RT 107

  

Capítulo 107: El monje.

El enigmático poema del joven maestro Xiao.

 

«¿El féretro de jade de la Dama de Jade Blanco fue movido?»

 

Al oírlo, en los ojos de la boticaria apareció, como era de esperar, un destello de sorpresa.

—¿Alguien entró en la cámara funeraria? —preguntó.

 

Xiao Lan asintió.

 

—¿La tía está enterada? —volvió a preguntar la boticaria.

 

—Quise venir a consultarlo contigo antes de informarle —dijo Xiao Lan—. Si logramos dispersar a los murciélagos un día antes, podré entrar antes con mis hombres y averiguar dónde está el pasadizo oculto.

 

El asunto no era menor. La boticaria meditó un momento.

—Cinco días.

 

Xiao Lan negó.

—Cinco días es demasiado. Si abrimos la puerta para vigilar, los murciélagos escaparán, y nadie podrá detenerlos. Pero si la mantenemos cerrada y solo vigilamos desde fuera, no sabremos cuándo habrán robado el féretro. Y cuando la tía pida cuentas… no sé si culpará mi mala vigilancia o que tú retrasaste el medicamento.

 

Aunque las palabras eran duras, no carecían de razón. La boticaria apretó los dientes.

—Tres días. Pero durante esos tres días, nadie puede entrar aquí.

 

—Gracias, boticaria —sonrió Xiao Lan—. Me retiro entonces.

 

Tres días no eran poco, pero tampoco demasiado. Al salir del salón, Xiao Lan se sintió un poco más tranquilo. Como decía su madre, con la experiencia de Kong Kong Miaoshou, quedar atrapado tres o cinco días no debería ponerlo en peligro.

 

La luz dorada del amanecer bañaba la montaña. Lu Wuming cabalgaba a toda velocidad por el sendero, con Yue Dadao siguiéndolo de cerca. “Maestro y discípula” iban a la Montaña Baoxian una vez más, para averiguar qué misterio escondía aquel lugar que podía afectar el veneno frío de Lu Zhui. Ah Liu se había quedado en la montaña trasera, cuidando de Lu Zhui junto a Tao Yu’er.

 

Los caballos avanzaban entre piedras rotas y barro, ágiles como el viento. Con la experiencia del día anterior, el camino fue más fluido, y pronto llegaron a la Bahía de la Luna, donde encontraron el templo derrumbado.

 

—Shifu… —Yue Dadao miró los restos de vigas y tierra, decepcionada—. ¿Qué vamos a encontrar aquí? Solo son maderas podridas.

 

—Excava —ordenó Lu Wuming.

 

Yue Dadao obedeció, arremangándose para mover piedras y tablones. Excavaron poco a poco, y el cielo empezó a oscurecer sin que encontraran ninguna pista útil.

 

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Yue Dadao.

 

Lu Wuming se agachó y apoyó la palma en el suelo. Estaba frío… extremadamente frío, tan sutil que casi nadie podría percibirlo, como un bloque de hielo enterrado a decenas de metros bajo tierra.

—Aléjate —ordenó.

 

Yue Dadao trepó a un árbol como un mono.

 

Lu Wuming alzó la vista.

—La próxima vez que esté Ah Liu, no te permito trepar así. Las muchachas de familias decentes saben que deben esconderse detrás del árbol con un pañuelo en la mano.

 

Yue Dadao: “…”

 

Lu Wuming soltó una breve risa y desenvainó la espada Qingfeng [1], forjada por su amada esposa. Su figura ágil se elevó en la penumbra del atardecer; la hoja, al girar, levantó un viento feroz que hizo crujir las hojas de los árboles. Yue Dadao, encaramada en la rama, apenas tuvo tiempo de afirmarse cuando sintió que el suelo bajo ella empezaba a temblar, como si la tierra se agitara. Una corriente de frío ascendente recorrió la espada, penetró en el subsuelo y provocó un rugido sordo desde las profundidades.

 

Ella había visto a Lu Zhui usar ese mismo movimiento una vez, aunque entonces solo fue para romper una roca y tallar un pajarito por diversión. Nunca imaginó que, una vez perfeccionada, aquella técnica tendría semejante poder.

 

Cuando todo volvió a quedar en silencio, Yue Dadao saltó del árbol y corrió hacia su maestro.

—Shifu, ¿qué pasa?

 

Lu Wuming envainó la espada. No se había equivocado: bajo el templo derruido había algo enterrado. Tal vez hierro oscuro y helado, tal vez otra cosa, pero fuera lo que fuese, su extensión no era pequeña.

 

Casi sentía respeto por aquellos ancestros de hace cientos o miles de años. La Tumba Mingyue ya era un laberinto de mecanismos imposibles, aun así, cerca de la Cresta Fuhun, en la Bahía de la Luna, parecía existir otra ciudad subterránea. Era casi inconcebible.

 

Al ver que no hablaba, Yue Dadao tanteó:

—¿Shifu?

 

—Volvamos —dijo Lu Wuming—. Solo con nosotros, no podremos mover la Montaña Baoxian.

 

—¿Vamos a excavar la montaña? —se sorprendió Yue Dadao.

 

Lu Wuming negó.

—No hace falta excavar. Pero hay algo enterrado aquí abajo, y debemos averiguar qué es.

 

La noche ya era cerrada, y viajar por senderos húmedos y resbaladizos era demasiado peligroso. Maestro y discípula encontraron un lugar resguardado, apilaron unas vigas viejas y encendieron una fogata para esperar el amanecer.

 

—¿Tienes frío? —preguntó Lu Wuming.

 

Yue Dadao, envuelta en la capa de su shifu, se frotó las manos.

—Mn.

 

—Este es el lugar más frío de toda la montaña —dijo Lu Wuming—. Lo que pisas podría ser otra cámara subterránea de hierro helado.

 

—¿Y no saldrán armas ocultas disparadas hacia arriba? —preguntó Yue Dadao.

 

Lu Wuming rio.

—¿Crees que el suelo está hecho de papel?

 

—Si esta cámara es tan fría… ¿será para esconder gente? —insistió Yue Dadao.

 

—Aún no podemos saberlo —respondió Lu Wuming.

 

«Son tantas cosas…» pensó Yue Dadao. Su shifu y el joven maestro Lu eran personas libres y capaces, vivían como inmortales, y sin embargo sus antepasados parecían haber sido tan precavidos, tan llenos de madrigueras secretas como conejos astutos.

 

A mitad de la noche, la luna emergió entre las nubes. Yue Dadao dormía profundamente apoyado en un árbol. Lu Wuming descansaba con los ojos entrecerrados, atento por costumbre a cualquier sonido.

 

Quizá por el frío, insectos y aves solo permanecían allí durante el día; por la noche desaparecían en otras cuevas. El silencio era tan absoluto que resultaba inquietante, casi siniestro.

 

Y en medio de ese silencio extraño, llegó una voz tenue, casi inexistente: un canto. Como una belleza desdichada abrazando un laúd, sentada en un estrado cubierto de polvo, llorando y lamentándose con tristeza infinita.

 

Lu Wuming se aferró a la empuñadura de su espada.

 

Pero cuando volvió a escuchar con atención, el silencio regresó. Hasta que la luz del alba asomó, aquel canto no volvió a oírse.

 

Todo fue efímero, como una flor que se abre y se desvanece en un instante.

 

***

 

En la Tumba Mingyue, Xiao Lan volvió dos veces más a la cámara funeraria de la Dama de Jade Blanco. No encontró nada extraño y por supuesto tampoco halló rastro de Kong Kong Miaoshou. Solo aquellos murciélagos vampiros dorados seguían posados sobre el féretro de jade, extendiendo sus enormes alas, envolviendo la losa como harapos, grotescos y feroces.

 

El rostro de la Dama de Jade Blanco se veía cada vez más apagado. Xiao Lan sabía que esta vez no era una ilusión suya: aun con el féretro de jade y el anillo de nieve protegiendo su cuerpo, aquella mujer de belleza incomparable envejecía sin que uno pudiera notarlo a simple vista… o quizá, más que envejecer, se estaba descomponiendo. Tal vez tenía que ver con los murciélagos que llenaban la sala o quizá ni todos los tesoros del mundo podían vencer al paso del tiempo.

 

Mientras pensaba en ello, Xiao Lan avanzaba solo por el corredor funerario. No había renunciado a buscar a Kong Kong Miaoshou en otros rincones, aunque ya hubiera recorrido ese camino siete u ocho veces. Descendió en espiral, capa tras capa, hasta lo más profundo del foso. El aire se volvía cada vez más escaso y la llama de la lámpara en su mano titilaba como si fuera a apagarse en cualquier momento.

 

Como siempre, no había nada. Xiao Lan suspiró para sus adentros y se dio la vuelta para regresar, cuando un estruendo retumbó a su espalda. Se sobresaltó y miró hacia atrás: del suelo empezaba a levantarse un fino polvo gris.

 

«¿La Tumba Mingyue se está derrumbando?»

 

Ese fue el primer pensamiento que cruzó por la mente de Xiao Lan.

 

Pero al instante siguiente, el suelo se abrió con un estrépito, abriéndose en una enorme grieta, y de ella salió disparado un hombre sin ton ni son.

 

Kong Kong Miaoshou llevaba mucho rato murmurando en aquel callejón sin salida, deseando que, cuando por fin lograra romper su encierro, afuera solo estuviera Xiao Lan. Al parecer, sus plegarias habían surtido algo de efecto.

 

—¡Rápido, sella este pasaje! —su rostro mostraba una inusual expresión de pánico.

 

Xiao Lan no tuvo tiempo de preguntar. Alzó una barra de hierro gruesa como su brazo y la clavó con fuerza en el túnel que seguía retumbando. Con el pie empujó una plancha de hierro y la encajó de lado en la abertura. Por suerte, aquel lugar había sido una sala de interrogatorios: abundaban los hierros abandonados.

 

Kong Kong Miaoshou, aún insatisfecho, tomó una pala de hierro y empezó a echar tierra encima, enterrando también la plancha. Parecía realmente aterrorizado.

 

Xiao Lan lo sostuvo.

—Anciano, cálmese primero. ¿Qué ha ocurrido exactamente?

 

Kong Kong Miaoshou respiraba con dificultad. Pasó un buen rato hasta que, al no oír ya ningún ruido en el túnel, sus piernas cedieron y dijo:

—Había… había un tigre de hierro inmortal persiguiéndome.

 

Xiao Lan frunció el ceño.

—¿Un tigre de hierro?

 

Kong Kong Miaoshou asintió, mientras la escena aterradora de hacía un momento seguía repitiéndose en su mente.

 

Cuando quedó atrapado en el corredor funerario, estudió la salida durante mucho tiempo sin lograr moverla ni un ápice. No tuvo más remedio que darse la vuelta, intentando encontrar un resquicio de vida en aquel callejón sin salida. Fue cosa de suerte: detrás del esqueleto descubrió otro pasaje, y al seguirlo hacia dentro resultó ser bastante amplio.

 

Cuando una persona escapa del peligro, es fácil que se deje llevar por la euforia; Kong Kong Miaoshou no fue la excepción. Al descubrir aquella salida y convencerse de que esta vez tampoco moriría, volvió a dejar a su nieto a un lado, sin preocuparse por si alguien afuera aún pensaba en él. Se dedicó a pasear de un lado a otro, encantado, decidido a encontrar más secretos.

 

—¿Y entonces te encontraste con ese tigre de hierro? —preguntó Xiao Lan.

 

Kong Kong Miaoshou asintió y relató la escena con detalle. No sabía qué mecanismo había activado, pero al doblar una esquina el tigre de hierro salió disparado hacia él: invulnerable a armas, veloz como el viento, con la boca llena de cuchillas que brillaban con un frío resplandor. En teoría, aquella cosa no debía reconocer caminos, así que no tendría por qué haber sido difícil esquivarla. Pero justo había ido a parar a un tramo estrecho y recto, sin salida posible, y no le quedó más que correr mientras la bestia lo perseguía como a un perro, haciéndolo quedar en un estado lamentable. Al llegar al final del pasaje, solo pudo apretar los dientes y embestir hacia adelante. Para su fortuna, la pared de tierra era delgada… y además Xiao Lan estaba afuera, esperando para ayudarlo.

 

—Debe de ser del Ejército del Tigre de Hierro —dijo Xiao Lan tras escucharlo, con cierta lástima—. Si lo hubiera sabido, no habría lanzado esa barra de hierro ahí dentro.

 

—¿El Ejército del Tigre de Hierro? —Kongkong Miaoshou rara vez encontraba algo que no supiera.

 

—Lo escuché de Mingyu, contado como una historia —explicó Xiao Lan—. Un antepasado de la familia Lu atravesó siete veces la Torre de los Mecanismos y, después de eso, invitó a un maestro artesano. Juntos desarrollaron este Ejército del Tigre de Hierro, diseñado para abrir paso en la batalla. Con armadura de hierro oscuro, nada podía herirlos, y gracias a los intrincados mecanismos internos, eran imparables en el campo de guerra.

 

Al oírlo, Kong Kong Miaoshou también sintió pena. Aquello estaba perdido desde hacía generaciones; era una rareza. Y ahora, con ese golpe de barra, si no se había roto, al menos debía haber quedado aplastado.

 

—Dejemos eso por ahora —dijo Xiao Lan—. Anciano, aún no ha explicado por qué terminó atrapado en el pasadizo oculto.

 

Kong Kong Miaoshou se quedó sin palabras. Su mente giraba a toda velocidad. «Si Xiao Lan descubre que entré por mi cuenta en la cámara de la Dama de Jade Blanco… ¿se enfadará?»

 

La respuesta era: ocho de cada diez que sí.

 

O nueve.

 

O nueve coma nueve.

 

Así que sacó de su túnica un puñado de tablillas de madera.

—Encontré esto en el pasadizo —dijo Kong Kong Miaoshou.

 

Xiao Lan no se dejó engañar. Cruzó los brazos y lo miró fijamente.

 

Kong Kong Miaoshou insistió en que sacara una tablilla, sonriendo.

—Es un buen objeto. Hace años el Maestro Yuan lo usaba para adivinar. Me costó reunir un juego completo.

 

—¿Adivinación? —preguntó Xiao Lan.

 

—Sí —respondió Kong Kong Miaoshou, limpiando la tablilla que Xiao Lan había sacado y leyendo el texto grabado.

 

—¿Bueno o malo? —preguntó Xiao Lan.

 

Kong Kong Miaoshou levantó la vista, sincero y horrorizado.

—Según este hexagrama… parece que te van a poner los cuernos.

 

Xiao Lan: “…”

 

Mientras tanto, en la montaña trasera…

 

—Yo también quiero ir —dijo Lu Zhui.

 

Lu Wuming le dio una palmada en el hombro.

 

—Voy al pueblo a buscar a Cao Xu. ¿Para qué quieres ir tú?

 

—Aquí en la cueva no hay nada que hacer. Quiero despejarme. Si tú puedes disfrazarte, yo también. No me reconocerán.

 

A Lu Wuming empezó a dolerle la cabeza.

 

Lu Zhui ya se estaba pegando la máscara.

 

—¡Wao! —dijo Yue Dadao.

 

Ah Liu le dio un codazo.

—La baba.

 

Yue Dadao lo fulminó con la mirada, pero siguió apoyada en las manos, mirando a Lu Zhui. Incluso disfrazado, encorvado y moviendo la pierna como un gamberro, seguía siendo atractivo.

 

El pueblo donde vivía Cao Xu se llamaba Yangzhi. El nombre era simple, pero el lugar era próspero. Había llegado con decenas de hombres para apoyar a Lu Wuming; ocultarse era difícil. Así que se cambió el rostro, dijo que era un forastero que quería abrir una escuela de artes marciales y alquiló una gran casa.

 

Al entrar al pueblo, Lu Zhui compró una bolsa de semillas de girasol y empezó a escupir cáscaras por toda la calle, interpretando a un joven maestro pendenciero a la perfección.

 

Lu Wuming no sabía si reír o llorar. Seguramente era un mal hábito aprendido de Wen Liunian: en todo el reino se decía que el Primer Ministro disfrutaba fingir ser un rufián y hasta cojeaba por diversión. Nadie sabía por qué.

 

Un gordo monje apareció de frente.

 

Lu Zhui intentó apartarse, pero el monje se movió con él.

 

Lu Wuming frunció el ceño.

 

Lu Zhui levantó la vista y escupió una cáscara de semilla con un sonoro “puf”.

 

El monje juntó las manos.

Amitabha. Este joven maestro es realmente apuesto, como Pan’An renacido. Sin duda tendrá un matrimonio bendecido.

 

Lu Wuming quedó en silencio.

 

Quizá por culpa de Xiao Lan, ahora veía a todo el mundo como un gamberro.

 

Lu Zhui juntó los puños.

—Demasiado elogio, demasiado elogio. Pero no tengo dinero para darle al monje, así que mejor no me alabe.

 

Al oír que no tenía dinero, el monje tragó sus palabras amables y fue directo al grano.

—¿Podría el joven maestro ayudarme con un asunto?

 

—No —respondió Lu Zhui.

 

—Los monjes practicamos la compasión —dijo el monje.

 

—¿Ah? —Lu Zhui estaba desconcertado.

 

Ese monje gordo se agachó en una postura de caballo, respiró hondo y gritó:

—¡HA!

 

Lu Zhui retrocedió dos pasos, sujetando sus semillas, mirando confundido aquel enorme bloque de carne que parecía una torre negra.

 

Nota:

Espada Qingfeng: Aún no estamos seguras, al parecer, padre e hijo usan las espadas con el mismo nombre. Quizás sea un juego de espadas gemelas forjada para la Señora Lu (Hai Bi), o tal vez sea un error en el raw que obtuvimos, pero el carácter chino es el mismo para la espada de Lu Zhui y Lu Wuming. Seguimos con la historia, si más adelante ocurre algún cambio en los raws, se harán las respectivas correcciones.


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