronto el verdadero rostro de aquel ingrato, antes de que su hija cayera en un
pozo de fuego. Con el dinero que Lu Zhui les había dado, decidieron buscar otro
pueblo, ocultar su identidad y vivir en paz. Pero en el camino, por pura
casualidad, encontraron un matrimonio verdaderamente afortunado.
Yao Xiaotao removió distraídamente el
fuego, miró al hombre a su lado y, por octingentésima primera vez, preguntó:
—¿Cuándo “exactamente” vas a llevarme a
ver al joven maestro Lu?
Glosario:
1.
Yao
Xiaotao: Lu Zhui se
disfrazó de ella para salvarla, recuerda que Qi Peng la odia por ser más
hermosa que él y envió a Xiao Lan para asesinarla. Por supuesto, esta chica
representa el fandom y por las interacciones de ambos, los “shippeó”. Sale en
el capítulo 24, capítulo 25 y capítulo 26.


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