Capítulo
78. Banquete de cumpleaños.
El
undécimo día del duodécimo mes lunar, era el cumpleaños del Emperador.
Wen
Chan se levantó temprano. Bostezó con cansancio y miró por la ventana, donde de
repente vio copos de nieve blancos flotando como amentos de sauce.
Algo
sorprendido, le preguntó a A-Fu, que estaba a su lado:
—¿Está
nevando hoy?
—Su
Alteza, los sirvientes de guardia dijeron que empezó a nevar alrededor de la
medianoche, y afuera la nieve ya es tan espesa como la suela de un zapato
—respondió A-Fu.
Wen
Chan no dijo nada más, volvió a mirar por la ventana y dejó que los sirvientes
lo vistieran adecuadamente antes de tomar un calentador de manos y salir de su
palacio.
El
cielo estaba gris y brumoso, y una ligera nevada caía con fuerza, trayendo
consigo un aire frío. Los muros, tejados, escalones y suelo del palacio estaban
cubiertos por una capa blanca y limpia.
Levantó
ligeramente la cabeza, exhalando vaho y permaneció en silencio bajo el alero.
A-Fu
esperó respetuosamente a su lado, haciendo señas a los sirvientes para que
salieran uno por uno.
Tras
permanecer allí un tiempo indeterminado, el rostro de Wen Chan se tornó frío
antes de finalmente moverse y decir: «Vámonos».
El
Emperador siempre había disfrutado organizando un banquete para todos los
funcionarios de la capital en su cumpleaños y se había construido un palacio
especial para este propósito, llamado el «Salón de la Celebración de la
Longevidad».
Wen
Chan sentía que parte de su afición por participar en las festividades provenía
de la influencia de su Padre Emperador; tras convertirse en Emperador,
celebraba un pequeño banquete cada tres días y uno grande cada cinco,
simplemente por diversión.
Hoy era
un día importante y ningún funcionario se atrevía a ser negligente. Subieron
rápidamente a sus carruajes y se dirigieron al palacio imperial; la procesión
continua se abrió paso visiblemente por el camino nevado.
El
carruaje de Wen Chan avanzaba extremadamente lento, tardando casi media hora en
llegar al Salón de la Celebración de la Longevidad. Cuando entró, el
salón ya estaba lleno.
La
mayoría de las familias poderosas de la capital —las familias Zhong y Xie, las
renombradas Zhao y Qiao, y las populares He y Lu— estaban presentes.
Inconscientemente,
echó un vistazo a su alrededor, al
no encontrar a la persona que ocupaba todos sus pensamientos, apartó la mirada
y caminó lentamente hacia su asiento.
—Noveno
Príncipe —Alguien le bloqueó el paso.
Wen
Chan se giró y vio a Liang Shuhong, a quien no había visto en mucho tiempo.
Sonrió amablemente:
—Joven
maestro Liang, ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo ha estado?
—La
misma pregunta es para Su Alteza. He oído que últimamente ha estado bastante
turbulento —Liang Shuhong frunció el ceño ligeramente. Cuando escuchó esta
noticia, viajaba con su padre por asuntos oficiales. Aunque quería regresar a
la capital para informarse sobre la situación, no pudo escapar.
Más
tarde, al regresar, quiso visitar el palacio, pero la seguridad en el Palacio
Xiyang era demasiado estricta y no se permitían las visitas, así que desistió.
Hoy
tuvo la oportunidad y quiso hacer algunas preguntas, pero como había tanta
gente allí, no pudo entrar en detalles.
La
sonrisa de Wen Chan permaneció inalterada.
—Estoy
bien. Hubo algunos imprevistos hace unos días, pero no es nada grave.
Liang
Shuhong quiso preguntar más, pero vio que mucha gente los miraba con
descontento, así que solo pudo asentir y decir:
—Volveré
a visitar a Su Alteza en unos días.
La
noticia de que el Noveno Príncipe había llorado de miedo hacía unos días seguía
circulando, y algunos hijos de funcionarios lo miraban con una pizca de burla.
A Wen Chan no le importó y caminó tranquilamente hacia su asiento. El
Décimo Príncipe, Wen Zhang, se acercó.
—Noveno
Hermano, ¿te has recuperado?
A Wen
Chan le pareció divertido.
—¿Por
qué siempre preguntas esto cada vez que nos vemos?
Wen
Zhang rascándose la cabeza le respondió:
—El
Noveno Hermano siempre parece estar herido. Me preocupa tu salud…
—No soy
tan débil —dijo Wen Chan con una sonrisa— Después de todo soy el Hermano Mayor
Imperial de Zhang'er, ¿verdad?
Wen
Zhang asintió.
—¡Por
supuesto, mi hermano mayor no será derrotado fácilmente por esos villanos!
La
madre de Wen Zhang era una mujer amable y gentil a la que no le gustaba
competir por favores, pero era muy inteligente. Sabía que su hijo era cercano a
Wen Chan, pero a diferencia de las otras concubinas, nunca lo obligó a
mantenerse alejado del desafortunado Noveno Príncipe.
Antes
de este banquete de cumpleaños, le había ordenado específicamente a Wen Zhang
que no le preguntara nada al Noveno Príncipe sobre el intento de asesinato y el
envenenamiento, sino que solo se preocupara por su salud.
Wen
Zhang lo recordaba bien, y aunque sentía mucha curiosidad, se abstuvo de
preguntar.
Wen
Chan echó un vistazo a los platos de pasteles en la mesa frente a él, cogió uno
y lo comió lentamente. Su mirada vagó tranquilamente por el salón, fijándose
finalmente en el hombre de mediana edad que estaba diagonalmente frente a él.
El
hombre era delgado, de rostro pálido y barba de aproximadamente medio dedo.
Cuando permanecía sentado en silencio, emanaba un aura inquietante.
Este
hombre era el actual Primer Ministro, Zhong Guoyi.
Wen
Chan lo miró, con una fría sonrisa apenas perceptible en sus labios.
«Zhong
Guoyi, en tu vida pasada, dañaste gravemente a mi familia Wen y a toda la
capital. En esta vida, es hora de que pagues por todos esos agravios.»
Quizás
percibiendo la mirada de Wen Chan, Zhong Guoyi levantó la vista de repente. Wen
Chan permaneció tranquilo, profundizando su sonrisa y ofreciéndole una
expresión amable y benévola. Zhong Guoyi, sin embargo, ni siquiera se
molestó en estas formalidades, apartando la mirada fríamente.
Wen
Chan también giró la cabeza para mirar hacia el salón principal. Justo
entonces, Liang Yanbei, vestido con túnicas de brocado, entró a través de la
fría nieve.
Su
entrada desató de inmediato una gran discusión. Aunque seguía a Liang Jun,
atrajo innumerables miradas.
No era
de extrañar; Tras solo un año en la capital, sin siquiera un cargo oficial,
había logrado una gran hazaña, alcanzando méritos notables e incluso
ascendiendo a Liang Jun.
Joven y
enérgico, rebosaba vigor.
En tan
solo un año, Liang Yanbei se había convertido en un representante de la
generación más joven de la capital, uniéndose a Xie Zhaoxue, (“experto en artes
marciales”), Liang Shuhong, (“experto en literatura”) y Zhong Wenjin (“hábil en
vicios”) como los Cuatro Jóvenes Maestros de la Capital.
Por
supuesto, “hábil en vicios” se refiere aquí a su propensión al mal.
La
mirada de Liang Yanbei recorrió brevemente la sala antes de encontrarse con la
de Wen Chan. Al ver finalmente a la persona que había anhelado durante medio
mes, Liang Yanbei no intentó ocultar su emoción; sus cejas y ojos se llenaron
de una suave sonrisa.
Era
como si la fría nieve se hubiera derretido, reemplazada por calor.
El
corazón de Wen Chan dio un vuelco. Rápidamente apartó la mirada, bajando la
cabeza con indiferencia, ignorando las miradas inquisitivas de los funcionarios
circundantes.
De
hecho, durante el Festival de Linternas de ese año, todos pudieron ver que el
Noveno Príncipe y Liang Yanbei no se llevaban bien. Liang Yanbei lo había
invitado varias veces a acompañarlo, pero cada vez era rechazado sin piedad. La
gente en la capital decía que el Noveno Príncipe prefería al hijo mayor de la
rama secundaria, el hijo de una concubina, Liang Shuhong.
Sin
embargo, nadie esperaba que Liang Yanbei, cuyo estatus era mucho más noble, no
se acobardara tras ser rechazado y continuara congraciándose con el Noveno
Príncipe como antes.
El
comportamiento actual del Noveno Príncipe claramente mostraba su desagrado.
Todos
especulaban y susurraban sus opiniones, pero el propio Liang Yanbei no tenía
tantas reflexiones. Aun así, sonrió, saludó brevemente a sus amigos y luego
tomó asiento.
Todos
se sentaron según su rango. Después de que Liang Yanbei se sentó, se encontró
con una fila de personas sentadas frente a él, lo que le dificultaba ver a Wen
Chan sentado frente a él.
Además,
Wen Chan se mostraba bastante reservado y no quería mirarlos.
Liang
Yanbei apoyó la barbilla en la mano, con la mirada fija en Wen Chan, ignorando
todas las miradas de sospechas a su alrededor. Finalmente, Liang Jun no pudo
soportarlo más y se giró, bajando la voz, perplejo.
—¡¿Por
qué miras fijamente al Noveno Príncipe?!
—Padre,
el Noveno Príncipe y yo somos buenos amigos. Está en una situación tan grave,
que al menos debería mostrarle algo de preocupación —dijo Liang Yanbei con
naturalidad.
—¿Muestras
tu preocupación mirándolo así? —preguntó Liang Jun, divertido y exasperado a la
vez— Entonces sí que estás siendo un buen amigo.
—Me
gustaría tener otras preocupaciones, pero no he tenido la oportunidad —dijo
Liang Yanbei encogiéndose de hombros.
—Son
solo excusas. Creo que claramente eres lujurioso —dijo Liang Jun, inclinándose
hacia él en voz baja y burlona— ¿Es porque crees que el Noveno Príncipe es
guapo que lo has estado mirando?
Liang
Yanbei arqueó una ceja, sorprendido. Pero luego lo negó con firmeza.
—Padre,
piensas demasiado superficialmente de mí.
Liang
Jun chasqueó la lengua y luego giró la cabeza para mirar a Wen Chan, recalcando
para sí mismo que el Noveno Príncipe era realmente guapo.
Poco
después, Xie Zhaoxue también entró en el salón, pero esta vez no trajo consigo
a Zhong Wenjin, sino solo a Xie Shengran.
Las
conexiones de Xie Zhaoxue eran innegables; en cuanto entró, muchos jóvenes
caballeros corrieron a saludarlo. Xie Zhaoxue respondió a cada uno con una
sonrisa amable, sin mostrar impaciencia alguna, y el salón se animó por un
instante.
Wen
Chan comió medio plato de pasteles y echó un vistazo al exterior.
Observó
un rato, luego se levantó lentamente y salió, seguido de A-Fu rápidamente.
Salió,
miró a izquierda y derecha, y optó por caminar hacia la derecha. Tras bajar los
escalones, dejó un claro rastro de pisadas a lo largo del camino.
La
nieve cayó sobre su cabello, derritiéndose al instante, dejando pequeñas gotas.
Algunas le cayeron en la cara, disipando rápidamente el calor de su cuerpo y
cubriéndolo de un tono frío.
Tras
dar varias vueltas al sendero, las campanas del palacio sonaron, su sonido
resonó a kilómetros de distancia. Wen Chan las oyó y se dio la vuelta,
cambiando de dirección. Caminó hacia el sendero junto a la puerta lateral del
Salón de Celebraciones e inmediatamente vio acercarse a un grupo de sirvientes
del palacio.
Cada
sirviente llevaba una bandeja con un recipiente de sopa.
Los
ojos de Wen Chan estaban llenos de una frialdad nívea, pero sus pasos se
mantuvieron pausados mientras se dirigía al grupo de sirvientes. Todos se hicieron a un lado, inclinando la
cabeza y cediendo el paso.
Caminó
hacia el centro, pero de repente resbaló y se tambaleó hacia un lado. Por
suerte, A-Fu lo sujetó por detrás y lo estabilizó a tiempo. Sin embargo, con
las prisas, volcó accidentalmente la bandeja de una sirvienta del palacio,
levantando ligeramente la tapa de un recipiente, que cayó sobre la bandeja.
La
sirvienta se sobresaltó y se arrodilló de inmediato:
—¡Su Alteza,
perdóneme!
Wen
Chan se estabilizó, apartó a A-Fu y volvió a colocar la tapa con cuidado.
Luego, con el dedo índice, levantó la barbilla de la sirvienta, haciéndola
mirarlo. Luego sonrió radiantemente:
—Este
príncipe cree recordar haberte dicho que tus ojos son hermosos, como flores de
manzano silvestre en otoño.
La
sirvienta se sonrojó y volvió a bajar la cabeza rápidamente.
—Perdí
el equilibrio y te asusté innecesariamente. Levántate rápido —Wen Chan retiró
la mano y les dijo a los demás— Entren rápido, no lleguen tarde.
—Sí,
Alteza —respondieron las sirvientas al unísono. Tras levantarse, todas se
dirigieron al Salón de Celebraciones.
Wen
Chan continuó caminando, deteniéndose a los pocos pasos. Abrió la palma de la
mano derecha y recogió algunos copos de nieve, diciendo en voz baja:
—¿Quién
tendrá mala suerte hoy?
—Este
sirviente cree que está bien, siempre y cuando no sea Su Alteza —respondió A-Fu
con vacilación.
Wen
Chan sonrió levemente.
—Este
príncipe también cree que no será él.
Se
detuvo un momento y luego se dio la vuelta para regresar. Al darse la vuelta,
vio a Liang Yanbei de pie no muy lejos, observándolo a través de los finos
copos de nieve.
El
corazón, antes tranquilo, de Wen Chan se aceleró al instante.
Vio la
extraña expresión de Liang Yanbei; primero miró el rostro de Wen Chan, luego
bajó la mirada, fijándose en su mano.
Entonces
se escuchó una voz interrogativa:
—Me
pregunto qué sintió Su Alteza cuando tocó la barbilla de esa mujer hace un
momento.


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