Capítulo
106: Mecanismo.
La
prisión de la que no se puede escapar.
Lu Wuming le sujetó la muñeca. Bajo sus
dedos, el pulso alternaba entre rápido y lento, y un hilo de frío se filtraba
hacia afuera, extendiéndose muy pronto por todo el cuerpo.
—¡Joven maestro Lu! —Yue Dadao regresó
con un puñado de flores silvestres, pensaba dárselas a Lu Zhui, pero al verlo
sentado en el suelo con el rostro pálido, se llevó un susto y corrió a
ayudarlo. Su grito alarmó a los demás. Tao Yu’er se agachó frente a Lu Zhui y
apoyó con urgencia la palma en su frente.
—Es veneno frío —dijo Tao Yu’er—.
¿Cuánto tiempo lleva sin manifestarse?
Lu Zhui respondió con esfuerzo:
—Desde que bajamos de la montaña
Qingcang no se ha vuelto a manifestar. Lord Ye también dijo que solo debía
tener más cuidado.
Antes de partir estaba perfectamente
bien; no esperaba que llegara tan de repente.
—No vayamos a esa Bahía de la Luna —dijo
Lu Wuming cargándolo a la espalda—. Volvamos primero.
El cuerpo de Lu Zhui estaba helado, y ya
no tenía fuerzas para decir nada más; solo murmuró un leve “Mn”.
Cuando el veneno frío se activaba, todo
el cuerpo se entumecía, y hasta el corazón parecía doler tenuemente. Creyó que
no lograría regresar al refugio, pero tras caminar un tramo montaña abajo, la
incomodidad se alivió mucho; la respiración volvió poco a poco a la normalidad.
—¿Cómo te sientes ahora? —Tao Yu’er no
dejaba de observar su estado.
—Mucho mejor —dijo Lu Zhui—. Padre,
quiero sentarme un momento.
Ah Liu se apresuró a quitarse la capa
exterior y la colocó sobre una piedra relativamente plana. Entre él y Lu Wuming
ayudaron a Lu Zhui a sentarse. Pensó en pasarle el odre de agua, pero recordó
que el muchacho ya estaba helado; ¿cómo iba a beber agua fría? Así que solo
pudo quedarse mirándolo con el corazón en un puño, temiendo que algo volviera a
ir mal.
Lu Zhui cerró los ojos y descansó un
rato. La luz tibia del sol se derramaba sobre él como un par de brazos cálidos
que apaciguaban la inquietud y la duda. Los sonidos a su alrededor se volvían
más nítidos: el canto claro de los pájaros, como campanillas en la montaña.
Pasó un buen rato antes de que abriera
los ojos. Frente a él, los cuatro lo observaban sin atreverse siquiera a
respirar.
—Ya estoy bien —dijo Lu Zhui.
Lu Wuming y Tao Yu’er le tomaron el
pulso al mismo tiempo.
—De verdad —insistió.
Que fuera verdad, no dependía de sus
palabras, pero tras revisarlo, comprobaron que su pulso estaba mucho más
estable. Lu Wuming por fin respiró aliviado.
—¿Será que no puedes entrar en esa montaña
Baoxian? —Tao Yu’er le secó el sudor frío de la frente—. Si no, ¿cómo es que,
estando bien, de pronto el veneno se activa?
—¿Será por eso? —Lu Zhui dudó. Pero no
había otra explicación: ¿por qué al entrar en la montaña sentía palpitaciones,
y al salir se encontraba bien?
La montaña era demasiado húmeda y
sombría. Aunque Lu Zhui ya estaba mucho mejor, nadie se atrevió a bajar la
guardia. Ah Liu lo cargó sin dudar y regresó a toda prisa a la cueva donde se
alojaban.
Cuando lo metieron en el lecho, Lu Zhui
en realidad ya se había recuperado por completo. Aparte de cierta pereza y
somnolencia, el frío punzante había desaparecido, y su corazón latía con
normalidad. Tao Yu’er le añadió otra manta, lo dejó bien arropado y, solo
cuando lo vio dormido, salió de la cueva en silencio.
—¿Qué habrá en esa montaña? —preguntó Lu
Wuming.
—Es difícil decirlo —Tao Yu’er negó con
la cabeza—. El veneno frío en el cuerpo de Mingyu se lo dejó esa vieja bruja.
Han pasado tantos años que ni el médico divino Ye ha podido identificarlo;
menos aún otros. Y ahora, que el veneno se active sin razón… no sabemos si es
por la montaña Baoxian o por otra cosa.
Lu Wuming frunció el ceño sin hablar.
Con lo que conocía a la tía Fantasma, aunque la trajeran atada en ese mismo
instante, ella preferiría que la despellejaran antes que dejar de desear que el
hijo suyo y de Hai Bi sufriera. Y aun si revelara el veneno y el antídoto,
¿cómo distinguir lo verdadero de lo falso? No era de fiar.
—Ahora que Lan’er es alguien importante
para esa vieja bruja —dijo Tao Yu’er—, quizá pueda ayudarnos.
Lu Wuming negó con la cabeza.
—Si llega a cometer un descuido y la tía
Fantasma se aprovecha para usarlo contra Mingyu, ¿qué haríamos?
—Lan’er es la persona que Mingyu eligió
y aprecia —replicó Tao Yu’er—. Si no confías en mi hijo, al menos confía en el
juicio de Mingyu. ¿Cómo iba a ser tan insensato?
No habría pasado nada si no lo
mencionaban, pero al tocar ese tema, Lu Wuming volvió a recordar todas las
heridas y enfermedades de Lu Zhui, muchas de ellas dejadas por la propia mano
de Xiao Lan, y el pecho se le apretó aún más.
—Precisamente porque antes hirió a
Mingyu, esta vez será más cuidadoso —Tao Yu’er no quería seguir discutiendo en
ese momento—. De lo contrario, tú y yo solo estaríamos aquí angustiándonos,
peleando sin sentido y no serviría de nada.
—Así es, shifu —Yue Dadao añadió desde
un lado—. Aunque el joven maestro Lu parece mejor estos días, al fin y al cabo,
la raíz de la enfermedad sigue ahí. No podemos confiarnos.
Lu Wuming sabía que su preocupación por
Lu Zhui lo llevaba a pensar de forma parcial. Se obligó a calmarse un momento
antes de hablar:
—Tampoco sabemos cómo va lo de Kong Kong
Miaoshou. Que no vaya a provocar un alboroto en la Tumba Mingyue justo ahora… A
Xiao Lan le resultará difícil escapar de esa situación y la tía Fantasma estará
más alerta.
—Esperemos una noche más —dijo Tao Yu’er—.
Si Lan’er no regresa, iré yo misma a por él dentro de la tumba. No permitiré
que a Mingyu le pase nada.
—Gracias —respondió Lu Wuming.
Tao Yu’er se frotó el entrecejo.
—No hace falta agradecer. Solo espero
que en el futuro el gran héroe Lu trate mejor a Lan’er, y no esté haciendo
malas caras a cada rato. Si no fuera porque Mingyu es tan obediente… un
pariente político así no sería precisamente mi primera elección.
Lu Wuming: “…”
Mientras los mayores de ambas familias
se despreciaban mutuamente afuera, dentro de la cueva Lu Zhui dormía
profundamente envuelto en gruesas mantas. Los sueños se sucedían uno tras otro:
el Jiangnan de ruiseñores y hierba fresca, la persona amada sentada en el
patio, calles enteras cubiertas de cintas rojas que se perdían en el horizonte.
Incluso soñó con Yue Dadao cargando a un bebé rollizo y blanco, vestido con un
pequeño dudou rojo, riendo con los ojos entrecerrados.
«Así que ya soy abuelo, ¿eh?» pensó Lu Zhui en su sueño, chasqueando
los labios con satisfacción.
****
En la Tumba Mingyue, Xiao Lan avanzaba
con su gente por los pasadizos, desde el Gran Salón del Loto Rojo hasta la
cámara más profunda, recorriendo cada corredor. Algunos discípulos lo vieron y
pensaron que estaba en una inspección rutinaria; se limitaron a inclinar la
cabeza sin notar nada extraño.
Solo Xiao Lan sabía que estaba buscando
a Kong Kong Miaoshou. Pero tras recorrer todo el camino, no había obtenido
ningún resultado. Los guardias de cada punto aseguraban que todo estaba normal,
que ni siquiera un ratón había entrado.
«¿A dónde habrá ido?»
Xiao Lan frunció el ceño al regresar
solo al Gran Salón del Loto Rojo. Estaba seguro de que Kong Kong Miaoshou
seguía dentro de la tumba; con su carácter y su obsesión, jamás lo abandonaría
a mitad del camino.
Si había desaparecido sin dejar rastro,
lo más probable era que, al deambular por la tumba, hubiera quedado atrapado
por algún mecanismo. Pero ¿por dónde empezar a buscar? Xiao Lan negó para sí,
se puso en pie y bajó directamente por el pasadizo oculto, atravesando el
corredor iluminado por un resplandor perlado. Al final se encontraba la cámara
funeraria de la Dama de Jade Blanco.
—Joven maestro Xiao —los discípulos que
custodiaban la entrada se inclinaron al unísono.
—¿Hubo algún movimiento? —preguntó Xiao
Lan.
—Solo se oyen, de vez en cuando, los
aleteos de los murciélagos —respondió uno de los guardias—. Fuera de eso, nada
más.
—Voy a entrar —dijo Xiao Lan.
El guardia vaciló.
—Pero la tía dio órdenes: nadie puede
entrar sin el medicamento de la boticaria para dispersar a los murciélagos vampiros
dorados.
—La tía también dijo que este asunto
quedaba enteramente bajo mi responsabilidad —replicó Xiao Lan—. Abrid la
puerta. Si algo le ocurre al féretro de jade, la culpa será vuestra.
El guardia dudó un instante, pero al ver
el gesto de desagrado en el rostro del joven maestro, se hizo a un lado y
ordenó a los demás retirarse. Ahora que Black spider había caído en desgracia,
Xiao Lan era el único futuro heredero de la Tumba Mingyue; no tenía sentido
enfrentarse a él. Aun así, murmuró una advertencia:
—Joven maestro, por favor tenga cuidado.
No permita que esos murciélagos vampiros dorados salgan volando.
Xiao Lan extendió la mano y empujó las
grandes puertas. Se deslizó hacia el interior con una velocidad fulminante;
antes de que aquellos murciélagos colgados como estalactitas reaccionaran, la
puerta ya había vuelto a cerrarse con firmeza.
El grupo de murciélagos se agitó un
instante, pero pronto recuperó la calma. No habían detectado al intruso. La
cámara funeraria permanecía en silencio, interrumpida solo por el ocasional
batir de alas.
No había murciélagos vampiros dorados en
movimiento, ni tampoco rastro del anciano Kong Kong.
Xiao Lan sintió un leve dolor de cabeza.
Aunque había crecido en la Tumba Mingyue, jamás había mostrado interés por los
mecanismos. Incluso si alguien le asegurara que, Kong Kong Miaoshou estaba
encerrado en algún punto de esa misma cámara, encontrarlo le costaría un enorme
esfuerzo… y eso sin contar la cantidad de murciélagos presentes. Cualquier
movimiento en falso podría provocar que todos lo atacaran a la vez.
El féretro de jade seguía colocado sobre
la plataforma elevada. La figura en su interior era apenas visible, como
siempre. Sin embargo, Xiao Lan percibió de inmediato que el féretro había sido
movido ligeramente: ya no estaba perfectamente alineado.
Solo había dos posibilidades: o bien
bajo la Dama de Jade Blanco había un mecanismo oculto que Kong Kong Miaoshou —o
Fu— habían descubierto, moviendo el féretro para saltar dentro; o bien los
murciélagos, al notar que ese lugar ya no era seguro, habían intentado llevarse
el féretro, pero por alguna razón no habían completado la acción.
Xiao Lan pensaba subir a comprobarlo,
pero antes debía encontrar la manera de rodear a esos murciélagos sedientos de
sangre.
Justo en ese momento, un murciélago
enorme abrió las alas y voló tambaleante hacia una esquina opuesta, provocando
que otro grupo se agitara, como si protestaran por la invasión de su
territorio.
Xiao Lan actuó sin vacilar. Entre sus
dedos salió disparada una aguja plateada, fina como un cabello de buey. Primero
atravesó con un silbido las alas y cuerpos de varios murciélagos, y luego se
clavó con fuerza en la pared.
Tal como esperaba, el grupo entero se
sobresaltó. El dolor era mínimo, casi imperceptible, pero real; así que solo
revolotearon desorientados un par de vueltas antes de volver a posarse en masa,
retomando su sopor.
En ese brevísimo instante, Xiao Lan ya
había saltado hasta la plataforma del féretro de jade.
La Dama de Jade Blanco seguía acostada
con serenidad, sin haber sido perturbada. Xiao Lan observó alrededor y apoyó
suavemente la mano sobre el féretro, dispuesto a probar si podía moverlo. Pero
antes siquiera de aplicar fuerza, una delgada grieta se abrió en la superficie
del jade.
Xiao Lan retiró la mano de inmediato,
con cierta duda entre las cejas. Aquel féretro de jade era extremadamente
frágil y, al mismo tiempo, muy pesado; las marcas alrededor tampoco parecían
indicar que hubiera sido movido.
«¿Será que me equivoqué y no hay ningún
mecanismo debajo?»
Pero si no era ahí, tampoco sabía dónde
más podría ocultarse uno en esa cámara funeraria.
«¿A dónde pudo ir?»
Xiao Lan volvió a mirar a la Dama de
Jade Blanco. Tal vez por la presencia de tantos murciélagos horrendos, su
rostro parecía aún más marchito y sombrío. Seguía siendo hermoso, pero ya no
era un rostro que invitara a la admiración o al asombro; como diría Lu Zhui, en
cada rasgo se filtraba un gris mortecino, idéntico al de los retratos.
De pronto, Xiao Lan sintió que,
comparado con ser profanada, conjeturada y perturbada una y otra vez, ella
seguramente habría preferido ser enterrada en otro lugar, convertirse en polvo,
y que una tormenta la arrastrara al mar, llevándose consigo todos los
recuerdos, para así aspirar a una vida futura tranquila y ordinaria.
«Perdone la molestia, señora.» pensó Xiao Lan en silencio.
El cuerpo dentro del féretro, por
supuesto, no le respondió. Solo el anillo de nieve en su mano emitía un tenue
resplandor.
****
Kong Kong Miaoshou había recorrido siete
u ocho veces aquel pasadizo cubierto de pinturas sobre la vida de la Dama de
Jade Blanco. Solo cuando el estómago empezó a rugir como un tambor recordó que
debía buscar la manera de salir. Volver por donde había entrado sería lo más
sencillo, pero por más que buscó, no logró encontrar el mecanismo. No tuvo más
remedio que apoyarse en la memoria, arrastrándose por el suelo, palpando cada
pulgada con cuidado, concentrándose en los sonidos que devolvía cada golpe.
Tras media hora de búsqueda, por fin
encontró un hueco anómalo. Pero al examinarlo con detenimiento, un sudor frío
le recorrió la espalda.
Con su vasta experiencia, aquello era
claramente un mecanismo de una sola dirección: desde fuera se podía entrar,
pero desde dentro no había forma de salir, a menos que destruyera todo el
mecanismo. Y dejando de lado si tenía o no fuerza para mover una plancha de
hierro entera, incluso si lograba desmontar la puerta, el ruido alertaría sin
duda a los guardias de la Tumba Mingyue. Y eso traería problemas aún mayores.
Kong Kong Miaoshou soltó una maldición
entre dientes y escupió con fuerza al suelo. Volvió sobre sus pasos, irritado y
miró los huesos blanqueados incrustados en la pared, restos del hombre que
había sellado ese pasadizo siglos atrás. «Si querías volverte loco por una
belleza y vigilarla por cientos de años después de muerto, podrías haber
sellado la entrada de una vez. ¿Por qué dejar esta trampa para otros?»
Y si al menos hubiera un tesoro
escondido en el pasadizo, todavía tendría sentido. Pero por unas cuantas
pinturas extrañas, ¿pretender que él se quedara allí enterrado? Era un negocio
demasiado ruin.
«Debo encontrar la forma de salir.» Kong Kong Maioshou se agachó, se rascó
la oreja con frustración. A esas alturas, solo podía esperar que, cuando
rompiera la puerta, quien estuviera afuera fuera Xiao Lan y no cualquier otro.
****
Xiao Lan salió de la cámara funeraria de
la Dama de Jade Blanco. La gran puerta se cerró de golpe. Los guardias soltaron
un suspiro de alivio: «Por fortuna, nada salió mal.»
—Seguid vigilando —ordenó Xiao Lan—. Si
escucháis cualquier ruido dentro, avisadme de inmediato. Nadie debe entrar sin
permiso, no vaya a escapar un murciélago vampiro dorado.
—Sí, joven maestro —respondió el
guardia—. Lo entiendo.
Xiao Lan se dio la vuelta y abandonó el
pasadizo, aún sin saber dónde buscar. Haber aceptado traer a Kong Kong Maioshou
había sido para ganar un aliado, pero ahora solo tenía un problema más entre
manos.
De regreso en el Gran Salón del Loto Rojo,
repasó todo una vez más. Seguía convencido de que el lugar más probable donde Kong
Kong Miaoshou podía estar era la cámara de la Dama de Jade Blanco. Pero él no
entendía de mecanismos ni de formaciones; solo podía ir a preguntarle a su
madre. Quizá ella conociera otra salida.
—¡Alguien venga! —llamó Xiao Lan,
incorporándose.
—Joven maestro Xiao —los discípulos
entraron en fila.
—Voy a salir un momento —dijo Xiao Lan—.
Si ocurre algo en la tumba, avisadme con una señal.
—¡Sí! —respondieron. Uno de ellos
preguntó con cautela—. ¿Puedo saber adónde va el joven maestro Xiao?
Xiao Lan, mientras se vestía, le lanzó
una mirada.
—Este subordinado habló de más —se
apresuró a callar el discípulo, acompañándolo con la mirada hasta que salió del
salón.
El viento nocturno era fresco en el
sendero de la montaña, y parecía que pronto volvería a llover. Xiao Lan espoleó
su caballo, avanzando como un relámpago negro. No temía que la tía Fantasma
sospechara: Black Spider había escondido oro y plata en muchas cuevas alrededor
de la tumba; podía inventar cualquier excusa. Pero los mecanismos de la tumba
eran peligrosos e impredecibles. Cuanto más tiempo pasara, mayor sería el
riesgo para Kong Kong Miaoshou. Debía darse prisa.
En la entrada trasera de la montaña, Ah Liu
hacía guardia. A lo lejos vio un caballo acercarse a toda velocidad. Se levantó
de un salto con su gran espada de anillos dorados al hombro, pero al reconocer
al jinete, se relajó y corrió a sujetarle las riendas.
«Al fin y al cabo, era mi “madre”;
aunque no sepa cocinar ni lavar, sigue siendo mi madre.»
Xiao Lan, en cambio, se sorprendió.
Pensaba que todos habían ido a la Montaña Baoxian y que pasarían la noche en el
bosque, regresando al amanecer. Había venido solo para dejar una carta
explicando la situación, sin esperar encontrarse con Ah Liu.
—¿Y los demás? —preguntó Xiao Lan.
—A estas horas, durmiendo, claro
—respondió Ah Liu—. ¿Encontró al anciano Kong Kong?
—Vengo precisamente por eso —dijo Xiao
Lan—. El anciano Kong Kong Miaoshou ha desaparecido. Sospecho que quedó
atrapado en la cámara funeraria de la Dama de Jade Blanco, así que vine a
preguntarle a mi madre sobre los mecanismos.
Ah Liu respondió:
—La señora Tao se acostó hace poco.
—¿No fueron hoy a la Bahía de la Luna?
—preguntó Xiao Lan.
—Fuimos —Ah Liu agitó la mano—. Ni lo
menciones. Apenas entramos a la montaña y no habíamos avanzado nada cuando a mi
padre le atacó el veneno frío. No podía ni mantenerse en pie.
El corazón de Xiao Lan se hundió.
—¡¿Cómo está Mingyu?!
—Mi padre ya está bien. En cuanto
salimos de la Montaña Baoxian, se recuperó de inmediato —dijo Ah Liu—. Esta
noche se comió media pollo asado y sigue durmiendo hasta ahora.
«Y me quitó el culete del pollo, pero
eso no lo voy a decir.»
Ah Liu añadió:
—Madre ¿quieres ir a verlo?
Xiao Lan negó con la cabeza.
—No hace falta. Mientras esté bien, que
descanse.
Tao Yu’er salió envuelta en una capa,
sonriendo.
—Esto sí que es una sorpresa. Te escuché
desde dentro un buen rato y pensé que ibas a entrar corriendo como un rayo.
—Madre —saludó Xiao Lan.
—Tranquilo, Mingyu está bien. Aunque yo
pensaba ir a buscarte mañana por la mañana —dijo Tao Yu’er sentándose sobre una
roca—. No esperaba que vinieras tú solo.
—¿Me buscabas por lo del veneno frío de
Mingyu? —preguntó Xiao Lan.
Tao Yu’er asintió.
—Ese veneno se lo puso la vieja bruja.
Sea o no posible curarlo, al menos hay que averiguar qué es. Ahora que ella
confía en ti, aprovecha cada oportunidad para preguntarle. Puede que encuentres
alguna pista.
Xiao Lan inclinó la cabeza.
—Este hijo lo entiende.
—¿Cómo te fue? ¿No hay avances con el
anciano Kong Kong Miaoshou? —preguntó Tao Yu’er.
Xiao Lan le explicó sus sospechas.
—¿Madre podría ayudarme a encontrar el
mecanismo?
—Eso no es fácil. Las formaciones y los
mecanismos son cosas distintas —negó Tao Yu’er—. ¿Y si ese viejo simplemente no
quiere salir? A lo mejor ahora mismo está sentado sobre un montón de oro y
plata, tan feliz que ni se acuerda de ti.
—Madre… —dijo Xiao Lan con resignación.
Tao Yu’er le acomodó el cuello de la
túnica.
—Mira tú, no sabía que te importaba
tanto ese viejo.
—No puedo dejar a un anciano atrapado en
la tumba —respondió Xiao Lan.
—Cuando él andaba metiéndose en líos por
todas partes, no pensó en ti —replicó Tao Yu’er—. No te precipites. Al final
todo son conjeturas tuyas. Puede que ni siquiera esté en la cámara de la Dama
de Jade Blanco. Dime, ¿cuánto tardará la boticaria en preparar el medicamento
para dispersar a los murciélagos?
—Al menos ocho días —respondió Xiao Lan.
—Entonces esperaremos ocho días
—sentenció Tao Yu’er.
Xiao Lan: “…”
—Hazme caso —continuó ella—. Ese viejo
está acostumbrado a meterse en tumbas. Aunque realmente esté atrapado, sin
comer ni beber puede aguantar medio mes. Y ahora la cámara está llena de
murciélagos. Dime tú, ¿cómo piensas buscarlo?
—Justo porque no tengo forma, vine a
consultarlo con usted —dijo Xiao Lan.
—Pues ya te dije la forma. Ahora dime:
¿vas a obedecer o no? —preguntó Tao Yu’er.
Xiao Lan suspiró.
—No quiero que al anciano le pase nada.
—Lo sé —respondió Tao Yu’er—. Eres bueno
en todo, pero cuando se trata de proteger a los tuyos, te pones ansioso. Y ni
ese viejo, ni Mingyu, ni yo necesitamos tanta protección como crees.
Ah Liu, a un lado, se rascó la oreja con
protesta silenciosa. «Mi padre sí necesita protección. Está envenenado, es
delicado y perfectamente puede pasar por un débil erudito. No aplasta rocas con
las manos.»
—Mingyu… —empezó Xiao Lan.
—Ve a verlo tú mismo —lo interrumpió Tao
Yu’er—. Aunque esté débil, si despierta y te ve, se alegrará. Más que seguir
durmiendo.
—¿Y el anciano Lu? —preguntó Xiao Lan.
—Vas a ver a tu enamorado, ¿qué te
importa él? —Tao Yu’er lo tomó de la mano y lo llevó hacia la cueva.
Lu Wuming estaba sentado junto al fuego,
despierto.
—Señor Lu… —saludó Xiao Lan.
Pero Tao Yu’er lo empujó directamente
hacia el interior donde dormía Lu Zhui. La cueva no tenía puerta, pero sí una
gruesa cortina que bloqueaba el viento… y a las personas.
La mirada de Lu Wuming era profunda y
oscura.
Tao Yu’er se sentó junto al fuego como
si no hubiera visto nada.
Lu Zhui dormía profundamente. Primero
por el veneno, segundo porque, sin importar la edad, cuando un padre está
vigilando afuera, uno baja la guardia y se entrega por completo al sueño.
Xiao Lan se agachó suavemente junto al
lecho. Una pequeña mecha ardía, su luz apenas alcanzaba para iluminar la mitad
del rostro de su amado. Tal vez era sugestión, pero le pareció que estaba aún
más delgado que el día anterior.
La respiración era tranquila. Xiao Lan
no quiso despertarlo. Quería quedarse allí en silencio hasta el amanecer, para
que al abrir los ojos lo primero que viera fuera él. Pero sabía que aún tenía
demasiadas cosas por resolver. Solo cuando las cumpliera podría darle el futuro
que una vez le prometió. No podía permitirse ser caprichoso ahora.
Inclinó la cabeza y dejó un beso sobre
el cabello oscuro esparcido sobre la almohada. En sus ojos había un afecto
profundo, enredado con una sonrisa suave. No importaba cuán cansado o irritado
estuviera: al ver a la persona que amaba, su mente caótica y su cuerpo agotado
parecían recomponerse.
—¡EJEM! —Afuera, Lu Wuming carraspeó con
autoridad. «Ya es hora de salir; el cielo está por clarear.»
—Gracias… —dijo Tao Yu’er.
Lu Wuming: “…”
Tao Yu’er siguió atizando el fuego,
diciendo con indiferencia:
—Con el carácter de mi tonto hijo,
seguro que no quiere despertar a Mingyu. A lo sumo lo mirará un rato y se irá.
Pero ese carraspeo tuyo, gran héroe Lu… ese sí que puede ayudar un poco.
Lu Wuming guardó silencio.
Había bajado la guardia.
Lu Zhui se frotó los ojos, sorprendido.
—¿Cómo es que estás aquí?
Xiao Lan lo sujetó.
—No te muevas.
—¿Pasó algo en la tumba? —preguntó Lu
Zhui.
—No pasó nada —respondió Xiao Lan—, pero
no encontré al anciano Kong Kong Miaoshou y vine a consultar con mi madre. No
esperaba que Ah Liu me dijera que tu veneno frío volvió a atacarte. ¿Cómo te
sientes ahora?
—El veneno está bajo control —dijo Lu
Zhui con gesto amargo—. La manta está demasiado gruesa. Quiero incorporarme un
poco.
Xiao Lan metió la mano y comprobó que
estaba empapado en sudor.
—Es pleno verano —murmuró Lu Zhui.
—¿Qué verano? Si ya casi es otoño
—refunfuñó Xiao Lan, aunque igualmente lo ayudó a sentarse y bajó un poco la
manta.
—Cuéntame lo del anciano Kong Kong
Miaoshou —dijo Lu Zhui, tirando del cuello de su túnica para airearse.
Xiao Lan suspiró.
—Debí irme antes. Con esa actitud tuya,
ya no piensas dormir.
—Desde que regresé no he bajado de la
cama —se quejó Lu Zhui en voz baja—. Si sigo durmiendo, me convertiré en un
cerdo.
Xiao Lan no pudo evitar reír.
—¿Quieres agua?
Lu Zhui negó y lo apuró:
—¡Habla ya!
—Si te lo cuento, luego te vas a dormir bien
—dijo Xiao Lan, tomándole la mano. Le explicó sus sospechas.
—¿Hay grietas en el féretro de jade?
—preguntó Lu Zhui.
Xiao Lan asintió.
—Además de la fisura que provoqué yo,
hay otras nuevas. Antes no estaban.
—Tu intuición es correcta. Yo también
creo que Fu intentó llevárselo —dijo Lu Zhui—. Pero es demasiado pesado y
frágil, así que no pudo. Y como le tiene tanto cariño a la Dama de Jade Blanco,
no querría dañarla. Solo pudo dejarlo y buscar otro plan.
—La entrada siempre está vigilada, así
que tanto Fu como el anciano Kong Kong Miaoshou debieron entrar por otro
pasadizo —dijo Xiao Lan—. Pero no lo encontré.
Ahora sí lamentaba no haber aprendido
más del viejo.
—Ya eres bastante bueno —Lu Zhui le dio
una palmadita en la mejilla—. Ningún mortal puede saberlo todo. Mira: lo que tú
no sabes, yo tampoco.
Xiao Lan sonrió.
—Ya terminé de contarte. Ahora deberías
dormir, ¿vale?
—Dame un beso —pidió Lu Zhui en voz
baja.
Xiao Lan se inclinó y le dio un beso
suave en la comisura de los labios.
—No basta —dijo Lu Zhui.
Xiao Lan le pellizcó la nariz.
—Mi suegro y mi madre están afuera.
Lu Zhui lo abrazó por la cintura.
«Aunque estén afuera, quiero un beso. No
haré ruido.»
Xiao Lan apoyó su frente contra la de
él, divertido y enternecido. Lu Zhui parecía un niño pidiendo dulces, con los
ojos brillantes, imposible de rechazar.
Sus labios se encontraron, compartiendo
afecto y deseo. Xiao Lan lo rodeó por la cintura, la palma apoyada en la
espalda ligeramente fría y húmeda. Al sentir las vértebras marcadas, lo besó
con aún más suavidad.
Lu Zhui se dejó caer por completo en sus
brazos. Al principio tenía algo de fuerza, pero pronto se volvió perezoso, con
los ojos cerrados, dejándose llevar, abriendo apenas los labios para ofrecerle
más dulzura.
Xiao Lan sonrió y murmuró:
—¿Por qué sigues con los ojos cerrados?
—Estoy distraído —respondió Lu Zhui.
—¿Quién se distrae en un momento así?
—lo reprendió Xiao Lan, dándole una palmadita.
—Soñé algo antes —Lu Zhui le rodeó el
cuello—. Fue un sueño bonito.
—¿Mm?
—Soñé que Ah Liu tenía un hijo, y
nosotros éramos los abuelos —Lu Zhui se rio—. Yue Dadao cargaba al bebé y tú
estabas sentado en el patio recogiendo granos de soja. No sé para qué.
Xiao Lan lo escuchó con ternura, aunque
por dentro le dolía un poco. Lo abrazó más fuerte y lo besó.
—Bien.
—¿Bien qué? —preguntó Lu Zhui.
—Que en el futuro te recogeré soja todos
los días —respondió Xiao Lan.
Lu Zhui soltó una carcajada, lo besó un
rato más y luego, a regañadientes, lo soltó.
—¿No deberías volver ya?
—Investigaré el secreto de la Montaña Baoxian
por ti —dijo Xiao Lan, acariciándole la mejilla con el pulgar—. No te preocupes
por nada. Solo recupérate, ¿sí?
—No volveré a entrar en esa montaña
—dijo Lu Zhui.
—Duerme —susurró Xiao Lan—. Volveré a
verte en unos días.
Lu Zhui estaba envuelto en mantas
gruesas. Su cabello estaba un poco revuelto, pero su rostro seguía siendo
delicado; la palidez hacía que sus ojos parecieran aún más brillantes y claros,
más irresistibles.
—Cierra los ojos —dijo Xiao Lan.
—No te preocupes por mí —respondió Lu
Zhui.
—¿Cómo no voy a preocuparme? —Xiao Lan
lo acomodó—. Pero sé que puedes cuidarte.
Lu Zhui sonrió, medio cerró los ojos y
recibió un último beso antes de verlo marcharse.
Tao Yu’er y Lu Wuming ya se habían ido
afuera. Por más espaciosa que fuera la cueva, seguía siendo una cueva; escuchar
a escondidas a dos jóvenes enamorados detrás de una cortina era cosa de locos.
Xiao Lan regresó a la Tumba Mingyue. El
cielo ya clareaba. Los discípulos informaron que todo seguía en calma.
No descansó. Fue directamente a la
mazmorra bajo el Gran Salón del Loto Rojo.
Black Spider estaba atado a un poste, la
cabeza caída. Al oír pasos, apenas levantó los párpados.
Xiao Lan arrastró una silla y se sentó.
—¿Aún no piensas hablar?
—Lo dije: si hablo, pierdo la vida
—gruñó Black Spider. Su voz era áspera, reseca como tierra cuarteada,
desagradable de oír.
—Vaya que aprecias tu vida —dijo Xiao
Lan—. Pero vivir peor que morir tampoco es gran cosa.
Black Spider lo observó un rato y de
pronto soltó una risa ronca.
—Ni lo sueñes. Nunca diré nada. No me he
aliado con nadie, no conozco ninguna Bestia Devoradora de Oro, y menos aún sé
de artes de brujería o gu. Jamás lo oí en mi vida.
—¿No quieres intentar negociar
condiciones conmigo? —Xiao Lan se recostó en el respaldo de la silla.
—A menos que me dejes salir de la Tumba Mingyue,
no aceptaré ninguna condición. Nada que digas me hará hablar.
—Así que sí quieres vivir —chistó Xiao
Lan.
Black Spider no lo negó. Por supuesto
que quería vivir; la mayoría de la gente en este mundo quiere vivir.
Pero para su sorpresa, Xiao Lan no
insistió. No ofreció condiciones, no amenazó. Solo soltó una risa desdeñosa, se
levantó y salió de la mazmorra. La pesada puerta de hierro se cerró, aislando
todo sonido.
Xiao Lan fue entonces a buscar a la
boticaria.
La anciana estaba encorvada junto a la
mesa, moliendo hierbas con lentitud. Su cabello blanco casi rozaba el suelo.
—Joven maestro Xiao… —saludó la
boticaria sin levantar la vista.
—Me dijeron que trabajaste toda la
noche, así que vine a ver cómo estabas —dijo Xiao Lan—. El otro día, en la
cámara de la Dama de Jade Blanco, me dejé llevar por la prisa y te hablé sin
respeto. Espero que no lo tomes a mal.
La boticaria soltó una risita, sin
detener sus manos.
—Quién lo diría… que el joven maestro Xiao
vendría un día a disculparse conmigo. Pero son cosas pequeñas. Ya pasaron.
—Mi tía me contó que de niña enfermó
gravemente y que tú la salvaste con tu propia vida —dijo Xiao Lan.
La mano de la boticaria se detuvo un
instante, pero enseguida siguió moliendo, sin responder.
—¿Puedo saber qué método fue ese?
—preguntó Xiao Lan—. ¿Cómo es posible unir la vida de dos personas?
La boticaria negó con la cabeza.
—Solo son venenos comunes.
Xiao Lan no pensaba dejarse despachar
tan fácilmente.
La boticaria frunció el ceño.
—¿Acaso el joven maestro Xiao quiere
aprender?
—¿Puedo aprenderlo? —preguntó Xiao Lan.
Ella lo miró un largo momento.
—Esos venenos fueron exterminados hace
años. Aunque quisiera enseñarte, no podrías encontrarlos.
—¿De veras? —Xiao Lan tomó una hoja de
hierba de la mesa, suspirando—. Qué lástima perder un arte tan útil.
La boticaria se impacientó.
—Si no tienes más asuntos, joven maestro
Xiao, retírate.
—Está bien, no preguntaré más. En
realidad, vine a saber cuántos días faltan para terminar el medicamento que
dispersa a los murciélagos —dijo Xiao Lan, golpeando suavemente la mesa—. Ayer,
cuando fui a investigar, el féretro de jade en la plataforma parecía haber sido
movido. Si no apresuramos la dispersión de los murciélagos, quizá cuando
entremos a buscar, la Dama de Jade Blanco ya habrá sido trasladada a otro
sitio. Y entonces sí tendremos un problema.


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